Crucifica tu mente | Cuento

Silbaba por las calles pensando que algún día mi guitarra gritaría en medio de una conglomeración de personas, eufóricas por su melodía adictiva.

Olí mi cabello y su hedor transmitía días enteros de trabajos pesados; pescado, cemento, polvo y hogueras de herejes metales. Tal vez necesitaba un largo baño con enjuague anti-garrapatas, pero poco me importaban las cuestiones higiénicas mientras mis blues siguieran tronando en alguna esquina de esta u otra ciudad.

Soy peregrino de mil ciudades; o soy tal vez un simple vagabundo para algunos, un homeless… Pero, ¿por de qué se obstinan en llamarme así, si todos vivimos en una enorme habitación redonda, mientras ellos son los que se ocultan en fortalezas de propiedad privada de diez por veinte metros? ¿Acaso no saben que sólo vivimos en un ínfimo rincón de una gran mansión galáctica? Por eso mis cuerdas vocales y de mi instrumento de madera, por eso de mis metales y su nylon suenan con toda la libertad en esta breve morada que nos proporciona toda la libertad y belleza necesaria.

¿Que si yo por qué deambulo por ciudades? No desprecio los campos, los campos de trigos y las bellas campesinas, es sólo que no puedo encontrar un lugar más melancólico y caótico que una gran ciudad que inspire a mis azuladas canciones. ¿De qué serviría la leña sino para prenderle fuego? Así es, con mi escoba musical que barre polvo con sus trastornadas notas musicales; necesito a la inmundicia para encontrar el paraíso, el ocaso de las penurias y el alba de las maravillas. Eso solamente lo encontrarás en las metrópolis o ciudades alternas.
Bueno, ¿en dónde me quedé? Para ser sincero no recuerdo. La situación no es sencilla cuando mi memoria empírica nunca solicitó recuerdos concretos, nomás emociones y encontronazos con imágenes de la urbe que en toda mi vida no pude controlar.

Bueno. Algo así: bajé poco a poco la calle, la cual parecía serpiente que me guiaba hacia a un bar. Sí, creo que se encontraba a dos cuadras, quizá menos. Ya estaba ebrio.

La vida me ha dicho: “Si no hay problema, bebe; si hay problema, bebe más”, justamente porque tenía muchos problemas, me direccioné a tomar de más de lo más que podría. Ahí fue cuando reconocí a alguien. Pienso que el bar tenía un nombre género de esos de mala muerte. Olía a pescado… ¿O a mariscos? Ah. Sí. Esa persona era el diablo y Dios al mismo tiempo, y como yo tengo tanto el cielo y el infierno dentro de mí, me reconoció de inmediato. Se acercó con prontitud, elegancia y gracia, pero yo lo sentí como un chiste bien contado. Convidamos dos tarros de cerveza sucia y oscura cada uno. La noche fue larga, más larga que cualquier highway de cualquier ciudad; mientras tomaba, contaba con mis dedos la cantidad de cervezas que consumía, pero, según recuerdo, me salieron uno mano más y otros dos pies… No me pregunten si fue un sueño, alucinación, o dudar si puedo mantener cierta conciencia en mi estado de ebriedad, porque lo importante es que aquella quimera humanoide nunca la vi borracha, mucho menos alebrestada como la mayoría del público del tugurio que sí lo estaban. Y lo más importante es el diálogo que mantuvimos por un minuto y medio, lo que cambió toda mi vida:

—Eres fascinante, hombre, fascinante— la criatura infernalmente divina me lo confesó con ojos brillantes, piel poco a poco más bermeja y dientes más blancos que… Cualquier cosa muy blanca Nada se me viene a la mente.
—¿Tú lo crees?
—Sí, indudablemente eres fascinante señor S.
—¿Acaso crees que soy un simio haciendo fiestas en algún zoológico? Yo apesto a pescado y mis dientes por suerte siguen en su lugar.
—¡Qué importan esas vanidades de la estética humana! Ningún vago importante de la historia se comprometió a declararse algo bello u horrible; ellos son maravillosos por romper paradigmas, por sacudir con su maelstrom a una sucia sociedad; ¿me captas?
—No… Pero creo que ya he tomado más de la cuenta, más que nunca y no entiendo… Hasta creo que tengo más extremidades de lo normal… ¿No ves?
—Claro que entiendes, yo hago que entiendas, yo hago que veas, yo hago que toquen tus dedos esa guitarra molida a golpes; yo hago que vivas y mueras en sueños y miles de realidades que el humano ni sabe que existen y su espíritu se fracciona; yo te haré de tu destino un Diógenes de Sinope o un Galileo Galilei, si gustas.
—¿A precio de qué? Mi vida no es tan pésima, a veces me la llevo con gente normal, hago cosas normales… Pero poco vale lo que soy, un apestoso a mar y hierro oxidado.  No seas hijo de puta y déjame en paz con eso.
—No, tú fuiste destinado a más que caminar calles sin ser aseadas o pervivir en ciudades y lúmpenes de la civilización humana, de simios con espíritu y razón.
—Dime qué ofreces antes que termine esta última cerveza, porque, maldita sea, quiero tirarme en un parque hasta quedar inconsciente.
—Yo, señor S., te convertiré en el hombre más famoso, más glorioso; sin embargo, tienes que pagar el precio de ser olvidado.
—Vaya, qué consolación…
—No, no sabes a lo que me refiero, porque eres un tonto todavía: serás una leyenda, un cambio en la humanidad.
—Pfff… — tiré mucho alcohol de mi boca y babeo saliva oscura.
—Lo comprendo, lo comprendo. Yo siempre he visitado a gente como tú y ceden sin ceder. Nos vemos en unos, digamos, cuarenta o cincuenta años más.
Vale, gracias por las… Tantas birras que me convidaste.
—La vida es alcohol para el hígado; digo, como sea… Siempre los humanos hemos estado embriagados por sus vanidades, ¿no? Y al final, la resaca los hará padecer el más horrible dolor de su existencia: saber que estamos o seguimos vivos.

Me veía, me veía con estupefacción. Yo quería preguntarle unas cositas antes de irme a dormir.

—Oye y… Unas preguntillas antes de… Ya sabes…
—Dime.
—¿Quién nos creó, maldita sea?
—No lo sé. Y lo sé.
—Hmm… ¿Sabes si ese hijo de puta nos quiere o al menos nos extraña?
—No. Y sí.
—Ah… Bueno… ¿Y por qué sentimos esa maldita angustia que no nos deja libre y siempre ansiosos de una felicidad fortuita?
—Tal vez porque por su destino… Tal vez por error… tal vez por nada.
—Ah, con que sabes todo y sabes nada, ¿no?
—Sí.

Y se despidió de mí sin un adiós, ni con otro ademán. Lo único que percibí es que nadie sintió su salida. Eso sí, cuando hablaba con él todos nos miraban con cara de asustados, como si el alcohol no les surtiera efecto; mientras, otros tenían esa sonrisa pícara que tanto ignoro cuando me ven por la calle algunos transeúntes.

Así pasaron 90 segundos, aunque usted no me lo crea. Lo supe por mi reloj roto.

Y saben qué, me mintió. Todo fue corto, tanto el antes y después, el comienzo y el principio del final. Pero no me importa.

Ahora, después de que me rechazaron unas cuantas disqueras, décadas de sollozos, alcohol, mujeres y otras cosas que hacen daño pero se disfrutan mentalmente mil años, soy una maldita leyenda que duró la mayor parte de su vida perdida en lo más recóndito de la civilización pseu-dohumana. No, no me arrepiento, o no tanto; he vivido, sufrido, fumado y bebido, pero lo más bello es saber que he muerto y he sido resucitado; soy un Lázaro, un músico zombie que Jesús le dio otra oportunidad de vivir, aunque sea con estos pellejos en de carnes; sigo y persigo aquellas notas musicales que algún día barrieron el polvo con esas notas trastornadas de una existencia que pende de un paraíso y un infierno que conviven en una caótica armonía que ni yo ni aquel farsante de ojos luminosos que algún día conocí en un maldito tugurio que me emborrachó toda la maldita vida… Y sin embargo, no me arrepiento, o no tanto.

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