El sinvergüenza | Cuento

Yo estaba pajeándome en ese preciso momento. Sí, pajeándome. Veía cómo tu cuerpo, dulce y carnoso, se deslizaba en lo que era nuestra cama. Te detuviste, te miré, y las cavidades de la esponja de mi pene empezaron a oprimirse poco a poco; me pregunté si ya te habías enfadado de moverte sensualmente, ya que tus últimos meneos fueron más bien convulsivos que eróticos. Entonces, me levanté del sillón el que tanto tuvimos nuestros «ñiqui ñiquis», suspendiendo mis manías voyeristas, sólo porque tus miembros se mantuvieron inmóviles por más de cinco minutos sobre la cama.

Respiré hondo, pero ya no pude saborear el olor de tu sexo. Movía mi mano en círculos, apuntando con mi dedo índice, como si fuera darle de comer “papa” a un bebé mocoso y hambriento, con un “Aquí va la ‘papa’ para mi cosa rica”; ¡pero  te toqué y no te levantabas! Así que me estremecí, porque sentía que más bien estaba en un rol necrófilo, lo cual no es algo de mi tipo. Luego vi un frasco blanco, la cual parecía que contenía unas pastillas que tú consumiste, pero ya estaba vacía. Esto me evocó algunas imágenes que había olvidado; sin embargo, ahí, esos recuerdos malditos quemaban mi piel de tanto coraje:

«Tac, tac, tac».

—Buenos días, amor —esos tacones de la mujer… Tus tacones resonaron en el pasillo hasta que mis ojos presenciaron tus exquisitas caderas.

—Buenos días, cariño —con frivolidad ese calvo con una bomba de tiempo emocional responde a tu saludo.

—¿Trajiste el veneno para ratas?

—¡Claro que sí! Y en pastillas, corazoncito…

—Pero, ¿qué venían en un frasco o algo? Normalmente es un líquido en un sobre o… O esos bloques azules…

—Para nada, para nada; el veterinario las vende sueltas porque sería mucho gasto comprar todo el maldito frasco, así que mejor pagué la cantidad exacta que vamos a utilizar… Y no es poca, eh. —ese hombre saca las pastillas de su bolsillo y desempaca una bolsa de plástico que contiene el veneno—. Aquí las pondré, eh. Las dejé en un frasquillo vacío que encontré en la alacena…

¡Pero qué estupidez tan nefasta! ¡Qué pendejada tan babosa! Por marihuano me ha sucedió lo que sucedió; eso, sí, la pendejada más grande de todas; y tú, ¡tú! ¿Tú por qué no precaviste qué había en tus nuevas pastillas para la presión?

Para acabarla de amolar: hice pozole para olvidarte, y, ¿adivina cuál fue el ingrediente especial? Échale coco, ándale. Anda. Así, así. Eso. Casi. ¡No! Eso no; pues qué más ingenioso que mezclar el suculento caldo que con tus suculentas carnes. ¿Y adivina quiénes fueron los invitados? —esta vez ni te doy chance para pensarla— ¡Pues tu familia! La mismísima familia que tanto te quiere y a mi me chinga y que rechinga. Es que, en serio, eran hartas las ganas de degustar literalmente tus carnes en un delicioso caldo; pronto que pronto lo hice para probarte y adorarte en el altar de mi paladar.

Te disfrutamos como nunca, corazoncito.

Y, sin embargo… ¡Qué sinvergüenza fui! Y soy, lo sigo siendo. A todos nuestros seres queridos —más tuyos que míos, porque más los quiero ver muertos—, tuve que inventar la historia de que me habías dejado una carta diciéndome que te habías escapado con el profesor ruso de tu universidad, así con el tenor de “Si quieren encontrarla, vayan a Moscú a chingar a su madre junto con ellos”. Claro que no fue fácil hacerle creer a todo el mundo que te habías ido con otro…  Hasta eso que los polis ni en cuenta de mi plan tan soso y absurdo, pero por eso tuve que crearme trastornos psicológicos, ¡más de los que tenía! Y de este modo hacerme creer el loco con la excusa de que tú te habías ido con otro hombre más exótico, cuerdo, y amante de los pepinillos agrios. Con el tiempo, es extraño, pero la gente dejó de preguntar por mí y por ti. Haz de cuenta que ni existíamos.

Y dejé de existir. Me vale madre.

*

Ahora, tú, yo, estamos en este cuarto seco; frío; húmedo; maloliente; así, uno muerto en la cama, mientras otro, el pelón, se hace una paja, etéreamente flotando cuando una vieja soga aprieta su cuello.

Vaya sinvergüenza.

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