El crepúsculo de una estrella | Cuento

I

Cuando recuerdo el nombre de…

De…

De él, Rodrígo Timbales, recuerdo los tiempos de oro en que muchos de mis colegas y yo disfrutamos en el mundo de la farándula. Yo por mi parte sólo era un chiquillo que quiso aprender mucho, un intelectual aficionado, pero prefirió amaestrar una familia.

Crecí y crecí…

Y…

Fallé en el intento doce años después.

Pues, bueno. Rodrigo Timbales. Él era un hombre extraordinario, cualidad que no cualquier estrellita tenía. No, no. Rodrigo Timbales fue de mis mejores amigos, por eso sé su historia; su historia al estrellato y su historia al estrellarse. La segunda todo mundo lo supo: las revistas y documentales revelaron cada momento de su vida, sacar al aire sus secretos, completamente, tanto que descubrieron secretos de más. No exagero.

La grave, lo triste, lo interesante, lo alegre; y lo que sea de la historia de Rodrigo Timbales empezó así:

Con su nacimiento.

Timbales nació en un rancho por el Norte del país, donde los vaqueros sueñas boca arriba, las carnes asadas apestan cada esquina; y sí, se crió también entre tantos cochinos y chivas, que con sus guarridos y balidos haciendo un homenaje esplendoroso, acompañado al olor de estiércol y paja. Hermosa coreografía de vida.

Se dice que su bella madre, Antonia Xilófono, que un mozo, que nunca se quitaba el sombrero vaquero, de tez morena, ojos verdes, dos lunares, uno en la comisura de los labios, otro en donde no se puede ver a simple vista —tantos detalles me hacen dudar del origen de la información—, la consultaba cada noche, supuestamente para darle todas las atenciones necesarias, porque el esposo de Antonia se encontraba ocupado en «negocios peligrosos» de la frontera.

Y de ahí nace Rodrigo, Rodrigo Timbales. Antonia Xilófono sanó un octubre lleno de rayos y lluvias, en el quirófano del doctor Ildefonso Ruelas, donde todo era fiesta, gritos y brinquitos. Una victoria más a la medicina humana. Dicen que hasta una embarazada se les unió y un guardaespaldas del señor Timbales de Oro mejor la sacó a bailar a los pasillos. Los gritos del recién nacido eran la algarabía de aquel aquelarre del nosocomio.

Las horas pasaron y Rodrigo Timbales abrió los ojos por primera vez. Su padre, don Timbales de Oro, veía los ojos de su chilpayate con estupefacción: los ojos eran verdes casi azules; don Timbales de Oro, con sonrisa entre simulada y de verdadera satisfacción, vio los ojos de su esposa, oscuros avellanados, luego en un espejo vio los suyos, oscuros también. De hecho, nadie en su familia cercana, ni la de ella, tenían los ojos de color. Su sonrisa se difuminó y dijo para sí el nombre de “Alberto”, entre otras cosas en su cabeza que posiblemente no debieron de ser mencionadas en el momento. Su cara se oscureció como si una vela oscura tapara su faz, dejando que sus ojos oscuros avellana brillaran terriblemente, propinándoles el elemento diabólico-dramático de un villano a la espera de un asesinato.

De ahí nomás se sabe que la pobre Antonia Xilófono pervivió noches de cintarazos y mañanas de moretones. Horrible, horrible. También el pobre Rodrigo sufrió gran parte de su infancia por aquel calvario.

No obstante, Rodrigo fue un niño silencioso pero talentoso en todo lo que se le ponía en la mano: sus excelentes calificaciones lo llevaron a saludar al presidente una o dos veces —me pareció una exageración cuando escuché que fue incluso una tercera vez a saludar al mismo sexenio de un presidente—; entró a periodismo en secundaria, luego a teatro; fue un prodigioso carpintero y mecánico, pero, eso sí, aborrecía el rancho y su conjunto; las niñas lo adoraban por su sonrisa que nunca demostraba sus perfectos  dientes; su cabello castaño siempre bien peinado y, por supuesto, junto con sus ojos verdes lo hacían el galán de galanes… Vaya, vaya hacía maravillas desde niño, que creyeron que alcanzaría los escalones de mármol y liderar a la nación.

II

Y Rodrigo Timbales pronto llegó al estrellato; sus ojos verdes estaban predestinados a ser reconocidos por toda la plebe de este país tercermundista, haciendo que sus fanáticos parecieran más bien ciervos que adoraban a un dios autóctono llegado desde su autoexilio en el otro lado del océano.

Timbales sabía a lo que iba. Rodrigo Timbales siempre soñó con ser más y más, sin hacer excepción a su pueblo adorado: él fue un altruista, aunque le encantaba la fiesta y la polémica; a pesar de estar casado y decir en la media que era católico, o a veces protestante, siempre se le descubrían «amigas», entre ellas mujeres que se declaraban directamente como sus concubinas. Obviamente Rodrigo tenía hijos de la Patagonia hasta Saskatchewan.

Y así recorrió su vida con las estrellas, sin algún ápice de vergüenza en lo que hacía, sin detenimiento, todavía cuando se le amenazaba que no diera esos discursos ideológicos en conferencias o entrevistas en contra del Imperio o el Estado o incluso, en sus momentos más oscuro, de extraterrestres escamosos que gobernaban nuestro planeta. Ahí fue cuando en realidad nos hicimos amigos, porque, con mucha pena, confieso que también tenía mis teorías de conspiración bastante implementadas.

Yo leía mucha ciencia ficción.

Rodrigo nunca mencionó que llegó un momento que odió su carrera artística, pero yo lo sabía, lo veía junto con otros de sus amigos. Cada día le entraban más ideas revolucionarias, incluso nos juntamos para conjuras y recolectar cantidades imposibles de dólares, o pesos, o rublos, sea por “Una futura buena causa” que se veía concretar. Era como un juego entre niños rebeldes. Aunque  yo creía en él como un ícono que cambiaría algo, pero para una Revolución… Me olía a chanclas olvidadas desde tiempos requeteremotos.

Un día yo y él tuvimos una plática profunda en una borrachera multitudinaria en el país vecino «de arriba», donde podía encontrarse a Will Smith hablando sobre lo bello que es cuidar el ambiente y Mel Gibson, que según él fue invitado, hablaba de las sandeces  que en el mundo de ahora se aprueben los matrimonios entre personas del mismo sexo, o que el aborto legal, legalización de drogas, todo esto con tono etílico. Mientras, Rodrigo veía el claro de la luna y yo las olas de una playa extranjera que me encantaba, me abstenía de toda paranoia o pensamiento fatídico.

Oh, en ese evento, Slavoj Žižek, Emir Kusturica, y un tal Jordan, eran los protagonistas, nosotros sólo éramos unos invitados de segunda, o tercera.

—Oye, ¿sabes en qué clase de pobreza vive el humano de hoy?

Me quedé pensando y sólo pensaba en programas estúpidos sobre quién le atina el precio a un producto caro, o quién tiene las mejores respuestas sobre un tema filosófico, o quién soporta más a individuos egocéntricos en una mansión frente a la playa por alrededor de seis meses. Pero se me ocurrió algo:

—Pues, si hablamos de que uno o dos ricachones en el mundo tienen el setenta u ochenta por ciento de las riquezas materiales…
—No, a esa no me refiero.
—¿Entonces a cuál?
—A la de la mente, al del alma.
—¿Específicamente…?
—El de la consciencia.

Yo me le que quedé viendo con cara de baboso, pero lo comprendí y asentí. Dejé que él siguiera hablando.

—El humano ha perdido conciencia del «Todo», forjando su propio microcosmos, partiendo su anvil de la egolatría para construir su castillo de cristal de la inmundicia, donde él reina con ojos ciegos. Ya ni tuerto. Hay mucho más en la vida que nunca podremos saber qué es y mínimamente comprenderlo. Somos humanos, mamíferos ociosos, inquilinos acorralados en este astro. Quién sabe si en otros también haya seres como nosotros. De seguro sí. Pero el humano se ha perdido en un sueño megalómano que se ha convertido en pesadilla.

Yo movía los ojos hacia los lados, sin saber qué responder o qué miembro de mi cuerpo mover. Quizá fue el coñac. En realidad nunca fui sutil a tales momentos existencialistas, o como vagamente dicen algunas personas, sutilezas poéticas. Así que junté mis manos y jugué con mis pulgares haciendo como que lo escuchaba atentamente.

—En cambio, si nos vamos a lo local, vemos que somos un país que sobrevivió el yugo europeo, aunque seguimos en el eslabón del poder yanki y de aquel eurocentrista. Somos parte de un Viejo Nuevo Mundo que ahora se divide en varias naciones con el mismo idioma originario y así con culturas que se asemejan. Somos lo que somos y a la vez no somos nada al perder nuestros atributos innatos en esta Nueva Orden del planeta. Se nos olvidó qué es la colectividad y la estrecha relación con la individualidad; se nos olvidó que la tierra y el aire mueren por nuestras ambiciones; se nos olvidó que hay algo más «allá» y hay algo más «acá»; se nos olvidó nuestra cualidad de seres de razón y de energía compleja, y lo cambiamos por vicios y un agujero negro de la vanidad que nos absorbe sin piedad. Si dicen que hemos creado al diablo, pues nosotros en verdad somos ese diablo.
—Rodri, ¿a qué vas con esto? Sé que estamos hasta la madre de pedos, pero… ¿Qué es lo que buscas con estas palabras y tus ideas “revolucionarias”? Ya casi ni nos juntamos para la futura buena causa…

Rodrigo Timbales, simulando ver al cielo, o tal vez al tejabán de uno de sus ranchos, alzó sus brazos, pero no tan alto de lo que yo recuerde.

—¡Unión de la Fraternidad Universal, Vida y Libertad!

Algo en mí quiso llorar. No lo hice. Me entró una risa de tonto que resistí, de lo cual todavía no tengo palabras de la fuerza repulsora anti-risas que saqué de mi interior, ya que era irresistible. Sin embargo, de alguna manera estaba de acuerdo con Rodrigo Timbales, aún cuando fuera extasiadamente romántico.

III

No, nunca creí que él realmente llegara a ser presidente de la nación; todo cambió con él, junto con la gente.

Eso, por más que se mofaran de él llamándolo como El Mesías, en realidad hubo una revolución de las consciencias, ya ni se necesitó derramar tanta sangre como con nuestros antepasados. ¿Fue buena idea haberle hecho caso? Digo, me entrevistaron para hablar bien y mal de él, polemizar su figura… No obstante, estoy aquí, al lado de una persona que parecía ser otro vanidoso líder político.

No, no fue así.

Yo lo veo ahora ondeando la bandera que nos había quitado el conjunto oligarca de las Naciones Unidas. Hoy en día nuestro país está divido en casi tres secciones, aunque el centro sigue a duras penas con el sur, nosotros creemos que un futuro, tal vez lejano, volvamos a ser aquella república que nos unía algo tan intrínseco, eso que nos volvía lo que somos, pero lo odiábamos porque de este modo nos lo metieron en nuestro subconsciente, aquellos oligarcas perspicaces, y voraces.

No sé qué decir. Tal vez… Sólo tal vez platique con Rodrigo sobre entrarle al proyecto de transplante de consciencias, o de cuerpos, o como sea, porque esta lucha será larga. Esta guerra acabará con nosotros o podemos seguir los pasos de nuestros adversarios, que son muchos y poderosos.

¿O sería mejor la rejuvenación? No sé, pero tenemos que decidirlo pronto.

Oh, Rodrigo, solamente espero que esto no me haga perder otra vez las esperanzas en la humanidad.

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