El día que se creó a Dios | Cuento

Diez días pasaron después del incidente de Malbania, millones dejaron de respirar para tragar polvo y ser comidos por lombrices. Aunque bastantes almas solamente se desintegraron en el aire.

La humanidad estaba desecha, ya ni los nihilistas tenían ganas de no creer, únicamente lo que querían hacer es nada, realmente nada.

Y también los existencialistas dejaron de existir.

Un filósofo y físico de la Universidad de Dale, maravilla intelectual del país de Libertaria, pensó en quitarse la pena de decidir algo grato, entonces optó en clavar dos sólidos tornillos en cada extremo de los libreros de su oficina, sacó un cobijón y con él armó una hamaca donde se acostó para, sí, hacer nada. Su asistente más querido, un joven treinteañero, sin mucho sabor en su personalidad ni vida, que tenía el afán de molestar a su mentor de día y de noche, entró a la dicha oficina, sin tocar antes la puerta, y con paso ligero pero un poco torpe.

—¡Gibson, Gibson! ¡Señor…!

El joven mira bien a su padre académico que con una eterna lentitud acostado se balancea sobre de su hamaca. Gibson no parece ni prestarle atención a la pipa, que hace tiempo permanece apagada, la sostiene flojamente con su boca.

—Apuesta a creer…  —el profesor Gibson murmura.
—¿Profesor…? ¿De dónde sacó esa hamaca? —Gibson no responde—, ¿no atendió a ninguna de las clases de hoy? Creo que lo llamaron a una junta especial para discutir sobre las anomalías que se abrieron en Malbania…
—Huevos con bacon…

Gibson abre suficientemente la boca y la pipa se le resbala de la barba para esconderse dentro de la hamaca.

—Profesor, ¿hola? Soy David Weber, ¿me reconoce? Todos los días lo molesto con mis estúpidas ideas y…

Si es que Gibson estaba en ese cuarto, parecía ser que solamente su cuerpo encontraba ahí, balbuceando palabras al azar, o fórmulas metafísicas extrañas, pero su conciencia ya no ponía atención a los mortales.

—Bueno, la verdad, señor, es que se me ocurrió una de esas ideas —David, entusiasmado como un niño, toma una silla y se sienta para contarle un maravilloso descubrimiento a su padre—; no, de hecho, más que una idea, es una maravillosa ecuación, la fórmula correcta que le he comenté el verano de mi primer año aquí con usted….
—Las moscas dejan huevillos en la comida…
—… Y es que creo que no me va a permitir finalizar el experimento, porque, ya sabe, es muy riesgoso, pero sirve, es fiable, ¡estoy seguro de que sirve para servirnos!

El profesor Gibson suelta sus labios y hace una burbuja de saliva como divertimento. David siente que algo abrasa su corazón, su respiración se vuelve más rápida.

—Yo voy a crear a Dios.

Gibson lentamente gira su cabeza hacia David, su cara era la de un viejo preocupado.

—¿Mis perros? ¿Tienen comida?
—Eh, sí, me encargué de eso temprano, esta vez no tuve problemas con Manchitas, ya no tuve problemas con dejarme entrar, en vez de morderme ahora lame mis manos para que le dé comida de lata, pero ya sé que me tiene prohibido…
—¿Agua?
—Sí, también les llené sus recipientes y los conecté junto al filtro añadiéndoles un sensor como para su constante uso, porque sé que sus animalitos son muy sedientos.
—Magnífico —Gibson vuelve a su estado de trance.
—Como le decía… Voy a crear a Dios. Este día más que nunca lo necesita la humanidad. No, espere, no nomás la humanidad, ¡sino el mundo entero! ¡Quizás hasta el Universo!

Gibson hace otra bombita con su boca.

—Y necesitaré su permiso, claro, ya le prometí no hacer algo tan riesgoso sin consultarlo a usted primero.
—El permiso es concedido a los oídos abiertos a la sabiduría.

David frunce el ceño, pero sus manos tiemblan de emoción.

—¿Cómo? Dice que…
—Mi permiso de ser es irrevocable… Hay que permitir que pase lo que tenga que pasar.

David se para de la silla con un brinco de alegría, grita algunas hurras, cierra sus puños hacia el cielo.

—¡Si Dios no existe, el hombre tendrá que crear a Dios!


Los lentes de seguridad de David brillan de un azul etéreo. Su boca se abre. Un destello borra todo con blanco.


Se escuchan unos rápidos pasos por los pasillos del departamento de Física y Disciplinas esotéricas de Dale, aun cuando casi todos sus inquilinos guardan luto. Ciertamente, nomás el conserje Oswald mira hacia un lado para ver qué alboroto se estaba desarrollando en su momento de más tranquilidad dentro de su fastidio laboral.

—¡Deus, Deus autem nobiscum!
—¿Qué…? —Oswald dice en voz baja.

David Weber pasa como rayo al lado de Oswald.

Eureka! —traga saliva— ¡Deus autem nobiscum!

Owsald se queda obnubilado por el lenguaje extraño que el joven utiliza.

—¿Qué pasa?

David se devuelve, su sonrisa de maníaco sólo hace preocuparse más al viejo Oswald. Se acerca más y aprieta sus manos contra los brazos del conserje.

—¡Dios está con nosotros!

Ahora se va de nuevo hacia la oficina de su mentor. Oswald, que prefería no tener mucho contacto con los académicos ni con sus colegas, tiende a hablar a solas.

Murmura algo.

—La última vez que vi algo así fue cuando el profesor de Literatura Apócrifa corría desnudo por los pasillos diciendo que conoció a un Dios antiguo en el baño… —Oswald prosigue con su trabajo.


El portonazo necesario se escucha después de David abriera la puerta de la oficina. Su mirada triunfante lo decía todo, él había ganado esta batalla contra la ciencia, contra toda expectativa. Había creado a Dios. Sonríe y piensa que así será para siempre.

—¡Deus at home, papá! ¡Deus at home! —grita de júbilo— ¿Interesante frase, verdad? ¡Aaah!

Gibson siguen en su misma posición, en la hamaca. Hace de nuevo una bombita de saliva.

—¡Creamos lo imposible como los grandes! Pero usted y yo no somos como cualquiera, ¡somos los científicos más grandes del mundo, de la existencia! —levanta un dedo hacia arriba, ajusticiando a su porte triunfal— ¡Hemos creado a Dios!

Ahora trota hacia el escritorio, brinca sobre él, baila torpemente, extasiado, tumba objetos en el proceso, canta locuciones latinas con referencias al antiguo o nuevo testamento. Está feliz y se lo merece. Gibson gira su cabeza lentamente y lo mira.

—¿Huevos con bacon? Que el bacon no esté muy cocido, tierno…
—¡Claro que sí, lo tendrá pronto, sus deliciosos y nutritivos huevos con bacon! ¡Sí señor! O digo, ¡sí señor mi Dios!

Cuando parece haber desahogado lo suficiente de sí, se baja, mira lo que hizo.

—Vaya, perdón… —piensa en algo, lo busca, y levanta del suelo el ordenador que tiró minutos antes—. Mire, le enseñaré que nuestro logro es verdadero -teclea frenéticamente sobre la pantalla, como si estuviera aniquilando con sus dedos a un ejército de moscas— Sé que fui muy impulsivo, lo dejé ir, tuve que hacerlo, algo en mí decía que lo hiciera, pero ahora está afuera, ahí, arreglando todo, haciendo milagros… —sus ojos giran de aquí a allá en la pantalla— Está en todas partes… Pero este vídeo en vivo es el mejor.

David toma el ordenador con sus manos, pero piensa que sería mejor ponerlo sobre un mueble que lo sostenga y así verlo con comodidad junto a su padre académico. Busca con sus ojos lo que necesita. Lo encuentra: es una mesa de centro atiborrada de libros viejos. David los tumba con un brazo sin remordimientos. De seguro algunos de ellos eran reliquias invaluables.

—Esto servirá formidablemente…

Se acerca al profesor tomando el ordenador con un brazo y la mesa con el otro, sacando fuerzas titánicas de quién sabe dónde. Pone un objeto sobre el otro, se agacha y reproduce el vídeo.

—Mire, mire… ¡Ahí está! Los está reviviendo a todos en Malbania —David mira al profesor con algo de pena—. Perdón, profesor, yo mismo le dije que fuera hacia allá primero, aunque él no hizo ademán alguno de entenderme, sólo se fue, lo dejé ir… De nuevo perdón por no haberlo consultado con usted… ¡Pero mire, los muertos reviven! Es magnífico, sin precedentes, viviremos en un nuevo mundo…

David detiene sus entusiasmadas palabras azarosas, porque ciertas cosas de su pasado vuelven a su memoria, lo invaden, pero con placer y esperanza.

—Profesor, tengo que disculparme con usted, pero tengo que irme, creo que él podrá también hacer que vuelvan mis padres, que ya no sean sólo polvo, así como mi hermanita, el pequeño Rocky… O también a todas las víctimas de la guerra… Tengo que irme, pero le dejaré el vídeo para que vea lo que pasa minuto a minuto.

David se levanta.

—Necesitaré una chaqueta, en Malbania de seguro hace mucho frío -ve que hay una chaqueta vieja colgando de un gancho improvisado. De seguro el profesor mismo lo clavó—. Profesor, si no es mucha molestia, tomaré prestada su chaqueta. Tengo
que irme.

Intenta ponerse la chaqueta, los dos primeros intentos falla con posiciones absurdas, hasta que tiene éxito y se lo pone. Le queda un poco holgado, pero le sirve. Sale, pero luego asoma su cabeza de nuevo.

—Le prometo que volveré en cuanto pueda, hablaré con Dios, le pediré algunas cosas antes, y sin falta haré una bitácora detallada, luego lo traeré con usted, le haremos preguntas, tal vez tomemos té juntos, si es que Dios toma té… Bueno, ¡chao!

Y se va.


El día parece estar adelantado. Todos los días hasta ahorita han parecido los mismos, como si se quedaran estancados en un mediodía eterno, donde Dios está allá afuera arreglando el caos que el humano ha creado, haciendo milagros, reviviendo muertos, curando a enfermos… Pero algo hostil se sentía en el aire.

La universidad estaba desolada, ningún alma rondaba en ella, ni siquiera Oswald, que era casi parte del inmueble de la academia. No hay electricidad y el frío es horrible. Lo único que se escucha son los pasos de David, ahora más agresivos, como si tratara de huir. Jadea. Jadea. Hasta que llega a la oficina.

Entra a la oficina, pero ahora no la deja abierta, sin pensar mucho la cierra precipitadamente y se recarga sobre la puerta, tratando de tomar aire.

—No…

Quiere articular alguna idea, frase, pero nada le viene en concreto porque piensa mucho, siente mucho.

—No… No… No puede ser…

Su cuerpo tiembla, intenta contenerse. Solloza. Mira hacia enfrente: el profesor sigue viendo a la pantalla oscura del ordenador que lleva quién sabe cuánto apagado por falta de batería. Se dirige al ventanal, pero se detiene un momento para ver lo que hay fuera. Traga saliva. Traga de nuevo pero ya no puede hacerlo, toce. Se calma y logra su cometido en cerrar las cortinas. Ahora intenta mover los muebles para tapar las ventanas y la puerta, sin embargo, le es imposible, son demasiado pesados, con o sin los libros y antiguedades que contienen.

—Es imposible… -se tira al suelo, pone su manos sobre la cara y llora—. Algo salió mal… Muy mal…

Gibson se saca un moco.

—Algo hice mal… ¿Será alguna ecuación errónea? ¿Las coordenadas equivocadas? Tuve que haberlo cuestionado… Tuve que ser más precavido… ¿Qué he hecho?

David se hinca intenta tranquilizarse. Se arrastra hacia el profesor.

—¡Perdón, profesor! He cometido un error que es irreparable, es, fastuosamente horrible… No es lo que creímos… Es… Ojalá que no llegue a despertar a mis padres, a mi familia, que sus almas descansen…
—¿Los perros?

David, con los ojos rojos y llorosos, mira con compasión a su padre académico.

—Los perros… Están bien… Ellos están bien…
—¿Los perros tienen comida?
—Sí… No, pero mucha agua, mucha… Ah, es que… Esto no podrá perdonarme, no tiene qué, pero sus perros ya no importarán… Nada importará ya…
—Oh…

El profesor se pone triste y puerilmente baja su cabeza para mirar al suelo.

—Es que… Ellos… Ellos se están comiendo a todos, nadie es igual, él los mira nomás, los deja y él sigue… No hace nada para pararlos, ni él para con lo que hace… -intenta aguantar el llanto, pero de nuevo pierde la lucha- Estamos condenados… Y ya no sé qué hacer…

De pronto el profesor mueve un brazo y con su mano frota la cabeza de David.

Las sombras de ellos desaparecen. El ambiente se torna sombrío. Niebla. Una oscuridad parece reinar. Todo se pone negro.

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