Cinco soles | Cuento

Era un día soleado para andar pensando en los quehaceres del rancho, así para Pedro Solís. Ahí, donde su persona existía, el sol acariciaba con rudeza su sexagenaria piel curtida; el clima era el más seco estepario que había sentido, tanto, que parecía que el ecosistema fue creado por un ser divino que deseó achicharrar a sus habitantes, asimismo para después ser devorados por él, ya sea en taquitos o en un alambre. Todo un complejo de Cronos, si de esta manera me es permitido definirlo clínicamente.

El sudor de Pedro Solís era como gotas de miel; el trabajo pesado que él solo mantenía, ya ha llevado décadas de hábito: cada domingo madrugar hacia su pequeño rancho de San Pedro, su homónimo, sin antes prepararse antes un frugal desayuno al aire libre; después, cuando el trabajo está hecho, sea por los problemas de depresión que obtuvo a sus cincuenta y tres años, maldita andropausia, obtuvo la costumbre de comprarse un paquete de seis o doce cervezas, y regresar borracho a su solitaria vivienda. También no hay que omitir los fines de semanas donde se tupía cantidades indiscriminadas de carne asada; tortillas de harina; queso chihuahua; no olvidemos diez naranjas al día; limón hasta en los huevos revueltos matutinos; chiltepín “Para el arranque”, según Pedro Solís; el bacanora mensual con su compadre Higinio Alberto Madrigal; y… Vaya, me he salido del rumbo de la historia. No se vaya a asustar si cree que lo tengo muy «checadito».

Bueno.

Aquellas turbias gotas de miel eran gotas de sudor sucio, sudor que rociaba la seda impura y roñosa que cubría sus ajados músculos, nervios, huesos y una posible dolida alma que, supuesto por algunas religiones, hemos de contener en el corazón, o cogote, o mandíbula, o el dedo gordo del pie izquierdo. Vaya usted a saber.

Pedro Solís, sentado en un tronco viejo, veía el horizonte que tragaba todo lo que los ojos de este célebre humano atendían. Ahí, ahí caía el sol. Sus pensamientos eran vagos, pero tal vez los más concisos eran los de su mujer que está en los cielos, y algunos otros de sus hijos que abandonó en un pueblo cuyo nombre nadie quiere recordar. Trágica la vida es cuando un padre esparce su semilla y deja bastardos sin gloria, sin lana y sin formada familia. Pedro Solís tuvo una adolescencia de fiestas, sombreros y barbacoas, sin embargo, monótona. Era rústico y apuesto. A veces las imágenes que proyectaba su imaginario eran sombreros tejanos, botas magulladas, caras de ancianos chimuelos… Su cabeza no encontraba descanso.

Recordó, Pero Solís, pero recordó tarde que sus pastillas para la presión no estaban en su «picap». Los primeros síntomas de dolor de cabeza y mareo lo inundaban plenamente. Un dolor en el pecho, un ya conocido dolor, ese que sólo creyó haber sentido en ciertas veces cuando sufrió de «torzones», casi lo dejó difuminado, no sin antes ver lo más alucinante que pudo presenciar en su vida:

En el cielo cobrizo pendían dos soles; no, más, cinco soles, 3 diminutos, un mediano, y el astro rey; en eso su cuerpo se sintió más caliente, sus latidos disconformes y su vista turbia. ¿Estaba alucinando? Un sol enorme y estacionario, los otro más pequeños pero móviles… Un espectáculo que dejaba ciego a cualquier vidente. Parvadas dominaban las alturas, algunos otros animales corrían también al sentido contrario donde aquel nuevo sol creciente; la vaca acorralada, Betty, mugía de locura. Todo esto pudo ver con cuasi clara atención en lo poco que le quedaba de consciencia a Pedro Solís, hasta que el nuevo sol cayó se lo tragó el horizonte, luego seguido de un relámpago. Todo tembló, todo se movía y una especie de muralla invisible estaba arrancando árboles secos lejanos, casas de madera, establos y niños, hombres, carros, el «picap» de Pedro Solís y Pedro Solís…

*

El cura vomita todo el licor que puede contener su cuerpo hace no poco tiempo. En su inconsciencia, creyó haber muerto. Puede por un milagro «algo» hizo que convulsionara y así cambiar de posición en el suelo, siendo que antes estaba boca arriba, pero ahora de un lado exorcizaba mil espíritus «mezcaleños» con inversas bocanadas líquidas. Su frente prominente, que corría desde sus cejas nacaradas hasta en la coronilla, lo hacían ver como un héroe mítico, un salvador de civilizaciones antiguas, un derrochador de mil verdades y políticas misticistas. Cobra completamente la consciencia y dice:


—¡Joder! Pero qué tiene este maldito mezcal, ¡que dos soles no pueden existir simultáneamente! Es imposible…

Y meses después su cabeza, iluminada por un astro antiguo, pendía como una estrella apagada junto a otras cuatro ya en una etapa de putrefacción más avanzada.

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