El hombre β | Cuento

El cañón de su arma no era más que un puente que lo conectaba a un mundo enarbolado de sulfuro y cianuro; donde las mañanas son miles de mesías escupiendo fuego, y las noches se rasgan sacerdotisas alzando sus bastones que llaman a miles de truenos y de ahí los montes brotan incandescentemente infinitud de quimeras que pronto han de devorar mortales e inmortales.

El retumbar de la tensión lo mantuvo en su alucinación violenta.

Pensó en el pasado y no concebía la distinción de este mundo y el otro; es como comer un plátano directamente del árbol y la alternativa, en caso de la ausencia de aquella flor tropical, están las cápsulas y pastillas que contienen los mismos nutrientes, pero, con sabor «a rayos».

Su ojo izquierdo, tan saltado por la curiosidad lechuguina, miró desde la cámara de la pistola y sólo vio vacío. Frío y vacuo reino; ¿sería el purgatorio antes del infierno? Qué bien caería un Virgilio en estos momentos, sin demorar la causa y apresurar la suculenta inmolación infernal.

Por fortuna, la lluvia cayó desde el cielo, o desde el espacio, o desde marte, o el fulguroso sol, o desde donde endemoniadamente le apetezca al agua caer en cántaros, y Mauro revisa con sus ojos aquellas lámparas la habitación, y recuerda, canalizando sus genes más primitivos, la descolonización de su conciencia y formó su provisional existencia en la de un cavernícola, un hombre que se instruye de cacerías y marrazos en la cabezas de sus enemigos, despoja sus vestiduras de las carnes firmes y de otras pocas que le cuelgan; luego sale del la cueva; de un broncíneo héroe; y sana su santa existencia en la de un santo hombre que solía aullarle a la luna y cantarle y alabarle al padre sol.

Ese fue —lo bautizo así porque es mi hijo, aunque aquí me vean como una frívola figura paternal— «el hombre beta»; cuando todo era lo que era, sin expansiones ni actualizaciones, el proto-humano que su padre era el cosmos y su madre la tierra, sin importarle aquel pene zigzagueante y aquella conífera vagina.

Y disparó, en aquel centro comercial disparó sin piedad milenaria, tal dios furioso contra sus creaciones. Ya no más esperanza, ya no más paciencia hacia sus primates sapiens sapiens. Es hora de volver y reconquistar lo olvidado por los sagrados textos antiguos.

La generación de los hombres betas ha renacido.

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