Olvídalo | Cuento (Fantasía)

Un día Esteban se levanta de un acumulamiento de bolsas de basura y gatos salvajes, seres que ronronean alrededor de él. Intenta ver sus manos y no las puede ver. No hay luz que las iluminara.

Es de noche.

Esteban, obviamente consternado porque no recuerda haberlo pasado de putas; solamente recuerda que, en vez de ir al trabajo, se quedó dormido en su acogedora cama victoriana. “Diantes, ¿pero qué me ha pasado?”, piensa.

Mira a sus lados y ve que las bestias felinas erizan sus largas colas: una sombra de ojos amarillentos «bufa». Esteban se para de un brinco y siente que una docena de pequeñísimas navajas juguetean con punzadas poco amigables sobre su piel.

Una patada por aquí.

Un maullido por acá.

Un alarido humano por acullá.

Y otros más actos de defensa humana y ataques gatunos prosiguen, hasta que Esteban se da cuenta que perderá la contienda contra la barbarie de los felis silvestris catus.

Y corre.

Un gato sigue pegado a su espalda; no, clavado exactamente en su nuca; Esteban utiliza sus dos manos para quitarse a su pequeño y escurridizo agresor, el cual se mantiene disparándole zarpazos. Lo tira hacia un lado sólo se escucha un triste «miau».

Cuando alcanza la luz de un faro, se ve el elegante traje gris que trae puesto; y se pregunta por qué mierdas trae puesto su más fina indumentaria para terminar sobre el suelo de un callejón lleno de gatos insufribles. Pero, Esteban no se fija en sus múltiples heridas.

No, no son para tanto. Fueron gatos. ¿Qué pueden hacerle una jauría de gatos a un humano vestido tan elegantemente?

Esteban desea sentarse en un sillón o banca; sin embargo, de lado a lado no divisa ninguna. Camina hacia una esquina y desea ver a algún cristiano, o judío, hinduísta, a quien sea, sólo para preguntarle dónde demonios está, ya que ningún letrero le indica el nombre o número de calle en la que sus zapatos, ahora sucios, posan.

Mira al cielo imaginando a una luna, brillante luna, pero lo que ve es una multitud de nubes que no parecen gustosas de dispersarse.

Gris.

Gris.

Gris.

—Estoy salado —dice Esteban dando un «zapataso» al suelo.

Y escucha con terrible susto el gruñido de un gato.

Pero no ve a ningún ser felpudo por el perímetro que se encuentra.

Ahora, Esteban, sentado en la acera de alguna calle de alguna ciudad de algún mundo de algún «infinitésimo» universo, cubre las lágrimas que sus ojos bermejos no dejan de exprimir.

A lo lejos, dos luces se acercan lentamente. Los agudos sentidos de Esteban sienten la brisade  que se acerca un automóvil, y escucha su motor. Se para el checker A11 y ve que tiene el letrerito que dice difusamente “Taxi”. Levanta sus brazos, los cruza, luego los desenlaza y chifla, chifla.

El taxista pasa de largo.

Las lágrimas parecen volver otra vez.

—Al cabos que ni quería…

De pronto, regresa el taxista, se estaciona enfrente al desgraciado hombre elegante y baja la ventana del copiloto.

—¿Taxi?

Esteban brilla, porque su sonrisa sublime es la viva representación de la Salvación de las almas de un mundo pecador.

—Sí… ¡Sí! Claro que sí.

Entonces el taxista sube la ventana y se va.

Los ojos de Esteban sólo ven como su preciosa oportunidad de irse a recostar a su linda cama victoriana se va lentamente por la ligera cortina de la «pesadillezca» niebla.

Esteban piensa en groserías de alto nivel que no pronunciaré yo.

(…)

Los rayos del sol abren calurosamente los ojos de Esteban, que ahora se encuentra tirado en la banqueta de alguna calle de alguna ciudad de algún…—

Y ve un cielo tremendo y despejado.

Se toca la cabeza y no encuentra su fedora.

Se revisa sus pantalones y no están.

Alza un poco su cabeza y ve que solamente lleva puestos unos calcetines negros, largos, unos bóxers rojos con dibujos de patos —¿patos y el color rojo?—, y una camiseta interior sin mangas.

—Que me lleve la que me trajo… —dice.

Le entra una súbita vergüenza y mira a sus lados para ver si algún transeúnte pasa por ahí, que hubiera sido lo más seguro conforme su actual paupérrima condición. Pero no hay nadie; de nuevo no hay nadie.

De pronto Esteban con alivo piensa que ahora, optimista, no le va tan mal. “Por lo menos no siento que fui violado”.

No obstante, al momento de pensarlo y cerrar sus ojos exhalando un suspiro, escucha varios «pasos» de tacones y otros de sandalias; algunos se detienen cerca de él.

Esteban abre muy bien sus ojos y, para su poca buena fortuna, ve a varios peatones  mirándolo obnubilados por el hombre en ropas íntimas que reposa en el pavimento. Dirige sus palmas abiertas hacia la gente como disculpándose, pero nadie parece disculparlo. Esteban se encuentra en la peor vergüenza de su vida. Se pregunta que si por qué demonios ahora despierta en la calle, otra vez, aunque ahora casi desnudo, en medio del día. A esta hora debería estar impertérrito trabajando, sudando la gota gorda en alguna oficina del departamento de seguridad.

Erguido, Esteban, cubre con sus manos sus nobles partes y se acondiciona a ignorar los ojos curiosos o inquisitivos.

Camina. Camina, camina camina camina.

Camina.

No desea que un gélido aire congele sus pálidas piernas.

Y eso mismo pasa.

Grita por default “¡Que me lleve la que me trajo…!” y otras anatemas demasiado decorosas por algo o alguien que lo tiene harto hasta la coronilla. Brinca, pisotea, lanza golpes, más gritos y chilla con furia. A ojos ajenos se le parecía un maníaco desquiciado. Esteban ya no quiere pensar en ningún deseo, por lo más nimio que sea, porque todo al parecer está en contra de su infortunada vida, la cual un día antes era sencilla y monótona, así de lunes a viernes.

Se escucha una voz agitada a espaldas de Esteban.

—¡Señor, señor!

Esteban no voltea. Tiene miedo que al voltear algo malo le pase.

—¡Señor, deténgase, es importante!

No voltea.

—¡Señor! ¡Tengo la solución a su problema!

Esteban no se da un solo momento para ver al muchacho de lentes circulares que bulliciosos lo persigue.

—¡Señor, es en serio! ¡Se encuentra en un grave, gravísimo problema!

Esteban se detiene. Tiene miedo a pensar. A desear.

—Ah… Por fin… Gracias… Sí… Esto nos incluye a los dos, a todos.

Mira al muchacho y sus manos tiemblan.

—Lo que pasa, señor, es que su alma ha perdido el hilo de la armonía en esta célula del Universo. No sé si me explico; lo que trato de decir es que usted urgentemente necesita ayuda, la cual yo se la puedo brindar con todo gusto; y yo sé que desea que…
—Olvídalo.

El muchacho confundido se queda callado con los ojos bien abiertos, tragándose una ingente cantidad de palabras que pronto le dará una «gastritis lexical».

—Olvídalo.

Esteban le da la espalda y prosigue su camino sin rumbo. Ahora no se tapa sus, pues, «partes».

—¡Pero, pero…! Señor, no sabe usted en el aprieto que nos acarreará, sería la causa de un supernova infinitesimal, una catástrofe cósmica, metafísicamente interminable, como un efecto dominó…
—Olvídalo, muchacho. —Esteban se la piensa un poco, y se le ocurre esta grandiosa idea:— Cómo quisiera que siguieras hablando todo el puto día.

Y el muchacho deja de hablar.

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