Los caballeros de la quinceañera redonda | Cuento

En alguna parte del Norte...

Empieza la fiesta y la robusta de la quinceañera todavía no se presenta.

Pasa una hora.

Los chambelanes se preocupan.

Dos horas: los padres caen fulminados al suelo; los invitados empezaron con nefastos rumores; y, después de unos quince minutos o media hora más, aullaron de terror por la ausencia de la protagonista de la celebración.

Un chambelán, el de cara heroica, pero con olor a tabaco y cerveza, abre su abrigo, saca un puñal y grita “¡Hemos de ir a buscarla antes de que nuestras rosas se marchiten!”.

El padrino, hombre alto, delgado como un palo, barba frondosa y blanquecina merecedora de muchos epítetos, se alza ante el público y deja salir una tronadora voz de líderes ancestrales “¡Que no cunda el pánico! Estos valerosos chambelanes rescatarán a la doncella para que celebre como cualquier otra su irrevocable quinceañera”. Y los chambelanes, hombro con hombro, que eran quince, uno por cada año de la joven ausente, terminan siendo siete, mientras los demás desaparecieron por miedo o por borrachos.

Hombro con hombro, a excepción del más valiente, que alza su puñal a la vanguardia Compañía de los Chambelanes.

Todos estos caballeros armados con palos, botellas, y una calibre treinta y dos, la cual fue ofrecida por el tío político oficioso en negocios ilícitos; éstos se abrochan sus gruesas armaduras de tela de cobalto, y, sin más reparos, se disponen a salir del local, abriéndose una lúgubre noche con su oscuridad infernal. Unos dos taxis se detienen para ver si necesitan de sus servicios de transporte; no son solicitados, porque sólo uno de los chambelanes porta billetera y está más que vacía: tiene un hoyo.

(…)

“¡Yo no sabía que usted las usaba como sacrificio!”, dice el único chambelán sobreviviente, el cual temblaba como un gato mojado bajo la lluvia y lloraba de terror; prosigue exponiendo su furia, “¡No puede existir «Él»!”. Auqel hombre con sombrero vaquero, mostacho renegrido, botas rojas de piel humana, lo mira con ojos psicópatas “Di tus últimas palabras, porque después de esto todo será oscuridad, chambelancito” y el chambelán alza el revolver que escondía y sin trastabillar dispara hacia el asesino de tantas mujeres; el cuerpo del villano se desvanece. Literalmente se desvanece, esfuma como el humo; de las sombras sale un niño. El chambelán no se puede mover. El niño se acerca con paso lento pero seguro. El niño mira al chambelán y le dice con voz parsimoniosa “Si tanto quieres quitarme la vida; ven, toma mi sangre, come mi cuerpo…”, el infante se expande, crece; amorfo se alarga mientras su sonrisa se convierte en una diabólica media luna, y de cada axila surgen dos ríos de sangre negra “… Espero que no te atragantes”.

(…)

El único chambelán que regresa a la quinceañera, que no es aquel del puñal, entra al local sin un dedo, la cara un poco mutilada y cojeando. “¡Vamos, vamos, a auxiliarlo!” un primo, que más bien parece tío, manda junto con él a algunas personas para sostener al muchacho que pronto se desmaya.

Cae boca abajo al suelo.

Algunos llegan, apenas lo tocan; pero el muchacho alza la cara, gira sobrenaturalmente su cabeza hacia al reverso; mantiene un silencio incómodo; nadie dice nada; sonríe, voltea a su alrededor, sincronizando su sonrisa para que se abriera lentamente mientras gira, y, dice “¿Qué tal una barbacoa un poco heterodoxa?”.

(…)

  Desde afuera aquel local arde en llamas.

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