Los focos no servirán | Cuento (Surrealismo)

                                                (Voice Over)

Verónica se queda vigilante por lo que está fuera de la ventana.

En su órbita de cristal, la transparente ventana, pendonea un mundo infestado de neblina. Sus ojos secos asemejan a los de dos huevos cocidos deshidratados a falta de comérselos a tiempo, o haberlos preparado con la suficiente estulticia.

El grave tono que el silencio cantaba, provoca que su corazón lata con un ritmo hueco y lento. Nada ocurre y a la vez ocurre todo.

Larry, que en verdad se llama Lamentino, busca algún libro en específico entre sus libros desgastados de olor a nuez podrida, de los cuales, con suerte, uno que otro todavía sostiene su portada original.

—Vero, ¿sabes cuál es el tomo de Balzac que tiene el cuento de la pantera y el soldado esquizofrénico? Hay un desmadre aquí que encuentro calzones que no son ni tuyos ni míos.

Larry espera una respuesta inmediata de Verónica. Ella se toma un momento; sigue apreciando lo no apreciable que es el exterior del departamento en que se encuentran. Vero se queda mirando a Larry. Él hace una mueca de desesperación y abre sus ojos asediándola con pasividad agresiva.

—Tal vez. ¿Es uno color de hepático que le faltan las dos páginas del principio y que posiblemente esté todo descuadernado desde la página doscientos y pico?

-¡Ése…! Espera… —Larry revisa los libros que se exhiben anárquicamente: toma uno, luego otro, ambos casi en el mismo estado; frunce el ceño y se rasca el pecho izquierdo— … Vaya, eres graciosa cuando menos se necesita. Cabrona.

Los dos se ven ojo contra ojo por una duración corta. Luego cesan de desafiarse con sus miradas, para finalizar el momento pseudo-cómico.

Larry sigue inspeccionando los libros. Cuando se rinde, o se cansa, o puede que lo encontró y no se percató por la intrusión de su efervescencia emocional, Larry cambia otra vez su atención hacia Verónica que permanece sumida en la ventana.

—¿Quiúbo? ¿Te hiciste ventanofílica o qué? Afuera no hay nada, está todo feíto, oscuro… Gris.

Verónica profiere una mueca; le entran sentimientos que creyó perdidos.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —pregunta Verónica sin pasar sus ojos hacia otra dirección.

—No sé, puede que años. Para mí que estas semanas más bien fueron años.

Verónica entrecierra sus ojos.

—¿Cuál es el significado de todo esto?

Ella, sin más preámbulo, que ya fue excesivo, por lo menos para Larry, se levanta de la silla en la cual se mantuvo sentada y se encamina hacia la puerta que marca la salida del departamento. Repentinamente Larry tira hacia un lado un vaso rojo y sucio de plástico y corre hacia Verónica para obstruirle el camino hacia su exit, o sea, su salida.

—¿A dónde crees que vas, loca?

—Quítate, joto.

—¡Uy, qué ofensa que me cayó tan bien!

Se quedan viendo por uno o dos minutos que parecieron eternos.

(No, seré sincero: no se contaron los minutos, sólo fue un aproximado para darle un tono dramático a esta escena)

Verónica parece una leona decidida a brincarse hacia el otro lado del precipicio, mientras Larry era un ciervo delgaducho que le tiemblan los ojos. Larry abre los brazos, creyendo que con eso abarcaría más espacio y n acrecentaría la probabilidad defensiva a su favor.

—Verónica, ya sabes que no… —Larry sacude su cabeza, bajándola poco a poco, la cual se sostiene trémula.

—Quítate.

—Ya hasta no lo pides de favor…

—No me andes con pendejadas… Ya estoy muy cansada.

-—¡No!

Y los dos se abrazan con brazos violentos y torpes; Verónica lo abofetea y Larry, de cada tres bofetadas, él le asesta una, aunque con menos furia.

¿Quizás algún sentimiento paternal, o fraternal?

—¡Quítate ya, pinche Lamentino!

—¡Que no me llames así!

Más bofetadas, pero una certera patada en la zona más noble que le propicia Verónica deja casi exánime al lamentable Larry.

—Pinche pendejo No te quise golpear, pero… ¡Ah…!

Él despierta de la agonía inmediatamente y evita que Verónica abra la puerta jalándole la pierna izquierda y ella cae de costado.

—¡Ay!

Larry se abalanza sobre ella y la abraza, aunque esta vez sin afán de algún tipo de agresión.

—Ya, ya, ya… Verito…

Ella convulsiona su cuerpo para desamordazarse de los largos y flacos brazos de Larry, que, como luchador de lucha libre moriría de hambre, pero aquí fue lo suficiente rentable.

—Ya, ya…

Solloza.

—No seas pendeja, relájate… Así está bien, llora, Verito.

Verónica no rompió en llanto, pero sí que se desahogó sollozando.

—Es que… Es tanto tiempo, y las dudas me comen los ojos, el cerebro… Me siento sin alma.

—Relájate, Verito; lo que tú necesitas es dormir un ratito

—¡Ya he dormido lo suficiente!

Verónica empuja suavemente a Larry y él accede sin molestia alguna.

—¿Me has visto defecar u orinar en algún momento? ¿Has visto que me pedorree, al menos? ¡No he comido en meses! Antes tenía hambre; ahora no. No comemos, Larry y eso no es lo único que me preocupa. No hay luz y podemos ver claramente, como si algún foco sirviera, pero no lo vemos… No. No. Los focos no sirven. Las focos no servirán.

—Ay, Vero

—¡Larry, ya no sé si vivimos o no!

—Pero estamos respirando y todavía duelen los golpes; por ejemplo las cachetadas que me diste…

—¡Eso se acabará pronto! Lo sé, lo siento; no, lo presiento.

Verónica ve la ventana. Gris.

—Nada, queda nada.

Verónica aprieta los puños, luego los relaja.

—Nada queda.

Observa un momento a la puerta, luego a Larry y le pregunta:

—¿Qué es lo hay afuera?

Ella se rasca la cabeza.

—¿Alguna vez te has pregunta por qué no abrimos la puerta?

—Pues, no sé… Es extraño. Me da miedo, eso sí sé.

—¿Y por qué no la abrimos de una chingada vez?

Larry titubea. Tiene miedo, tanto que sus piernas tiemblan o en su mente puede sentirlo, verlo. También piensa que se va a orinar con tan sólo imaginar la puerta abierta; pero no se orinaría, porque no podría, aunque lo intentara sacándose el pene, pensando en un río bravo, éste caudaloso, o en un vaso de leche fría.

—Yo no sé si sea buena idea…

—Siempre dices lo mismo. Me enfado que seas tan marica, aunque ya sé que tienes todo el maldito derecho; pero si hablamos de huevos, yo los tengo y no importa que no se vean ahí, bien colgados, como tú sí has de tenerlos, porque que yo sí me atrevo a abrir esa cabrona puerta.

Larry ve el suelo y el conjunto de papeles: el desorden, el tiempo… ¿Cuánto tiempo?

—Entonces… ¿Qué hacemos?

—Yo sé qué vamos a hacer: dame la mano y juntos abrimos la puerta.

Larry quiere llorar; no obstante, ninguna lágrima llega a su auxilio.

—Vero… Tengo miedo…

—No seas marica, son sólo tus pensamientos. Dame la mano.

Verónica toma la mano de Larry, él la recibe sin la suficiente firmeza. Los dos, ella con paso seguro; él, no tanto, caminan hacia la puerta. Cuando están en frente de «Ella», Larry hace una mueca de dolor y sus piernas tiemblan.

—Ten valor, mi niño.

Los dos toman la perilla oxidada.

Y la puerta se abre sola.

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