¿Quién chin?@)0$ te crees que eres? | Cuento | Política (Humor)

Quiero ser claro con algunos puntos sobre este cuento:

  • No estoy en contra del feminismo, sino al contrario lo apoyo y me alegra que muchas mujeres han despertado de su letargo, o han tomado valentía y sobrepasado todos los miedos que las acongojaban en sus horribles experiencias, víctimas de un patriarcado que, sí, sigue latente.
  • Soy izquierdista, o lo más cercano a ello, pero quise que el narrador no fue exactamente yo.
  • Parece que me burlo de todos, y sí, de algún modo hago parodia, pero no denigro ningún ideal o ideología de izquierda.

Aclaro con ésto porque no quiero que haya malentendidos.

Saludos.


Hola, a todos.

Todos hemos tenido citas horribles, normales o simplemente «extraordinarias»; pero en la última categoría, las «extaordinarias» son, en efecto, algo extra en lo ordinario, poco comunes y nada ortodoxas; son aquellas que tal vez no te toque alguna de ellas en tu  vida, afortunada o desafortunadamente, dependiendo de la perspectiva o resultado final de la etapa «liminal» de la reunión que lo experimenta.

En mi caso todo fue de ensueño cuando conocí aquella mujer que, sí, era extraordinaria: guapa, inteligente, activista, letrada, muy concurrida por piropos de machirules, y, pues, en general interesante a cualquier tipo de consciencia. No por nada esta cita en la que yo fui partícipe. ¿Cómo la conocí? Sí, sí, recuerdo que a ella la vi en una clase de eje común en mi universidad; y cuando tomé valor de hablarle e invitarla a salir, ella me propuso en que me uniera a unas juntas en las que se congregaban muchos ciudadanos, la mayoría universitarios, o maestros de departamentos del área de Ciencias Sociales, inconformes por la creciente corrupción de nuestro país; pero como yo no tengo mucho de qué quejarme, mejor pienso que el cambio está en uno mismo.

Bueno.

En aquel evento ella habló, antes de que comenzara formalmente la junta, con un megáfono color rojo, del cual pensé que estaba muy ad hoc de la situación izquierdosa. airando parsimoniosamente a mis pobres aires cómicos. Ella, la chica con la que salí, para convocar a más personas y que éstas se acercaran al parque junto con nosotros. Ah, sí, yo era parte del comité —trataba de «quedar bien» con esta chica «roja»—, aunque yo fui incluido en la última hora. Bueno. Sólo unas pocas llegaron; los otros peatones nos miraron de reojo con muecas o usaban sus audífonos.

Cuando dejó el altavoz, ella veía a los congregados, contando con satisfacción la cantidad necesaria de participantes; pero cuando nuestras miradas se cruzaron, ella pareció sonreírme (…). A los segundos volvió a poner esa cara solemne que siempre tiene, cara de revolucionara, cara de valiente soldadera; ¿Cómo les dicen a esas revolucionaras? Ah, ah, sí: parecía Adelita, la más linda de todas. Y bueno, ahí fue cuando mis pies sudados me dijeron que estaba enamorado.

A pesar de mis indiferencias políticas, seguí empedernido coincidiendo con ella.

Así, después de otra junta, y unas visitas en la biblioteca o cafés, nos llegamos a caer bien, a tomar aprecio; es decir, estoy seguro que le gustaba. “¡Ya dominé a una izquierdosa!”, me vitoreaba una que otra vez frente al espejo.

Pero…

Todo era lindo y emociones hasta que llegó ese día que lo cambió « todo». Primero empezó con una conversación que tuvimos.

(…)

—Ay, Roberto, es que tú no te has informado bien sobre las tantas impías acciones que esos hijos-de-su-puto-padre se han maniobrado.

Roberto —yo— se rasca la barbilla con dos dedos y contesta.

—Sí sé poco. Creo que lo suficiente. Sentido común no me falta.

—No, Roberto, entiende, estás verde, no tienes ni idea de lo que pasa en el mundo, menos leyendo esas novelitas de fantasía y naves y marcianos; puro cascajo literario.

—En general son novelas de ciencia ficción, y son muy buenas, eh.

—Lo sé, lo sé; pero no sabes nada, Roberto, nada de nada, no tienes ni idea de lo que pasa fuera del mundo, vives en tu burbuja clase mediera que necesitas reventar, salir, y de verdad entender lo que hacemos en nuestro movimiento.

La muchacha mueve sus brazos como si quisiera empezar a volar. Cada vez se ponía más tensa, y dominante.

—Ya te dije que sé de los asesinatos, las extorsiones y fraudes en el estado de… ¿Dónde? Dónde era…

—Ves, ves, te dije, ni sabes dónde se desarrollo el encabronado caso de las elecciones fraudulentas.

Roberto se encoge de hombros y levanta sus labios unos cuarenta y cinco grados.

—Pues, creo que todas son así…

—¡EN VARIOS PAÍSES DE EUROPA NO PASA! Incluyo Venezuela, Bolivia, países repudiados por el imperio yanki de mierda; ah… Bueno —recupera su aliento—. Por cierto, ¿qué no sabes que los ciudadanos, policías y soldados de Noruega se juntaron para deponer de la presidencia a ese malvado magnate?

—Creo lo leí por internet…

—¡Pues sí, Internet, santo Internet! Pero de seguro sólo viste una pequeña nota y te fuiste a comer un hot dog o a tomar cervezas «artesanales».

—De hecho, Julia, te juro que revisé más noticias sobre política e injusticias no nomás de nuestro país, sino del mundo, pero algo pasó que no me di el tiempo… De seguro me distraje con algo…

Por poco Julia —por supuesto, es «ella»— como furia «vuela» mientras miraba el cielo.

—¡Vaya, vaya! Es lo mismo que dicen los demás “Es que no tengo tiempo para esas cosas”; “Es que me salió una quinceañera y mejor no salí a la marcha porque no quería llegar todo cansado y apestoso a la fiesta”; “Es que me dan hueva los revoltosos”; “Es que no soy CHA-I-RO”; “Es que es que es que”;  o muy de seguro te distrajiste con un pinche jueguito de esos que tienen entiende, no sabes nada y es porque quieres; la sociedad, sea clase media, baja o alta, incrementa día a día, más la baja, y todos se vuelven más flojos, como zombis, indiferentes, no saben de lo que pasa dentro de su país, de su localidad, ¡pues menos del exterior…!

—Julia…

Roberto se pasa su mano derecha por la cara y la desliza hasta estirar su boca hasta la barbilla.

—Como un machirulo vas a decirme que me calle porque no tiene sentido mi discurso.

—Tu discurso es tan válido como el de cualquiera, pero, Julia, quiero dar mi opinión también.

—Bueno, entonces, dime qué opinas de la junta que haremos hoy hacia el Congreso del Estado. Tú fuiste el de la idea de acompañarme.

“Ah, las mujeres. Siempre piden tu opinión cuando en verdad quieren ver su opinión reflejada en ti”, piensa Roberto.

—Me parece plenamente considerable.

—¿Cómo que “plenamente considerable”?

—Pues, digo, que es algo en que todo ciudadano debe de participar.

Julia mira a Roberto con suspicacia.

—No te siento convencido.

[…]

Para ser sincero, no quiero que luego me digan “Interesado” o “Hijo de la tiznada calenturiento”, sí le propuse a Julia acompañarla con su plan porque, si ustedes quieren ponerlo así, tenía la «siniestra» estrategia de seguirla cortejando. Con esto quiero constatar que soy una persona que siempre ha estado interesada en el bienestar de los demás, también como la propia, asimismo con el anhelo altruista de que el mundo sea un lugar mejor para vivir y coexistir con los demás seres vivos; hasta con los extraterrestres, si es que algún día podemos hacer contacto con ellos.

(Me persigno.)

—Ah… Tienes razón, tienes razón, pues —le terminé diciendo.

—¿En qué?

Mejor le corto a esta escena.

Ay…

Para evitar que se me vuelva a subir la «bilirrubina», me adelantaré un poco en este relato, ya que, sinceramente, a veces me pregunto por qué no le hice caso a mi sentido común, que éste me gritaba como loco; ¿por qué permitía a esa mujer hablarme en un tono alto que me llenaba de preguntas y la mayoría sin respuesta? Ah… En resumidas cuentas, lo que pasó después fueron actos seguidos de sumisiones por mi parte y «alegatas» sin sentido con Julia.

Vaya carácter de mujer.

Llegamos a aquella plaza donde un gentío se conglomeraba para dar gritos de auxilio y de ira, levantar pancartas con frases estultas o ingeniosas. Julia tomó mi brazo, mientras yo me quedaba deseando en que hubiera sido más excitante que tomara mi mano, porque, sería algo más íntimo, así como también percibiría mis palmas rezumadas; y luego ella me llevó ante un círculo de jóvenes que dibujaban y escribían lemas de protesta en cartulinas de todos los colores; todos estos recursos fueron patrocinados por un comité que se formó para tiempos disconformidad social. Ninguno de sus líderes me caía bien, me veían como el fresita poser.

Emocionado, por el bullicio y el frenesí, tomé una cartulina blanca de las manos de una muchacha que tenía puesto un cubre bocas, “Útil instrumento en caso de que suelten algunos granaderos gas lacrimógeno,” pensé, “pero hubiera sido mejor una máscara anti-gas”. Cuando se me proporcionó un marcador, Julia se me quedó viendo exasperada,  no obstante, tomó con «delicadeza» mi cartulina, la cambió por dos rojas, las cuales eran escasas, y pidió otro marcador, pero esta vez negro.

—¡Hey! Pero me gusta más el color blanco, como que no daña tanto a la vista.

—Y para eso sirven, para dañar la vista de los mequetrefes que se adueñan de nuestra dignidad.

Me sonrió por segunda vez en el día; la primera fue cuando nos vimos más temprano, y me sentí bien; en esta segunda sentí el palpitar de mi corazón se aceleraba, mientras ella escribió por mi en mi cartulina. Quería decirle “¡Detente! Es mía, sólo mía, yo soy el dueño de ese objeto en el cual puedo expresar mis Sentimientos de la Nación”, sin embargo, no lo hice, me quedé «mudito» y sonriendo como si se tratara de un niño mimado lamiendo el helado que su mamá le regaló para que dejara a un lado a sus necedades.

La frase que utilizó Julia era interesante, pegajosa, pero el improvisado dibujo de ese Marx era pésimo, para ser sincero. Su «pancarta-cartel» era mejor que el mío, ya que contenía varias citas de personajes ilustres, de los cuales pude identificar a un Foucault, a un tal Lacan y al reconocido lingüista y activista Chomsky que ya sabía de él por las redes sociales. Pero, con toda la honestidad que tengo, confieso que me sentí un poco «menos» al lado de ella, no entendí cómo Julia podría sentir algo de atracción por mí, cosa que incluso me lo dijo una vez en un café; de todos modo JURABA que ese día me acostaría con ella. PERO no fue así. De hecho, esa, si se puede llamar «cita», terminó con un saludo de manos, un leve ademán con la cabeza que me comunicaba un “Hasta luego” y ella se regresó a su casa en su bicicleta, muy chula, por cierto.

Julia me encargó que le cuidara su cartulina y se fue trotando a con sus colegas del comité. Un joven delgado, alto, con rastas —trenzas— castañas, le dio un micrófono para que hablara, pero las primeras palabras de Julia hicieron que se reventara una de las bocinas, que parecían de buena marca; y un hombre que cubría su calvicie con un paliacate rojo —pañuelo, en castellano—, corrió hacia la bocina descompuesta, que soltaba humo y un olor a llanta quemada, la abrazó y vi que sus ojos soltaban lágrimas de cocodrilo. Sentí pena por él.

El joven de rastas castañas, al presenciar el accidente, se mantuvo pasivo, pero con ojos bien abiertos; dio una lenta media vuelta, de un saco extrajo un megáfono rojo y se lo dio a Julia; ella, sin rodeos, pronunció palabras que dieron comienzo a la marcha. Fue maravilloso ver que la gente le hacía caso en cuanto pedía orden, aunque algunos muchachos, que no paraban de reírse como tarugos, hablaban y hablaban mientras fumaban de ese magnánimo porro que estaba a la mitad de su existencia. Pero eso lo ignoré cuando empezaron las tonadas de protesta.

Ah, ahí fue cuando muchas de las mujeres presentes se pusieron sus pañuelos verdes en la cabeza, boca o cuello, gritando a coro en contra de los violadores y machos, súbditos del patriarcado.

Ya saben… Cosas de feministas. Nunca faltan.

Eso sí, ¡qué sublime era juntar mi voz con las demás personas! Me sentía con tanta energía, que olvidé que era tímido, solemne holgazán y un intrépido indiferente a este tipo de actividades. Yo imaginaba a Julia con ojos de satisfacción, pero, la verdad es que ella estaba muy ocupada leyendo un texto que nadie escuchaba durante la marcha. Yo quise escucharla, no pude. Ni porque yo estaba casi enseguida de ella.

Éramos demasiados; se nos juntaban curiosos peatones y un grupo de anarquistas que luego fueron abucheados por el contingente. Había de todo, de «tocho morocho».

A la media hora de gritos, cantos, porras, autos que nos pitaban en pro o contra de nosotros, me sentía mareado; pero, por fortuna, ya habíamos llegado al Congreso del Estado. Poco a poco vi cómo mis compañeros se alanceaban con palabras: una partida, que parecía escindirse de la marcha —de seguro fueron los anarquistas que me mencionaron—, quería entrar a la fuerza al edificio, tomarlo y que el Secretario del Estado y el Gobernador salieron a la calle a escuchar cara a cara a la chusma enardecida. Claro que, cuando advertí que el muchacho de rastas castañas supo de estas ideas, torpemente galopó hacia Julia y ella en cuanto supo de la noticia tomó su megáfono y gritó que todos mantuvieran la calma, que hay que mantener la paz.

Los granaderos, que se encontraban afuera del Congreso del Estado, como también tapaban una calle con tres murallas de oficiales, estaban alertas de cualquier indicio de peligro activista. Yo, por lo pronto, sentí miedo. Algo no andaba bien. La situación se tornó más sospechosa cuando más granaderos tapaban la calle por las otras avenidas y, no muchos se percataron de que estábamos siendo acorralados, una tarea casi imposible. No me contuve más y fui con Julia a confesarle mis miedos y malos augurios.

Ella me escuchó y frunció el ceño.

—Roberto, no nos iremos hasta que seamos escuchados; claro, con acciones pacíficas.

—¡Julia! Es en serio, esto es una trampa y estoy seguro que nadie va a salir ileso de esto.

Julia me tomó del brazo y nos alejó un poco de los líderes de la marcha.

—¿Qué dices?

—¡Que nos están acorralando, Julia!

—¡Ay!

Me dio una cachetada que no esperaba para nada.

—¡Ten más huevos!

Y se devolvió con sus colegas. Yo tocaba mi mejilla que se encontraba un poco inflamada.

Las situación se puso peor: los participantes de la marcha sabían que estaban siendo acorralados y sentían temor por los que pasará, aún cuando Julia y el hombre de rastas castañas les enviaban palabras de calma y que nadie optara por un acto violento. Aún cuando los policías se les notara cierto miedo por ser sobrepasados por la gran multitud, se atrevieron a detener a dos personas, un universitario por defenderse de un oficial y uno que aparentaba ser maestro porque defendía al joven de los «toletazos», pero empeoraron cuando los golpes se dirigieron a él. La primer sangre fue derramada en el suelo y Julia gritaba ansiosa que todos se relajaran, que todos se mantuviera en paz, ya que era una protesta pacífica.

Vi que otros más sufrían el mismo infortunio. Luego otros. Luego otros. Luego otros más. Una muchacha quedó inconsciente y unos granaderos la cargaron hacia una camioneta.

—¡JULIA! Esto es una ratonera y nosotros somos los ratones; ¡tenemos que defendernos y salir de aquí, en vez de aferrarnos y permanecer fuera del Congreso.

—¡No! Yo no estoy de acuerdo con la violencia, esto se arreglará con paz y con acciones pacíficas actuaremos.

—¡Julia…!

Y lo que menos esperaban —yo sí— pasó: los anarquistas sacaron a patadas al Secretario de Estado, y éste, sorprendido —creo que no esperaba que los anarquistas pudieran amagar a sus guardias—, se tocó la frente y ésta sangraba. La chusma enardecida se le quedó viendo por un momento; y él a la chusma. Yo sólo escuché un “Ya valió madre” por parte del Secretario, y todos se le echaron encima.

Una bomba lacrimógena fue lanzada a un grupo de manifestantes que se les notaba en la cara que querían defenderse, pero, confundidos, sea por lo que escuchaban en el megáfono, sea porque nunca se hubieran imaginado que les darían la peor tunda capitalista de su vida en medio de una protesta.

—¡Julia, en serio, esto se salió de control! Están haciendo pedazos al Secretario, y ya estaba planeado, y me da miedo que mi vida corra peligro…

—¡NO SEAS COBARDE, ROBERTO! Ten fe y mantente firme, carajo; ni modo por el Secretario, tenemos que… Ah, si es que han detenido a varios, es por esa bola de pendejos; pero las cosas van a calmarse…

Pero no era cierto. Era imposible, ya había comenzado nuestra micro-revolución francesa. Y no había rocas qué tirar; los empujones se efectuaban cuando los granaderos, con la misión de reprimir y rescatar al estadista, aplastaban con su paso redoblado a los activistas; todos nos encontrábamos amedrentados y no queríamos que saliera sangre desde nuestras venas en ese momento.

—¿Qué, qué me ves?

En ese instante veía a ella con odio. Mis ojos se cerraron, mis puños también.

—¡Mantengan la calma! ¡Dejen al demagogo en paz! Los revolucionarios de ahora no somos descerebrados como aquellos que optan por la violencia como su instrumento de defensa —dijo desde el altavoz.

Ella me ignoró. Se hizo a un lado y siguió hablando y hablando. Ya la marcha había colapsado cuando casi todos querían escapar, pero, una pequeña cantidad lo hacía con éxito.

El Secretario estaba hecho añicos en el suelo, casi desnudo, sanguinolento, chamuscado…

—¡No corran, no empujen; no peleen! ¡Manténganse firmes camaradas! ¡Este día será memorable si…!

Tomé a Julia por el hombro y la acerqué a mi.

—Julia.

—¡¿Qué te pasa, imbécil?! ¿Eres igual de retrasado que los que están metiendo en las camionetas? Pinche machirulo…

No pude más. Tomé aire. Y dije.

—Julia, ¡¿QUIÉN CHINGADOS TE CREES QUE ERES?! ¿Crees que esta gente quiere estar aquí y ser golpeada hasta quedar exánime? Estás bien babosa si es que sigues así, pero bien babosa; ¡tus ánimos de activista pacífica en estos momentos no sirven de nada! ¿Qué no ves a esos pinches anarquistas haciendo mierda al Secretario de Estado? ¿Qué no has visto que todo lo terminan posponiendo o se termina desbaratando por ser completamente pacíficos? ¡Mis nalgas pacíficos! Se la llevan de altaneros muchos de ustedes, se creen los mejores, los salvadores del mundo, para terminar separándose de los grupos que piensan diferente a ustedes, aunque sea en una milésima parte; se jactan que son los más ilustrados, los que saben todo, sin importar que las fuentes donde apoyan su intelectualidad sean fidedignas; buscan mejorar al mundo con marchas, cosa con lo que creo que estoy de acuerdo, ¡pero no como el único recurso! Y ahora, ¡VE, MIRA, OBSERVA! La gente se amotina sin sentido y tú les demandas que se calmen… ¡Mira al Secretario!

El Secretario de suerte parecía seguir vivo; el pobre era una cagada viviente.

Se escuchaban los disparos de perdigones, ahora a quemarropa.

Respiré hondo y terminé de decir:

—Ahora, te repito, Julia, ¿quién chingados te crees que eres?

Ella no dijo nada. Se me quedó viendo, pero hubo ausencia de respuesta.

Lo último que recuerdo fue que ella se aproximó a mí, dijo algo en silencio con sus labios, algo que no entendí, y me soltó la más terrible patada en mis testículos. Agonizante, yo, caí y creo recordar que babeé antes de quedarme inconsciente en el suelo.

*

Cuando desperté, olía a cartón quemado y a sulfuro. Abrí los ojos y la imagen de una plaza llena de basura y un poco de humo se proyectó en mi visión. Me levanté, pero, en varias partes de mi cuerpo sentí un dolor agudo y preferí quedarme tirado otra media hora más. Al cabos el suelo ya no me parecía tan rígido.

Luego sentí que mi carne se adormecía y preferí cambiar de posición y me senté. Veía las prototípicas líneas amarillas que significan la prohibición del paso a esta área. ¿O a la otra parte? Quién sabe, depende de cómo se vea o si tienes la vista torcida. Pero, no me había fijado que un vago estaba enseguida de mi, erguido, viéndome con fascinación.

—Cabrón, estás vivo…

Lo volteé a ver y mis ojos dolían.

—¿Y qué fregados esperaba?

Me apliqué un delicado masaje a mis ojos, mientras el otro boquiabierto decía:

—No, pos, primero joven, no entiendo por qué no se lo llevaron los «chotas» , luego pos yo ya pensé que te habías muerto y te dejaron ahí tirado los chotas.

—¿Qué? ¿Qué pasó con todo el mundo?

—Pos, muchos se armaron a chingazos con los chotas al final y se fueron lejitos.

—¿Y qué le pasó a la gente? ¿Qué le pasó al Secretario del Estado? Ah, caray, cuéntame, porfa, qué pasó.

—¿Ah, fue el Secretario al que se chingaron lindo y bonito…? Pos, pos… La cosa estuvo seria, joven. Yo estaba ahí, arribita de ese estacionamiento, en el segundo piso. Casi me ahogaba con mi «tonayón», pero cuando escuché muchos gritos, me asomé y vi que había un «montonal» de gente protestando por el presidente y quién sabe qué fregados más, y mejor me puse a tomar un poco más del tonaya. Pero, mas aún sin embargo, la cosa se puso más seria cuando escuché gritos, esos gritos de dolor con que nacimos y pura madre se nos olvidan… Miré otra vez y vi cómo a una muchachita le era arrebatado su niño y ella fue golpeada a macanazos y sé por experiencia que duelen un «chorrototal». Ahí fue cuando se me bajó la peda, porque, pura madre bajaba de donde estaba, pero, con ganas me quedé de ayudar a la pobre señorita. La cosa se puso «requetecabrona», ahí cuando varios muchachos sacaron palos de quién sabe donde chingados y empezaron a agarrarse a fregasos a los policías y a las personas que protestaban. Un caos así de la chingada: las personas se fueron contra los chotas y estos como que no esperaban tanto se medio fueron pa’trás y una muchacha con esa cosa que hace que tu voz suene más fuerte…

—Megáfono.

—Eso. Esa muchacha y un joven alto medio güerito trataron de calmar a la raza, pero, la gente no se calmaba pura madre. En eso vi que la muchacha te estaba pateando, ahí fue la primera vez que lo vi, joven, y creí que le habías hecho algo, como agarrarle la nalga o algo así, pero, muchos que estaban cerquitas la agarraron y la alejaron de usted, joven. Luego esa misma muchacha empezó a gritar a los chotas que se fueran a chingar a su madre y a toda su «discendencia»; luego, trataron de tranquilizarla, pero esa morra parecía tener más fuerzas que un pinche toro, salió corriendo, agarró la macana de un policía y a chingazos se agarró con toda la raza, toda todita, y los chotas como que ya no la hacían. Ya ni pude ver más porque tuve miedo que me cacharan, no quería ser parte de un pinche Tlatelólco «namber tu», ni madres. Al rato, quise tomar de la «pachita» y no pude, estaba tan asustado que me cagué y ni me di cuenta… Yo, joven, estoy acostumbrado a que me roben y me den uno o dos chingazos, pero a tanta chingadera, no.

—Según me duele el cuerpo por todas esos patadas…

—N’ooombre, si todavía falta. La curiosidad hizo que volviera a mirar y vi que un chota te estaba dando tremendos macanazos, pero como vio que ni te movías, te dejó ahí tirado por la paz.

—A la madre, por eso estas marcas…

—Si se viera bien, joven, está todo moretea’o. Parece uvita….

Pareciendo que el vago invocó un hechizo contándome todo, sentí inmenso dolor que casi me desmayaba. No obstante, me aguanté.

—¿Y qué más pasó?

—Pos… Vi chotas noqueados y varias personas de fueron lejos lejitos. Luego vinieron más chotas y pusieron esas cintas amarillas. Ni pusieron atención que usted estaba ahí tirado. Muy raro.

Parándole de contar, lo demás que siguió de los relatos del vago terminaron en divagaciones y en volver a contar los mismos detalles una y otra vez. Recuerdo que me levanté con la ayuda de aquel hombre que olía alcohol, y pensé “¿Qué habrá hecho cambiar la postura de Julia para convertirse en una salvaje y atacar a todo el que veía? ¿Por qué me volvió a patear? ¿Qué pasó dentro de ella para que su ética y moral cambiara?” No sé, no tengo ni pinche idea, pero, aparte de que no volveré a salir con ella, puede que en ciertas situaciones críticas el humano sus creencias y razonamiento se anulan, así buscando la manera de sobrevivir, sin importar contradecirse.

Yo, por lo pronto, reitero, no volveré a salir con ella.

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