Al sur del río | Cuento

Según la profecía, aquellas tierras debían de tener la gracia de algún dios y la opulencia  por parte de éste, así será por generaciones. Pero esto debería de terminar antes de que sus labradores se volvieran soberbios, así que su destino es trágico, doliente, donde lo que algún día fue puro brillo y riqueza, ahora será olvido y destrucción.

Por eso nadie en su cabalidad quería casarse con los vástagos de los terratenientes de Xoxolúm.

Por eso hoy es el comienzo de su devastación.


 

Angélica lavaba los trapos en el río que conecta a Zamora con Xoxolúm, el Xanín. Alguna vez sus antepasados tomaron aquellas tierras para vivir en felicidad y paz divina, porque una vieja diosa tocó con sus manos la tierra, hizo brotar agua y los animales de esquila llegaron atraídos por el líquido vital. Así se formó el río Xanín y Tamuím, el segundo ahora llamado Zamora. Después vinieron los hombres de labranza, cultivando semillas de frutos básicos, porque no cualquiera crecía en la villa, sino podridos o ausentes. Se dieron cuenta que esa diosa les había mandado el mensaje de esquilar a los animales que habían hecho su hogar las cercanías de los ríos, sea para darle cobijo y ropa a los demás pueblos y reinos, sea para dar amor y forjar alianzas.

Pero Angélica recuerda la doble cara de la moneda: aquella diosa dual, por medio de sus sacerdotisas, había profetizado que estas tierras paradisíacas son temporales, por eso debían de migrar lo antes posible a la Punta Sur o a la Punta Norte, ya que los males llegarán, lo devorarán todo, y mortal que osara quedarse en su terruño oriundo a los ríos Xanín o Tamuím, moriría terriblemente y su familia también sufriría mucho.

Roberto, su padre, la llama por tercera vez y Angélica despierta de su ensoñación. Al otro lado del río, donde hay un tanto de neblina, una anciana teje un trapo de color bermellón. ¿En alguna parte la había visto? No, pero su padre la llama en un cuarto intento.

—¡Angélica! ¡Pero qué tienes en la cabeza, mija! Ya tienes los veinte pasados… Sino, te quedas como tu prima, Flor…

Ella se levanta, deja los trapos a un lado, y se va a con su padre. Platican un rato bajo la sombra de un árbol hermoso, frondoso, de un verde esmeralda: una ceiba. El sol es apapachable.  De pronto se arma un alegato. Las otras señoras que lavan sus trapos chismean y hacen como que no ven la discusión entre hija y padre.

El árbol, confidente, parece acallar los conflictos, pero los humanos no entienden de naturaleza, lo han olvidado.

—¡No y no, y un millón de veces no, carajo!

—Mija, con esas palabras cuidadito. Te has vuelto muy egoísta y majadera.

—Mira, papá, ya llevan tú y mi mamá llevan rato chingue y jode con que haga lo que hizo mi amá, mi abuela, la mamá de mi abuela y todas esas que les faltaron los huevos para…

Roberto calla su hija con su dura vista, ella lentamente desvanece su queja.

—Me vale madre lo que pienses. Yo me quito mi orgullo como padre en encontrarte hombre. Aparte a tu madre la tienes rezando a nuestros dioses o al dios cristiano. ¿O acaso quieres irte lejos y casarte con el viudo Rafaché? ¿No, verdad? Tendrías una gran hacienda, así de grandota, chingona, muchos trabajadores partiéndole su madre a los henequenes, serías riquísima. Pero no. Nosotros por lo menos queremos que estés cerca y con una familia buena, con futuro. Tú sabes cómo se mueve el mundo aquí, te has quedado porque has querido, sabiendo que las tórtolas Gutiérrez se fueron lejos pa’ donde les dijeron sus novios.

Ella quiere responderle, pero su padre prosigue.

—Y te gusta estar acá, porque es bonito, porque los dioses de nuestros antepasados nos cuidaron del dios cristiano, así nos dejaron tierras fértiles, animales lanudos, ahí están las ovejas que te vas a conseguir con Ramiro Teimatini, familia de buen…

—¡NO! Y no, no quiero que me menciones a ese pendejo, ni me vuelvas a repetir su…

Y allá, a lo lejos, desde un cerro que ha tenido muchos nombres en diversos idiomas, algunos cambiantes por su supuesta representación divina, o porque algún héroe pisó su suelo inclinado, se escucha el eco de una bofetada que afectó hasta las fibras más profundas de un alma humana.

[…]

Los pies descalzos, pero limpios; los pies con calzado rústico, pero limpio; los pies que por primera vez calzaron zapatos de calidad; todos juntos, todos parejos a los ojos divinos de los dioses.

La celebración de las nupcias comienza.

Este es un gran salón, o casa, depende de para qué se usase, de los Teimatini, ahora herencia de Ramiro, el ya cercano esposo de Angélica, la Malcriada, para algunos. Nada ostentoso, pero con todo el equipamiento para acoger a una gran familia que sería la suya, sino fuera por el destino que les depara.

Un grupo de ancianos de la comunidad entran con la novia, saludan, sonríen, luego se dan golpes de pecho, y los demás, los invitados, sienten lo sublime de cada acto del ritual que une a dos corazones. Pero la novia no se le ve feliz, ni triste. Pero el novio, que ya estaba esperando a su futura mujer desde hace tiempo, se le ve nervioso, aunque este sea notoriamente mayor, además de ser feo y de composición chaparra, casi obesa.

Los novios se ponen lado a lado, Angélica ganándole altura por unos centímetros a Ramiro. Un viejo, posiblemente abuelo de Ramiro, los casa.

[…]

No hubieron besos.

[…]

Angélica no aceptó acostarse con su esposo.

[…]

Él la termina violando, y su padre, Roberto, se queda callado al saberlo por su hija.

Más tarde, ella, enrabietada, amoratada sin dejar de soltar lágrimas, camina furtiva hasta llegar con la sacerdotisa. Ella la mira, la mira bien. La sacerdotisa, o Juana la Fea, antes, en su juventud, Juana la Bonita, iba a ser la esposa del padre de Angélica, pero fue rechazada por la familia de Roberto, ya que se le descubrió que no era virgen, ni podía tener hijos. Por eso y más ahora es partera, pero, a escondidas, también provocaba abortos. Sabe a lo que viene Angélica y Juana la Fea sin chistar le ayudará a matar lo que se está formando en su vientre.

—Ven, pasa. Siéntate o acuéstate, me da igual. Como sea se hace.

Angélica, en vez de sonreír, hace una mueca dentro de esta casa que parece una cueva oscurantista con varios ídolos de dioses antiguos, de los cuales la mayoría no sabe o recuerda sus nombres.

—Me acuesto.

Sin ponerle mucha atención, Juana comienza a tomar hierbas de jarras bien cuidadas.

—’tá bien.

Y los olores amargos de potentes hierbas llegan al olfato de Angélica. Impertérrita, iracunda, ella no piensa dos veces y cierras los ojos.

[…]

Los fríos ojos de Juana la Fea viendo a Angélica, de cara pálida.

[…]

Días después, cuando Angélica se había recuperado de su resfriado,  Ramiro vuelve a violar a su propia esposa, pero esta vez ella no hace mucho barullo, así las cosas pasan más suaves. No obstante, el mayor de los hijos de los caciques Teimatini, se queda sorprendido, incluso disgustado. Ya le había gustado el placer de hacer sufrir a otra persona, más si esta es alguien tan cercana como su esposa, más si esta otra persona la estuviera pasando horrible.

La deja en la cama y ella llora hacia dentro.

Angélica se levanta, sus pies morenos tocan la madera fría del piso. Sus piernas, cuales garzas, recorren el camino hacia la ventana: la abre. Un viento sobrenatural remueve los pelos llenos de babas y sudor de Ramiro, los acomodan de un modo leonino. Ella está a punto de estallar.

Maldice.

Maldice a todos.

Maldice a Ramiro.

Maldice a su padre.

Maldice a su madre, a su abuela y a la madre de su abuela.

Maldice a toda la ascendencia que crearon una tradición que hasta ahora se siente más como una condena patriarcal, la cual no se ajusta a su personalidad, a sus ganas de ser libre, vivir tranquila, a su modo.

Y se maldice a sí misma.

Juana le había advertido que sólo la muerte saldría de su vientre, nada más, ya que después del proceso abortivo que llevó a cabo fue uno muy heterodoxo, donde se tuvo que llamar a un dios no benévolo, mas sí perverso.

—Caerá mi rabia contra todos ustedes. Morirán por dentro, como yo. Vivirán como muertos. Y querrán morir sin recordar que vivieron alguna vez. Hijos de su «puta» madre.

Silencio.

Si no hubiera muerto su hermano mayor por un duelo romántico, tal vez las cosas fueran otras.

Si ella se hubiera ido con sus amigas, las tórtolas Gutiérrez, ahorita estuviera de niñera con los hijos hipotéticos que andan criando, o por lo menos estuviera trabajando de sirvienta para una familia adinerada de tez blanca.

Pero, como se dice, el hubiera no existe.

Silencio.

El viento corre más. ¿Habrá sido respuesta de algún dios del viento? Angélica le importa una pera en el agua y se encierra en su casa, la cual será solamente suya mientras Ramiro se va a la gran ciudad a hacer negocios durante una semana, o hasta un mes. Nunca se sabía cuándo iba a regresar, sólo él responde con un “Quién sabe”.

[…]

Pasó el tiempo. ¿Una o dos semanas? No, más. Angélica sólo tomó en cuenta el exterior al ver cómo este poco a poco se volvía sombrío, el sol apenas daba la cara; el frío caló, el aire se condensó en neblina, y la neblina trajo a la niebla. Entretanto, ella prefería comer poco, pero con enjundia, como si la obligaran a hacerlo, o una o dos noches probó ponerse borracha por primera y segunda vez; sus respectivos días siguientes fueron un infierno en la casa de Ramiro Teimatini.

Nadie, pero nadie la visitó. Hoy se da cuenta de ello mientras toma un té que le calma los intermitentes espasmos. Su familia parece haberla olvidado. ¿O ella a ellos? No, sabe que ellos si hubieran querido por lo menos una cartita le enviaran. Sin embargo, algo dulce le sabe ese pensamiento. Sabe que, aunque hayan recibido bastantes regalos por parte de los Teimatini, su familia se sentía avergonzada por haberle buscado marido a su hija más pequeña. Además, algo que endulza más su actual situación, es que tiene cerca al río y lo puede ver desde la ventana de su cuarto. O bueno, podía, porque la niebla no deja ver ni al astro rey, si es que este sigue existiendo.

En un viejo cuarto usado como bodega improvisada, ve la ropa tirada en el suelo: regalos, más regalos de la boda. Atuendos tan coloridos, como de ensueño. En otro momento hubiera sido feliz de tenerlos, ahora son escarchas de hielo o rescoldo que quema con tan sólo su roce. Piensa en matarlos a todos ella misma.

—Si puedo, hasta los dejo sin piel, así como me siento yo, una ramera, una puta, un chingado objeto para mi familia… Ya no soy yo.

Llora, llora desconsoladamente. Se siente mal al pensar cosas tan horribles de ella y su familia, gente que amó gran parte de su vida, ahora solamente rencor, incluso odio, a su padre. Ramiro, ya no sabe qué sentir de él. Es su verdugo, su castigo, o lo que sea, pero no el que la enjuició. De hecho, se dice que Ramiro en verdad amaba a otra, la cual todavía ve cuando está afuera “Haciendo negocios”; hasta las malas lenguas chismean que ya tenía familia desde antes de casarse, no obstante, su familia lo calló, lo dejó como rumores, y ahora Angélica paga todo pecado cometido entre familias que ya no se sienten suyas, ni nunca lo serán. 

Ama los recuerdos de sus parientes, su pasado. Pero está sola. Y llora más.

¿Estarán viviendo bien su familia, ahora que disfrutan el dote al coste de su libertad? ¿Será que sus padres ya no pelean? ¿Será que viven mejor sin ella? No quiere pensar esto último, porque, a pesar de todo, quisiera regresar con ellos, abrazarlos. Hasta morderlos, de rabia, pero, en fin, abrazarlos.

[…]

Ya es de tarde, el sol ahora está del otro lado, escondido de la ventana favorita de Angélica. ¿Acaso los dioses mayas olvidaron a Angélica? Ella, fundamentalmente hereje frente a los ojos de la iglesia católica, de vez en cuando se pregunta qué sería de ella si fuera monja o una chica normal de la ciudad, yendo a las misas dominicales, o por lo menos aparentar que lo hace y luego confesar sus pecados y omisiones con un sacerdote.

El río Xanín, ahí, haciéndole compañía en un día no tan denso como los otros.

—El río —dice al aire, esperando a que éste viniera hacia ella, para quién sabe qué, pero es lo más cercano a alguien que se desea como invitado, y no el regreso de su funesto marido.

Y como respuesta, el río le ofrece tributo: un cuerpo humano, flotando, boca abajo. La primera impresión de ella es la de confusión. “Un cuerpo,  de hombre”. Y su boca sorbiendo agua. Y ahí va, como un camarón que se duerme. Su corazón se altera, quisiera decirle algo a la pobre persona ahoga que se lo lleva la corriente. Desea ser esa persona, justamente en el estado que se encuentra. O por lo menos haberla conocido. No era algo raro que la gente se ahogara con el Xanín, hasta se sabían de rituales que, cada cierta temporada, las brujas del Xanín, o sacerdotisas para los creyentes, ahogaban intencionalmente a mujeres jóvenes para que la abundancia de aquellos lares siguiera interminablemente. Pero, no, este era un hombre.

¿Habría sido buena o mala persona? Que vaya a saber un dios omnipresente, porque ya ningún mortal podrá abogar por esa alma que ahora deambula entre aguas dulces.

Angélica, rota desde muy, muy adentro, gusta de llorar otra vez, como si esperara cualquier pretexto para romper más a su vida en ostracismo.

Sin embargo, otro cuerpo fluye, sigue a su compañero en acuífera desgracia. Ahora se trata de una mujer. Angélica, haciendo a un lado sus sentimientos autodestructivos, se le hace curioso el detalle. ¿Se habrá ahoga una familia completa? Ojalá no, no quisiera que esta tragedia incluyera a niños, sería lo último que le faltara para encaminarla al suicidio que diariamente ha pensado en cometer.

“No tiene un brazo”, piensa. Tampoco parte del pie izquierdo. Pero una roca detiene su inerte navegación. Los ojos agudos de Angélica lo ven todo bien. Ese cuerpo, de mujer, ahora tiene espasmos. Pasa un momento. “¡Está viva!”, y, sea por su empatía en ser una mujer ahogándose, al borde de la muerte, como ella, como centella corre hacia afuera, sin importarle que esté medio desnuda.

El pasto, sus pies morenos descalzos.

La niebla, aliento de dioses del inframundo.

Ahí la tiene, a ese cuerpo, aparentemente vivo, todavía convulsionando, atorado por unas piedras reacias en convertirse polvo soluble.

Irónico, Angélica no sabe nadar, aunque sepa cabalgar, sepa todo sobre el arte textil y aparte carpintería. Pero no sabe nadar. El ancho río la invita a inundar su cuerpo, llevárselo lejos, como a otros, absorbiendo lentamente su alma, alimentando a la natura con su energía vital.

[…]

Angélica sale del río, a punto de ahogarse, pero vomita la poca agua que entró a sus pulmones. Toma aliento. Reconoce que fue muy torpe al entrar al río, tanto que no recuerda bien qué pasó. Mira a su alrededor, ve y no ve, hasta que su visión se aclara: el cuerpo de la mujer mutilada de milagro pudo ser empujada a la orilla. ¿Lo hizo Angélica? ¿Qué pasó? No lo recuerda. Escupe un poco más del agua del río. Se levanta y, pesada, cansada, llega hacia la víctima del Xanín.

Ya no se mueve.

La cara está intacta, sólo unos cardenales aquí y allá entre sus hombros y brazos; el brazo derecho, horrible. Desmembrado. Angélica no se fija en el pie izquierdo. La mujer, que ahora sí parece haber fallecido, era bonita, de seguro tuvo muchos pretendientes. Algo en esa mujer se parecía a Angélica. Y cada vez más… Hasta una cicatriz en sus comisuras era similar a una que Angélica se hizo de niña.

Angélica vuelve completamente en sí. Algo descomunal brota desde su sus pies, viaja por sus piernas, muslos, sexo, vientre; llega un mar de lágrimas que no soporta, así que el llanto la posee, la manipula y la obliga a abrazar al cuerpo inerte de una joven que bien pudo haber sido su hermana, o incluso gemela.

La mano se mueve. Los ojos, trémulos; la boca quiere murmurar, los brazos abrazar; el pie mutilado también se agita; y la mujer revive, o mejor dicho, se reanima. Angélica persiste en sus sentimientos más profundos.

Gime; grita con un gemido.

Angélica, un poco impresionada, mira a la mujer y se percata que esta tiene los ojos abiertos, uno más que otro, aunque sus ojos, sí, inhumanos. Se pregunta si siempre estuvo viva, sólo tuvo un breve momento experimentando la muerte.

¿O qué?

—¿Estás viva…?

La mujer no responde. Angélica tiene un mal presentimiento.

—¿Estás bien…?

El gemido se convierte en grito, un grito gutural, diabólico para las almas inocentes. Angélica se queda pasmada y la mujer intenta tomarla con sus erráticos brazos y le suelta una tarascada.

—No…

La mujer sigue lanzando mordidas como un animal hambriento frente a su presa.

—¡Qué te pasa…! ¡No…!

A punto de letalmente herirla con una mordida, Angélica se mueve a un lado, pero la mujer reanimada la toma por un brazo, con un pulso firme, brutal.

—¡Déjame, put…!

Angélica, sin saber qué sentir, como siempre actúa impulsivamente cuando alguien la sorprende o molesta de sobremanera, suelta el golpe antes de hacer más preguntas; por un momento eso hace que la mujer reanimada repose su cuerpo de nuevo al suelo, pero de inmediato regresa a su presa. Angélica, se aleja, ya que se había zafado esa mujer endemoniada.

—¡Pinche desgraciada, yo te salvé del río…!

La otra responde con gemidos, sonidos guturales. Angélica se percata que en su brazo pronto se generará un moretón con la mano impresa de la salvaje que se la quiere comer a mordidas.

Angélica en dos segundos piensa si debe de atacar o huir; mueve un brazo amenazante y contiguamente la otra mujer se lanza contra Angélica; mejor se voltea, corre. Corre olvidando sus sentimientos de empatía, vuelven los de rencor.

Ramiro viene a su mente.

—¡Chingada madre!

Y la mujer reanimada da hilo al coro altisonante con sus gritos infernales, babeando quién sabe qué líquido, representando a un personaje dantesco, o quién sabe qué.

[…]

Cierra el portón de su casa; vomita bilis; intenta regular su respiración; y se fija por la ventana: esa sigue allá, lejos, pero determinada a encontrarse con su presa. Angélica, desesperada, grita. Da un golpe a la pared de piedra, se lacera un poco. Se da la vuelta y deja solos al portón y ventana por un momento.

Regresa, Angélica regresa con una escopeta de caza y se vuelve a fijar en los lentos pasos de la mujer demonio. Quiere sentir compasión, pero no puede. Tiene ganas de matar, de ver correr sangre, de venganza. Aunque en su vida ha matado a un animal, aparte de degollar gallinas junto con su abuela.

Abre la cámara del rifle, torpemente jala la palanca y mira que ya está cargada. Su cara demuestra una sonrisa maléfica, la satisfacción de que una encomienda malvada está saliendo de maravilla.

Recuerda el miedo que le tiene a las armas. Ahora carga una. Siente su hostil existencia. Muerte. Dolor. Venganza. Anti-vida. No obstante, matará a algo que dejó de ser humano, se convirtió en el monstruo que ve ahora en la cercanía, y sabe que tiene que matarlo porque no la dejará en paz. Angélica ya tiene muchos problemas de por sí; su cuerpo y alma, ajados, sin aliento de seguir viviendo el triste destino heredado por sus pusilánimes ancestros y sus tradiciones que cambian a conveniencia de un patriarcado soberbio pero idiota, mundano.

Sale del casón donde nunca más habrá una fiesta en él, nada se celebrará, ni matrimonio ni hijos, nada, sólo oscuridad y presencias de recuerdos que se marchitan con el tiempo; fantasmas del ayer.

Babeando y gruñendo.

Angélica apunta hacia aquellos ojos blancos con una ligera iris bermeja, tal vez llena de odio ciego contra la humanidad.

Y Angélica baja su guardia; recuerda la maldición, la maldita maldición que sus antepasados les contaron a sus hijos, luego los hijos de sus hijos, y así hasta ella: Xoxolúm será olvido y destrucción, nada de sus riquezas quedarán en la faz de la tierra, junto con sus animales y pobladores. “¿Será que…?”, se queda pensando en el infinito.

Vuelve a apuntar y dispara.

Falla.

Toma otra bala de uno de sus holgados bolsillos. Recarga intuyendo paso a paso el procedimiento. Ya está muy cerca, demasiado cerca. Esta vez no tiene que fallar. Apunta. Quiere temblar. No tiembla.

—Chingas mucho a tu madre.

Y dispara.

[…]

Más de ellos deambulan o corren por la propiedad de los Teimatini. Ese denso aire puede adelgazar o engrosar, pero nunca disiparse. El, puede que un espejismo, sólo emite un eco de su brillo.

Angélica empaca las viandas en un bolso y en un paliacate. Lleva un machete como arma. Sabe que lo usará más temprano que tarde. Imagina despedazando a Ramiro con su machete, mientras su familia, suplicante, le insiste en dejar de hacerlo, sino se convertiría en un demonio, como los demás. La dejaron sola, solita. Se olvidaron de ella. La maltrataron por sus ambiciones. Pero los extraña. Mucho. Y eso le duele.

Ya fuera, respira el frío aire con lánguido olor mortecino. Machete en mano, se dice comenzar una nueva aventura. Se siente joven y lista para lo que sea. De pronto la envuelve el miedo. Envaina el machete. Los recuerda, y nunca los olvidará.

¿Se irá? ¿Escapará de sus demonios? ¿Buscará a las tórtolas Guitérrez? O, sí, qué tal si también ellas…

Ahí va Poncho Jamachil, el vendedor de mezcales, los mejores de la zona; ahora vende mordidas y cobra con carne y sangre. Era un buen hombre, siempre feliz, con la nariz roja.

Furtiva, Angélica inicia su camino hacia la casa de su familia.

Pasan los minutos.

Gruñidos.

Jadeos.

Alguien grita ayuda, duda en acudir, pero las exclamaciones callan. Reanuda su camino.

Su familia. Su familia.

Malditos sean, benditos sean.

¿Les habrá pasado algo? Todo parece haberse hecho un infierno, lo bonito de Xoxolúm había desaparecido, o está oculto entre las tinieblas del destino.

—Espero que estés muerto, Ramiro…

Desea que esté muerto, o verlo, así, como varios de sus conocidos que se ha encontrado en el camino: reanimados como demonios, dignos de ser asesinados por su todavía inmaculado machete.

“Espera”, se detiene.

Este ya no es el camino al que se dirige; de hecho, siente que por un momento perdió el conocimiento y ahora está parada, ahí, confundida. Perdida.

—Chingada madre, se dice.

Ahora, nomás por inercia, sigue moviendo sus pies hacia un destino incierto. Pero quiere ver a su familia, aunque sea por última vez. Tal vez sus pies descalzos, lo más pegado a la naturaleza de ella, la guíen al lugar correcto.

Claro, tal cosa no pasa.

Así que Angélica llega a un extraño campamento, parecido a esos donde se amontonan metales y pedazos de máquinas que no sabe sus nombres, nomás las del nuevo tren que nunca terminarán de construir. Pero nada de lo que imagina es lo que se acumula en ese refugio, ni ninguna persona, dentro fuera, parece realmente preocupada, sino meditabunda o atareada. Lo cierto es que nadie viste normal. Nadie es normal a los ojos turbios de Angélica.

Sin decoro, antes de llegar a las puertas abiertas del campamento,  ella pasa por un hombre y mujer vestidos de un traje liso y fino, tal vez elástico, como si fueran una fantasía absurda creada por dioses ajenos a los de Xoxolúm. Nadie en verdad se fija en ella, ni los vigías ni los otros que parecen trabajadores. Las dos personas que ve parecen discutir algo sobre si una tal Eurasia podría llegar a su fin, como también algo de un viaje a la colonia de Marte, que está en guerra con una indescifrable civilización. Todos hablan el mismo español que Angélica, pero con neologismos que obviamente no entiende.

La mujer, que parece molesta por una idea conflictuada, intenta despejarse dejando de mirar a su interlocutor, pero al hacerlo ve a aquella bonita muchacha piel morena, descalza y rudimentariamente armada. Deja su boca abierta.

—Joel…

—Ya sé que no soy tan inteligente como tú, no veo las noticias todos los días, pero la tercera estación espacial está llena de porquería supremacista, relegándonos a nosotros en viajes entre universos para tomar más materiales de aquellos que podrían haber sido nuestros antepasados; ¿no crees que es lo mismo que hacían estos hijos de puta antes de la segunda reforma mundial? Digo, yo quiero llegar lejos como tú y Javier, pero no puedo dejar la moral aparte, ya no…

Angélica sigue escuchando; la otra mujer, no sabe si escuchar o no escuchar a Joel.

—Joel.

—¿Qué? Ah, sí, ya hablo mucho; sí sí, ¿me ves ansioso, no? Es que hoy tomé me el doble de la…

Ella apunta con su dedo lo que está a sus espaldas; él gira lentamente cuando.

—Una nativa.

—Una…

Joel se queda callado por un momento.

Shit, no se fijaron al cerrar la muralla.

Así los dos se quedan viendo a una nativa: Angélica.

[…]

—¿Sabes cómo llegaste acá? Pregunta Joel, sentado frente a Angélica, ella comiendo endemoniadamente.

La compañera de Joel, con los brazos cruzados, lo mira con clara molestia.

—Mínimo dile cuáles son nuestros nombres, ella es tan humana como nosotros.

—Ah… Si ella ni pertenece a nuestro…, para al ver que no concilia nada con sus palabras. ¿Si esto trae más problemas…? Digo, una paradoja bilateral entre dos universos siempre está latente, con una sola idea, ¡pum…!

Angélica, astuta, sabe que estos que tiene a su alrededor son los famosos científicos que han dado la vuelta al mundo, o algo más allá, por lo que puede entender. Prosigue con lo que le queda de comida, como si fuera una salvaje que sólo tiene tiempo para sus necesidades más básicas.

—Es una teoría, ahí se queda como tal. No cambiará mucho el panorama incluso si ella aprendiera a usar una tableta… Es una teoría para asustar a los traviesos y ya.

—Es una hipótesis, mejor dicho. Aunque teoría para otros. Joel se siente más incómodo. Sabes, I think que aún así no deberíamos arriesgarnos a nada. Un ticket a una sana amnesia le quedaría bien… Así no se acordará de nada…

—¿Qué es Abnesia?

Los dos se quedan viendo. Ella habla primero.

—¿Angélica, verdad? Nosotros somos Joel, y yo, María. Llegamos de muy lejos para hacer unas investigaciones muy, muy importantes. Perdón por ser tan irrespetuosos, pero el trabajo nos cansa y a penas pensamos en ser… Bien educados.

—¿Lejos? ¿Son españoles? Porque parecen, si vienen de lejos, de allá son. Pero… Hablan parecido a mí… Los españoles son más así, hablando raro con la lengua, como que silvando…

Joel se desespera, siente que está perdiendo el tiempo. Y a la vez no lo está perdiendo, lejos, muy lejos de donde es, el tiempo es totalmente relativo.

—¿Por qué tengo yo que responder preguntas? Sabes, tengo que calcular la vertical de los minerales de esta zona, me puede llevar mucho tiempo porque estoy solo yo y la máquina Alfred

—Joel, no sé si te diste cuenta, pero tú solito te pusiste la batuta en interrogar a la nativa.

Joel lo recuerda.

—Ah, sí es cierto. La mira y con su expresión intenta disculparse. Yo sé que tienes y tendrás muchas preguntas, pero te pido de favor que guardes calma, contestaremos lo que gustes.

Angélica asiente.

—Qué era… Ah, sí. No, no somos españoles. Somos como tú, de este país, pero de un tiempo y espacio diferentes. Bueno, how do I put it? Venimos del futuro. Mira a María. No creo que haya problema en confesarle todo, de todos modos no entenderá casi nada.

Indeed, sonríe María.

—Y pues, sinceramente tú no deberías de estar aquí, pero alguien no hizo bien su trabajo y, ya ves, estás comiendo comida del futuro, con picante artificial, pero igual de bueno que el de tu tiempo, ¿verdad?

—Sí, muy bueno…

Joel suspira.

—Mira, si gustas, puedes quedarte aquí. Afuera las cosas están muy difíciles y es mejor que te quedes con nosotros.

—Incluso, si quieres hasta puedes venir con nosotros a nuestro tiempo.

Joel, dubitativo, entiende para dónde va María.

—No puede ser, María, ¿en serio? ¿Te gusta mucho, verdad?

—Eh, ¿a qué te refieres?

—A la nativa. Te gusta.

—Estás loco.

—Sí lo estoy y por eso me contrataron en la Galactic, pero también entiendo cosas de humanos, y tú sufres de uno de tantos complejos de los viajeros… No, no me digas que no. A mi me quiso pasar, mas se me hizo tan absurdo, porque he visto lo que le pasa a otros, toman sus reliquias y se las traen a nuestro universo y luego ya nos saben qué hacer con ellos… Son humanos, como tú dices, y cambiarlos a otro lugar les afectará enormemente, una crisis existencial sería un primer punto.

María se queda callada. Angélica mira a la pistola que Joel tiene en una de las fundas inteligentes de sus brazos.

—¿Ustedes tienen armas?

Joel, perspicaz, presiente a dónde va.

—Sí, pero no las prestamos. Son muy peligrosas en manos ignorantes.

—Pero ustedes pueden ayudarme, mi familia está allá… Esos demonios tomaron las caras de gente conocida… Mi familia…

No saben qué responder. Un incidente como el del universo de Angélica no son tan estudiados por censura y órdenes del Estado de su civilización. Hipótesis y teorías de conspiración, pero nada más. Lo mejor es no comunicarse con nadie, ni hacer mayores desastres, sólo aprovechar sus recursos antes de la humanidad de ese universo, o el planeta mismo, sean destruidos.

Y justamente eso están infringiendo ellos, pero a nadie le importa lo suficiente. Cada quien con su trabajo, con su ocupación. Los acuartelados saben de la nativa que tienen como inquilina y a nadie le importa mucho. Tienen todo el poder de aniquilarla sin resentimiento, o ignorarla por completo. Pueden incluso salvar a esos humanos, pero no lo harán. Pueden quedarse en ese tiempo-espacio solamente cortando el gusano-portal, bloqueando todo tipo de entradas o salidas multiversales, y volverse los todopoderosos de un tiempo anticuado donde ellos serán tratados como dioses. O como fantasmas.

Son como reyes de todo y de nada.

—Lo siento, Angélica, es imposible.

Angélica, consternada, iracunda, vuelve a ser la misma de antes.

—¡¿Qué dicen?! ¿Nada? ¿Por qué? Tienen comida, armas, se ven que son muy inteligentes, pueden hacer algo, ¿no creen? ¿O qué chingados les pasa? Allá la gente se come a la gente, las cosas están peor que antes y yo solita con este machete no la voy a librar.

—No es eso, Angélica… María responde por Joel.

—¡Cállense a la chingada…! Allá vi una carreta con niños… En pedacitos… Mordidos… ¡Esos pinches demonios me dan miedo! Quiero matarlos… Quiero matar a Ramiro… Me da miedo… ¡Tienen que ayudarme!

María traga saliva. Joel ya veía venir esto.

—Justamente esto le pasó a Shinji cuando le tocó viajar a un Japón liderado por un Shogunato poseído por demonios; ¿qué pasó? El ronin que con el que le tocó toparse terminó siendo un pariente suyo, muy lejano. Sintió lástima por él, intentó tomar cartas en el asunto, y los demonios, pero demonios de verdad, intentaron apoderarse de los aparatos de nosotros. Nos dimos cuenta que aprenden rápido y pueden adentrarse en el mundo virtual con el mismo talento de un idiot savant. Lo único que quedó fue destruir todo lo que había en ese planeta y cerrar el canal del gusano-portal, dejando en el olvido a ese pobre universo.

María tira su plato al suelo, pero este no cae por completo, sino flota unos centímetros de distancia.

—¡Ya! ¡Me valen madre sus palabras raras! A la chingada, yo me voy. Tengo que encontrar a mi familia y matar a Ramiro.

María se pregunta que si quién es Ramiro. Supone de inmediato que es alguien que mató algo preciado en su vida, o simplemente es su violador. Puede que sea su esposo, algo común con sus posibles antepasados. Fácil de predecir para alguien de un posible futuro.

Angélica se dispone a irse.

—Hey, espera  —María intenta detenerla.

—¡Ni madres! Yo tengo cosas inconclusas allá fuera y me pone de nervios andar con personas que parecen ser sacadas de esos cuentos de hadas que cuentan a los niños.

Su machete, que lo había dejado en una mesa repleta de piezas de todo tipo de materiales, lo toma y muy decidida sale del compartimento de plástico DuraFex.

—¡Angélica! —es lo último que grita María, después un pulso electromagnético la tumba varios metros hacia atrás.

Joel, con los ojos hechos pelotas de cristal, saca de inmediato su pistola de balas impulsadas por el electromagnetismo de un micromotor dentro del arma, y dispara a quemarropa a los seres nebulosos que están tomando formas humanas.

—¡Son los Jebbahs! —este ingeniero que abre la boca ahora se queda permanentemente abierta. Donde estaba su vientre ahora es un agujero que deja ver hacia el otro lado del panorama.

Los invasores, humanos revestidos con armaduras monocromáticas, cruz cristiana en el brazo derecho, una creciente con estrella en el brazo izquierdo, disparan a sus blancos sin piedad. Máquinas, pulsaciones electromangnéticas, balas híbridas, gritos, golpes, todo se genera en tan sólo un minuto, dando más campo a la victoria a los Jebbahs.

Joel, desesperado, junto a Angélica, entran a una bodega. María no despierta. Angélica, obnubilada por toda historia que ciencia ficción que no entiende, intenta volver a la realidad viendo al cuerpo inmóvil de María.

—¿Está muerta?

Joel, espera algo.

Nada.

Y responde.

—No —saca un pequeño tubo de un bolsillo, lo presiona contra el cuello de María, presiona un botón y este inyecta el líquido en una de sus arterias. Ya no está muerta.

Alguien muere dolorosamente afuera. Sangre es desparramada en un ventanal. Joel, poseso, por un momento parece fuera de este mundo, pero de inmediato vuelve a sus cinco sentidos.

—Ya cerraron el portal-gusano. Ya lo cerraron. Y destruyeron el canal.

En shock, no sabe si seguir hablando.

—Ya… A la mierda, nos quedaremos para siempre en este universo. Fuck.

La masacre cada vez toma un tono más bajo. María vomita y Angélica se impresiona. Joel mira fijamente a Angélica.

—Vamos a usar algo que en tus tiempos ni en sueños lo imaginaran. Tomaré algunas cosas en mi backpack, luego llenaré otro, y te lo pondrás. No toques nada. No hagas nada.

En medio de la batalla, los Jebbahs están dispuestos a perderlo todo para destruir todo dispositivo del campamento. Ellos ya saben que están condenados a vivir para siempre en este universo o morir de una vez, con una bala de sus propias armas.

Y de la bodega un SuperHoover se lanza hacia afuera, en él están Angélica, María, inconsciente, y lo maneja Joel, con cara de preocupación. Angélica, letal, toma su machete. Joel la mira furioso y asustado porque no sigue sus órdenes. Ella está segura que rodarán cabezas por sus propias manos.

Así pasa.

Uno de los Jebbahs sin su casco, ya tarde mira cómo una antiquísima arma le separa la cabeza de su cuerpo. Angélica grita como amazona y los Jebbahs se detienen sólo para ver el extraño espectáculo.

Fuck! ¡Te dije que no hicieras nada! La recrimina.

Pero nadie hace más. No son perseguidos, algunos sobrevivientes escapan en medio de la distracción, y tampoco son perseguidos.

Y así se escapan del peligro futurista y van por otro más fantástico, apocalíptico.

[…]

María despertó cuando la horda de demonios quedó atrás.

Ahora están en el río, ese en el que toda la vida de Angélica se puede contar con su presencia. María, al enterarse de su funesto destino, llora un tanto, mientras Joel intenta no hacerle dúo. Y, esa mujer aguerrida, Angélica, ve cómo el agua corre, sin cuerpos, pero sí pedazos de cosas, olvidadas o extraviadas. El Xanín se está llevando al mundo entre sus brazos indolentes.

Desde los aposentos de Euros, el viento vuelve, así que la neblina ya no está sola. El aire, helado. Es como si el aliento de la Pelona saliera de su boca, fría, inerte, cargada de palabras que se juntan para relatar malos augurios. Ellos lo sienten. Cada uno jura desde sus adentros que ese viento tiene el don del habla, ya que les dijo algo, algo que no pueden comprender con su juicio humano.

—Todavía hay esperanza de que Alfred Johnson descubra en cómo reabrir los portales-gusano… María, débil, calla por su cansancio.

La mirada de Joel no es esperanzadora.

—Tú sabes que se investigó muy duro para que este no pase, encontrar la manera correcta de que esto sea incorregible. We are fucked, and you know it. Sorry.

María quiere llorar, pero prefiere quedarse dormida. Él se siente como un ojete. Angélica, pensando en que no les podría ayudar en nada, se reconecta con su misión en ir con su familia. Y matar a Ramiro.

Joel rompe el silencio.

—Angélica.

—¿Mande?

—Dijiste que querías ir con tu familia, ¿no?

—Sí.

—Pues, ¿por dónde es el camino?

Angélica apunta hacia una periferia del Xanín

—Allá, al sur del río.

—Bueno. Nos vamos cuando María se sienta mejor.

—’tá bueno.

Joel de un cilindro saca unas píldoras y se las da lentamente a María. La trata como su propia hija.

—Ahí como la ves con el trato informal, María es mi sobrina. Soy el hermano menor de su padre… Pero el murió hace mucho tiempo, por razones que no me compete contar… También parecemos de la misma edad, pero yo soy noventa y ocho años mayor que ella. Allá en el futuro algunos humanos pueden vivir mucho más de lo normal. Pero no todos. María, cuando mucho puede alargarse treinta años de vida… Supongo que mis genes no llegaron hasta su linaje.

Angélica escucha con atención aquello que dice el hombre del futuro, o mejor dicho, de otro universo, diferente al de ella. Vivir más. Mucho más. Ser inmortal, eterno. Ser como los árboles, ser como las rocas. O como ese río violento que nunca descansa.

Pero lo que ha vivido. Lo que ha sentido. La humanidad, horrible. Apocalípsis. Destrucción, dioses terribles.

Aquel río.

No, no le gustaría vivir tanto como ellos.

[…]

Entre los dos ayudan a caminar a María.

—Joel, sabes que yo puedo caminar sola…

—Y tú bien deberías saber que mientras menos esfuerzo, mejor la recuperación.

María no dice más.

Caminan un rato, al sur del río. Algunos gruñidos se escuchan y ellos paran. Creen ver a una familia, tomados de la mano, pasar cerca, pero la neblina no los vuelve ilusorios.

—Pobrecitos… —Dice María.

—Qué mal se pusieron las cosas —Angélica le hace segunda.

Siguen caminando. Las mochilas, inteligentes, no son tan pesadas como parecen, se vuelven ligeras por un sencillo campo magnéticos que las hace elevarse un poco, así el portador aligera su carga, aun cuando estén llenas de artefactos pesados. Es una tecnología muy simple, incluso un poco anticuada para el universo de Joel y María.

Y llegan a la primer choza del pueblo de Angélica. Sangre, sangre y sangre.

—Pónganse alertas, aquí hubo una masacre.

Angélica se preocupa. Piensa en su familia.

—Perdón que te diga esto, pero, can you go on by yourself? —Joel le pregunta a María.

—Sí, ya te dije que me siento bien desde hace rato.

La dejan componerse a sí misma. Se ve bien. Joel saca su arma, parece un rifle que se despliega al ser maniobrado de algún modo, y le da una pistola pequeña a María.

—Por si la necesitas.

—Sabes que la sé usar mejor que tú —le contesta soberbia a su tío.

De su mochila saca algo que sobresalía, un rifle poco práctico, obsoleto para sus manos de humano del futuro.

—Mira, esto es para ti —Se la presenta a Angélica, una Máuser bien cuidada—. La iban a llevar para un museo, pero creo que ahora dará mejor uso que sólo exhibirla a un montón de tontos turistas. Y aquí las balas, son muchas. Te las dejo en tu mochila, en el compartimiento más pequeño.

—Gracias —Le responde.

Joel saca una tableta; se enciende sola y con su taco se opera ágilmente.

—Hay muchas… Personas, o de esas cosas, cerca. A veces detecta a los infectados, pero pueden confundirse con gente sana. Hay que estar preparados, o nos va a llevar la chingada.

—Sí.

Angélica frota con sus manos a su nuevo rifle. Se familiariza con él.

Las calles rústicas están repletas de ropas, carne y sangre. Parece ser que hubo una batalla, entre demonios y pobladores. No hace falta decir quiénes fueron los perdedores. Los endemoniados están por aquí y por allá, casi siempre en grupos. No parece haber nadie vivo, al menos no en las casas humildes.

—La casa de mis padres es la que está allá, un poco arriba en la colina.

—Si hay alguien vivo, ahí puede ser buen lugar. Tiene un punto estratégico para defenderse.

María se impresiona por ver tanta sangre y restos humanos ahí, en el suelo, o paredes de adobe, madera, como si fuera basura o de una travesura de niños con lápices y crayones del infierno. En toda su carrera militar no había visto tanto de esto. Joel cae en cuenta de eso. Le habla con suspiros.

—Esto pasa cuando bestias salen de sus jaulas. Yo pasé por eso alguna vez. Duré meses sin dejar de vomitar al recordarlo… Tranquila, tú eres más fuerte que yo, ¿qué no?

No sabe si por su tono aquellas palabras son reconfortantes o de burla. Arquea su ceja derecha y profiere una mueca.

—Sí.

—Vamos, vamos… —Se desespera Angélica.

Sus piernas, temblando, lentamente calculan cada siguiente paso que dan.

Tienen suerte.

Llegan al perímetro y se escuchan gritos. Es una voz conocida para Angélica.

—¡A la chingada con esos cabrones! Apestan, sácalos. Nunca me cayeron bien.

Desde el portón ruedan uno, dos, tres cuerpos, ninguno parece animado. Angélica revisa su altura y tamaños. Algo está muy mal y eso no la deja hablar.

Joel detecta algo.

—Parece que aquí hay puros sobrevivientes, alrededor de cinco. O cuatro. Cuatro, sí.

Los dos miran a Angélica. Estaba en shock. Joel vuelve a mirar a la tablet. María sigue mirando a la nativa.

—Y al parecer viene agua, mucha agua. Una tormenta en medio de la neblina esta. Va a hacer mucho frío. Tendremos que intentar entrar antes, porque no me traje los térmicos.

Angélica mira a esos cuerpos. Esos cuerpos enrollados. Los cuerpos. Sus cuerpos.

—Mi familia…

María lo entiende. Joel sigue mirando su tablet.

—Creo que algunos de esos por el ruido innecesario de ese gritón de adentro, lo cual digo que tenemos que apurarnos…

Angélica llora a cántaros.

Y grita.

—¡Es mi familia!

El grito de guerra que se esperó en todo el relato se hizo.

—¡Ese hijo de puta dejó morir a mi familia! ¡MI FAMILIA!

No hay vuelta atrás, porque, antes de la furia de Zeus, el grito de Angélica llama la atención de todos los demonios. Y están dispuestos a ir, lentamente, renqueando, rugen desde cada infierno de su interior, dispuestos a despedazar a cada humano que se le ponga a la vista.

—Joel, I think it’s him, Ramiro, the one with bad blood.

—Fuck, ahora todos vienen para acá. Alista tu arma…

Pero Angélica ya lo había hecho, corriendo como guerrera con rifle entre sus brazos.

—¡Vas a valer verga, Ramiro!

Y un disparo impacta en el visor del portón. Alguien se estremece desde adentro.

María, sin pensarlo, va con Angélica. Joel dibuja una mueca en su boca. No quiere morir en ese universo. No quiere sentir la muerte por la edad. No quiere… Quiere seguir vivo.

Se lanza con ellas, antes de arrepentirse más.

—¡Angélica, ten cuidado…!

Se escucha el terrible estruendo de un disparo.

[…]

Los ojos de Angélica, furibundos. Sudor, lágrimas. Dolor. Sed de venganza. Una mujer guapa, Ramiro y una niña están en el suelo del patio, arrinconados, temerosos. María carga al cadáver de Joel y lo deja cerca de ellos.

—Están afuera… No tardan en entrar.

Angélica tiene delante de ella a su marido, su amante, y a su hija. La primer y única hija de Ramiro, fuera de su matrimonio.

—Angeliquita… Déjalas ir… Yo… Yo…

—Cállate imbécil, o te dejaré con un chinguero de hoyos. como a tus pinches criados.

—¡Ay…! No nos mates… Ellos ya estaban…

Angélica recarga su rifle y apunta.

—¡Que te calles, a la chingada! —el rifle primero mira a Ramiro, luego apunta a la niña y a su madre, se estremecen— ¿Crees que te voy a creer, pinche mentiroso? Yo no soy tan pendeja como mi familia, ellos creyeron que era un buen puto negocio haberme casado contigo… ¡Pero los mataste!

Las lágrimas tiemblan junto con su cara, gime de odio. Venganza, sed de venganza.

—No tuvimos de otra más que venirnos acá con mis suegros… Y fue nomás tu papá… Él sabía que la chamaca se había hecho como esos demonios… A tu mamá le dije… No sé si a ella hubiéramos podido salvarla, todos estábamos muy asustados… Tuvimos que…

Angélica aprieta los dientes. Aún con todo su odio, duda en jalar el gatillo.

Su familia…

—Y tu papá se volvió loco… Loco… Yo lo quise dejar amarrado hasta que se calmara… Pero mató a Pedro, mi hermano… Se había quedado sin familia… Ahora ni él…

Angélica grita, grita tan fuerte como un endemoniado, grita porque ya no sabe qué hacer con su furia.

—Siempre fuiste un maldito cobarde… Un hijo de la chingada…

Llora sin dejar de apuntar. María se le acerca, con los ojos rojos, acababa de llorar también. Le toca un hombro. Lo aprieta.

—Yo sé cuando alguien miente, y este hombre te ha inventado una historia. Hay más muertos dentro, algunos no tienen el cuerpo completo…

Angélica abre muy bien los ojos.

—Ah Puch. Todos sabían que tú y tu familia eran diferentes…  Vividores… Enfermos…

Ramiro, en cólera, se levanta del suelo y se compone agresivo.

—¡Chingas a tu madre y a tu padre! Pinche escuincla babosa, ¿crees que me sentí feliz de haberme casado contigo? ¡Pfff! Hasta pensé en… Pero mi abuelo no estuvo de acuerdo.

La amante lo recrimina con sus ojos.

Angélica sabe y no sabe qué hacer.

María desliza su brazo hacia la altura del codo de Angélica.

—Yo lo hago…. Yo lo hago.

Pero Angélica se le adelanta y dispara.

Todo se vuelve oscuro, y se escuchan más disparos. Los endemoniados se hacen escuchar con sus gritos y gemidos infernales.

*

Angélica y María, ahora vestidas de campesinas, una con una canana, otra con doble. Caminan junto al río, el Xanín, cada una vigilante, con algunas viandas anacrónicas.

—Hay cosas que la ciencia no responde, o al menos no de inmediato… No sé cómo arreglar las cosas en tu mundo… De hecho no sé por qué pasa esto acá y no el mío. Tal vez Joel sabría algo… Pero no sé. Nomás no sé.

Angélica, sin mucho cambio en sus emociones, no deja de ser vigilante.

—No importa. Mientras más lejos estemos de aquí, mejor. Al sur, al sur del río nos va ir mejor.

María asiente.

La neblina, aquella cortina mortecina, no se va. Y no se irá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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