Los peregrinos | Cuento

La familia recorre los nebulosos llanos de aquellos tiempos oscuros. No se pueden ver el uno al otro, pero con sus manos se comunican, se guían, o se alertan. Los pasos que han dado más bien podrían darles ventaja, o desventaja, todo dependiendo de la situación o las emociones de la más pequeña, Xóchitl.

De vez en cuando, en momentos en que Huehuecóyotl poseía a la madre, ella se disponía a cantar versos de tiempos antiguos con cadencia monótona. Era claro que no quería despertar a las bestias que se los podrían comer, por eso su mesura.

No quería que pasara lo mismo de Homero con sus otros dos chiquitines.Cada mano de la madre aprieta la de sus hijos Xóchitl y Jandro, este último era antes el del medio, ahora con la batuta de ser el mayor. Las manos maternas aprietan trémulas. Jandro quiere quejarse; Xóchitl se queda por ahí, viajando entre tiempos y espacios de antaño, sin mucho afán de volver al supuesto Mictlán que habían dejado atrás.

La madre canta:

La flor, mi corazón, se ha abierto,
él, el señor de la media noche.
Ha venido nuestra madre,
ha venido la diosa Tlazoltéotl,
y nos olvidó ya entrada la noche.
Ha nacido el dios del maíz
en la casa del descenso
en el lugar donde están las flores,
pero estas se nutrieron de la sangre de almas muertas.
Ha nacido el dios del maíz
en el lugar de la lluvia y de la niebla.
donde se hace a los hijos de los hombres,
donde también ellos se matan el uno al otro.
Al punto se hace de día,
levántase la Aurora,
y chupan los diversos pájaros quechol

en el lugar donde están las flores,
mientras la sangre sola corre,
ya nadie la toma,
nadie la ve,
se pudre.

Los niños no entendían bien aquel lenguaje que usa su madre al cantar, es parecido al que aprendieron desde más pequeños cuando labraban con su padre las hortalizas de don Mencho, ahora también éste descarnado por las bestias; no obstante, con palabras extrañas, entona esos versos tan viejos como los abuelos que nunca conocieron, y a la vez son tan dulces que creen sentir cierta paz al escucharlos.

El padre, en cambio, intentando ser estoico, escondía su temor más grande: su mujer cada vez se vuelve más loca, su mente parecía haberse ido de este mundo, allá, con la diosa de su canto, la cual él nunca tuvo mucho fervor.

Ahora lo que queda es caminar, caminar hasta encontrar parajes claros y seguros, o esperar a que desde el Este llegara su salvador e ilumine de nuevo a los cielos, los salve de la destrucción de dioses guerreros llenos de odio y rencor. El padre, ahora, aprieta la mano de Jandro; el niño lo mira, él también; se miran; sus corazones hablan entre pálpitos de temor y comprensión.

Se escucha un trueno. Paran abruptos.

¿O sería un disparo?

Quién sabe. Los agudos oídos del padre no pueden interpretar aquel ruido, sabiendo usar un arma, y ya habiendo quitado la vida de un cristiano que tanto odió. Alguien gime, o muere. Lo escuchan. Ahora le sigue el llanto de un bebé. La madre se detiene, los demás también. Algún hueco en el alma se hace sentir. La madre saborea sus labios y el padre la mira, molesto.

[…]

Humedad. Brisa.

¿Llueve? ¿En verdad llueve?

La madre, como en otros momentos, sigue caminando con los ojos cerrados. Sólo Xóchitl, la niña, la sigue sin chistar, mientras los varones se atrasan por uno o dos pasos hasta que renuevan la marcha.

¿Adónde van?

La sinceridad del padre dice que no tiene ni puta idea, se ha vuelto un acuerdo implícito, primitivo, el de escapar de los males, de cualquier riesgo, y huir hasta encontrar el lugar que nadie les contó, que nadie prometió. Convertirse en peregrinos, en autoexiliados, tal como lo hicieron alguna vez sus antepasados.

Jandro abre la boca para decir algo y calla; voltea a ver a su padre y este le contesta con la mirada un simple «No».

El niño se deprime por su nula actividad. Se siente inútil. Extraña a Homero.

[…]

Después de los constantes gruñidos infernales de las noches anteriores, por fin durmieron en paz. Tal vez sería el poder protectivo de la cueva que encontró la madre.

Cada quien tuvo sueños extraños, empezando por Xóchitl.

La niña se levantó del regazo de su madre, dejando a un lado uno de sus pletóricos pechos y se deja guiar por la musicalidad pacífica del ruido de un arroyo cercano. Llega, sonríe, expresa la felicidad de su carita linda ahora iluminada; da brincos simpáticos renovando lo feliz que está, hasta llegar a la orilla del arroyo; y aparece una flor que mide la mitad de su altura, es blanca como los huesos, hermosa como un aurora. Está maravillada. Alza su brazo lentamente, abriendo cada vez más y más su sonrisa; pero, de pronto algo le picó muy duro; con lágrimas en su cara, mira que aquella flor sostiene una enorme gota de sangre de la niña y luego esta se absorbe de inmediato.

Y la niña sigue dormida.

Por otro lado, Jandro, el niño Jandro, ya de pie, ahora abriendo los ojos, ve a otro niño frente a él, de su misma edad, sin cara, pero algo le decía que éste le sonreía. Ese otro niño emite un aura más madura, activa. Juntos corrien diciendo tonterías que los hacía reír; pisan pasto, flores y animalejos, hasta que llegan a una colina que deja ver claramente al horizonte: a lo lejos, un castillo viejo, muy posiblemente sin usar. Jandro, jubiloso, piensa en los otros antepasados que tiene sus genes, ajenos a estas tierras, aquellos que con epopeyas de armas de fuego, lanzas descomunales, caballos y armaduras abolladas, masacraron y violaron a su raza, así por ser extraños o profanos;  también se le ocurre en contarle a su nuevo amigo que posiblemente allá podrían esconderse de los demonios de la noche; pero alguien lo empuja y cae al precipicio.

El niño también sigue durmiendo.

La madre, críptica, sueña con cantos, los mismos cantos que ella ha cantado en la travesía tenebrosa, pero ahora alguien le contesta una voz, igual de materna. ¿Tlazoltéotl? No, era alguien más familiar…  Y se escucha la voz somnolienta de un niño, un niño que vuelve a soñar. Quería abrazar a ese niño, mas es imposible.

Ese niño se siente más real que los suyos, incluso más real que ella misma.

A…

Y sin querer, todavía dormida, deja de abrazar a su hija. Sonríe.

Y el padre, estimulando todas las sensaciones, en su sueño está sentado en aquel rústico comedor que alguna vez él y su padre armaron; ahora él tiene un plato frente a su carente de estética, y este se llena de un delicioso caldo del cual emanaba un vapor que representa hogar, amor y esperanza. Toma una cuchara de plata, y con cada probada veí que esta sopa constituye de flor de calabaza; toma de un fuerte pulque que tiene al lado; luego sigue comiendo y ve carne tierna; el caldo se vuelve rojo; parece que usa un diminuto remo para achacarse con ese mar rojo contenido en un plato de barro: el último cucharón fue de carne tierna, demasiado tierna; algo le impresiona y empeza a ahogarse.

De todos modos se relame la boca y sigue en el mundo de los sueños.

Sueños…

Es una familia de soñadores tirados en el zacate.

[…]

¿Cuánto tiempo llevaban huyendo?

El tiempo ya es lo que menos les preocupa.

Sobrevivir. Sobrevivir.

Una danza ancestral de migrar hacia un lugar seguro, más digno y acogedor.

¿Será que existe?

La mujer de pechos prominentes sigue con sus cantos; variados; similares; diferentes; antagónicos; protagónicos; agónicos.

La niña siente el pesar de la madre, aún cuando recuerda aquella flor siniestra. Los polvos alérgicos de la memoria del subconsciente la pone menos alegre. Menos niña. Y los hace detener en ciertos momentos, lo cual molesta a la madre.

[…]

Jandro se enferma.

[…]

El padre también.

[…]

Todavía sin recuperarse por completo, los dos varones apresuran el paso porque los demonios los persiguieron en un tramo, sólo la madre los distrajo con sus cantos que se convirtieron en gritos; tuvieron que matar a dos, el puñal del padre se empapó de sangre; los demás demonios fueron multitud, y ahora esa multitud se perdió en una cueva que la astuta madre los hizo perderse.

Jandro llora en silencio, cansado.

[…]

El día deseado llega y ellos, descalzos, pies heridos o encallados por la dantesca travesía, admiran al mundo nuevo que creyeron y no creyeron que existiera. Era la primavera eterna, el Edén para los cristianos, Aztlán para los de su sangre. Oscuros, muy oscuro por detrás. Hacen a un lado el camino de sombras y pisan la primavera eterna.

¿Será que volvieron a sus orígenes?

¿Qué estará pensando la niña?

Graznidos, de algún lugar se escuchan graznidos de aves desconocidas por la familia peregrina.

¿Siguen vivos?

Sí.

¿De verdad?

Sí.

¿Muertos?

Que no.

¿Seguro?

No.

De nuevo, tomados de la mano, cruzan sobre pasto suave, tierra fértil. El vivo retrato de una familia campesina indígena. Ya la oscuridad postrera había desaparecido como arte de magia.

Sólo el padre y la niña se percatan de ese detalle.

Y se encuentran con una linda casa con establo repleto de cosecha aún no recogida, ventanas que brillan al compás de la luz del sol, un astro jaspeado, brillantino, y una puerta abierta, siempre abierta.

Tienen hambre, mucha hambre. Se miran los amantes. El padre dice no, la madre que sí. Ella se abalanza, dejando a sus niños al cuidado de su padre, y toma vegetales de colores preciosos, condensados de nutrientes, vida, magia, fantasía. Muerde uno que desconoce su nombre, pero parece una pera, y es bueno. Asiente con la cabeza. Su familia se acerca.

El padre no siente que haya nadie alrededor. No hay nadie. No ve nada. Tiene hambre. Cuando se percata que tiene hijos, ya Xóchitl se había ido con su madre, come de lo mismo que ella, pero Jandro espera a que su padre le ordene algo, ya que cree que así lo haría Homero, su difunto hermano mayor.

Ahora la familia come, babeando saliva seca, poco a poco rehidratada, sin molestarse en mancharse la boca y manos. Llevaban tiempo sin bocado alguno.

Los graznidos suenan otra vez.

Y el crujir de madera.

En su merienda voraz, dentro de la hortaliza, la familia parecen caníbales sin saciedad, comiéndose partes humanas, vísceras, ojos, brazos, manos, lo que sea, todo por sobrevivir y saciar sus ansiedades.

La otra familia los ve. Sus caras son sombras de densas nubes reflejadas por un soberbio sol.

¿Con cariño?

¿Con odio?

¿Con compasión?

Ellos los ven y la familia come. La otra familia consta de dos niños, una niña y sus respectivos padres.

¿Quiénes son?

Los peregrinos.

¿Intrusos?

Sí.

¿Son peligrosos?

No.

Después de saciar lo insaciable, la familia mira a aquellos que ya los miraban desde hace tiempo.

Sorpresa.

Temor.

Vergüenza.

Tomados de la mano, sucios, zarrapastrosos, se reincorporan. La última en hacerlo es la niña. El padre quiere hablar, pero las palabras se atragantan. Sus ojos lloran, de pena, de recuerdos. Homero, siempre Homero. La madre, impertérrita, canta en el idioma extraño por un tiempo. Nadie dice nada, hasta que la otra madre asiente.

Los ojos de la madre se abren más, psicópatas, o dolientes. Las nubes, allá, de muy arriba, dejan estorbar la visibilidad.

Son ellos.

Son ellos mismos.

Pero son otros, con detalles distintos.

Y Homero, vivo, está con ellos.

Son los otros.

Xóchitl, la niña, se saca un moco y frunce el ceño al ver al otro Homero; entretanto, su otra versión hace lo mismo, aunque esta es más pulcra y nutrida. El otro padre, con su brazo derecho escondiendo algo en su espalda, deja ver que tiene un bello rifle e indica que va usarlo en cualquier momento.

Alerta, alerta.

La madre se queda taciturna al ver a un Homero completo, vivito, sin sangre y carnes colgando.

Alerta, alerta.

El padre saca un puñal, de inmediato sabe que ese Homero no es su Homero; ahora amenaza también con el instrumento punzocortante, aunque no sabe por qué, sería inútil con el otro que tiene una gran ventaja con su arma de fuego. Pero nadie dice nada. Nada. Los cantos no se reanudan. Nadie dice nada. Nada.

Reafirma su apretón de manos hacia Jandro y el padre comienza a guiar a su familia. La madre, al acordarse de estar viva, no parece contenta con tal reacción. El sol tampoco está contento, pero es por otras razones. Ya nadie parece estar contento. Lentos, como peregrinos en luto, en fila india, sin dejar de tomarse las manos, se van por la tangente del lindo rancho, mientras los otros no los dejan de mirar, inquisitivos.

El padre no deja de ver algo que está a las espaldas de los otros.

Algo viene.

Algo que nunca se irá.

Y los monstruos toman a los niños, las mordidas no se dejan tardar. El primero fue Homero. Gritos de dolor, de susto, de ira; los otros padres intentan defender a sus niños, pero antes, con toda la rabia que su mundo puede aportarle, primero da un disparo a la familia invasora; éste, pareciendo errático, sólo se escucha el estruendo del arma mortal, luego reacciona contra las bestias, los demonios que tanto temen la familia de peregrinos.

Parece que nada más pasa.

Parece que la carne y sangre son saboreados por seres de otro mundo.

Pero la niña, Xóchitl, cae.

Ahora esa sangre extraña es bebida por la tierra de este mundo brillante, inusual. La madre, enrabietada, grita alegorías como anatemas en contra de los otros, que poca vida tienen ya. El padre, el más consciente entre ellos, deja a Jandro con su madre, va por su niña, y ésta, burbujeando sangre desde su diminuta boquita, le pregunta si va a morir, si van a morir todos, que si diosito vendrá a salvarlos.

El padre con su camisolina desbaratada, bloquea la herida de su hija; mira a su esposa; ésta, absorta entre confusos aullidos, parece no caer en cuenta de que su chamaquita está exhalando sus últimos respiros. Desesperado, el padre llama a la madre, y como salida de una posesión, ella cambia de actitud, va por su hija, la ve, la examina; Jandro se le une y llora.

Y la madre grita, grita con todo su corazón.

[…]

Los tres corren, corren despavoridos; los demonios, al acecho. Xóchitl entre los brazos de su padre. Jandro, todavía en llanto; la madre, también. Irónicamente buscan aquella frontera oscura que los regresaría a sus pasos, aun peligrosa zona, tal vez mejor opción que el nuevo mundo que habían descubierto, ahora infestado de los seres endemoniados que comen todo ser humano a su paso, sin importar color o religión. Son posesos, o descerebrados. O demonios, o verdugos. Quién sabe.

Pero no hubo vuelta atrás, allá de donde vinieron era un lugar imaginario que nunca existió.

¿Pero sí existió, qué no?

Quizás.

El padre busca una esperanza dentro de su corazón para salvar a su niña; las piernas de la niña cuelgan inertes entre los nervudos brazos de su padre. Y corren.

Corren.

Corren.

Siguen corriendo hasta que el alma no aguanta más.

Caen al suelo y lloran al unísono, desahogando sus irremediables penas al son de una nueva y extraña noche que los agazapa. El primero en extrañarse es Jandro, que mira al cielo. Luego le sigue la madre. Y el padre sigue abrazando a la marchita Xóchitl.

El cielo es rojo.

Y todo es rojo.

La madre, con la boca abierta, lista para cantar, o gritar, toca el brazo de su marido, luego lo sacude. Él, con esfuerzos, se reincorpora y ve el mismo cielo que toda la familia ve, hasta esos ojos de avellana oscura de mirada sempiterna de Xóchitl, la más pequeña.

Ya no hay un sol soberbio, jaspe, no, ahora es una luna mortecina, enorme, glotona.

Ahora todos ven la película de otro mundo más extraño y menos bello que el de su origen.

La voz de un hombre con un español diferente al mexicano, de cadencia, tal vez, parecida a la del italiano, grita como loco:

—¡PPPUUUTTTAAA!

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