El caballero andante dejó de andar | Cuento

Ronda el caballero andante Lucianel de Argoth por el bosque tenebroso, cuando la princesa, un poco descalabrada y ausente de una zapatilla, va a dirección contraria de él, pero con cara de las mil furias; de su bella cabellera, una pequeña rama decoraba primitivamente su maltratado cabello. Él, extremadamente preocupado, solemne baja de su corcel y le pregunta:

—¿A dónde se dirige, oh bella doncella?

La princesa, indiferente a los charcos pantanosos, sea porque su falda otrora blanca ahora color marrón, mira endemoniada al caballero andante y le contesta vociferando mientras le salía espuma por la boca:

—¡Andáte con la puta que te parió! Que eres más tarugo que tu padre hijueputa cavernícola; ahora yo solita tuve que pelearme de los secuaces del boludo ogro ese; ah, pero eso sí, los cuales antes me violaron y destrozaron a mi precioso vestido, el más hermoso del reino; y tú, entre tanta algarabía te paseabas y tenías aventuras por el camino, acompañado de bardos, elogiando con cantares épicos y demás… Maldita costumbre de los caballeros andantes, pedantes, desesperantes… Todos esos percances sufrí y ahora heme aquí como media princesa, media ramera.

Ella escupe al suelo, exactamente hacia el lado izquierdo de ella, saca una piedra de una improvisada bolsa, que tal vez la creó con ciertas partes de su vestido, y sin más ni más —sí, sin pensarla tantito—, le suministró un piedrazo a la cabeza del caballero, que en estos momentos no portaba su glorioso yelmo dorado, con dos alas a los lados; ahora éste cae inconsciente, con cráneo ajado, casi muerto.

—¡Y así quédate, perro con vestido de metal de reyes de mierda!

Y el terrible destino de Lucianel de Argoth fue quedar inconsciente en medio del bosque tenebroso; y horas después fue devorado por huargos, después digerido lentamente; después orinado con precisión de duende del bosque; luego defecado con esplendor; después convertido en abono para más árboles del bosque tenebroso; después vituperado, después olvidado; después pasaban los siglos y sus átomos circulaban por ahí y por allá; después hubo guerras, pestes; victorias, alegrías, nuevos profetas, nuevos tiranos, nuevos fascistas, nuevos caballeros con rifles automáticos y ratas bien vestidas que hablaban de política, mientras robaban con astucia el dinero de sus pueblos…

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