De cotorras y cotorreos* | Cuento

La usanza de la palabra «cotorrear» varía entre un «cotorreo» y ser «cotorro»; la inclusión adjetiva hace que un sujeto se convierta en una persona relativamente solitaria en cuestiones románticas; la otra, la verbal, proviene de la jerigonza mexicana cuando un círculo de amistades se junta para platicar amenamente, por lo cual es irrevocable que haya más de un interlocutor, de otra manera, se trataría de una persona esquizofrénica.

En este relato hablaremos de Renée, mujer de pautas bastante infrecuentes en una sociedad sana y neoliberalista. Ella, sea por su excentricidad y soltería a la edad de treinta y años, parlaba y parlaba de aquí y allá mentiras y mentirotas para obtener la atención de todo el mundo que le rodeaba, tanto extraños como conocidos.

Renée tenía la necesidad de ser escuchada siempre.


Alguna vez Renée olía las flores matutinas de su trabajo…

No obstante, en esa misma mañana, Dios, después de jugar dados con Albert Einstein y al mismo tiempo tener algunos diálogos con Platón, miró hacia abajo y, aparte de apreciar que sus sandalias necesitaban una urgente limpieza porque aquel polvo cósmico que deambulaba en sus pies se le veía remal, vio por un segundo cinco años de la extraña vida de una muchacha llamada Renée, la cual nunca le paró la boca ni tampoco se encontró un galán, “O una galana”, exclamó Dios con una mano en su boca abierta acordándose que en el siglo veintiuno las cosas han cambiado mucho, “O mejor dicho: han vuelto a las viejas costumbres griegas” decretó Platón; así que aquel hombre magnánimo, algún tiempo llamado Zeus, Yahvé, Baco, o incluso Dinerii, ahora que el mundo se consume en, pues, dinero, se percató que había ignorado a la humanidad por largas semanas que se habían acumulado en milenios; de esta manera, se sacudió el polvo y el tiempo se detuvo, pero Platón no cesó de dialogar, ni Einstein de creer que Dios quiera jugar a los dados.

Dios bajó al plano terrenal en un viejo Volkswagen sedan color azul cielo; se cortó el cabello con la ayuda de la espada de San Miguel Arcángel mientras San Judith le rasuraba la barba, dejándole un bigote ameno y nada pretencioso, con toda minucia para, sin la menor intención, no decapitarlo. Al momento de aterrizar en un barrio bajo de alguna de las tantas ciudades grandes de México llenas de puestos ambulantes; mandó al carajo a San Miguel cuando le dijo que necesitaba la espada de vuelta por si el diablo volvía a hacer alguna de sus fechorías, pero su señor le contestó “No andes con cursilerías, Micky, ya sabes que cuando él viene nosotros sabemos también que va a venir con la suficiente anticipación”, y San Judith sin abrir la boca se salió del pequeño automóvil para ir a comprarse unos deliciosos tacos de cabeza. Dios manejó hasta llegar a un café. Renée estaba ahí, con los pómulos rojos, contando una anécdota ficticia, tal vez en su versículo cuarto o quinto, capítulo ocho, y vio Dios que era bueno. Hasta que se dio cuenta que la conversación fue de una a dos y a tres horas.

Ni la creación duró tanto tiempo. “Acostumbrarse al tiempo humano es como acostumbrarse a estar parado descalzo sobre unas brasas”. La relatividad llegó desde la cuna hasta el cielo.

Se escuchó el entrechocar de unos dados.

Fue tanto tiempo en que Dios olvidó a su creación que, al mirar su alrededor, no había pensado con mesura lo tanto que había evolucionado.

La evolución, aquella herramienta que poco a poco reemplazó su fuerza, sabiduría, para que él, Dios, fuera más un mito, un chisme, una mentira anticuada que ni a los briagos causa gracia, alguna vez esto le causó una ira interna que por poco comenzaba un diluvio que inundara todo. Pero en este momento no, no pasó así, y no pasará otra vez.

Si por sus ausentes barbas fuera, un rayo cayera a Renée; sin embargo, pensó que probablemente eso no detendría a la imparable boca de aquella creación suya. El humano. Entonces, ahí fue cuando se preguntó “¿Por qué pasó esto? ¿Qué no soy yo el Alfa y el Omega? ¿Qué no soy yo el fin y el principio y viceversa? Soy como Uróboros, pero, con barba, con brazos, piernas, barba. Soy Dios. ¿Qué ha pasado?”.

Y el viento sopló.

Renée cayó su cotorreo con aquel hombre casado (tres hijos, una amante y una esposa).

Una forma humanoide que de un color que solamente Dios podía percibir aparecía y desaparecía en cada palplitar de corazón. Abrió su boca para pronunciar música, una melodía que sólo Dios comprendía, aunque no por completo.

Dios lloró.

Ahí fue cuando se dio cuenta que de tanto cotorreo Dios olvidó a sus hijos, a su creación, a su responsabilidad. Y lloró más. Le creció la barba; volvieron las sandalias; y quiso que todo volviera a su génesis. Pero así no pasó. No. Dios cayó en un abismo de cólera y melancolía. Dios, cosa que hace una infinitud de tiempo no sentía, fue humano, se sintió humano.

Y lloró.

Lloró.

Y supo que estaba solo; que todas sus creaciones eran proyección de su soledad. Que algo más estaba ahí y a la vez no estaba. Una gran pieza de su rompecabezas faltaba.

De este modo Dios se dio cuenta que siempre vivió un sueño, porque, los sueños sueños son.

Y Dios dejó de llorar.


 

Imagen creada por Catherine Moon,
sustraída de la página Fine Art America.

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