En búsqueda del tiempo perdido | Cuento

Recuerdo la memoria de Johnny, Johnny Lovato. Era un chico resplandeciente por su hostilidad ante la vida, pero, muy perspicaz y elocuente.

Cuando lo conocí yo era un niño de doce o trece años, en mis tiempos secundarianos, donde, desgraciadamente, murió mi papá en una guerra que se efectuó miles de kilómetros de mi patria americana. Yo no sé de qué murió, sin embargo, mi madre siempre lloraba al ver en los noticieros alguna noticia de un accidente aéreo, lo cual, me hizo suponer varias teorías.

Pero, de eso no hablaré ahora; estamos conversando acerca de Johnny, Johnny Lovato.

Mi mamá y yo fuimos a vivir con dos de sus hermanas cotorras, mas no era buena idea llamarlas así en frente de su cara, porque, literalmente, te despellejaban a rasguños. Para no hacer más larga la historia, tuve tiempos gloriosos como nefastos en mis primeras semanas en Montreal, pero mi suerte cambió cuando empecé a cursar la secundaria en St. Anne du Hamburgue Middle School, donde mis compañeros tenían pinta de “Ódiame, si quieres”. Y vaya cómo sufrí los primeros tres días, sólo hasta que conocí a Johnny, Johnny Lovato, que, irónicamente, a pesar de su desprecio a mis zapatos mal lustrados, le tomé gran afecto por su humor negro y lucidez mental. Bien recuerdo la conversación en que, en medio del almuerzo, me contaba anécdotas y describía inteligentemente las personalidades de cada compañero de nosotros.

—John.

—Llámame Johnny.

—Bueno, John… ny.

—¿Sí, mi querido zapatos de zoquete?

—Yo no creo que le agrade a nadie aquí.

—No te preocupes, ni a mí me agradas; pero, al no agradarme, me agradas, ¿sabes? Los demás que ves aquí, alrededor de nosotros, me agradan, y, por eso, me desagradan. Me divierten como si se tratara de un comensal lleno de bufones y yo soy el obeso rey del que se ríe de ellos o, en caso de su incompetencia o insolencia, los manda a ejecutar o encarcelar en el peor de los calabozos de Normandía.

—¿Normandía?

-Ah, disculpa. Mis lecturas me condenan. Casi todos aquí venimos de colegios de alto nivel, así que de Historia y Geografía nos las arreglamos perfectamente bien… Hasta el más cabeza de alcornoque lo hace.

—Oh…

—Así es. Oye, escuché que tu padre murió en la guerra. Mi madre también murió en la guerra, pero mi padre no. Aunque hubiera preferido lo contrario —hizo una pequeña pausa, parecía que sus ojos se empapaban de recuerdos—. Mi padre es maestro de Inglés, es muy divertido, pero por eso mismo me cansa mucho su habladuría y no me deja solo con mis lecturas. ¿No crees que sea buena idea que se presenten tu madre y mi padre? Sé que tu madre fue costurera y mi padre necesita unos nuevos suéteres, como también sus viejos y ajados trapos necesitan coserce… No me preguntes cómo lo sé, pero, lo sé.

Yo me sentía intimidado por sus palabras y modales. Todo un superdotado para ser un niño. Me entretenía y me gustaba que fuera así, aunque, también me causaba miedo, porque nunca sabía si todo de lo que me hablaba era sarcasmo. Bueno, en aquellos tiempos poco sabía del sarcasmo. Johnny, Johnny Lovato era su especialidad.

El día en que coincidimos intencionalmente a las afueras de un cinema, Johnny, Johnny Lovato, me pareció rarísimo, como que su piel era más pálida de lo común; no obstante, su risa y sonrisa sardónicas fueron las mismas. Yo visualizo muy bien que él se quedaba dubitativo varias veces al ver el cielo o la tierra.

Y recuerdo que muy bien que, de pronto, desapareció como si se tratara de un espejismo, de una ilusión mágica que, al revelarla, se desvanecía en lo más etéreo que los ojos humanos no podían precisar.

Así fue como, el que pudo haber sido mi mejor amigo de la infancia, o incluso de toda la vida, se fue y nunca volvió. Bueno, bueno, el lado amable de esta extraordinaria desavenencia, de la cual, yo nomas recuerdo, casi me metían a un hospital de locos por mi renuencia a olvidar a Jonny, Johnny Lovato, y es que mi madre y su padre se dieron tanto apoyo, que, ni al año de la desaparición, de Johnny, Johnny Lovato, tuve un nuevo hermanito y, al poco tiempo, mi madre Svenska y ese George se casaron. Eso sí, se olvidaron un poco de mí.

Aunque fuimos felices con el ausente recuerdo de Johnny. Jonny Lovato.

 


 

¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Que qué pasó? No tengo ni puta idea. Fue como si hubiera pasado ayer y a la vez hace milenias. Todo en un mismo ciclo, remolino o… ¿Qué? Supongo que ninguna de esas mediciones es suficientemente certera.

Me acuerdo muy bien que, cuando estaba con Andreas y su madre afuera del cinema más horrendo que pudo escoger él, mi padre nos acompañaba, que, en el camino de lo que era mi casa hacia el cine, él me dio una cátedra sobre En busca del tiempo perdido y algunas novelas de James Joyce, así de nefasto y largo estuvo el camino, ya que, como mi padre era maestro de literatura inglesa, poco dinero tenía para comprarse un automóvil, por eso comíamos lo que alcanzaba y, de alguna manera, conseguíamos los mejores libros con las mejores ediciones de los clásicos y contemporáneos. Además, ya había leído todo lo de Proust y Joyce, nada inglés me interesaba por aquellos entonces, aun cuando en su momento me encantaron.

¿Que qué? Yo no sabía que me iba a pasar lo que me pasó, ni a nadie en mi caso lo ha entendido completamente. No, de haberlo sabido, me hubiera llevado conmigo algunos tomos sobre crítica literaria, otros sobre existencialismo, por supuesto que literatura sobre Diógenes de Sinope y Diógenes de Laercio, Aristóteles, y un romano, mi favorito, antes de Cayo Julio César, Cicerón. Ah, Maquiavelo, sí, Maquiavelo también. Y a mi gato, que era tan huraño como yo, por eso me desagradaba y, por lo tanto, me agrada como nadie más.

Maldita sea.

Y con lo que iba, es que ese día fue igualmente de nefasto que un funeral en la Luna. No, no odio a mi padre; si no fuera por él, no odiaría tanto la sabiduría humana. Y sí, ese día me levanté con una fiebre atroz, pero, como dice una infame proverbio “Al mal tiempo, buena cara”, así que, ¡demonios, quería que mi papá dejara su soledad, la cual me hostigaba con sus interminables cátedras! Pero también lo amaba, a mi modo, y quería que fuera feliz. Sin embargo, pareció que tuvimos éxito Andreas y yo desde un principio de la cita a ciegas.

Solamente que… Tenía hartas ganas de morirme, de desaparecer. Algo en mi me daba agruras y hacía que mis dedos temblaran más que las de una anciana artrítica. Pero todavía no había comenzado lo peor: cuando procuramos unas cuantas vueltas por un parque cercano, antes de que abrieran el mierda de cine al que se suponía que íbamos a entrar, mientras nuestros padres se enamoraban como bobos adolescentes, yo me moría por dentro y alucinaba que era un embrión, un ciervo, un cuervo, un padre, un padre de familia y un anciano decrépito en su última exhalación rectal.

—Imagina, Svenska, ¿te puedo llamar así? Bien bien; Svenska… Imagina que algún día el humano ponga un pie en el suelo de un planeta exterior… ¿Cuál sería el primero, o, el que tú preferirías?

Yo a eso contesté inmediatamente, diálogo que me salió del alma, literalmente.

—A la Luna, claro.

Todos me vieron como si se tratara de un loco entrometido, de esos que rondan en los kioscos pidiendo limosna o refunfuñando una idea ininteligible. No fue la primera vez en mi vida que pasaba eso, en el colegio era de lo más común, más en clase de Filosofía o Historia o incluso Literatura, mi favorita.

—John, ¿cómo sabes eso?

Preguntó la mamá de Andreas.

—Fácil, es el astro más cercano y práctico para descender, y la NASA piensa lo mismo.

—¿Na- qué?

—NASA, padre. Es obvio que aterrizaron en la Luna, pero, también es evidente que el vídeo que presentaron es un fraude, porque, ¿cómo puede haber una Luna a lo lejos de la Luna? Ya con una es suficiente aquí en la Tierra y, pues, en efecto nomas hay una. Luego no entiendo cómo demonios la bandera estadounidense que impostaron en la tierra de la Luna se ondeaba, siendo que, obvio también, no es la misma gravedad en la Luna que en la Tierra, ni mucho menos hay aire.

Nadie respondió, nadie siguió hablando. Yo tampoco quise seguir hablando, pero mi mente era lo más ruidoso que pude experimentar, era como si un perico le dieran de comer un picante infernal y no dejara de parlar y parlar, sino hasta quedarse afónico o morir por asfixia.

El humano todavía no había pisado en la Luna en aquellos momentos.

 


 

Desperté y me encontraba solo. Pestañeaba y pestañeaba esperando volverme a despertar. Por un momento me volví a sentir ese mocoso de doce años que todavía quería la teta putrefacta de mi madre. Estaba en el parque, llorando y no llorando, viendo hacia el este y al oeste, norte y sur, y demás orientaciones que solamente imaginarlas me mareaban

Sí sí, todo pasó al mismo tiempo, aunque no me lo crean. O sí, puede que sí me crean, hasta entiendan. Fue extraordinario, mas no sublime. Puta madre. Era como si me dividiera en miles “Yo”, John F. Lovato, miles de Lovatos para el mundo entero; un mundo excepcionalmente genial, que lo hace automáticamente despiadado y asqueroso. Sentí que un vómito, al parecer mío, flotaba en el aire y que en el suelo un remolino del mismo color de mi vómito tragaba todo lo que se encontraba a su alrededor.

Ahí fue cuando cerré mis ojos.

Y gracias a la Gran Puta todo terminó. Al menos por un momento. ¿Qué es un momento? Un momento… Puta madre, no me lo vuelvo a preguntar.

Me mantuve así. Lo tengo eternamente presente. Abro los ojos y lo que veo es un John degradado, viejo, en una mecedora, como si se tratara de la cuna de su muerte; dirijo mi mirada hacia atrás, o lo que puedo denominar mi parte trasera en ese momentos, y yo estoy en los brazos de una hermosa mujer, pero, no recuerdo si mi mamá es en realidad así; luego, veo a dos Johns, uno casándose, otro suicidándose.

Yo nomas grito desde mis adentros hacia afuera:

—¡Qué putas parábolas estoy viviendo!

Y me auno a mi dolor, un dolor que nunca he creído dejar salir y agasajarme tan terriblemente fuerte, que caigo inválido y sólo veo espacio y estrellas, y otras mierdas cósmicas que tanto odié que escribieran ciertos literatos sumidos en las drogas o en el mero ocio.

 


 

Una voz me despertó. Sí, me volví a despertar. Fue una voz suave, pausada y con un leve acento extranjero.

—Despierta, muchacho, despierta.

La voz me dijo.

No hubo tiempo —¿tiempo?— para responderle “Vete a comer mierda asada, pendejo”.

—Ah, ya habías despertado. Es difícil acostumbrarse a la religión de estos lares.

Ahí fue cuando lo vi por primera vez: alto, menudo, bigote feliz, y un peinado que en mi vida me haría, ni por más grasa que tuviera. Aunque, para ser sincero, me parecía muy amigable, y es que, como ya algo en mi había cambiado, no podía expresarme como aquel superdotado John misántropo, sino, yo, ya era, pues, ah, otro.

—¿Cómo te llamas? Oh, perdón, John, ¿Lovato? Sí sí, no sé por qué me falla la memoria en estos momentos. La memoria, ¿aparato de lo más voluble, verdad? Y el más selectivo; pero he llegado a dominarla, y vaya que muy bien. En realidad es muy fácil

—¿Tú quién eres?

—Vaya vaya, qué poca cortesía… Pero no importa, me gusta la cortesía aunque ésta no es necesaria.

—Sí, sí…

—Sé que usted, muchachito, se encuentra confundido, tal vez mareado, pero yo responderé a sus preguntas básicas sobre este, ehm, lugar, aunque no es preciso llamarlo como tal. Por cierto, llámame Niko. Puedes llamarme Niko. Mucho gusto.

—Gusto.

—So, dígame, ¿tiene alguna pregunta? Claro que ha de tener una infinidad, un muchacho como usted las tendría, más por su brillo y curiosidad naturales; y no crea que la curiosidad mató al gato, lo que mató al gato fue el veneno de una condenada vecina amargada o las llantas de un automóvil; pero prosigamos, ¿alguna pregunta?

—Yo…

Pensé en libros. Pero sentí vacío. Y sentí plenitud.

—Yo… ¿Dónde estamos?

—Pregunta basiquísima, fundamentalem, muy importante, y a la vez la más complicada de responder, más que la de “¿Por qué existimos?” que es muy trillada y aquí ésa se contesta más que darnos los buenos días. Dónde estamos. Estamos en un tiempo-espacio de lo más relativo, si es que me puedes entender de esta manera; o digamos, ahora existimos en una existencia más laxa, estamos en alguna zona muy parecida a un limbo, a un ni por aquí, ni por allá, un tanto aquí como tanto acá. Tú decides qué y ahí está ese qué. Aunque a veces ese qué no resulta como se desea. Pero, vaya, vaya, para qué te aturdo más, es cosa que se aprende poco a poco, con práctica y experiencia. Como si volviéramos a nuestros orígenes primitivos, ¿verdad?

Me quedé atónito. Entendía lo que no entendía.

—Usted me dice que estamos fuera del mundo del que solíamos vivir y a la vez muy dentro de él…

— ¡Oh! Muy posiblemente, un planteamiento muy interesante, mi ya querido retoño. Y yo seré tu mentor, ¿qué tal? Es mi segunda vez, que la primera con aquel pelos parados fue interesante, aunque discutíamos por… ¿Años? ¿Décadas? Qué va, de todas maneras fue espléndido.

—Y… ¿Cómo le puedo llamara a…? ¿Cómo le llamo a este lugar?

—Buena pregunta. Puedes llamarle… A ver. La verdad le llamamos como queramos. No obstante, como aquí se encuentran coludida una incógnita que finalmente es infinita dentro de una infinitud de universos, a este territorio, zona, lugar, parte, área, espacio, sector, planeta, tierra, tiempo, suelo, continente, era, época, como que quieras, puedes llamarle sin duda alguna como metauniverso.

—¿Metauniverso?

—Sí, algo fuera de los universos que rondan en la existencia, para que me explique, terrenal, tridimensional, incluso la cuatridimensional.

Niko de seguro vio mi cara de estúpido en esos momentos y por eso rió con delicadeza, como siempre lo hace. Me dio unas delicadas palmadas en un hombro, o eso parecía, después me dijo que todo estaría bien, que, de hecho, todo siempre estará bien o mal, que dependía esencialmente de mí, mientras volvía a repetir esta frase, “para siempre”.

Y qué más da. Aquí estoy más a gusto. Conforme. Tan divergente que soy unilateral de vez en cuando. Tan… Ah, para qué digo más. Con esto, digo, atentamente, que mi ausente memoria es lo más plácido que he sentido en mi puta infinita vida.

Para siempre.

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