Lo mortal que es saber la “verdad” | Filosofía | Superación Personal

Te tomas un café, un té, o un vaso tupidito de moléculas H²O.

El crepúsculo parece ser ameno, estable en tu rutina capitalista.

Si estás bien, te sientes bien: eres feliz.

Ves una cruz, un sonriente regordete sentado, o una pared blanca y parda por el descanso del sol–

 

¡!

 

Y te entra la duda.

Tus neuronas reconocen la falta coherencia entre ideas y creencias que tu cuerpo ya no digiere; tus células chocan entre sí, tus intestinos truenan, tu corazón deja de contraerse; luego las palpitaciones suben, tus pupilas se dilatan.

Por fin entiendes que todo dogma ha sido una falacia que recubre tu existencialismo: la enfermedad de cuestionarse la existencia misma.

¿Qué soy?

¿Qué eres?

¿Qué somos?

¿Qué es Dios? ¿O el minúsculo dios?

¿Qué es todo?

Partimos nuestra alma para inspeccionarla… Y la encontramos vacía, inerte. Se evapora.

 

¡Paf!

 

Existió y nunca existió.

¿Esto es malo? No, sólo es una de tantas dolorosas sorpresas.

Es fácil reconocer una creencia metafísica como ley verdadera, sea para que nuestro cáncer existencial no se evoque de nuevo, porque el dogma es el perfecto analgésico de existir por existir. Ahora tienes un propósito, ese que creíste perdido o inexistente.

Propósito.

Si nada te manda, o te empuja, ¿te quedarás ahí sentado entre lágrimas de cocodrilo? No, es claro que no. El humano abrió sus ojos al mundo, vio las estrellas, la luna, el olor de pasto mojado, y el dulce petricor que siempre le hará recordar a la madre tierra; varios insectos zumbaron dándole la bienvenida a este mundo, que lo abraza y abrasa, lo enfría y calienta, lo ama y odia, todo por haber abierto sus ojos hacia la conciencia de saber que existe, vive, piensa, siente, sueña. Y sufre.

Sufre.

Sufre y por eso busca constantemente la solución a su demencia intelectual, no es un animal que sólo gusta de la reproducción, ingesta de alimentos para sobrevivir y defecar en el bosque; él, ella, o eso, se convirtió en un proyector de ideas y sueños que con sus manos construyeron torres y altares, indagando si es el ser más supremo o hay algo más allá que se escapa de su poder, eso que posiblemente lo engendró y/o lo espera en un plano superior para educarlo en el modo de saber existir correctamente en este nebuloso universo.

Ultimadamente no fue así, porque se sintió solo y desconsolado. Esto dolió, y mucho. Hoy en día el humano tiene como fin la búsqueda de curar sus pesares existenciales, cambiándose de religión a religión, de secta a secta, o de creyente a escéptico, luego muere o se vuelve creyente de nuevo. O comprando el nuevo iPhone.

Se muere anti-creyente, o revoca su escepticismo para exhalar sus últimos suspiros como fervoroso místico.

Duele, duele mucho no tener dónde reposar un brazo o el cuerpo entero; de pronto las luces se apagan para mostrar otro mundo totalmente distinto al que los ojos de nuestra mente nos enseñaban; vivimos entre criaturas extrañas que no tienen forma ni nombre, queremos entenderlas y mejor les ponemos apellidos, significados y propósitos, como si ellas estuvieran más perdidas que nosotros.

Por eso el árbol es árbol, por eso el sol es sol, o a veces un dios, o un astro que gira alrededor de nuestro plano planeta.

Y cuando se nos revela la verdad… ¿La creemos o volvemos a tergiversarla? Entramos a un vicio cíclico de confundirnos más, sentirnos felizmente atontados por los giros de la existencia, así sea breve, longeva o permanente.

Realmente es doloroso percatarse que uno vive entre mentiras que se creen o creemos verdaderas. Pero el dolor tanto puede ser placentero, aberrante o el himen de nuestra consciencia hacia la trascendencia ontológica, por lo pronto, de la raza humana.

Desmentirse puede ser mortal, incluso sentiremos las terribles ansias de quitarnos la vida; no obstante, al aceptar que lo cierto es incierto, ser benévolos con lo que podemos entender, siempre con un criterio sanamente escéptico, podremos vivir la vida sin el afán de encadenarnos a una idea o dogma, o al menos no hacerlo hasta que en verdad esté ampliamente fundamentada,  y que la historia tarde que temprano lo avale.

A fin de cuentas… ¿Serán correctos tanto el significado como el significante la palabra “verdad”? Oh, ese compuesto de letras, tan atractivo y obsceno a la vez, siempre le ha dado dolores de cabeza a filósofos, novelistas o carpinteros. Siempre.

Chau, porque luego me pongo más vago.

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