Cuando te encuentras a ti mismo y te dan ganas de invitarte dos de tripa y uno de longaniza bien frita | Cuento

Yo, pues, como siempre andaba por «ahí», de ocioso, caminando en la noche por el parque, tal vez ejercitando con rectitud a mi lindo cuerpecito, tal vez respirando aire casi fresco para absolver las penas, o digerir las pesadas cenas, bobeando de un lado a otro, o hasta viendo a un perro cómo defeca mientras sus dueños volteaban por aquí, volteaban por allá, como yo, y sigilosamente se alejaban a paso apresurado junto con sus perros, sea para evitar multas o malas miradas; y, a lo lejos, mientras la Luna danzaba la macarena y las estrellas veían alguna telenovela, me dije “Ahí voy, mira, ahí voy a lo lejitos de ustedes”; me acerco poco a poquito; tropiezo, como el baboso que soy, con una roca o una persona tomando el sol nocturno para broncearse las neuronas; me acerco más; más; más y heme aquí de frente a frente; es decir, tal espejo, yo estaba frente a mí; digo, él, yo, él Yo, Yo-Él, Él-Yo; o como sea.

Yo-Él será.

Bueno.

Yo-Él, me veía taciturno y me pregunté en voz alta si nos había caído Saturno o estaba soñando boca arriba o sin querer había consumido algún enervante.

Pero ahí está él: Yo-Él. No sé fue, no se esfumó entre mis ideas.

—¿Qué? ¿Qué ch…? —enarqué mis cejas y vi de reojo a Yo-Él— ¿Qué haces aquí?
—¿Yo? ¿Aquí? Alguien de pronto me habló, me acerqué, te vi, creí que fuiste tú y aquí me ves; pero yo ya llevaba rato en el parque.
—No, yo no te hablé; yo solamente estaba viendo a la nada porque no tenía «nada» mejor que hacer.
—Pues tú, o, yo, como sea, estaba a punto de pedir un hot-dog con mucho queso de nachos y una orden de papas fritas para mi solito.

“Qué buena elección”, pensé.

—No sé tú, o sea, yo, pero me estoy poniendo ligeramente nervioso… No, de hecho, estoy nervioso y no sé si estoy soñando y la verdad no me gustan los pellizcos ni sentir dolor y quiero que de alguna manera que me despierten.

Yo-Él, aquel doppelgänger simpático, me veía fijamente. Quería decir algo, pero presiento que, a pesar que se veía un poco más sereno que yo, estaba segurísimo que se encontraba en las mismas: estaba anonadado y a la vez como si no pasara nada.

Esperen… ¿O sería yo el doppelgänger?

—Pues… Puede que los astros se hayan alineado para vernos por fin, y henos aquí, como babosos viéndonos, diciéndonos y preguntándonos razones infructuosas.
—Hey, yo no uso tanto esa palabreja.
—¿Infructuosa?
—Sí… No, espera. Sí la hubiera dicho, pero en otras circunstancias.
—Pues ya tenemos una diferencia entre nosotros, a la cual aplaudo. Eso merece que te comparta una goma de mascar que tengo por aquí…
—Anda, no seas, di chicle, goma de mascar déjalo para las traducciones castellanas.
-Tienes razón; espera, tengo razón. Lo hubiera pensado un poco más.

Yo-Él sacó un rectángulo forrado en papel que es el chicle; lo tomé de inmediato.

—Deberíamos de pensar igual, o por lo menos muy parecido, ¿no? Porque yo soy tú, pues.

Abrí el papel, saqué su producto y lo metí a mi boca: delicioso, refrescante, cítrico, ni tan dulce ni tan salado, certeramente sabroso.

—Pues sí —me respondió.

Nos quedamos en silencio un momento para vernos consensuadamente y encontrar cualquier diferencia que había entre nosotros. Me sentía como en aquella novela de Saramago, o una serie animada para adultos cuyo nombre no recuerdo. Luego pensé y pensamos que no habría mucho que encontrar en tal empresa, y al mismo nos desinteresamos. ¿Cómo lo supe? Pues era yo, Yo-Él.

—Oye, Yo-Él.
—¿Qué?
—Bueno, perdón, Diego… Me siento como en el Hombre duplicado.
—Yo más.
—No puede ser, tú eres yo.
—Ah, tienes razón. Pero, la diferencia es que yo soy tú, tú eres yo, ¿verdad? –creo que acertó perfectamente en la jerarquía de las cosas Yo-Él. Eso hasta hoy espero.
—Pues, a lo que veo, tienes y tenemos razón de sobra en eso. ¿Qué piensas en estos momentos?

No contestó de inmediato.

—¿Seguro que quieres saber?
—Diras, “¿Seguro que queremos saber?”, of course que sí, para que se haga digna nuestra causa de encontrarnos azarosamente en un parque de poca pinta.
—En la tesis… Nuestra tesis, mi abstinencia sexual que casi lleva un lustro; también pienso en que si voy a ser un escritor o un vago del Centro o freidor de papas en un McDonalds; en que si adelgacé o engordé; en que ella…
— Párale ahí. Suficiente. Puede que alguien nos esté leyendo. Pero te congratulo y te saludo de mano y te digo —¿me dije?—: mucho gusto, Diego. Mi Ego. Di Ego.
—Me ganaste el juego de palabras.
—¡Claro! Soy tú.

Nos reímos mucho, de más, muchísimo. Estábamos nerviosos hasta las… Madres superioras. Y nos saludamos más veces, no obstante, sin tocarnos. Nunca tocarnos.

Estoy seguro que Yo-Él, como yo, estábamos con la intriga que si al tocarnos nos volveríamos uno o el Universo explotaría en un supernova. Pero un día nos dimos un accidentado roce, y no pasó. De alguna manera me sentí decepcionado.

Más tarde nos quedamos callados. Vimos el horizonte. Y pensamos algo. Lo mismo. Lo mismo de antes. Lo mismo que pensé antes.

—¡Ah, ca…!  —al unísono.

A lo lejos otros Yo-Éles se acercaron a nosotros.

—Espera, espera, ¿esos que vienen son yo o son tú?
—Dios, no seas pendenciero, eso no se pregunta. Ahí sí me fallaste… Aunque, espera… Yo también me pregunto lo mismo.

Los otros dos, yo, dos yo, se nos quedaron viendo sin sorpresa alguna.

—¿Ya platicaron lo que debieron de platicar, verdad? —uno de mis «yo» dijo.
—’Pus, sí.
—Entonces, síganos. Tendremos una fiesta de «nosotros» —marcó muy bien con sus, mis, labios el pronombre— pero primero a la carreta de tacos. ¿Vienen? Bah, claro que vienen, somos «nosotros».
—Bueno —contestamos al unísono, encogiendo los hombros y a la vez mirándonos a nuestras hermosas caras.
—¿Te invito dos de tripas y uno de longaniza bien frita?
—Claro, ya sabes que sí.
—Sabemos que sí. Vamos —dijimos, de nuevo, todos al unísono, y los grillos comenzaron a cantar su coro nocturno y la «cámara» poco a poco subió hasta fijarse en la luna que guiñaba el ojo coqueto; las estrellas, también.

Y así fue. Lo prometo.

Finito.

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