Érase una vez un sueño apabullante… | Cuento

Érase una vez un sueño apabullante, extraordinario y poco colorido. Las luces del interior eran unas antorchas que colgaban en lo que parecía ser una pared formada por una cúmulo rocas nublosas.

Era, como podrá verse, una noche onírica, donde todo lo terrible podía pasar. Y pasó.

Al menos pasó allá afuera donde el viajero onírico no veía bien con sus «oníricos ojos». En el sueño, oscuro sueño, un hombre a lo lejos de la lóbrega habitación, tan lejos que parecía estar a cientos de metros de distancia hasta ser un punto negro casi invisible, iluminada por una pequeña vela, estaba sentado en la silla de un escritorio que, si lo veías de cerca, era más bien la ilusión del objeto relatado. El viaje onírico, el cual nos presta sus ojos, o si prefieren llamarle «ojos de la cámara», como si de una filme se tratara, se queda estupefacto porque entre su cerebro y cerebelo le describen poco a poco dónde está, «renderizando» ideas, espacios, sentimientos; él, mientras, se pone de acuerdo con sus organismos de la psique en qué situación o lío se encontraba.

De pronto, surge la visión hace un acercamiento imprevisto —que en verdad era a la vez previsto por cálculos orgánicos ininteligibles para una simple consciencia humana—, y el hombre que permanecía sentado en una silla poco iluminada, voltea hacia atrás y sonríe con su borrosa mirada.

Y eres tú, tú de viejo; bueno, tal vez no tan viejo, tendrías como unos sesenta y pico años, con barba entrecana, ojos pícaros, sabios, con una pizca de espíritu diabólico; y con una voz que no sabe si se escucha dentro de la mente del viajero onírico, que pareces ser tú, o yo, o él, o ella, o «eso», dice: “Como me ves, te verás”; querrás, querrán, querremos todos matarlo, despedazarlo, degollarlo. sí, con eso que parece un cuchillo, o cualquier instrumento letal que podríamos imaginar…

No obstante, todo se esfuma, se esfuma como la espuma de las olas de mar que chocan y se mezclan con la arena, dulce y fría arena que ahora creemos sentir en nuestros pies, pies de ensueño, pies que crees que son tuyos, pero, si despertaramos, sabríamos que son disímiles a los nuestros, son tan diferentes como el sol y la luna, el azúcar y la sal; o tu nariz chueca, lector, y mi nariz respingada; la situación es perversa, porque, el sol que brilla es un sol esparcido en el cielo, no es en realidad un objeto esférico, circular, no, es una iluminación que tus neuronas generan acertadamente para que tu vista, tu «vista onírica», tu vista de viajero onírico, viera con claridad el vasto océano en que delante de ti flota una piedra entre grisácea y verde…

Te das cuenta que no tiene sentido, nada tiene sentido, que sólo es un sueño, un sueño solo que trata de ti, y una piedra, entre un gigante azul que abruma los sentidos y te hace pensar en lo absurdamente existencial que es el ser humano; por eso, cuando despertamos y vemos un techo gris o un cielo azul, algo dentro de nosotros llora, porque no tiene a una madre que le dé de comer, un padre que le haya enseñado a cazar o amar; asimismo, nuestra existencia pasa de un sueño y de una realidad, o de un instinto a una compleja psicología que nosotros no entendemos, aquel lenguaje divino que nos confunde, nos hace sentir animales sin razonamiento, por eso ansiamos que ese ensueño sea codificado, que es la eterna agonía de ser unos robots biológicos sin dueño y sin misión; nomas queda el aparente mandato de tratar de entendernos con el mundo que nos rodea y destruirlo para volverlo construir, así, tan siquiera alguna vez con los sueños…

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