Los regresos | Cuento

En un comienzo, un multitud mira cómo dos hombres se ven atentamente en una colina esteparia, y uno dice:

—Recuerden: no nos extrañen si no volvemos en una semana; olvídense de nosotros. Nunca existimos.

El otro se le queda viendo con su cara mal lavada y descuidada barba. Asiente.

En cambio, el que soltó la voz al pueblo, sólo responde con un parpadeo. Da media vuelta y se va con su pequeña tropa que lo acompañará en su empresa. La otra tropa se va sin decir nada.

I

Los meses pasan y la primer tropa, después de resultados insatisfactorios, se encuentran acampando. El hedor no era nauseabundo como cuando se acercaba a las ciudades o pueblos infestados. La muerte soltaba su mejor fragancia por esas zonas.

Un muchacho con una oreja corta, expone su desesperación:

—¿Has hecho cuentas? Perdimos a dos y ahora somos cuatro… ¿Cuántos más?

La fogata tronaba pedazos de insectos y ramas inmaduras.

—Tranquilo. Era de esperarse —responde el líder, un individuo relativamente más limpio que los demás.

El aire sopla y los cuerpos celestes arremolinan el cielo.

—… Y uno de ellos de seguro se convirtió… No vi que alcanzamos a darle un plomazo en la jeta.

—Eso también era de esperarse.

El muchacho medita la situación y vuelve a hablar:

—¿ No lo sacaron de su miseria…?

Las llamas bamboleaban frente a sus ojos.

—No —responde y recuerda que nunca más volverá a ver a su esposa. La mordida le duele más que nunca.

II

Los dos grupos de hombres, que habían durado tres meses de expedición, reconocieron aquellas estepas que podían llamar hogar. No son más de siete. Éstos revisan la zona y se percatan de su nula actividad: ni muertos, ni vivos, ni no-vivos. Solo reptiles e insectos. Creen haber visto a un ciervo, pero bien pudo haber sido un árbol joven que dibujaba su forma humanoide.

En el atardecer se adentran a las trincheras limítrofes de lo que solía ser su asentamiento, así ligado a un camino pobremente fortalecido que utilizaban para llegar a su hogares.

Ya en la tropa no había alguien que se le podría llamar directamente líder, ya que, el que era más cercano a serlo, reptaba en medio de la nada o en una de las pestilente manadas. Pero, uno, el más desconfiado, de piel morena clara, les advirtió que algo no andaba bien, ya que nadie cuidaba la entrada ni sus alrededores.

Se preparaban para lo peor.

III

Ven a un hombre, bastante familiar, pero inmundo en cuestiones de higiene, y está amordazado con una cuerda podrida. Piensan que se está muerto, pero descubren que conservaba carne en su cuerpo y sus ojos siguen vivos cuando alcanza a escuchar los pasos cercanos. Comienza a murmurar gritos que amortigua un listón sucio que cubre su boca.

Ya libre de sus ataduras, les cuenta que habían sido invadidos por vándalos y que ahora gobernaban a la villa, que ahora se antoja fantasmagórica. Sin embargo, las cosas no van tan mal si les hacías caso; pero, de otra manera, lo castigaban como a él, que ya llevaba dos días amarrado ahí, lleno de mierda y orines, y mucha hambre.

Claro, lo podían oler desde lejos.

El hombre que estuvo amordazado añade a su historia que los vándalos no saben de la existencia de los expedicionarios; de hecho, los pobladores creían que nunca regresarían, ya los daban por muertos.

Entonces, el más apasionado del grupo de harapientos dice:

—¡Tendremos que recobrar lo que es nuestro…! Eso sí, sería bueno que todavía no sepan que existimos.

La tropa se divide en dos grupos que sigilosamente matan de uno a uno con navajas, cuchillos, machetes o martillos. Varios de ellos tienen entrenamiento de ex militares.

Cuando sólo quedan dos vándalos: solamente pierden a uno en un acto suicida. Muy pocos conocidos rondan entre ellos. No obstante, advierten que los vándalos, poco letales, debatiblemente indefensos, parecía que varios de ellos, entre mujeres, niños y algunos ancianos, no habían matado a algún ser vivo antes, así que les dan la oportunidad de bajar sus armas y, después de ser puestos sobre el suelo a lo largo del día, se hacen notar sumisos, por lo cual uno de los tres ancianos les dice al más feroz de sus atacantes:

—Ahora son los que mandan, ustedes deciden si matarnos, darnos de comer a los no-vivos, o formar una nueva villa entre nosotros.

—Entonces dime, viejo, ¿es cierto que los nuestros se fueron antes que ustedes llegaran acá? Este —apunta al hombre con severas marcas de mordazas— nos dijo que ustedes son unos vándalos, que invadieron nuestra villa, pero nomás veo una  o dos caras conocidas aparte de él.

—Eh, tú, ¿recuerdas mi cara? Soy Jacob, el que era herrero… Yo avalo lo que dice el viejo ese, su nombre es William, un cabrón muy elocuente… Y ninguno de ellos tuvo contacto con los que antes vivían aquí, porque se fueron por una plaga, una maldita peste… Yo y Sandra, y ese hijo de puta de Andrés, un puto mentiroso, nos quedamos aquí porque nos «dejaron» aquí, nos creyeron muertos.. Pero estos nuevos pobladores que ven nos salvaron… Y ustedes mataron a sus hombres más fuertes.

Pasa un momento de silencio bastante incómodo. Todos ven a Andrés, él enseñando sus dientes podridos, mejillas llenas de vergüenza. El soplo del aire lo juzga culpable.

Uno de ellos actúa con rebeldía, saca una pistola improvisada y le vuela los sesos. La piedad es algo muy extraño en esos tiempos de muerte y desesperanza. Las mujeres se estremecen, los niños ven el acto con asombro infantil.

—Bien. Muy bien —resuelve el viejo William.

Aquel enfunda su arma en el cinto de cuero con caucho, los demás, cómplices, asienten o suspiran. Mala suerte para todos.

—Tú, el que daba órdenes cuando mataron a los nuestros, ahora serás nuestro líder, porque necesitaremos a uno.

—¿Yo? Vaya, que no se me da eso de aguantar a la gente… ¿Acaso me ve madera, viejo?

— Pues eres el que  más duro ha hablado, así que lo eres.

Se la piensa un momento, y termina con un:

—Bueno.

IV

Menos del año pasa, y los pobladores originales vuelven con más gente: ahora más perversos, invaden a la villa, matan primero al herrero, por identificarlo como el peor traidor de ellos, y lo demás es historia de asesinatos, injusticias, y huérfanos llorando los cadáveres de sus padres, y madres o padres invocando a miles de dioses para que revivan a sus familiares.

Nadie salió ganando de esos eventos atroces.

Y todo pasó mientras los no-vivos rondaban por ahí, devorando los restos humanos que dejaba la guerra.

V

Tres años después muere el último humano, una mujer de quince años, la cual violada tres veces, perdió dos bebés, pero mató a cada uno de sus victimarios.

Ella murió por un resfriado.

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