Lucio, el inmortal | Cuento

Lucio admiraba el alba cuando cayó en cuenta que era inmortal.

El café que solía sostener su mano se desparramó en la guayabera blanca y lisa, pero su mano simulaba seguir sosteniendo algún tácito objeto.

Ese hombre de mediana avanzada edad llamado Lucio, se quedó paralizado como un mimo imitando un infarto cerebral. Aunque esta anagnórisis duró unos segundos, pareció una eternidad.

Las enciclopedias comenzaron a caer al suelo; papeles revoloteaban entre el candor de unas manos morenas; suspiros y una respiración agitada penaban de aquí y allá; hasta que Lucio tiró algunos libros con folios amarillos desde la ventana, se escucharon unos gritos de protesta desde afuera; y en dos segundos ya lo encontramos sentado frente a su ordenador.

Ahora él sigue ahí.

Ya el sol comienza a descansar debajo del cuerpo celeste.

Y Lucio no llega a entender por qué su cuerpo no se encuentra entre los seres de decadencia crónica y natural.

—¡Desnaturalizado! … ¡Desnaturalizado! —gime en voz baja.

El historial de búsqueda del explorador de internet está lleno de temas y tópicos sobre filosofía, historia, arte, política y una que otra teoría conspiranoica. Se rasca la espesa barba. Traga saliva. Utiliza el buscador de metadatos para encontrar alguna respuesta coherente a su eterno padecimiento.

Encuentra un cuestionario con múltiples fórmulas conjugadas entre aparatos teosóficos, lógicos y físicos.

Toma un lápiz corto y una hoja reciclada:

—Si tanta lectura… Filosofía… Lengua oral eterna… Alma intelectual… Alteración de las masas… Mutación del hipotálamo… Abstenerse de las inclemencias de la carne…

Se detiene.

—Mierda.

El resultado es que él, de tanto leer e impartir filosofía, buscar la trascendencia metafísica, proclive al veganismo, célibe desde que su último romance, y además por algunas cuestiones que su mente transgrede a las leyes de la física, Lucio se volvió imperecedero, un hombre que nunca conocerá a la cegadora de almas, la Muerte.


Como todo buen ser trascendental, Lucio peregrinó descalzo hasta el monte más cercano de su ciudad, consigo llevó un bastón y una radio de baterías.

También un cuchillo, por si acaso.

Y lo vemos sentado, sus pies frotando el sedoso suelo verde, viendo al nuevo sol que renace desde el horizonte repleto de edificios que suben y bajan, luces que mueren y reviven, y oportunidades infinitas.

Lucio reconoce el sonido de un animal cercano. El pasto cruje. Este es un ciervo solemne que afronta al pro-hombre con su pecho blanco.

Pero de pronto muere cayendo hacia un costado.

El sol parece ser devorado por la boca abierta de Lucio. Pero se levanta, va hacia el pobre animal que desfalleció frente a él y pone su oído sobre el lugar donde supone que ahí debería de latir el corazón del cierto. No escucha nada. Pestañea. Nada. Lucio suda. Y no escucha nada.

Se aleja un poco y mira a la réplica ósea del animal exstinto.

Lucio se para con la cabeza agachada. Solloza. Camina hacia la madre selva que baila al lento y raro baile de sus pasos, se pierde entre arbustos.


Entretanto de su éxodo al olvido, Lucio pasa por veredas agrestes que cambian de color de todas la estaciones; cada animal o ser que se asoma, ipso facto perece por un arma mortal e invisible.

Lucio escucha el susurro de un arroyo. Siente sed. Sus pies se congelan mientras las lombrices verdes acarician su piel. Relame sus labios. Reanuda su caminata mientras el sonido del agua lo guía hacia ella.

Y llega a su destino.

La ansiedad ataca a su inmortal alma, sus dedos crujen cuando su lengua tiembla como la de un can; se tira al suelo y una mano camabia su forma a la de un cucharón para tomar del líquido vital; pero el arroyo, antes enérgico y acuoso, ahora se comprime y este se vuelve uno con la tierra. Y la tierra se seca.

Lucio se queda perplejo. Llora lágrimas deshidratadas.


Cerca de un risco, entre la división del ejército verdáceo y café, Lucio se sienta, posa sus glúteos sobre una piedra que su destino fue hecho para el confort de algún ser humano. Ríe convulsivamente. Grita por algún dios o ser superior para que lo cure de su locura y se lo lleve lejos de este mundo.

Empero, no tiene respuesta.

Sólo se escucha el ruido borroso de la radio.

Saca su cuchillo, hace que su oja refleje el brillo del sol. Y se encaja el arma punzocortante en su cuello, esta traspasa su epidermis como si se tratara de mantequilla.

Los ojos violentos se llenan de sangre. Una luz púrpura pasa por su cara. Su mirada se calma. La navaja se resbala de su mano, limpia de sangre, pero ahora oxidada. En el cuello no hay herida aparente, está intacto, incólume. Lucio, con suspicacia, se palpa la yugular. Se da cuenta de la triste noticia.

Y grita a los cinco, seis, siete cielos que posiblemente vivirán con él por toda una eternidad.


*

 

Dios se frota sus largas barbas después de haber revisado su vigésimo mandato para sus nuevos diez mandamientos en su pronto regreso a la humanidad, sus hijos aparentemente proscritos, olvidados.

Este dice:

“No compartirás ni hablarás mal de tu prójimo en las redes sociales, lo respetarás tanto como a tu madre y a tu padre.”

Afirma con su cabeza al confirmar su destreza en ahora colocar primero a la mujer en vez de al hombre, para que no haya mal entendidos con fines machistas y patriarcales.

—Perfecto. Ha sido justo y necesario.

Con un chasquido de sus divinos dedos, un torbellino de fuego se genera entre polvos cósmicos y este absorbe a las nuevas tabletas digitales, como si se tratara de un agujero negro.

—Hora de volver con mis creaciones.


**

 

Lucio sigue tirado en lo que era esa piedra, ahora sólo quedan reminiscencias de ella. Tiempo atrás, tal vez días, años, o siglos, se cansó de llorar y suplicar, ahora sólo se mantiene estático dentro de una protesta de inactividad infinita.

Escuchamos una voz que habla del fin del mundo a través de la radio de Lucio.

No obsante, varios pies descalzos de distintos colores, representando varias razas humanas, encierran en un hemiciclo a Lucio, pero él a penas se percata de su presencia.

Vemos a varios hombres y mujeres, con cabellos largos, barbas frondosas, vestidos con túnicas, jerseys o inclusive completamente desnudos, se mantienen serios, aunque con una serena sonrisa que parece permanente.

El de cabello más oscuro, dice:

—Hermano, he aquí a tus nuevos hermanos.

Lucio, que no recuerda cuándo movió a su cabeza para ver a alguien vivo, mira a los recién llegados, uno por uno; un brillo que entre ellos emana hace que él vuelva a sonreír. Y tres gruesas lágrimas se escapan de sus ojos.

—Bienvenidos —finaliza Lucio.


***

 

En un alba varias luces en forma de cometas traspasan alguna dimensión de la existencia para llegar a la nuestra; ahora penetran nuestra atmósfera, la dejan ajada por un momento, luego la cierran, y con parsimoniosa lentitud pasan por la estratósfera hasta llegan a un punto cercano a la tierra.

Un cantar acompañado a un sonido parecido a trompetas se deja escuchar; tres esferas de un color rojo más oscuro se quedan más cerca al suelo terrestre.

Alas símiles al fuego se expanden y consigo traen la nueva era de Dios entre los mortales.

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