Ofrenda | Cuento

Veo las pancartas frente a mí, ondulando artificialmente, una y otra vez, reclamando la atención de todos los ciudadanos para que votes por el candidato de su elección. Pudiendo usar las pantallas holográficas, muy baratas de por sí, prefieren seguir contaminando con demagogias primitivas. No obstante, antes le veía una gracia particular a este tipo de campañas políticas, eran tragicomedias llenas de absurdos de infinita creatividad.

Dejo de ver la ventana y me paso a otro mundo de cristal, dentro del baño, herrumbroso.

Me importa un bledo el devenir, sólo disfruto el absurdo presente. ¿Será que he perdido el gusto a la vida? Veo los guantes de mis manos, mi silenciadora Smiti y un par de ojos sin vida en el espejo. Puedo pasar por el asesino en una novela negra, nomás vean esa cara…

Pero lo soy.

Pienso en dispararme con esta arma, extensión letal de mi cuerpo, y así, acabar con todo. Si sigo vivo, enviaré más almas a un destino sombrío, desconocido hasta hoy. No, mi doctrina no me deja salirme del carril. Yo soy un ángel de la muerte, epíteto que recuerdo de un libro o película.

Si es matar, es por alguna razón. Si dejo vivir, es porque me equivoqué en algo.

Me siento en la cama, me quito un guante y miro la desnuda palma de mi mano. Qué frágil. Tengo ciertos cortes que han quedado como marcas dolorosas del pasado; aunque mis manos matan, como las de cualquier hombre, estas son de carne y hueso, puede que un robótico apretón de manos las pulverizan. Con mi otra mano tomé mi daga térmica, hice un corte diagonal y dejo que la droga adormeciera a mi cuerpo, el frío de la sustancia está alterando mis nervios, hasta quedarme dormido. Dos o tres horas así no me atrasará…

Lo necesitaba.

(…)

Matar a un niño nunca fue fácil, mucho menos hoy que la sociedad se ha volcado en un progreso tecnológico que, joder, desquicia a toda ética y moral. En este incipiente segunda centuria los niños mueren a montón. “Qué importa, luego los resucitamos”, lo pensamos a diario. Las empresas multinacionales no dejan de acosarnos con ese mantra. “Qué importa, luego lo resucitamos”. ¿Y por qué nadie detuvo esta carrera tan perversa? Quién sabe.

Qué importa.

La vida es un eco del pasado, no sirve para nada si crees que es lo más valioso en tu capital. Si puedes revivir, en tu cuerpo o en otro, sea este biológico o sintético, ¿qué importa? La muerte es más estratégica que la vida; a veces tenemos que morir para vivir. ¿Suena incoherente? Los invito a verme tirado en la cama, mis ojos somnolientos, mis labios azules. O, mejor dicho, ese cuerpo que no me pertenece está a punto de dormir, yo nomás soy un usurpador como otros tantos.

Sí, estoy entre el mundo de los sueños y la lucidez. Muchas caras me visitan; algunas yo maté, otras, azarosas, me miraban requiriendo mi atención. Podrían ser buenos políticos, excelentes empresarios, exiguos luchadores de la paz.. Pienso si que si votara por alguno de los políticos que me siguen jodiendo estos me dejarían en paz. Algo atraviesa mis venas, tensa mis piernas, brazos; transfigura mi entorno hasta que llega a la médula: veo todo colorido, escucho voces, incluso mi cuerpo se volvió mantequilla y ya dejo de «desear».

He muerto por un momento; me aislo en el recóndito más profundo de mi alma. Mi hipotálamo.

(…)

Estaba ahí, de niño, veía pelear a mis padres. Mi mamá estaba lista para el trabajo, mi papá no quería saber del suyo. Yo jugaba con la tableta que me regalaron a regañadientes. O eso creían mis padres mientras estaba atento al dolor emocional. Todo lo que veía de reojo se volvía tan efímero, etéreo. Sólo podía ver a mis padres pelear.

—¡Quieres que me dé un tiro en la cabeza!

—Dátelo, por lo menos así te vas a quedar calladita un rato —chasqueó con la lengua—; luego el seguro te va a traer de vuelta 

—¿Pedro…? ¡¿Qué dices?!

Mi padre parecía un adolescente. Todo le era indiferente. Su tercer trabajo desde que nací era el mismo, tedioso, incongruente a sus capacidades, y pronto lo iba a dejar. No, lo despedirán. Él hizo un flojo ademán con su mano para que mi madre lo dejara en paz. Por favor, dentro de algún lúdico mundo virtual estaba matando a alienígenas. Al menos en alguna parte, que no es nuestra realidad, estuvo haciendo algo útil, heróico.

—Eres un niño malcriado… ¡Y mentiroso!

Miré fijamente a la tableta, había muchas imágenes borrosas en ella. Tensión. Mi padre odiaba que le dijeran mentiroso, era lo peor que le podías decir. Podrías inventarle una cascada de acusaciones, tal vez decirle una que otra verdad incómoda, pero lo más estúpido que puedes hacer es llamarlo mentiroso; algún trauma de su pasado lo descontrola, maniatiza.

—¿Qué? —gritó sin dejar el mando de la consola virtual.

Pierde la partida del videojuego y se pone comporta como un chiflado que no quiere sus pastillas.

—¡Me llamas mentiroso, Miriam, y aparte haces que sean inútiles mis dos horas de partida! ¡Maldita sea! ¡Mieeerda!

Tomó el elegante mando, lo dejó frente a él y lo hizo pedazos con su codo; yo estaba seguro que se lo fracturó, pero la furia fue su mejor analgésico en esos momentos. Estaba loco.  Y vi a una madre que intentaba tomar valor.

—Eres un mal ejemplo para tu hijo.

Eso se notó que le importó un carajo, porque nada lo haría enojar más que decirle mentiroso. Mentiroso. ¿Será que mi padre vivió deprimido toda su vida? ¿Será que siempre fue un pusilánime?

¿Por qué mi madre se enamoró de él?

—¿Para él? Si todo el puto día está frente a la tableta, ni hace los cursos básicos que le compramos.

—No es cierto; él es un niño, tú eres el que debe de guiarlo, pero no lo haces, le descargas videojuegos para que se vuelva un inútil como tú.

Error, decirle mentiroso y luego inútil era la ecuación del caos. Mientras, yo, un niño, seguía siendo el espectador. Nada más. El viejo hombre fracasado gritó como un animal, e hizo lo que no creímos: apretó su puño, este impactó en la mandíbula de mi madre y ella cayó inconsciente sobre el suelo, lo cual la dejó con una grave herida en una sien.

Algo dentro de mi padre se había roto por completo y ya no habría marcha atrás.

—¡Te crees la muy santa y productiva! ¿No ves que el puto mundo está hecho una cagada?

Eso… Mi padre… Yo siento lo mismo que mi padre… El mundo es una jodida cagada.

—Y tú, ¡tú! Siempre exigiéndome tanto y tanto… ¡Perra!

Quería llorar, pero la verdad es que nunca aprendí a hacerlo. Vi a mi madre y un charco pantanoso que empezó a cubrirla; mi vista periférica cambió, se hizo intranquila, varios rayos iban y venían, parecía que viajaría a la velocidad de la luz, tal como lo proyectaron los filmes antiguos de ciencia ficción.

—Estoy deprimido, ¿qué no ves…? Estoy deprimido por esta sociedad inmunda —mi padre tomó un poco de consciencia y vio a mi madre que se desangraba en el suelo—. Odio que esto pase, odio que tenga que salir perdiendo por una mujer  arrogante como tú. No tienes empatía por nadie, sólo por ti y tu trabajo.

Él se tiró al suelo, se puso al lado de ella como un extraño monje budista. Estaba loco. Siempre lo estuvo. ¿Por qué mi madre se juntó con él? Joder, estoy seguro que todo lo malo lo saqué de él. Todo.

—¿Te crees que eres mejor que yo…? ¡Lo eres! ¿Feliz…? ¿Contenta…? Vaya, vaya, pues te digo que yo debería de estar en tu lugar; ¡sí, muerto! Pudriéndome… Yo soy el parásito, tú no.

Parecía que mi madre veía al lunático que tenía enseguida, pero en verdad sus ojos abiertos no veían nada de este mundo, sino uno más introspectivo, indolente a la cruda realidad.

—Vale, recuerdo aquella noche que me confesaste que querías volarte los sesos…

Yo quería ayudar. Quería. Ahora sentía una curiosidad por lo que pasaría; era un acontecimiento aterrador, pero diferente, algo diferente e intenso. Para mi padre era como si yo no estuviera ahí, sólo mamá y él. Se levantó para irse al cajón de seguridad que solamente mi madre y él podían abrir con sus huellas digitales. Éste se abrió y de él sacó un arma con su mano trémula.

—Si en verdad hubieras deseado volarte los sesos, así de fácil: tomas el arma; la diriges hacia aquí; pones tu dedo acá; apunta directamente a tu cabeza y…

Sangre y pedazos de cerebro salieron disparados por el aire, y se estrellaron en mí y entre el suelo y la pared. Mi papá había la partida de esta vida. El juego terminó para él, un juego desesperante y aburrido. Vi a mi madre morir en el suelo. Parece que ahora me está mirando. Quiere decirme algo. El niño, quedo, no se queda inmóvil. Me acerco; sus labios tiemblan; sus ojos incesantes…

-Déjalos… Vive.

Creo que escuchar.

-Dé-déjalos… Vive.

Antes de despertarme quise besarla, llorar su muerte. Pero no lo hice. Nunca lloré.

Y el brazo moreno de un niño me agasaja.

(…)

Cuando despierto él ya estaba ahí.

—Ese cuchillo sirve para matar o torturar, no para que tumbes a la cama desperdiciando el tiempo como un yonqui.

“Otro fantasma del pasado”, pienso.

—¿Sigues soñando?

Moví la cabeza queriendo decir un «sí».

—Hay medicamentos muy eficientes contra los «malos» sueños. Los asesinos necesitamos tranquilidad, orden y paciencia, porque vida no tiene nada de eso. Nosotros somos enemigos de la vida. Si no te compones, te volverás frenético. Matarás sin propósito. O te terminarás matando… Está en tus genes.

Esos consejos… Tan vulgares, harteros. Quiero ahorcar a ese fantasma. Quiero matarlo otra vez. Sus palabras me tienen asqueado, pero al menos me sacaron de mi somnolencia.

—Vamos, hay millones matándose entre sí y no eres mejor que ellos. Tu patética infancia es otra más para la sociedad. Das pena, no lástima.

—No busco dar lástima…

—Sabes que sí quieres, nunca fuiste feliz. De tal palo tal astilla, ¿verdad?

Resoplo. Miro al techo y espero que se abran las puertas del paraíso. Quiero sentirme bueno, un héroe, alguien que vale la pena para el bien de la humanidad. No obstante, soy un asesino y ya había cometido bastantes atrocidades por mucho dinero que no he utilizado apropiadamente.

Quiero llorar, pero nunca lo hago. Nunca lo haré. Soy un llorón que nunca lloró.

—No esperes salvación. Vives o te mueres. Es lo mismo. Sigues o te vas.

Alzo mi espalda; sé que eso ahuyentará a cualquier espectro imaginario. Lo hace. Siempre lo hace. Me quedo solo. ¿Qué he hecho para estar acompañado? Nada. Al contrario. Maté a gente que sentía afecto por ellos. O dejé que murieran.

Matar a un niño no es sano. No. La adicción de quitarle la vida a alguien puede omitir a los niños. Pero no. Los niños son parte del jugoso negocio. Matar a un niño… No es sano. Pero si no lo hago…

Algo, algo cercano me relaja. No es la droga. No sé qué es. O sí sé. Es…

Ese brazo moreno…

Pero no…

O sí… Sí…

Tengo que hacerlo. Tengo que matar a Charles Brown.

*

Cuando entré a la escena del crimen Charles Brown seguía vivo y el asesino, pues, asesinado. ¿Sería ese el término correcto? Un asesino asesinado. Qué patético. Es como si a mí mismo me hubiera encontrado en flagrancia a otro detective haciendo cosas de policía corrupto. Lo bueno es que ya no me ensucio más. La jubilación está pronta y necesito mantenerme limpio.

Charles Brown está llorando con un cuchillo en mano, este sangrando como si tuviera vida propia. Esto no tiene más de media hora de lo ocurrido. La alarma que nos llegó fue premeditada, pero no fue para evitar «algo», sino para presenciar el resultado de un asesinato de alguien que no era inocente.

Lejísimos de serlo. Un asesino profesional.

Bueno, es casi imposible que un niño de siete años se haya defendido contra un asesino profesional. Esto fue un suicidio, no un acto de defensa. Estoy seguro que todos pensamos igual. El pobre niño debería de estar muerto junto con su consciencia. Pero sigue vivo. Las cabezas de su padre y madre son sesos desparramados, un pintoresco panorama.

Qué mierda de mundo vivimos. Mejor sonrío con una mueca incómoda.

—Este niño dejó de ser niño —le comento a uno de los forenses con cuerpo sintético.

Me responde con un carraspeo artificial, del cual me da gracia.

—He visto casos en que infantes cometen asesinatos, pero casi todos por adictos a las sales o en defensa propia. Este caso es un poco diferente; no, muy diferente.

—Sí, lo es. Es un mensaje. Posiblemente político. Ya sería el cuarto en este mes. Ahora dos embajadores aniquilados frente a su hijo. Maldita sea, no es la primera vez que veo algo similar. Una consciencia infantil corrompida más. Bravo.

Supongo que el sintético está molesto conmigo, pero su malbaratada cara artificial a duras penas reflejaba las emociones más básicas.

—El niño todavía no reacciona, pero lo van arreglar de inmediato cuando se lo lleven a un hospital. Aunque te seré sincero, Charlie tendrá que ir con un psiquiatra por el resto de su vida.

—¿No le servirá que se metan en su cabeza? —ahora sí yo sonrío, con descaro— A mi me sirvió para sacarme a mi ex esposa cogiendo con un ex compañero del departamento de policía. Ahora los siento como sólo una imagen ajena. Este niño se sentiría mejor con una buena lavada de coco..

—Me impresiona su insensibilidad.

—Nah, tal vez de tanto que uno ha visto, pues como que eso de ser sensible se elimina de nuestra psique. De seguro te pasa a ti, más ahora que…

Vestía un cuerpo sintético.

—Sí, suele pasar.  Pero no así. —volteó la vista como para dejar de mirar mi cara de idiota, rechazándola por su moralina; en cambio, yo pensaba en mi pensión y volverme a casar con una mujer que no haya vivido más de cien años—. Usted o alguien tendrá que hacer una llamada a la embajada, necesita del Estado, así hasta que tenga a alguien como su protector. Sus padres están irrecuperables. Quizá toda su vida se la pase estando bajo custodia del gobierno.

—Ah, olvidaba estas cosas «especiales» de la diplomacia. Supongo que un pariente tendrá que reclamarlo.

—Siquiera los tuviera. Si bien le va, tendrá que ser relocalizado para otra familia.

Tuve condescendencia por ese niño. Hace tiempo que no sentía eso. Condescendencia. Empatía. Maldita sea, tendré que regañar a mi psicólogo.

Hoy en día los niños no tenían la infancia de antes. No eran felices. Yo lo fui a mi manera, tenía hermanos, mascotas, mis papás, aunque terminaron divorciados ya de ancianos. Sé que estoy amargado, todavía lo estaba peor antes, pero siempre tuve un sentido mínimo de altruismo. Creo que por eso terminé siendo detective, quería jugar el papel del héroe que nunca fui.

Otro de los forenses, una mujer madura, de carne y hueso, orgánica, le quita el cuchillo con cuidado al niño y se lo da a un practicante para que lo guardara como evidencia en un dron que se dispara al departamento forensico. Supongo que el instinto maternal de la mujer no pudo dejarlo a un lado y lo abraza. Yo también quise abrazarlo. Extraño. No, eso me restaría puntos de policía duro.

-Ahora, la pregunta es: ¿quién demonios lo dejó entrar…? —me pregunté más a mi mismo. El forense sintético me escucha y se ostenta en contestarme.

—¿Dejarlo entrar? ¿En serio? ¿No vio el desastre allá afuera? Este es un profesional, mató a casi todo el personal que estaban cuidando a la familia Brown. Incluso Jesús fue parte del listado de las víctimas.

Jesús, un palurdo que se convirtió en uno de los mejores de las Corps de las Naciones Unidas. Esta trama está yéndose más allá de mi paciencia. Sin embargo, es no es lo que me deja intranquilo. Hasta el más profesional no podía adentrarse como un virus a través de la infranqueable seguridad que tienen las Naciones Unidas. Son los «mejores» mercenarios para sus «mejores» ciudadanos.

—Sabes que a un asesino profesional se le contrata, incluso en la red hay secciones legales y otras no tan legales, todo está abierto para cometer actos ilícitos, si bien sabes cómo hacerlo; aunque se tiene el inconveniente de ser rastreable… Éste posiblemente se le solicitó por otro medio más rudimentario, pero efectivo contra toda pista para los judiciales. Hay cómplices muy importantes, muy posiblemente algún arribista que quiso eliminar a otro que le estorbaba. Ya ni me importa mencionarlo al aire —giro mi posición y miro muy bien al sintético—. Ya sabes, competencia. Lo mismo que en los otros casos de este mes. Lo de hoy es matar para que tu verdadero enemigo se atrase, no para eliminarlo permanentemente.

—Sé lo que dice, tratar con la muerte es mi trabajo, pero el tuyo es buscar quién la causó.

—Sí sí, aun cuando nos pagan para no hacerlo. Irónico, ¿no? Por eso da igual saber la cruda verdad de las cosas. Somos meros peones y ya. O algo de menos valor jerárquico.

El forense se tensa. Es una verdad incómoda. La corruptibilidad es más verdadera que la justicia. Yo bien lo sé, hasta me jacto de mi condición abyecta.

—Bueno, veré los resultados del espectrograma. Dudo que nos dé una historia sólida porque el asesino tenía un blocker. Puta tecnología, nos ha hecho inútiles al depender de ella.

Irónico, él es un sintético. Tal vez él mismo quiere contar su triste historia reflejándose con la pena de otros. Pero bueno, ese condenado tiene razón. Un punto a su favor es que hace mejor trabajo un ser con cierta inteligencia artificial que un humano biológicamente alterado. Las cosas estaban peor en los Estados en desarrollo como los de aquí, por eso no cualquiera goza de un cuerpo nuevo, sin que este sea uno de carne sintética o, peor aún, un robot humano.

Sinceramente estoy cansado, había visto mucha muerte con el caso de la balacera que pasó justamente el día anterior dentro un bachillerato. Dos jóvenes pulverizados. Irreconocibles, incluso genéticamente hablando. Me siento más viejo que nunca.

Me despido sin decir más. Los resultados me llegarán por la noche, aunque estoy seguro que querré revisarlos en la mañana siguiente.

El seguro no se ajusta para citas de los «curanderos de la psique» de un día para otro. Por eso mejor me drogo, más fácil.

(…)

Al salir de donde a nadie le importa saber que estuve, me llegó un mensaje. Mateo quería tomarse una cerveza. Él sabe que no puedo resistirme a algún producto que me saque de mi tensa realidad. La cerveza era lo menos invasivo que consumía. Le respondí lo usual “A moler nuestros hígados se ha dicho”.

Cuando llegué a nuestro sanatorio, el Emperador Azteca, bar con arquitectura que se asemejaba a las estructuras donde vivían nuestros antepasados. Justamente aparecí en el Emperador cuando acababa de llegar una reliquia: un pedazo de las ruinas de Teotihuacán. Lucas y Mateo ya estaban dentro tomándose su segunda infusión.

—¡Miren, llegó otra reliquia del pasado! —dijo Mateo sin vergüenza de exponerse como borracho.

Algo que sufrí desde joven, una enfermedad extraña, no mortal, pero me dejó poroso y arrugado; y es que siempre me vi viejo, la diferencia es que ahora sí lo estaba, ya era bastante lo que intenté mantenerme «eterno». Pronto, ya jubilado, cambiaría mi aspecto; ahorré toda mi vida para que me clonaran y pasar mi psique a un yo más joven. A esto le llamábamos un New Era Dream. Eso sí, toda una fortuna y el coste de perder todo contacto con mi familia. Era como reiniciarse, comenzar de nuevo. Tener la edad de mi hijo mayor. Además… Ya superé lo de mi esposa. Mucho mejores así las cosas.

—¿Y ese bloque que tienen ahí? —me senté en la barra junto a mis amigos de tragos.

—¿Eso? Es un contemporáneo tuyo, old man, lo sacaron de lo que quedó de Teotihuacán después de la guerra.

Se me olvidó contar que yo era el mayor de nosotros, por diez años de diferencia, no nomás por apariencia.

—Eso cuesta una fortuna —dije sin mucho interés.

—No, en verdad fue una baratija.

Lucas habló sin dejar de mirar a su cerveza.

—¿Platicaste con el dueño?

—Sí, ya sabes que por esa amistad tenemos bebidas gratis.

—¿Y cómo lo consiguió? ¿En subasta?

—Me contó que nadie quería un pedazo que estaba maldito después de la «tragedia», pero él no pudo dejar la oportunidad de añadirle valor verdaderamente histórico a su bar. La suma fue absurdamente baja, más económica que un fin de semana embriagado con ustedes. Crazy shit.

Indeed, bato —le contesté.

Sinceramente no me atraía mucho el tema. Dos de mis hermanos murieron en la «tragedia». Desde los tiempos de mi bisabuelo era tradición de nuestra familia ir cada equinoccio a Teotihuacán. Con mis hermanos terminó esa absurda tradición. También algo de todos nosotros se fue con esa «tragedia». Por eso nuestro país abdicó como tal y se unió al Gran Estado de las Naciones Unidas. No obstante, las cosas siguieron igual que antes, y peor en otros casos.

Ya había pedido mi primer infusión cuando entró Cara Larga al bar.

—¡Ahí está el son of a bitch hijo de la chingada!

Cara Larga era oficialmente un maltratador de menores, aunque en verdad sus delitos eran aún mayores. La vez que lo arresté era porque me sentía aburrido. Un error bastante banal que no debí haber cometido.

—¿Quién es ese? -preguntó Mateo.

—Otro en la lista de la gente que me odia.

—¿Tenemos que dejar de beber, verdad? —Lucas parecía muerto en vida. Algo le había pasado, pero no tuvo tiempo para contarlo.

—Sí —le contesté.

Cara Larga venía con cuatro más, listos para molernos a golpes. Pensé en usar mi poder como judicial, quería llevarla tranqui. Relax. Por mi jubilación y futuro nuevo cuerpo. Pero era inútil, este hombre volvería salir pronto. Era ahijado de un personaje notable de la política del Estado, también su empleado y asesino. No quedó más que usar los puños como defensa hasta que nos hicieran pedazos.

Lucas fue el primero en reaccionar al tomar su tarro y tirárselo al primero que se nos acercó; este explotó como una bomba de sangre y cayó exánime en la piedra azteca que acababa de llegar. Esta se manchó de sangre. Otro sacrificio más para el pueblo mexica.

—¡A ese cabrón no lo dejen vivo!

No pensé que usarían armas. El primer disparo impactó en la garganta de Lucas. Él quiso seguir luchando como un idiota kamikaze lanzándose hacia el enemigo. Ni modo, fue de gran ayuda porque distrajo a los maleantes, mientras yo y Mateo nos tiramos tras la barra, como en las películas de acción. Yo no quería terminar como Lucas, mi cita para trasplante de cuerpo sería en un mes, pagado todo a crédito, y no debía morir.

—Lucas… ¡Mataron a Lucas! —Mateo estaba hecho un mazo de nervios. No supe qué responderle. Estaba muy nervioso. En esos momentos saqué mi Glock. Pero no se activaba. Mateo se dio cuenta que algo no estaba saliendo bien de mi parte.

—¡Salgan de ahí, pussies!

El barman, como todos, tenía un escopeta, pero este no tenía las agallas para utilizarla. Estaba muerto de miedo al lado de nosotros. Muy sabio, mejor no entrometerse con alguien como Cara Larga, sería malo para el negocio.

—¿Qué pasa? -Mateo ahora estaba aterrorizado.

—No se activa…

Recordé que esa Glock no era mía, la había tomado por equivocación. Era de un colega que estaba de vacaciones y él tenía la que me pertenecía. Qué putas casualidades. Me hubiera traído la vieja versión de la Simiti que tengo en mi departamento, un arma poco legal.

—Mierda —me exaspero.

Mateo abrió sus ojos como dos platos a punto de quebrarse. Quise aconsejarle que tomara calma, que me entregaría; pero en vez de eso, le quitó la escopeta al barman, una reliquia del pasado, aunque bastante potente como para volar la cabeza de un ciudadano. Gritó como un berserker de la Corps, apuntó con torpeza pero fue suficiente para poner a todos en el suelo. Disparó varios veces sin atinarle a ninguno de los Caras Largas, nomás le quitó la vida a una pareja inocente, y laceró a la reliquia de nuestros ancestros.

Quise ayudarle. Sabía que no podía, así que, como buen superviviente, escapé por la puerta trasera. De Mateo ya no supe más.

*

¿Cara larga? Háganme el chingado favor; he tomado este nombre porque a un «diablo» se le ocurrió ponérmelo y eso me ha dado jodido poder entre los malosos, de otra manera, matara a cada hijo de puta que me llamara… Así. Extraño cuando mi mamá me llamaba Alfonsito.

Las putas que los parió a todos.

Además, siempre me encuentro con zoquetes que hacen más difícil mi vida.

No tengo crisis moral con lo que hago, mucho menos por lo que hice en esos momentos. Sólo quería matar al pendejo que me metió a la cárcel, pero los que terminaron muertos fueron sus amigos y otros daños colaterales que me importan un huevo. Al bar ese que fuimos como blitzrkrieg contra el culero que quería matar, nomás dejamos vivitos a unos cuantos testigos y al barman, que estaba hecho cagada, literal, en el suelo. No cuento a los que llamé mis secuaces porque ni los recuerdo. Eso sí, tuvimos que dar una santa madriza a todos los que seguían respirando hasta que ya no pudieron decir los buenos días otra vez más en su vida; los amenacé de muerte eterna; les dije que sus abuelitas iban a ser traspasadas a perritos chihuahuas y mis secuaces las iban a violar hasta el último aullido; y sí, así creí que no harían ni pío sobre el asunto Sé que pude haber sido menos violento. Tal vez hubiera utilizado esas pastillas amnesiéticas, o como se llamen, pero no tenía ninguna a la mano y estaba muy pero muy encabritado. Lo peor es que se me fue el ojete cobarde, se salió por la puerta trasera y ya no supimos de él. Qué original.

El único que dejamos para el final era ese que quedó agonizando. De ese sí recuerdo bien su nombre: Mateo, un puto pendejo que no sabe ni atinarle al aire. Me acuerdo de él porque es el quinto Mateo que me chingo. No sé qué traigo con los Mateo pero siempre los termino dándole en su mother.

—Váyanse al diablo, malnacidos… —a penas hablaba porque le salían chorros de sangre. No entiendo cómo seguía vivo, parecía un amasijo de carne sangrienta. Le dimos duro al cabrón.

—¿Esa manera de ofender, qué? Dinos hijos de puta, hijos de la verga, culos flojos, pendejos, jotos rascacolas, cocksuckers, cacas aguadas, locos culeados, o los parias de la sociedad, así como nos decía mi tía Lencha. ¿Que nos vayamos al diablo? Hijo, ya hicimos pacto con él, te lo aseguro, como que por eso mi padrino el que ha vivido más que los pinches héroes bíblicos —esa fue una de mis cátedras que hasta cobro por enseñar. No, lo digo en serio, mi padrino es un hijueputa muy cabrón.

—Brrr… —ya ni chanza de interrogarlo, estaba hecho mierda. Olía a mierda. De hecho, tenía mierda por fuera, se mezclaba con la sangre, poniéndola más oscura, extraña. Luego el barman ese también estaba todo cagado, chillaba como rata. Motherfucker, si hubiera sabido que odio ese olor…

—¡Puuuta! ¿Pero qué es ese olor? como les dije no aguantaba ese inmundo olor.

—Es que le reventamos la panza, literal, mi jefe —dijo uno de los que me acompañaba. Ese cabrón empeoraba la cosa, le apestaba la boca a rayos.

—Saben qué, castrenlo; no, es mucha pérdida de tiempo; mejor denle un tiro en la cabeza y vámonos —les pagué a los chotas que no hicieran escándalo por media hora y ya casi nos pasábamos. Vi la hora y creo que llevábamos casi diez minutos de más—. Puta verga, vámonos, ya estamos más pasados que el queso.

Al pendejo que le ordené acabar con ese «cagado» terminó ensuciando más la escena cuando le reventó la cabeza con su rifle. Se lo pudo haber chingado con un arma de menor calibre, pero al idiota le gustaba el desmadre. Estoy seguro que ese pendejo, si no está muerto, está muy metido en el bote y ya se lo han de haber culeado tanto que ahora canta como pajarito por las mañanas.

Seguimos nuestro camino sin limpiar nada de nuestro cochinero, no necesitábamos hacerlo si todo ya estaba «pre-pagado». Mi padrino, el que me sacó de la cárcel, el que me cuida de mis pendejadas, lo paga todo, aun cuando no lo sabe que lo hace. Esta vez no tenía ni puta idea porque estaba ocupado con la generación de un súper-maíz en Marte, de color verde, o azul; ya saben a cuál me refiero. Para este tipo de negocios los putos chinos y gringos dependían mucho de nosotros. Bueno, no me incluyo tanto porque a mi me valía madre todo eso. Yo me encargaba de otros business.

Y bueno, ¿qué chingados más? No me gusta contar historias muy largas porque empiezo inventarle mucho, mi mente gira y gira, como esos trompos viejos que mi abuelo nos enseñaba a rodar, mientras yo más bien los usaba para matar gatos con esos picos de acero.

Soy olvidadizo y qué. O eso. Distraído. Cosas de déficit de atención desde morrito.

Ese día me sentía soberbio y no quise esconderme de inmediato, así que les dije que a pie nos iríamos a un bar de mi elección. Nadie estuvo a favor de lo que dije, lo sé, pero no les quedaba de otra mas que apretarse los huevos y seguirme.

Bueno, fuimos más bien a uno de esos clubes clandestinos que abren desde muy temprano. Ahí hay muchas operadas, muy buenotas. No saben cuánto me gusta lo sintético, lo sentía más orgánico que lo natural. Esas pendejadas de que “Orgánico aquí, orgánico acá”, son pura bullshit, yo lo que quería era tomarme un pomo, cogerme a dos pechugonas y terminar asqueado de la vida. Asqueado. Y así fue.

Entramos y sólo había un que otro maleante como nosotros bailando, tomando o cogiendo. Aquí podías coger sin que te la hicieran de emoción. Las luces estaban bonitas, tonos oscuros, púrpura aquí, rosa por acá, que rojo vivo, así como neón, perfecto como para decir “Welcome to the future, perras”. También te entraban esas ganas de cogerte todo lo que se movía, hasta mis carnales se alejaban de mí cuando cuando ya me estaba tomando mi primera infusión, porque horny horny, papi. De inmediato le pedí a una mulata chichis de cono que me chupara la verga, pero le advertí que se atragantaría, así que tenía que hacerlo despacito. No miento, aquí sí no; les confieso que tenía un puto problema de micropene, algo genético que quién sabe qué, pero con lana todo baila, baby, y me hice un bodocón que parecía reventar de tanta sangre que se le metía. Siempre pedía panochas apretadas para verlas sufrir.

La puta parecía experta porque no se atragantaba. Me hizo pensar que algo se había modificado en esa garganta porque era muy profunda y aguantadora. Mis compañeros parecían más pussies que las que me cogí ese día, no agarraron nada, sólo estaban ahí, nerviosos, tomándose en putitos sorbitos sus infusiones; ¡chingada madre! ¡Yo lo pagué todo…! ¿Qué tal si fuera el último día de sus vidas? Cojan, beban, inyectense o metanse lo que quieran, de eso se trata, ¿no? Si tienes dinero, gástalo, y si te lo paga todo un buen samaritano, ¡pues disfrútalo! Hay que ser pinches agradecidos. Yo en mi caso lo hice, y mucho.

Recuerdo que un chino estaba ahí viéndome con esa cara de me metería una patada karateka y me destrozaría el culo. Sinceramente me dan miedo la gente con ojos rasgados, como que muy misteriosos y la chingada. Yo lo vi también, aunque con más hombría, según yo, así como lo hacemos los de este Estado. Si quieres un macho, ven para acá, no a China, ahí nomás rondan ricachones amarillentos sin sabor que comen perros con toda la legalidad del mundo. Las Naciones Unidas eran más flexibles con ellos que con nosotros. Que se vayan a chingar a toda su reputísima madre.

Me vine dos veces, porque tengo un botón que me hace venirme o aguantarme lo que quiera, además que mis testículos también estaban alterados, llenos de esperma para repartir, como semental de establo.

—A ver, mujer, abra bien la boca que aquí le va más leche…

Soy un maldito vulgar y me encanta. Yo con tan sólo tomar un poco de líquido y proteína tengo más leche para repartir en cuestión de segundos. No por nada tenía hijos por todo el mundo, así como mi papá, mi tío y otros parientes. Mejorando la raza mundial, sí señor.

Pero la fiesta siempre se aguadea, siempre, aun cuando va con lo mejor, se echa a perder. Llegó un baboso que me distrajo con su voz nerviosa de putito y me dijo:

—Jefe, me avisa don Chucho que agentes especiales vienen para acá… Pronto.

—¡Dile a don Lencho que se consiga una verga para su culo y tú también de paso! Yo te la pago, dile al de la barra que te consiga todas las que necesites para que no me estés…

Me callé porque me vine naturalmente, lo cual era de esperarse. Cuando me enojo pasa eso y empiezo a repartir golpes. Así que mandé a llamar a otra puta; le partí su madre y me la cogí en el escenario. Ahí mero pedí otra, se veía intranquila, pero no le pegué, sólo sus nalgaditas porque me la cogí también.

Justo cuando terminé la policía llegó: reventó el cielo y la tierra, por todos lados entraban y nadie hizo nada para detenerlos. Alguien me jugó mal, estoy seguro, porque estaba todo pagado, nadie tenía que molestarme, nadie. Miré hacia los lados, no vi al puto chino que quise darle un tiro en la frente, pero sí a los pendejos que estaban juntos casi abrazándose como corderitos asustados. Pedí profesionales y me dieron a putos de closet.

—¡Quién fue el pendejo que los trajo! Yo soy Mateo Cara Larga, sobrino de…

Se escucharon dos disparos que hicieron inaudibles a mis palabras. Mataron a un descalabrado que iba a sacar su licencia de policía, pero creyeron que iba a sacar un arma. Daños colaterales, siempre hay daños colaterales.

Ahí siguió el típico:

—¡Al suelo!

Escuché esa orden por tercera o cuarta vez en mi vida, y supe de inmediato que tenía que hacer caso o me tumbarían los dientes. Los que tenía casi todos eran nuevos, una amalgama de cristal con marfil, no pensaba ir otra vez con el dentista para ponerme otros nuevos. Me tiré, no supe más que el baboso que me esposó decía que no tenía derechos de esto y de lo otro, que guardara silencio cuando le preguntaba, todo cuando le preguntaba quién fue el pendejo que armó este innecesario desmadre.

Miré de nuevo por aquí y por allá, ya no había nadie, ni putas ni los pendejos que estaban conmigo. Ni ese chino. Ese chino debe de estar muerto o yo lo voy a matar.

*

Juan Chong fue de los primeros en saber las noticias de las nuevas colonias extraterrestres. Su conducta diplomática siempre le aventajaba en todo; tenía lo mejor para vivir como un acomodado burgués porque todos confiaban en él, no porque fuera buena persona, sino porque era fiel a su trabajo. además de ser muy eficiente, extraordinariamente eficiente.

Juan, como su padre, originalmente se llamaba Huan antes de cambiar su residencia. Él era un diplomático, empresario a ratos, y agente secreto tiempo completo; de hobbies, carpintero de estructuras japonesas y chef de comida oriental en general. Ah, y un aficionado de la energía cuántica y nanotecnológica. Un todólogo. Pero, sobre todo, yo sabía que era un hombre de acción, trabajaba tanto como los esclavos en sus fábricas. Yo lo conocí por mucho tiempo, él era misterioso pero agradable. Eso sí, su mirada daba miedo.

Quise preguntarle que si qué se siente haber vivido casi cien años pero parecer de cincuenta, pero él desapareció justo cuando me contó que los últimos colonos que llegaron a Yomi fueron asesinados por una nueva raza alienígena aparentemente inteligente, mientras los demás vivían resguardados en ciudades-fortaleza. Era una noticia que cambiaría la historia de la humanidad, igual de impactante que la cuasi inmortalidad en la que viven algunos.

—Nadie debe de saber esta información, sólo nosotros.

—Lo sé, Juanito, no tengo por qué andar hablando de esto con nadie, ya sabes que yo…

—Charles Brown lo sabe —me dijo cortante.

Cuando mencionó ese nombre me congelé. Estábamos comiendo cuando me atraganté y él sólo me veía. Su mirada. Asiática. Hermética. Y asustada. Esto era serio.

—Tenemos que irnos muy lejos, no podremos sobrevivir aquí —era la primera vez que vi algo de miedo en la cara de Chong. Ese hombre era de hierro, si querías doblarlo primero lo matabas.

—Pe-pe-pero mi familia, les prometí ir a las playas escarlata en Marte…

—Tu familia no importa, tampoco la mía. Olvídala. Yomi será nuestro destino, tengo parientes allá que nos recogerán.

No pude creen en las palabras de Chong, todo parecía tan apresurado, algo tan raro de él. Vaya que el miedo hace cosas sorprendentes al carácter humano, creo que es el factor que nos identifica como humanos más que nada. Los prejuicios, racismo, fobias, religiones, todo se fundamenta  del miedo. Chong estaba muerto de miedo. Yo estaba peor. E ir a Yomi es durar décadas congelado para ir a un pequeño planeta fundado por chinos y japoneses.

—Juan, Charles todavía es joven…

—Un joven con rabia, dinero, poder y habilidades telequinéticas. Si quieres seguir viviendo nos vamos ahora, cambiamos nuestras apariencias, o yo me voy solo y sobrevivo. Tú decides.

—Yo, no sé… ¿No podemos contratar…?

—Charlie mató a todos. Él mismo lo hizo, lo sabes. Ese «joven» se enteró de su procedencia y sabe que nosotros somos culpables de ello. Yo no puedo contra él, estoy fuera de su liga, es un asesino profesional y es un dios en su arte —Juan se paró a un lado del asiento antigravitatorio en el que estaba sentado—. La policía también nos busca.

Perdí la cabeza y comencé a gritar. Tantos años en que creí que todo había salido bien, en que mi éxito era eterno, profundo; posiblemente mi alma inmortal pasaría de cuerpo a cuerpo, o rejuvenecería por más dinero…

—¡Estás loco, estás loco, estás loco…! ¡Tú dijiste que algunos colonos murieron ahí, hay demonios ahí, todo está maldito ahí y los japoneses lo sabían!

Juan me miraba, creo que con pena, no sabría decirlo, casi siempre tenía la misma mirada.

—Adiós.

Fue lo último que me dijo y se fue.

Creímos ser los reyes de nuestros castillos, pero tarde que temprano los usurpadores tendrían que ser decapitados. Nosotros, los usurpadores. Charles Brown lo sabía desde pequeño y fue muy paciente. Ahora es un mozo sediento de venganza, su consciencia y genes se lo piden.

(…)

Ahora, tarde —todo es «tarde»— estoy solo frente al espejo que recibí como regalo en mi último matrimonio, que cuesta casi un país pobre que no está aliado a las Naciones Unidas. Quiero ambientar mi entorno con música relajante, que las paredes soltaran hormonas para sentir paz. No. Es una locura. Todo empezó con ese asesino que tuvo que haber matado al niño también. Eran un niño y un farsante que se hacía llamar profesional. Sé que él se dejó matar por aquel, Juan me lo contó todo. Ese niño cambió su psique, maduró demasiado. Ahora nos quiere matar. Ya ha matado a muchos de mis seres queridos, pero nunca creí que llegaría hasta mí sin antes yo hacerlo desaparecer de este mundo. Ir al planeta Yomi era como ir al infierno mismo: desconocido, caliente todo el año, pero habitable. Y peligroso, muy peligroso. ¿Qué sería si una guerra galáctica comienza ahí? Tal vez nuestros nuevos enemigos son más poderosos… No sé si tenerle más miedo a ellos o a Charlie. No quiero saber nada de eso. Tengo que dejar a mi familia, dejarlos a todos, mi dinero, mis frutos que duraron años en germinar… ¡Todo! Hasta mi nombre, George López Hank.

George López…

George López Hank.

*

La puerta gruesa de magnesio se abre con una lentitud musical. Varios objetos flotan, hasta George también siente que sus pies ya no tocan el suelo. Se escuchan gritos de alguna parte de la casa, luego callan con letal parsimonia.

Charlie da su primer paso dentro del penthouse. Esperó tanto tiempo para esto. Cierra el puño y algunos jarrones ancestrales explotan, se hacen añicos, pero esos pequeños pedazos siguen flotando.

Siguen otros gritos, más agudos, inocentes, de pequeñas voces…

Y callan.

—¡Charlie, no! ¡Por favor!

Él escucha a George llorar como un cerdo que suplica no ser sacrificado. Charlie está solo, pudiera contratar a millares de mercenarios para que hicieran el trabajo por él. Pero Charlie era el mejor y le gusta hacer todo por él mismo. El eco de sus pasos modifican las leyes de la física del lugar, todo parecía tomar otro estado, parece un sueño; o, mejor dicho, una pesadilla.

—¡Charlie…! —George sigue chillando.

Charlie está junto al enorme baño de George. George está ahí, flotando, parece que su corbata lo está ahorcando.

—¡Por favor….! ¡Ten piedad…!

Sabía que esto pasaría. Él se lo contó en los sueños. Dios le comunicó todo lo que tenía hacer para haber llegado tan lejos. Charlie era un pequeño dios en la tierra, pero prefería que le llamaran La Muerte. Y eso era, la muerte encarnada, un símbolo en contra de los viejos y nuevos inmortales; una orquesta en favor a la humanidad, su regularidad en morir y renacer con su descendencia. Por los genes. Los divinos genes. El espíritu santo de la biología.

—Qué les hiciste… No… Los mates… Tengo miedo, mucho miedo… Mira, hasta me oriné los pantalones… Mira…

Charlie mira que George está empapado de su propio orín. Sonríe.

—Ríete, está bien, lo merezco… Pero no mi familia…

Charlie le envía imágenes, horribles y despiadadas.

-No… ¡No!

La sonrisa de Charlie se hace más grande. Es un dios vengativo, tenebroso, al estilo del Antiguo Testamento; el dios mosaico del antiguo pueblo elegido.

—¡Tú también debiste morir ese día, como tus papás eres un demonio, sin moral, sin compasión! —le llegan más imágenes— ¡Mis hijos, todos…! Motherfucker!

Charlie deja que llore hasta que se cansa.

—Quién… Quién te dijo todo… No entiendo, nadie nos traicionaría…

—Dios.

George se queda anonadado.

—¿Te has vuelto un fanático de tí mismo…? ¿Por esa fantochería mataste a todos mis hijos?

George se ve muy patético, se perdió todo su orgullo.

—Dime al menos quién fue el hijo de puta… —prosigue George «el sin orgullo».

—Dios.

—¡Quién es ese…! ¡Dios no existe, nosotros lo matamos! Si existiera un puto Dios no hubiera dejado que existieras, lunático malnacido.

El deleite que siente Charile es sublime; cree que después de ver la misma escena tantas veces se diluiría la emoción. No es así.

—Si así le llamas a ese canalla… ¿Cómo se llama ese dios?

Sonríe ahora con sus dientes, fríos.

—Anuk.

George se siente confundido. Tiembla. Recuerda ese nombre.

—Eres un hijo de puta… Ese nombre… Los fanáticos han hecho atrocidades por ese nombre… Por una ficción todos los seres que amaba murieron… Y yo también moriré.

—No es ficción, lo que pasa es que Dios no sabe que su creación lo reconoce, él cree que somos seres que sueñan y viven su ciclo, y después desaparecen para darle campo a otros seres en el vasto infinito de la eterna creación.

—Mátame ya, no estoy para bromas fanáticas… Si hay otro mundo después de este, ojalá vea ahí a mi familia…

—No lo harás. Serás algo menor de lo que eres ahora.

Pasa un momento.

—Anuk… Qué porquería.

Charlie deja de sonreír. El espejo refleja los pies de George. De pronto se escucha el sonido de un globo que explota y sangre se embarra sobre el espejo. El cuerpo de George cae.

El joven mira a su víctima. Una lágrima se le escurre.

—El día de la Gran Conspiración se acerca. Los hombres serán dioses y los dioses volverán a ser hombres. Ustedes serán la ofrenda.

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