La estrella en la cajuela | Cuento

Antes de comenzar el cuento, les advierto éste contiene un personaje real, ya sabrán quién, pero su historia es TOTALMENTE FICTICIA. Toda coincidencia con la realidad es mera, de nuevo, mera coincidencia.

Ya han sido precabidos.

Y gracias por su lectura.

 


 

I

 

En una noche de estrellas estrelladas, Mauricio recargaba sus posaderas en un viejo Cadillac.

Desde aquel nocturno panorama, él y su automóvil parecen dos pequeños puntos debajo de la pintura de un cielo púrpura e inmenso. Se podría decir que el amanecer estaba avisando su llegada, pero, la verdad es que éste narrador no se comprende bien con la astronomía, así que, digamos, solamente estaba muy entrada la noche.

Mauricio, que le encantaba contemplar la nada porque en verdad nada veía, parecía que contemplaba aquel cielo tan sublime, con aquella mirada de bizarro jinete solitario. Él, inconveniente, tenía inútilmente puestas las gafas de sol, pensaba que le proporcionaban algún tipo de defensa o, incluso, estatus social.

Esperó minutos y fue a orinar a un feliz cáctus que parecía un hombre tratando de bailar el mismo y eterno paso que por años no se ha cansado de hacerlo. Luego volvió al Cadillac y se recostó sobre el cofre. Duró, tal vez, una hora, hora y media.

Cerró sus ojos.

 


 

El sonido de un motor encendido lo despertó.

Luego levantó su mirada.

Al percatarse que eran dos camionetas blindadas y un auto de mediano tamaño los que se estacionaban en el área, las piernas de Mauricio temblaban, e hizo una mueca que lo hacía ver como un fiero protagonista de una western, aunque en verdad moría de nervios. Los hombres que salieron de los autos, aproximadamente unos quince, lo chieron de manera instantánea; después, el que parecía ser su líder, el único de los sombrerudos que tenía un puro en su boca; en dirección a Mauricio tiró una bolsa negra  que desparramó moléculas del polvoriento suelo desértico.

—Aquí está el dinero pa’l sustento. Mañana, a esta misma hora, deberás haber pasado la línea… Y después esperarás que la transacción se haga en el hotel seis.

Mauricio quiso hablar, pero el pavor ilícito le escondió la lengua y le tapó con cemento la garganta; sin embargo, su cara decía todo lo contrario, como si él hubiera nacido para este trabajo.

El sombrerudo se le queda viendo.

—¿No hay alguna pinchi pregunta? Luego no me vayas a hablar al celular, que te destapo la cabeza, la orino, la cago y te cojo por los oídos junto con mis compas —los demás sombrerudos asienten. Mauricio abrió un poco la boca y asintió ligeramente—. Órale. Nos llevaremos tu carro, porque ya sabes que es muy importante que nadie te identifique, así que usarás éste, ese que trajimos… Muy chulo, podrás ver… Pero no te preocupes, todo está apalabrado; las placas están más chuecas que mi ve… —su genital.

Mauricio quiso tirarse al suelo, defecar, llorar y darles un enrabietado escarmiento al grupo de hombres con sombreros, metralletas y botas de pieles de avestruz. Su Cadillac desaparecería de su  dispensable vida.

Pobre Mauricio.

 


II

 

Casi amaneciendo, la carretera parecía contarle historias tenebrosas por las fibras de asfalto duro y agrietado. “No quiero llegar a la aduana, paniquearme, y gritar en vez de responder las preguntas del oficial gringo”, pensó.

Para esto, Mauricio, con sus honorables gafas de sol, que las sostenía a duras penas su pequeña nariz, extrajo de la guantera dos discos compactos: uno de música folclórica —es decir, para unos, norteña, para otros, banda—, y el segundo una crestomatía del rock de los noventas. Tiró uno de los discos al suelo, con el que se quedó en su mano derecha lo insertó en el estéreo.

Acordes simples, pero estimulantes para el cerebro, se escuchaban en su provisional coche. Se preguntó, o eso parecía expresar su cara, que si qué habría en la cajuela y por qué demonios parecía escuchar ciertos golpeteos en dicha parte trasera. “Tal vez un animal; puede que un montonal cajas con coca; o alguien que se lo va a cargar la ve…”, fálicamente lo figuró.

Mauricio podía apreciar las luces de la aduana, “Demasiado para dejarte cegatón”, las criticó con los ojos entrecerrados. Sus manos temblorosas sudaban, mientras su mente le decía que mantuviera la calma, que todo saldría en beneplácito de su billetera y futura casa, o futuro coche, y, claro, posible futura mujer.

“Muy buenota”, a propósito.

Sacó un sobre lleno de polvo blanco de su camisa; este era un sobre que le proporcionó un primo suyo, que es tirador, dealer. Narcomenudista. Recordó que su primo se lo regaló para que tuviera nervios de acero en su empresa ilícita. Nunca, pero nunca había utilizado tal producto. “Recuerdo haber visto una película de un cabrón que se tragó kilos de esto y mató a un chinguero de mafiosos, pero terminó flotando muertito en la fuente de su propia casa”. Miró cómo temblaba su mano y acercó la pequeña bolsa de plástico a su nariz.

Inhaló.

Por primera vez en su vida.

La violenta acción lo dejó un poco aturdido y con la nariz blanca. Pronto sintió algo diferente, algo “Rico”, según dictaba su voz interior, pero más que esa dulce euforia, no podía sentir el miedo de antaño. Ahora estaba preparado para la acción, aunque acción no debería de haber, no para éste tipo negocio; bueno, fue lo que pensó y lo mantuvo alternativamente tranquilo.

Cayendo en un mundo de luces, focos rojos y oficiales imperativos uniformados de azul prusiano, Mauricio pensaba en lo que iba a decir, algo como “Voy de compras; voy a visitar familiares; voy a donde me dé mi chingada gana”, sin embargo, nada de hablar de trabajo, eso nomas haría reír a su entrevistador y lo mandaría de vuelta a su patria con un cómico “Adious, amigou”. “Me quitaré las gafas, sí; pero qué ganas de salir del carro y luego echarme a correr”.

Probablemente en otro momento lo hubiera hecho.

Sí.

Todo salió tan bien al cruzar la frontera, que hasta el oficial le deseó un buen viaje y, antes de su farewell, le contó un chiste nulamente gracioso a Mauricio. Y se despidieron con una cálida sonrisa.

 


III

 

Algunas direccionales a la derecha, o a veces la izquierda, brillaban con intermitencia en su tablero. Mauricio llegó al hotel que le había sido indicado.

Vio su reloj.

Era temprano, más de lo que él había planeado.

El morbo entró en su cerebro y quiso saber qué era lo que resguardaba dentro esa crepitosa cajuela. “No, la curiosidad mató al gato”, pensó Mauricioe esa frase cliché, la que escuchaba cuando un personaje de alguna película regular, o esas de serie B, presagiaba el quid del conflicto, del cual harían posiblemente más interesante a la mediocre trama.

En este caso tardó en pasar lo que no debía de pasar.

Mauricio subió a su cuarto; tiró el agua; cavó, como entre las sabanas un espacio para recostarse, pero, lo que en eso menos padecía en esos momentos era sueño. No. Su mente pensaba de más. “Pinche perico culero; hasta me dan ganas de coger”, y por eso mismo se masturbó; luego se comió unas papas fritas que había guardado para el viaje; prendió el televisor; hizo sentadillas; no obstante… Su cabeza sólo pensaba:

R

E

VI

SA

– 

LA

CA

JUE

LA

Salió de su cuarto a la media hora.

Bajó los escalones; se dirigió al automóvil; lo abrió y se quedó sentado un momento adentro. “Me van a costar los huevos, si es que me va bien”. Apretó un botón y un clic sonó porque se abría algo en la parte trasera del Cadillac. “A la chingada, voy a fijarme si está en buenas condiciones, sea lo que sea que tengan atrás… Capaz y haya un encabronado cochinero y me vaya peor si no lo hubiera arreglado antes”. Cuando salió, escuchó unos murmullos. “¡Chin!, es alguien, no droga u otra cosa”. Cuando estuvo frente a la cajuela, dudó un momento en abrirla por completo.

Dentro, una silueta comenzó a acongojarse.

Pensó, irónicamente, lo que se le sentenció con anterioridad, en perder su virilidad orgánica por cometer tal riesgo.

De todos modos… Abrió la cajuela.

Sus ojos se abrieron como dos lámparas de estudio y su boca se quedó bien abierta,  y esto pasó, por lo menos, durante cinco minutos.

[…].

Mel Gibson.

 


IV

 

La siguiente escena, aunque no dramática, es petulantemente extraordinaria: no es común abrir una cajuela y encontrarte a una estrella de Hollywood, viéndote con ojos encolerizados mientras una cinta cubre su boca, y ésta se encuentra amarrada con sogas bien apretadas que arremeten contra casi todas sus extremidades.

El olor al alcohol asedió las fosas nasales de Mauricio. Aparte, algo muy malo también olía ahí.

El hombre aprisionado entre sogas y cintas adhesivas empezó a convulsionar contra la cajuela del automóvil, de igual manera quiso dar infructuosos brincos que lo lastimaban más; se escuchaban unos feroces «HUM HUM» entretanto trataba de desamarrarse con jirones de sus barrotes de nailon. Incluso, Mauricio creyó Mauricio ver que algo de espuma salía por alrededor de su boca.

“Mel Gibson”, enlistó en su mente, “Arma mortal, Mad Max y no-sé-qué-chingados- más…”.

Mauricio cerró la cajuela. Fumó un cigarro, el típico que se necesita para desvanecer las emociones de alta intensidad. El efecto de la droga —la otra, la del polvo blanco— había disminuido. Entreabrió el maletero y escuchó sonidos guturales que sonaban a anatemas, por eso le pusieron los pelos de punta. Y de nuevo lo cerró.

Se limó la barba con su mano derecha por un tiempo indeterminado. Puso sus manos sobre la cajuela y expulsó un pestilente metano humanoide desde sus glúteos.

Desesperación.

Lloró un poco.

“Es una estrella de Hollywood… ¡Es como haber raptado al presidente de algún país del primer mundo! Y yo aquí de pendejo interviniendo en esta blasfemia”. Siguió desarrollando la misma tenebrosa hipótesis dentro de su cabeza, así como sobre qué pasaría si Gibson desapareciera del estrellato: ya no habrían más películas épicas como El patriota, o un hagiográfico fílme de La pasión de Cristo. o la tenochca de Apocalipto, con la trama que contó la historia precolombina de la madre patria Mauricio, o sea, su antigua raza cósmica. Aparte sabía que Gibson era católico, y Mauricio también lo era.

El silencioso aire nocturno acobijó a sus pensamientos por un momento eterno.

Hasta que…

“¡Suputa madre! Voy a sacarlo de aquí”.

 


[Desarrollemos con este breve modus theatrum la siguiente escena:]

V. EXT. ESTACIONAMIENTO DEL HOTEL SEIS – MADRUGADA

MAURICIO abre la cajuela; la luz de algún faro ilumina los ojos de GIBSON y los deja ; Mauricio se toma diez segundos para dar un poco de drama, estilo, al rescate; alarga una mano hacia la cinta que impide hablar a MEL GIBSON y lo primero que se escucha de sus labios endemoniadamente bermejos es:

MEL GIBSON

¡MALDITOS JUDÍOS, ELLOS TIENEN LA CULPA DE TODO…!

MAURICIO se queda callado con una interrogativa que posa arriba de su coronilla.


VI

 

Por lo que podrán suponer, queridos lectores, lo que sigue es que Mauricio tuvo gran dificultad para mantener en calma al astro de la cinematografía, ya que éste no paró en farfullar palabras obscenas. Pero, viendo el lado optimista, Mel Gibson dejó de tirar mordidas y mirarlo con ojos desafiantes.

Y ya lo pudo desamarrar sin problemas.

Los dos respiraban en el cuarto del hotel, uno viendo la hora del reloj de la radio y el otro, Gibson, se acomo—daba el cuello de su sucia camisola en el baño, así con evidente frenesí.

[PAUSA: hemos tenido que traducir lo sucesivo, sea porque Mel Gibson tenía un conocimiento muy básico del español, del cual aprendió en sus múltiples visitas en países de habla hispana. La mayoría eran malas palabras bastante elaboradas. Así, como si se tratase de un guion, regularmente lo que esté encerrado entre corchetes será el resultado de la humilde traducción que les proporcionamos.]

[—Te debo de dar las gracias, señor mexicano, por haberme salvado de una buena.]

Mauricio hablaba bastante bien el inglés, digamos que tenía un nivel intermedio, no obstante, con acento fuerte, así que no hubo problemas en la comunicación entre los dos personajes principales de este relato.]

[—No hay problema.]

El deliveryman —o en otras palabras, el hombre que hace los mandados—, que así Mel llamó a Mauricio, no sabía qué sentir, sus palabras, hipótesis y teorías lo abrumaban, dejándolo beodo, vacío de sentimientos.

Los pensamientos de Mauricio rondaban entre qué debería de hacer, o qué pasará. Por supuesto que también generaba escenas trágicas dentro de su cabeza, que eran los dos desollados o castrados con tijeras preescolares, o repetidamente mutilados con cortaúñas oxidados. Pero el deliveryman no era cualquier escuálido, no se trataba de un ser austero de valentía: afortunada y desafortunadamente, él había pasado por conflictos que lo obligaron a exiliarse en los Estados Unidos por un tiempo, lo que lo convirtió en un hombre más sabio, relativamente maduro, lo cual le aportó coraje en tiempos de crisis. Él ya había experimentado la acción de matar, específicamente a un hombre, pero por defensa propia, aunque este cometido lo dejó con estragos. Ese trauma lo hizo perjurar  que nunca más utilizaría armas de fuego. No, no.

Así que, supo que era menester volver a enrollar fuertemente cinta aislante al astro hollywoodense, o al menos formular alguna fabulosa escapatoria.

[—Esos malditos bastardos me tomaron por sorpresa en medio de una bebida… ¡Cómo me cabrea que hagan eso! Ni a mi última pareja le daba permiso que me molestara cuando me tomaba un trago —Gibson se quedó dubitativo— … Pobre mujer. A veces la extraño.]

Mauricio siguió buscando respuestas al actual quid. “¡Cierto! Mel Gibson es un hombre internacionalmente famoso, él de seguro tiene contactos para llevarnos al otro lado del continente o escondernos en algún lugar especial lleno de mercenarios o soldados de la armada gringa; en fin, ¡podría salvarnos!”.

[—Señor Gibson, ¿de casualidad usted no tiene a alguien que nos pueda sacar de ésta…?]

El hombre que alguna vez fue un héroe ficticio de un espacio- tiempo postapocalíptico, o un policía bravo, gracioso y aventurero, sonrió, pero fue una sonrisa torcida.

[—Mi estimado amigo de negocios ilegales: no creo que algún amigo pueda darnos una mano en estos momentos.]

[—Pero, usted es muy famoso, debe de conocer a gente importante que lo pueda ayudar…]

[—No, no es tan así… Porque la mayoría de mis amigos están ocupados en unas fiestas privadas de alta importancia por alrededor del mundo. O ya no son mis amigos. Y mi ex esposa no creo que quiera escuchar mi voz otra vez en su penosa vida.]

[—Es imposible con alguien como ustedes… Puede ser, de seguro algún amigo suyo…]

[—No recuerdo el número de celular de ninguno. Tampoco tengo mi celular, lo tomaron los hijos de perra que me secuestraron. Creo que hasta doy gracias por ello.]

“Debí de haber dejado las cosas como estaban. Una persona importante menos en el mundo, ¿qué diferencia haría? Nada, casi nada”. Como si leyera la mente de Mauricio, Mel Gibson asintió, se limpió un poco el jabón que permanecía en una comisura de su boca.

[—Bien bien, creo saber la solución a nuestras penas y sinfín de problemas. Pero, primero, cómo quisiera el trago de una fría cerveza y nachos. ¿Me acompañas, amigo mexicano?]

A Mauricio no le quedó más que hacer, ni qué pensar, aunque tenía miedo que los sombrerudos lo encontraran compartiendo risas y cervezas con su supuesto preso, mientras su furtivo carcelero pagaría seriamente sus consecuencias, eliminando dolorosamente su virilidad.

 


 

VII

 

Mauricio no dejaba de ver el suelo y pensar en que cualquier momento los sombrerudos gritarían acompañados de un desfile de groserías, exclamando sus vulgaridades hacia  los cuatro vientos, y dispararían sus pistolas al aire, señal que de caza de brujas, en busca de ellos sin una sola pizca de misericordia.

Ya estaba muy entrada la mañana.

“Mel Gibson”, rondaba ese nombre de la estrella entre los pensamientos de Mauricio, aunque no dejab en claro por qué lo mencionaba, si es acaso fuera  que le agradara su nombre o porque algo entre ese conjunto de letras lo atormentaba. Digamos que sí, así es, lo dejaba intranquilo el hecho de que a Gibson no se le quitaba esa tonta sonrisa de la cara, como si de nada se tratara el asunto que sus actuales enemigos se consolidaban entre sombreros, armas de alto calibre, dinero y sangre. Y sus posibles deseos de venganza.

Cuando entran al bar con insignias que declaraban que era un pub irlandés, pero atendido por americanos de linajes eslavos o germánicos. Mauricio nunca había entrado a este tipo de cantinas, aunque no se le hizo muy diferente a otras de su clase, no obstante, le llamaba la atención que la gente era más gritona, alegre, su inglés era inestable, casi tan críptico y turbio como el de cualquier novato.

Por otro lado, el que atendía la barra les echó un ojo y cuando vio a Mel Gibson hizo caso omiso, como si se tratara de cualquier pelafustán. “Tal vez no vio sus películas”, pensó Mauricio al percatarse de los movimientos oculares del barman.

Se sentaron en la barra. Ya varios borrachines veían a Gibson con estupefacción y él les enviaba un saludo levantando su palma, mostrando su sonrisa de oreja a oreja. Después el saludo consistía en levantar el enorme tarro que le escurría espuma blanca. Luego le daba un trago con aire victorioso.

[—¡Aaah…! Nada como una fría cerveza después de un sobrecalentamiento de neuronas… Toma, compañero, que no sabes cuándo hará falta una y no podrás saborearla con tus papilas gustativas… ¡Toma, por el amor de Dios!]

Mauricio asintió y dio un sorbo a su botella de Negra Modelo. Pensó en su vida, en la muchacha que deseaba que fuera su novia, en su familia que hace tiempo que no visita y en que si podría vivir una vida lejos de su país, y que esta fuera una vida normal. Mel Gibson, por su parte, sólo saludaba a los que concurrían al bar: rechazó dos autógrafos porque no le entraba la gana escribir, sin embargo, les sonreía. Dio otro trago largo, emitió un “¡Aaah!” refrescante y miró a su taciturno compañero.

[—Oye, ¿te dejan ver esas gafas? A ver, préstamelas.]

Mel Gibson, sin más avisos, le quitó las gafas de sol a Mauricio y se las pone. Mauricio lo vio sin mucho ánimo con sus ojos secos que denotaban miedo y cansancio; por otro lado, Gibson sonreía demostrando sus blancos dientes, luego transformó una mano en una pistola mientras recitaba el diálogo de alguna película de acción, que bien pudo haberla usado en una de las que él mismo participó, o no. Mauricio no reconoció el diálogo, pero trató de reír. Tuvo un ligero buen efecto.

[—Muy bien, muchacho, muy bien.]

Otro trago.

[—No te preocupes, que ya sé qué haremos.]

[—¿Cuál es el plan? —Mauricio pregunta con cierta timidez.]

[—El plan es sencillo, aunque no quiero hacerlo solo… ¡Con un demonio, no lo haría solo!]

Dio otro trago a su tarro, lo dejó vacío y pidió otro dando un golpe en seco sobre la barra. No soltó una palabra más hasta que consiguió más cerveza, pero ahora ésta escarcheada. “Se ve deliciosa”, podía apreciar Mauricio. Y Gibson se aprovechaba de otro de sus tragos largos.

[—¡Aaah…! Esto con una hamburguesa, mucho tocino y unas papas a la francesa sería el maldito paraíso. La glora, lo juro, la gloria…. So, dime, ¿quieres añadirte a la empresa Gibson? No será fácil, pero será divertido.

[—No sé… Qué hacer con mi vida ahora… Ni sé qué quiere hacer usted.]

[—Oh, eso no lo puedo decir hasta que ya estemos echando manos a la obra. La cosa, como te dije, no es sencilla, pero para obtener el producto final se requierene los suficientes huevos para pelear.]

Mauricio bajó sus cejas y frunció su boca.

 

¿

PE

LE

AR

?

 

[—¿… Pelear?]

[—Sí, pelear. Prometo que después de este pequeño negocio tú terminarás libre, aunque primero tendrás que pasar unas excelentes vacaciones por Europa o China. Tu decisión. La cuenta va por mí.]

Mauricio no tenía pensado exactamente irse a vivir a China, pero cuando Gibson se lo sugiería, no sonaba un mal plan, incluso hasta se imaginó casándose con una chinita y tener hijos chinitos. Por qué no. Suena bien, bastante bien.

[—Bueno, pero necesito saber que esto es seguro.]

Antes de responder, Mel Gibson dio otro de sus tragos y habló:

[—Joven amigo mexicano, no se preocupe, que nada es seguro en esta vida, pero si estás al lado de una estrella de Hollywood, su luz también pasará a ti, brillarás, y como eres mexicano, supongo que eres católico, igual que yo, entonces Dios estará en los corazones de sus fieles seguidores, el pueblo elegido en su vasto reino aquí en la Tierra.]

Cuando terminaron esta, la siguiente ronda, y otras más, pasaron los minutos, horas, muchas risas y sonrisas, hasta que Mel Gibson se puso al rojo vivo de la emoción y se sintió listo para iniciar su todavía no mencionado plan.

Mauricio pagó la cuenta.

 


VIII

 

Mel Gibson dirigió el recorrido desde su asiento de copiloto y llegaron a un lugar que parecía estar deshabitado; un lote de antiguas bodegas les dio la lúgubre bienvenida, pero parecía que Mauricio podía ver a dos hombres que les hacían frenéticas señas para que se acercaran.

[—Estaciónate aquí.]

[—¿Sí conoces el lugar?]

[—¡Claro que sí! Aunque, bueno, hace tiempo que no venía, pero el dueño de estas viejas bodegas es fanático de la saga de Mad Max… Le gusta eso de las cosas post-apocalípticas con mucha acción.]

“¿No que no tenías amigos a la mano?”, exaltado, se preguntó Mauricio. Sin embargo,  pensó que Mel Gibson es humano y a veces su mente le fallaba. Tal vez no quería mencionar esta opción por alguna razón que Gibson se guardó dentro de la manga de su psique.

Gibson saludó a los dos colosos que sostenían escopetas militares. Cuando lo vieron de cerca, se sonrieron y les dijeron que pasaran inmediatamente, que su jefe se alegraría al ver a su icono favorito de sus años mozos. Los dos se adentraron al complejo, que por dentro era un antro, un club lleno de mujeres de todas las razas, principalmente caucásicas, ellas eran disfrutadas por motociclistas y gente regular. Había nenas para todos, al por mayor. Mauricio se preguntaba por qué eran tan guapas esas mujeres,  de dónde habrían salido, si eran reales, y como también por qué su libido no le respondía como antes. ¿Nervios? ¿Estrés? ¿El efecto Gibson?

“Creo que me estoy volviendo loco”.

Llegaron a una habitación reservada para gente importante, que algunos alcanzó a reconocer Mel Gibson; el más alto y robusto de todos se levantó de su sillón de piel, abrió sus brazos y dijo:

¡Mel fucking Gibson!

Con grandes sonrisas y prolongadas alabanzas fraternales, se abrazaron. Gibson presentó a Mauricio como el hijo de un antiguo amigo mexicano. Luego ellos se retiraron a otro cuarto del interior, este estaba repleto de figuras católicas: muchas vírgenes marías y cristos ensangrentados; también cuadros con imágenes folclóricas que decían «Sláinte!», «May the road rise up to meet ya› y una imagen de un paisaje verde, bucólico, que decía «Back to the motherland». Mauricio supuso que también ellos eran católicos. Además, su acento era extraño…

Cuando por fin los tres se encontraban solos, Mel Gibson reanudó la conversación.

[—Como sabrás, mi querido amigo, hemos venido desde el otro lado de la frontera y unos apestosos matones nos están dando caza. Necesitamos de tu ayuda.]

El nuevo personaje, amigo de Gibson, los miraba expectando a que lo anterior fuera una broma.

[—¿En serio? ¿Qué se te subió a la cabeza lo de tus personajes de acción? ¡Ja! Esto es interesante, nunca antes un actor me había pedido tal favor.]

[—Así es, y este actor necesita armas, balas y algunos de tus hombres, de preferencia los que tengan sangre cristiana, que sean los de creencia de la santa Iglesia católica, apostólica y romana, si es que me entiendes.]

[—¡Claro que sí! Tengo gamberros de todo tipo, pero muchos parientes de la religión verdadera trabajan conmigo, vienen directitos de nuestra madre tierra, y algunos de ellos podrían escoltarte a donde tú gustes.]

Mel Gibson se quedó sonriendo sin decir otra palabra. Levantó las cejas y dijo:

[—No,  no. No nomas quiero que me escolten, quiero que me des armas duras, para mí una colt .45, y que me ayuden a matar a esos hijos de puta que nos están persiguiendo, ya que, de algún modo que no puedo contarte lo que me llegar a hacer… Espero que comprendas… Han roto mi dignidad.]

Mauricio no pudo contener su impresión y abrió bien su boca. Estaba digiriendo las palabras que acababa de escuchar. Había olido algo mal desde que estaban los dos tomando sus bebidas espumosas.

«Gulp».

 


IX

 

Esquirlas de sudor poblaban la cara de Mauricio, pero, por fortuna las gafas oscuras taparon esos ojos que describían todas las emociones que recorrían por todo su cuerpo. Él era el conductor designado para el cometido bélico. Los matones que auxiliaban a la compañía Gibson eran diez: unos en el coche que conducía Mauricio y los demás en una camioneta negra de estructura militar.

Antes mauricio pensaba que Gibson no se metía con esta clase de gente, pero como no le impresionaba tanto, ya que si fue secuestrado por unos narcos mexicanos, en algo podrido estaba metido este señor. O alguien lo metió en este lío, y ahora él tenía que ayudarlo a salir ésto.

De hecho, Mauricio pensó que cualquier artista internacionalmente famoso está poco o medianamente metido en situaciones escabrosas. No obstante, los hombres de aquel traficante de armas —porque, en efecto, era un traficante de armas, y también de ciertas drogas—, eran personas amigables,  aunque todos embriagados, mientras Gibson se mantenía en su misma achispada sintonía.

Mel pidió que se detuvieran en una tienda para comprar un tipo de papas fritas que él amaba. Cuando vuelve, de nuevo, sonriente, con una papa en la boca, mira a Mauricio y frunce el ceño. Pensaba en algo. Y lo expresó de inmediato.

[—Mauricio, ¿verdad? Enciende el celular que de seguro te encargaron que usaras para comunicarte con tus clientes y diles que no se desesperen. Diles que tuviste problemas con la policía y luego surgieron algunos asuntos familiares. O sabes qué, promételes que estás dispuesto a pagar las consecuencias de tu insolencia y que te esperen en el estacionamiento en el kilómetro […] de la carretera […] que se dirige a la frontera de mexicana. Les vamos a dar la sorpresa más grande de su perra vida.]

Gibson sonrió otra vez con todos sus níveos dientes y se dirigió otra vez a la tienda junto a dos de los palurdos que los acompañaban. De vuelta se trajo consigo unas cajas de cervezas y más papas fritas.

Mauricio ya había hecho la llamada. El pobre tuvo que aguantar varias ofensas, maldiciones y amenazas, pero los sombrerudos estuvieron de acuerdo de verse en el lugar que su deliveryman les indicó.

No tardaron en llegar. La música que uno de los mercenarios puso en el estéreo fue de rock pesado, incluso algunas canciones que Mauricio escuchó en su adolescencia. El olor a cerveza y papas fritas se impregnó dentro del automóvil.

Cuando sonó el celular de Mauricio, todos cargaron sus armas, cargaron otras más, luego otras más, y salieron del auto. Mel Gibson esperó a que Mauricio contestara el celular.

[—Cabrón hijo de la chingada, peor lugar no pudiste escoger… Ya casi llegamos… Somos los de tres camionetas oscuras, vamos a cambiar las luces nomas cuatro veces, eh… Luego luego nos vas a reconocer… Pendejo.]

Colgó.

Mauricio sostuvo el celular un momento; vio a su abuela rezando el rosario con él; a su madre calentando tortillas de harina; a su padre con un cinto en la mano;  otra vez a su padre con una sonrisa frotándole paternalmente la cabellera.

[—Vamos para afuera, Mauricio… ¿Estás listo?]

“Nunca”.

[—Creo que sí.]

[—Más vale que estés preparado, porque vas a ver estos celtas en acción; y lloverán sesos y sangre, tronará el cielo y la tierra temblará, pero Jesucritsto y la Virgen María nos protegerá… Amén.]

Mauricio tomó su ametralladora, apenas le habían enseñado cómo usarla, de niño un tío suyo tuvo una, pero nunca le dejó siquiera tocarla.

Salió del coche.

A lo lejos podían verse unas lámparas, o, más bien, los focos de unos autos que se aproximaban. Parpadearon cuatro veces consecutivas. El corazón de Mauricio latía rápido; más rápido; más rápido; igual de rápido.

—Ya casi llegan los hijos de perra.

Las camionetas se estacionaron a unos cien metros de distancia y se alinearon para formar una barrera; salieron todos los que estaban dentro y el que tenía la voz más potente gritó.

—¿Quién anda ahí? ¿Quiénes son? ¿Dónde está ese pinchi Mauricio? No nos anden con chingaderas o les soltamos plomazos, a la chingada —esto fue dicho en un español bastante mexicano.

Mel Gibson miró un momento a Mauricio, sonrió y dijo en inglés:

—¡Your fucking little princess in distress, you motherfucking, Rodrigo!

El otro hombre se quedó callado, supo que se refería a él. Estaba anonadado. Por último respondió en un inglés con fuerte acento latino:

—Who the fuck a’you?

Mauricio quería orinarse los pantalones. Gibson respondió:

—Shut the fuck up and say hello to my littles big sons of bitches friends!

Y los casquillos empezaron a caer, como los cuerpos de algunos cristianos también.

 


*

 

[En las noticias de última hora del estado de Texas se presenció un evento extraordinario: la estrella hollywoodense Mel Gibson fue capturado por escuadrón antiterroristas en medio de un enfrentamiento entre dos mafias. Se dice que él fue uno de los partícipes del acto violento.]

[Aquí le mostramos una breve entrevista con el actor de películas como Arma mortal o Mad Max.]

[—¡Esos hijos de perra se lo buscaron! ¡Esos hijos de puta son unos maricones que me quisieron violar y matar! ¡A ellos deben de apresar, no a mí!]

Cuando el reportero que lo entrevistó dijo su nombre hacia las cámaras, el cual es Isaias Fleischer, Gibson en un acto compulsivo se sacudió entre los policías y gritó con furia:

[—¡LO SABÍA! ¡ES UNA CONSPIRACIÓN! ¡SON USTEDES LOS MALDITOS JUDÍOS LOS QUE SIEMPRE HAN TENIDO LA CULPA!]

[El cálculo de los muertos fue extenuante, por un lado sólo sobrevivieron dos individuos que pertenecen a una mafia mexicana; por el otro, sobrevivieron tres, entre ellos Mel Gibson. Lo curioso es que un civil mexicano en sus treintas, con nombre de Mauricio Galáz, fue encontrado entre los cuerpos exánimes.]

[El caso sigue en proceso, pero no se tiene idea alguna de la razón de lo que realmente ocasionó este tiroteo entre estos dos gruós delictivos, mucho más extraño es que se mezcle el actor y director australiano Mel Gibson.]

[En estos momentos el actor se encuentra bajo la jurisdicción del alguacil de Austin y representantes del FBI.]

Y la televisión se apaga.

FADE OUT.

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