Irrealidad virtual | Cuento

La noche se diluye entre estrellas y lunas mientras Alfredo muerde el teclado.

Grita, se acongoja y rasga el cristal que proyecta la imagen del interior de una casa virtual. Pero, por desgracia ficticia, es imposible satisfacer sus necesidades primitivas.

—¡Ppp-puta, puta desgraciada! Pero… tú prometiste… Tú fuiste… ¡Puta, putaaa!

Dos, tres golpes fueron necesarios para romperse la muñeca y crear una inocua explosión interna de la pantalla del  computador. Alfredo sangra.

—Ella lo prometió…

Entonces, Alfredo quiere meter su cabeza dentro de la pantalla para comprobar que puede sumergirse dentro de la realidad virtual; sin embargo, para su grave decepción, llora insufriblemente al percatarse que no hay modo de volver a ella.

El panteón de cristal roto suspira un humo tecnológico.

—Suputama… Ehque…. Ah… Hijade… Ahbf ¡Baf!

Balbuceos poseen la mente y lengua de Alfredo. Siente que su corazón da millones de «clicks» por segundo; hasta que se vuelven uno por minuto.

Recostado en la cama, puede imaginar cómo su mundo se desmorona desde que su esposa lo dejó por su mejor amigo del trabajo; pero ahora caen más y más ladrillos en su memoria, piensa cómo la realidad es menos satisfactoria que el mundo virtual, aquel dominio que el humano creó para su salud mental, salud mnemotécnica, salud emocional y, claro, salud económica.

Una peligrosa extensión de su realidad que los libros no pueden llenar.

Pero el dolor sigue: el «otro» amor de su vida se ha ido con  un hombre creado por infinitos códigos binarios, y no con él, que es un ser vivo de carne y hueso. Bueno, como mínimo es, o era, un personaje de un videojuego controlado por un humano supuestamente real, o sea, por él mismo. O eso es lo que él cree.

Alfredo.

—¿Eh?

Alfredo, levántate.

—¿Q-qué? ¿Quién está ahí?

Yo, Alfredo, tu creador.

—¿Cómo que…? Espera, maldita sea… Ya estoy escuchando voces, no puede ser…

No, Alfredo, no son «voces en tu cabeza»; soy tu creador y soy real.

Alfredo queda ensimismado con su cuerpo entre cobijado.

—No, no, no puede ser; no te creo, ¡NO! Ya no creo nada. Nada.

Alfredo, respira profundo y escucha. Solloza quedito.

—No puede ser… Mi vida es un fiasgo…

¡Alfredo! Maldita sea, para ser una creación mía eres una molestia. Debí de haber sido un poco menos sádico al describirte. Ahora respira profundo y mantente callado.

Bien. Así es. Ahora, ve al techo, ahí me verás.

Es broma, «jeje»; lo siento, tenía que hacerlo. Alfredo, como podrás ver, tú vives en un mundo tan virtual como el de Mónica; es decir, ficticio, como aquel videojuego que exprimió tu mente y empapó de quimeras a tu subrealidad. Mónica fue uno de esos monstruos desdeñosos.

—¿Ella…? ¿Subrealidad…?

Sí, la llamo así, ya que eres parte de mi realidad, pero, estás «bajo» mi realidad, cosa que te hace cuasireal, porque, vives en mi mente, pero, no eres para nada real en términos humanos, muchacho. Eres… Eres parte de un ensueño que quiero mucho.

Muerde las sábanas; Alfredo muerde las sábanas.

—Usted… Usted t’ata de decir que no t’oy deal.

Así es.

—Y que soy una marioneta.

Vaya, un poco radical, pero aprendes rápido para estar en el umbral de la depresión.

—… ¿Estoy loco?

Tal vez. Pero si te refieres a que escuchas voces inventadas por tu psique, repito, estás en lo incorrecto, querida creación, ya que, ni tu psique es verdadera, porque, tu psique es mi psique. Aunque… Bueno, eso cambiaría si de diera real libre albedrío o si por un momento yo me distrajera y…

—Oh…

Alfredo se deshace un poco de sus sábanas.

Lo siento, es lo que solemos hacer nosotros los escritores en nuestros momentos de ocio.

—Entonces… Quiere… Quiere decir usted que soy como una marioneta…

Vaya que lo eres, una marioneta literaria a la cual le estoy tomando afecto abismal.

—Pero…

¿Pero, Alfredo?

—Pero usted… Si usted me dice que soy una ficción con dos piernas y dos brazos; un espejismo o una vaga idea entre letras, comas y puntos aparte; un «humano»… ¿Qué es usted?

Un humano como tú. Ah, pero por supuesto, un humano real. O un súper-humano.

—Un humano… Real, no real…

No te angusties, seguiré escribiendo sobre ti de vez en cuando; te trataré como un hijo, o como un bebé, si es necesario; y nada te faltará. Ya verás. Sólo pórtate bien, sigue palabra por palabra lo que yo dicto y tendrás un final feliz.

—Final… ¿Muerte?

En tu caso, si escribo tu muerte, que sería una pseudo muerte, la cual la llamaremos mejor como «muerte literaria», sí, morirías, pero podría revivirte cuando se me antoje… ¿Qué tal? Vaya, creo que hasta quisiera estar en tu lugar, mi querido Alfredo. Morir en cualquier momento; resucitar también en cualquier momento que se le antoje un dios con mi voz.

—Esto me destruye…

No, no te sientas mal, eres inmoral, porque, si alguien más escribe sobre ti, seguirás vivito y coleando; incluso podrás envejecer y rejuvenecer al antojo de la creatividad de otros escritores ociosos, que, vaya, somos muchos, estamos de sobra en este planeta. Somos una congregación de dioses, tal como el panteísmo griego, ¿verdad?

—No, es que… Con lo que me ha dicho, señor…

¿Sabes qué? Mejor dime «Creador», creo que es lo más práctico y exacto para nuestra convivencia.

—Bueno… Creador, si yo, que soy un personaje de un cuento o novela o…

Por lo pronto de un cuento. Puedes proseguir.

—Sí, sí… Creador. Bueno, con lo que iba… Usted, ¿no se ha puesto a pensar en que tal vez viva en el mismo infortunio que yo?

¿A cuál te refieres, Alfredo?

—El de, el de… El de ser una mentira. Como yo.

¿Mentira? ¿Yo? Pero si me pellizco y lo siento; siento dolor, Alfredo, no puedo ser algún personaje literario como tú lo eres, Alfredo. Sin embargo, comprendo tu existencialismo, causa eso que es una «náusea», virtual. Hasta en mi mundo pasa. Ya no será lo mismo tocar la misma perilla que tocas todos los días para entrar a tu habitación… Pero eso se cura con un punto y aparte.

Alfredo pone los pies sobre aquel suelo que no es un suelo.

—No, a eso no me refiero; me refiero a que, como yo, que ahora que pensaba hasta en quitarme la vida, me di cuenta de una noticia que derrumbaría a cualquiera, pero, raro, siento un extraño alivio, porque, sé quién soy y para qué existo. No obstante, señor Creador, usted, ¿no es meramente el sueño de un sueño también?

Alfredo, no. Mientras yo me distraigo, tú no existes. Yo sí.

—Pero señor Creador, es que, tal vez, alguien más lo imagina o sueña usted, porque, ahora que lo veo, es lógico, y es ilógico a la vez, es irracional porque es inasequible para nuestro tipo de mentes…

Alfredo, Alfredo, no te hagas tantas ilusiones; tú no tienes una mente igual que yo, recuerda que tu mente es mi mente. Tu consciencia y es mi subconsciencia…

—Ahora lo comprendo… Usted… Usted también es un sueño. Guau… Esto… Esto es… Sublime…

Esto no debería de estar pasando, te estoy brindando demasiada libertad y esto…

—No, no se sienta mal, no se asuste, porque, esto es tan «real», es vida, es lo que todo mundo busca, esto es… Sentido.

¡Alfredo! Esto se está saliendo de control y no es normal que el escritor sienta más miedo que su personaje.

—¿Miedo? No tenga miedo, yo lo aconsejaré y lo apoyaré cuando se sienta mal, perdido y confuso, mi señor Creador, porque, yo soy tú y usted es yo, y yo-usted somos aquel otro, ella o él, o eso, y así consecutivamente hacia el infinito… ¡Seré como su Pepe Grillo!

Alfredo, lo siento. Tengo que cerrar el telón de mi laptop. Esto no me está llevando a algo sano. Tengo frío, frío en mis pies… Tengo. Tengo. ¡Tengo frío en todo el cuerpo! Ya casi ni lo siento…

—Señor Creador, todo saldrá bien, todo está bien, todo es amor, todo es felicidad, todo es armonía con los astros y las ecuaciones infinitas; sí, las veo, ¡las matemáticas viven! ¡El espíritu de las matemáticas y las matemáticas son el espíritu, señor Creador! ¡Usted es tanto espíritu como escritor y matemático!

Calla. Calla. ¡Calla!

*

Estos días han sido una puta desgracia. Veo por fuera de la ventana y todo está difuso, perdido… La neblina opaca mi vista y mis pensamientos. Quiero salir de mi cabaña y algo me detiene en hacerlo.

No he vuelto a hablar con Alfredo. Nunca más lo haré. A menos que me vuelva loco.

Pero qué va, ya estoy loco. Loco de remate. Ahora cuando duermo escucho voces y niños llorar. A veces las riñas de una pareja también. Odio cuando me despiertan los cláxones de automóviles o el sonido de una ducha.

Ya no sé si llevo días sin comer. O años. Apesto, pero mi nariz, cuando la toco, es fría como la muerte.

Me pregunto por qué sigo aquí.

Me pregunto por qué sigo escribiendo.

Me pregunto… ¿Qué soy?

Me pregunto por qué no puedo gritar…

Me pregunto… Mucho me pregunto… ¿Por qué siento que mi piel es tinta y mis manos son números que no entiendo y nunca entenderé?

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