Todos necesitamos antidepresivos | Cuento (Fantasía/Absurdo)

Julio Vargas supo que su episteme ya no era la misma después de leer tantos libros sobre reyes. La monarquía le daba vueltas su casa mientras se sentaba pensar en la silla; abría la ventana y cruzaba Enrique quinto, o el tercero o el cuarto; se bañaba y María Antonieta se secaba el cabello mientras le sonreía con una dentadura amarillenta.

Pelucas piojosas flotaban por aquí y por allá, una fiesta alucinante que no parecía acabar. De hecho, hasta sus platillos estaban basados en el arte culinario que se llevaba a cabo en los festines reales. Sinceramente esto lo alarmaba, pero le encantaba al mismo tiempo. “Vivo lo que leo, ¡y es fascinante!”, pensó alguna vez.

Hoy en día piensa seriamente qué es lo que le falta a este mundo para ser mejor.

Su trabajo como plomero y cantante nocturno de cantinas no le bastan. Matrimonio, pues, quiso tener, pero se le olvidó buscar oportunidad, así durante algunos lustros, hasta que se quedó un poco calvo y suficientemente barrigón. La «parentela», aunque numerosa, la nuclear vivía lejos, y eran solamente su padre, ciego, izquierdista hasta el hueso y testarudo; y la hermana se la vivía por sus tres hijos que tuvo con diferentes parejas. Bueno, al parecer descendencia sobraba, sin embargo, es por lo que menos debe de dolerle la cabeza.

Pero sí por una razón más, una circunstancia o padecer crónico; algo escabroso y huidizo.

Algo está fuera de lugar. O nomás no está.

¿Qué es? Lo sabe, se mira al espejo, su aspecto puede ser la de un hombre que fue guapo, atlético, popular, lleno de alegría, aunque ya en el otoño de su existencia lo agravió. No. No. El problema no nomás recae en él o su micro sociedad, sino en la sociedad entera. Tal vez el mundo entero.

—¡La monarquía…!

Grita dentro del baño sin que nadie lo escuchara; sólo Luis, el rey soleado, lo cotilleaba a otros seres etéreos en la bañera, cubriéndose con la cortina colorida. Entonces, sin acosar los pensamientos de Julio Vargas, vemos que conecta su máquina de afeitar, sonríe como nunca, y se afeita completamente la cabellera.

—¡Listo! ¡Magnífico!

Prosigue afuera del baño, con parsimonia caminando hasta entrar a un cuarto. Pasan los minutos. Volvemos a verlo ahora viéndonos, elegante, pomposo, un Julio con peluquín largo y ondulado, color café un poco desteñido. Camina lentamente, como si de una fausta ceremonia se tratara y se pone justo al lado de nosotros para que lo contempláramos desde cerca: ahora porta un bastón de madera, pintado de un color dorado.

—Desde estos momentos ya no soy el que era, plebeyo de cuna, oh no, seré un renacido, un ángel caído del mundo del pasado; yo soy Julio octavo, de una antigua familia noble que hoy vuelve para regenerar a este mundo de «caos» y desórdenes psicológicos. Hoy volverá la era dorada de los reyes, donde el hombre sin sangre pura trabajaba para los de sangre azul.

No obstante, Julio estaba siendo observado por un personaje peculiar que lo ve desde la ventana que está al fondo de su pasillo: este es el colérico, pero inteligentísimo Carlos, su enemigo espiritual que no ha caído en cuenta que ya está haciendo de las suyas en contra de él.

Carlos Rivera, un ser reprimido, rechazado socialmente por su mal humor e ideas anticuadamente utópicas. Se sabe que es un comunista de hueso colorado y siempre lleva un martillo como arma de defensa contra los ladrones y demás gente indeseable; pero algún día caerá contra las clases dominantes, las «altas», tanto monárquicas o plutárquicas.

Alguna vez incluso terminó una discusión filosofando a martillazos, pero literalmente a martillazos. El bigote que se dejó crecer hace tiempo fue parte de la epifanía al descubrir su némesis: necesitaba algo que lo distinga por lo que es, además de verse más poderoso a la vista.

En fin, Carlos rompe el vidrio del pasillo y sale corriendo, echando gritos tribales y vítores.

—¡La lucha de las clases se reinicia! ¡Pueblo, hermano obrero, hermana trabajadora, hermanos todos, ¡levantaos! ¡Vamos! Que la monarquía nos acecha, pero…

El claxon se hace sonar, y un camión de carga lo alcanza a embestir, sin mucha potencia, pero con la suficiente fuerza para salir disparado casi dos metros y así caer al suelo. El chofer, cuyo paradero cuestionable nos hace pensar que es un hombre misterioso, salta hacia afuera, viendo hacia los lados, nadie más que él presenció el accidente, además de la víctima que se encuentra aturdida en el suelo todavía; traga saliva, gira y da la espalda al herido. Piensa en si llamar a emergencias y salir disparado con el camión. Traga saliva de nuevo, pero esta se le atraganta y tose. Sacude la cabeza, casi se va en el acto, no obstante, en su hombro derecho miramos una silueta que asciende desde el piso de concreto, aunque ya está muy cerca de él. Se escucha un sonido metálico «hipnotizante» y después un golpe seco contra el cráneo del chofer, luego dos veces más.

—¡Aprende de la moralidad y sé un buen ciudadano, perro capitalista!

Carlos machaca lo poco que queda de cabeza del misterioso chófer. Descanse en paz su alma o materia etérea que ha dejado ese cuerpo mortal. Ahora, Carlos se para conciliar lo que ha hecho, aun cuando sus ojos psicóticos y bigote empapado del líquido carmesí lo hacían parecer un terrible asesino.

Respira hondo.

—Nadie aprende, nadie lee, nadie filosofa… ¿En qué se convertirá este mundo si no nos volvemos «Uno», hombro con hombro, alma con alma, cantando hacia un progreso común? —Su mano tiembla y la sangre que gotea se vuela como brisa.— Ese perro realista, sí, oh sí, seguro estoy de que su espíritu me llevó a cometer semejante barbarie. No obstante —levanta su martillo al cielo—, sus fútiles intentos por aniquilarme fueron vanos. Pero mi martillo es más efectivo. Y mi filosofía también. Mi moral también, mi…

Y así permaneció un tiempo más «enlistando» sus dones como humano en contra del incipiente Estado Monárquico de Julio Vargas.

[…]

Las cosas no salieron tan bien para Julio cuando fue sacado a patadas del palacio de gobierno. Tal vez al principio fue recibido con gala, ya que lo confundieron con un actor, sea porque cerca se estaba filmando una película «de época» de presupuesto infinito por una productora eternamente poderosa. Cuando lo vieron, varios se quedaron viéndolo aguantándose el aliento. Tres administrativos con el peor de los sueldos de la gubernatura, no se quedaron con las palabras en la boca, porque el chisme es su día a día, de este modo para no agraviar constantemente de su mala paga con la que, vaya, posiblemente mueran con ella.

—¡Es Maximilian Gabino! —dice el más alto, un muchacho afeminado y asustadizo.
—¿Vino desde Augusta para ser el personaje principal de esa peli que están filmando en el hotel? —prosigue el regordete calvo que no paraba de tocarse el bigote.
—¡No puede ser…! —tercia la dama que siempre trae los nuevos chismes del día.
—Sí puede ser, ahí está, miren… —finaliza el regordete. Julio, con ese bastón que quién sabe de dónde lo habrá obtenido, da tres golpes en el suelo y sonríe. Un minuto de silencio pasó antes de que el regordete le diera un pellizco en una nalga al muchacho.
—¡Ay! Sí, pase para acá, su Excelencia… Digo…

El regordete lo mira cabeceando de lado a lado.

—Ah, Roberto, eres como perrito faldero…

De pronto Roberto se enfurece, reconoce que su compañero de trabajo, de cuarto, de cama, de amores, y demás sabores, sabe que hacerle ver su debilidad está prohibido, más en el oficio. Frunce la boca, mira a la señorita que los acompaña y ella suelta un chillido al aguantar la risa.

—¡Señor, pase acá! —aúlla Roberto.

Entonces Julio Vargas mira a los tres personajes que lo miran con cierta estupefacción. “¡De aquí soy!”, pensó. Con paso triunfante se encamina hacia ellos. Sabe que como alguien de la realeza debe de ser más digno y orgulloso, así que pone su cara seria, demandante, siempre frunciendo los labios. Se pone frente a ellos, los mira uno a uno.

—Este no es él… —dice el regordete.
—Pero si no es Maximilian… -—Roberto se pone nervioso.

La señorita terminó por reírse sin intentar modularse. Julio la reprime con una mirada amenazadora.

—¡Soy Julio, el octavo de mi estirpe, descendiente de una familia de sangre real antiquísima que ahora…!

No pasaron más de quince minutos cuando el regordete, realmente molesto por perder el tiempo, el cual pudo gastar plácidamente chismeamdo con sus compañeros, recriminó de embustero al señor excéntrico que tenía frente a él, porque a la gente que se refería mató a algunos de sus antepasados que derrocaron a la anticuada monarquía; pero no esperaba que Julio Octavo le contestara con un “¡Perro insolente!”, injuria que hizo ganarse el boleto para ponerlo patitas a la calle.

Ya afuera, Julio lanzó cuantiosas anatemas muy elaboradas hacia el instituto usurpador del verdadero gobierno, el monárquico.

—¡…Y las cosas no se quedarán así, porque…! ¡Porque… ¡Porque en mis tiempos las cuestiones de honor se resolvían con un duelo o escaramuzas! ¡Así que reto al mismísimo gobernante de este país a batirnos a muerte! ¡Y si se niega, yo mismo iré a volarle los sesos…!

Como sí estaba siendo escuchado, y coincidentemente en esos momentos había sido aprobada la ley que dictaba “Ciudadano que profiera alguna amenaza contra la seguridad o vida de un mandatario público, especialmente hacia el representante del poder ejecutivo, se le condenaría a cárcel sin probable derecho a fianza en la inmediatez…”; de esta Julio es hecho preso dando por hecho que es presunto enemigo de la nación, y así unos municipales lo ponen las rejas sin más preámbulos, de paso quitándole el bastón. Pero sí le devolvieron la peluca.

—¡Malnacidos! —fue lo único que pudo protestar contra las rejas, torturando los barrotes que le impedían su libertad. Después un «hombretón» que era su compañero de celda, le propinó algunos «golpes terapéuticos» que lo dejaron inconsciente por casi dos días.

Al tercer día se le da la libertad, con la condición de visitar a un psiquiatra de alguna institución pública que ellos recomendaron, si no, de otra manera volvería a abrirse su caso con fines de proceso penal. Julio, mareado por la «golpiza» y ayunos voluntarios, no dijo mucho, sólo pidió su bastón de vuelta, y se lo dieron, pero ahora con un nuevo grabado que decía:

P U  T  O

No hizo reclamo alguno, sólo se fue, con cardenales en la cara, cojeando y respirando con dificultad. El «hombretón» se despidió con besos al aire.

Por el camino canta algunos salmos en latín. Después, cuando se pierde entre tanta urbe, se acongoja y llora por su primer fracaso como representante del Venerable Partido Realista.

[…]

Sin embargo, Carlos no se mantuvo ocioso: limpió su martillo del líquido vital con el que se ensució; visitó al museo público más cercano, el cual se estaba siendo exhibiendo algo sobre la vida monárquica del siglo pasado, y lo incendió..

Ya saciando toda su furia con otras víctimas del consumismo capitalista, que les reventó los sesos, sus pensamientos se volvieron más claros y se destinó a su departamento, que más bien era parte de un complejo abandonado, porque su antigua casa que rentaba se la quitó el gobierno por no seguir pagando la hipoteca, ya que él se defendía con que era un ciudadano que merecía un lugar donde dormir y morir, derecho irrefutable y universal.

Y bueno, sin más remedio tuvo que buscarse otro lugar para vivir. Ahí fue donde abrió un costal lleno de libros viejos, la mayoría deshojados o con páginas combinadas de otros ejemplares distintos a su contenido original. Pero esto no era un error tan grave, porque cada uno de ellos habla sobre el socialismo, comunismo, el instituto laico y materialismo.

Hojeó varios libros, se tomó un poco de café frío que dejó reposar por días; golpeó con el martillo a algunos libros diciendo “¡Fuera espíritus farsantes que quieren dominar a las clases trabajadoras…!”, y se quedó dormido.

Tres días pasaron para que encontrara alguna orientación benigna a su momento existencialista. Mientras tanto, Julio, su némesis, ya estaba libre llorando por las afueras de la ciudad; lo presiente desde sus sueños, así que despierta y va a un sindicato de trabajadores para levantarse en armas contra sus actuales gobernantes.

El talón de Aquiles de Carlos es que todos los sindicatos lo tenían «vetado», porque en el pasado se codeó con varios líderes sindicales, pero por cuestiones de corrupción, o que hasta especulaban de sospecha de asesinatos de primer y segundo grado, lo tuvieron que expulsar y mandarlo directamente a un sanatorio, del cual, vaya, se escapó a las dos semanas de internarse. En cuanto le fue visto, también, como a Julio, lo mandaron patitas a la calle.

Pero la cosa no quedó nomás así. Si no podía encontrarse esbirros para arremeter contra Julio y los capitalistas, él mismo socavaría a todos los ídolos que han contaminado a la ontología humana; y corre hacia una dirección desconocida, porque algo en sus adentros, tal vez su compás de la intuición, decía que debía de correr mucho, hacia donde sus instintos más primitivos lo llevaran.

[…]

Los policías que toman su sorbo de café con licor, así para aguantar el turno nocturno que les toca, se ríen por un chiste vulgar que uno de ellos contó alegremente. De pronto la radio suena, uno de ellos atiende, y se les indica que una persona peligrosa con un martillo o bastón está por las calles amenazando a todo mundo, que posiblemente se trataría de un demente, pero igualmente letal.

Por causalidad, o casualidad, en esos momentos Julio pasa llorando, vocifera que la vida no era justa, que los pecadores ante el mandato divino la van a pagar con sus cabezas y sus almas recluidas en el círculo más profundo del infierno. La pareja de policías se miran por un momento: el que acaba de pasar tiene bastón, no un martillo, y está vestido con ropas anacrónicas; además, habla como un loco. Avisan en la radio que divisaron al locuaz sospechoso y cada uno avanza hacia Julio con sus armas de fuego preparadas para la acción. Julio, que nomás toma en cuenta a sus penas, grita de nuevo:

—¡Dios y la corte celestial me hará justicia…! ¡Los herejes serán ahorcados por orden divina…! —alza su bastón hacia el cielo.
—¡Eh, deténgase ahí! —demanda uno de los policías.

Julio, que tenía los brazos alzados hacia el cielo, comienza a bajarlos.

—¡No baje los brazos! —dice el mismo policía.
—Qué raro se ve… Es como si viniera de una película o libro… —se dice a sí mismo uno de los policías.
—¡Gendarmes, necesito de su apoyo! ¡Injusticia tras injusticia he sufrido…!
—¡Que no baje los brazos!

Y Julio da un brinco subiendo los brazos de manera cómica.

—Ya, ya… Yo no…
—Ahora dese la vuelta y le diré cuándo pueda bajar lentamente hasta el suelo. Y tire ese bastón hacia un lado.

Julio tira el bastón.

El monarca ve un horizonte casi desnudo, con pocas casas habitadas y una selva forestal que lo invita a huir. Pero no puede. Se siente derrotado. Algo de cordura le llegó a la médula y siente pena.

—Yo…
—¡Ay! —grita un oficial. El otro a penas se mueve hacia un lado para protegerse del siguiente martillazo, pero nomás dispara una vez con su pistola y el golpe lo deja inconsciente.
—Perdonen, dignos ciudadanos, pero esto no les compete a ustedes, sino a alguien que sabe ejecutar las cosas como se deben de ejecutar.

Julio, sorprendido, baja su postura, tal como se lo había dicho el oficial, lentamente; pero por una mirada curiosa, se sorprende con lo que sus ojos ven: mira primera vez a su némesis, que ahora sostiene un martillo. Algo en su interior siente cierta aberración contra aquel personaje. Sabe que no es su amigo y sabe que está en extremo peligro.

Y se lanza a correr hacia el bosque.

—¡No, no huyas, cerdo cobarde! Corrí kilómetros y kilómetros sólo para encontrarte…

Los dos corren y corren, refutando hacia las ideologías del uno del otro mientras se lanzaban piedras o escupitajos; y así, como si las palabras nunca se les agotaran por haber durado una eternidad sin haber sido expresadas.

—Tú eres el demonio que quiere derrocar a los que te mantuvieron con toda «conformidad» desde tiempos inmemorables… —dice Julio.
—«Inmemorables» dignos de ser enterrados por más de cien metros bajo tierra y ser olvidados para siempre… —Carlos le contesta enrabietado
—El aire se me va… Pero mi espíritu siempre estará vivo para renacer, resucitar… ¡Reencarnar…! Y renovar la monarquía…
—¡Los tuyos y los perros capitalistas que se llenan dinero en los bolsillos nomás quieren exterminar a la humanidad entera!

Los dos ya están cansados de tanta persecución, así que caen al suelo, agotados, casi exánimes.

—Yo… Mi martillo…
—Ya… Deja ese martillo… Toma mi bastón…
—Yo lucharé… Mi pueblo se alzará…
—Ya… Ya… Tu pueblo… No existe…

De alguna parte del mundo o de la existencia,  desde una nebulosa «blanquiazul», cerca de ellos aparece un hombre con barba frondosa y larga.

Se escuchan cantos etéreos,  usualmente categorizados como «celestiales».

Es Dios.

—Oh, por fin, esta es la Tierra.

Mira sus pies desnudos que dejan de brillar.

—Sí, en efecto, tal como mi hijo me contó, nuestros poderes no tienen gran efecto contra las leyes de la física terrenales.

Escucha que algunas voces cercanas, parecen discutir algo, pero sin mucho ánimo.

—Oh, creí que en estas coordenadas no habría ningún ser racional —se frota su larga barba—, bueno… Tal vez sea un buen comienzo para reintroducirme a mis «semejantes».

Camina lacerándose los pies desnudos, pero no le importa. Pronto llega con los dos raros y anacrónicos personajes.

—¿Qué…? ¿Acaso me pude haber equivocado de tiempo? Imposible, todo estaba fríamente calculado, Gabriel mismo me lo aseguró…

Los dos violentos paran su pleito por un momento: tanto Julio como Carlos se quedan ensimismados al ver al que creen que es un ermitaño. Ninguno supuso en la inmediatez que se trataba del Señor Supremo.

—Disculpen, señores, ¿saben la fecha exacta en la que estamos?

No hay respuesta.

—Oh, ya veo. Tal vez una paradoja en el tiempo. O no… ¿Será también paradoja en el espacio? Hum… La materia, sustancia equívoca —se queda pensando mientras frota su larga barba.

Los dos se miran desde su posición inferior. Sus espíritus entran en sintonía. Las almas hablan, la mente escucha, el cuerpo obedece.

—¿Dios…? —dicen al unísono.
—Ajá, así es. He vuelto a este planeta y me parece algo extraordinario, pero, creo estar perdido. ¿En qué siglo nos encontramos?

Julio traga saliva. Carlos es el que contesta.

—En el veintiuno.
—¿El cuál…? —Dios abre más un ojo que el otro.
—Dos uno.
—Ah, entonces no debería estar errado, puedo estar tranquilo —sonríe.

Julio se hinca.

—¿Usted en verdad es Dios?
—Sí, así es, pero me es difícil adaptarme al plano tan de repente. Siento mareos, eso que ustedes experimentan cuando siente que todo está dando vueltas, tal vez hasta les duela la cabeza, les dan ganas de expulsar el almuerzo…  Y sí, también estoy sintiendo eso —repentinamente Dios vomita, pero vomita un rayo azul que se convierte en ectoplasma—. Ay, ¡Cosmos!, pero qué es esto, qué pena… —sonríe y se frota la barba de nuevo—, entonces esta es la «náusea» y esta es la «pena». Muy intensas. Interesante. Ahora comprendo más a mi hijo cuando me rogó que lo trajera de vuelta. Qué valiente fue al haber durado tan sólo treinta y tres años años por acá…

Julio, mientras escuchaba a Dios en su soliloquio, se sintió maravillado, extasiado por creer que el poder divino descendió sólo para ayudar a su causa y combatir a todos los ateos y paganos del mundo.

—¡Oh Dios todopoderoso, rey eterno, regente del paraíso donde ángeles y santos viven de tu sacrosanta presencia…! ¡Sálvanos de los pecados del hombre y devuelve el tiempo de los reyes para aplacar los esfuerzos del enemigo del hombre, el mismísimo Lucifer…!

Dios abre en grande los dos ojos.

—¡Lucifer! ¡¿Dónde…?! Con Lucifer tengo que hablar pronto, o, no sé, como él se haga llamar ahora. Las cosas aquí en la Tierra se han desordenado de más, no veo la razón de por qué ha dejado que esto se desborde hasta este límite…
—¿En serio es Dios? —se dice Carlos con su dubitativo bigote— Pero todo esto es… Los dioses han muerto, nosotros los matamos… Claro que es una alegoría, pero… —mira a su martillo que todavía sostiene— ¿Pero, será que siempre sí existió Dios y nos ha dado la espalda?
—Imposible, de donde provengo no tengo espalda, o al menos no como tal en este plano… Bueno, queridas creaciones, ¿alguna de ustedes sabe queda un país que se hace llamar «País Libre»?
—Sí sí, Dios, queda al Norte, muy al Norte, pero está al lado de este país, entonces no es «tan» al Norte de este continente….
—¿Y este es Anáhuac, verdad?
—¡Así es, señor todopoderoso que reinas en los cielos y la tierra!
—Hum… Con que he sido nombrado de ese modo. Disculpen por la pregunta, pero, ¿Por qué están vestidos de tal manera tan…? Tan… —ninguno sabe qué responder, menos Julio que está en su estado más sublime— Tan…
—¿Tan raro…? —dice Carlos; mientras Dios responde asintiendo con alegría— Oh, es que estamos locos, él cree que viene de una familia noble que nunca existió y yo en realidad soy un don nadie que no sabe adaptarse al mundo de hoy… —pausa— De hecho, nos parecemos tanto tú y yo, Julio… —Carlos se dice a sus adentros.
—¡Cierto! Gabriel también me dijo que estarían cerca dos almas muertas que están confundidas entre el plano físico y etéreo; a ustedes basta con verlos para saber que esas almas las contienen sus cuerpos.
—¿Cómo…? —Julio dice desconcertado.
—Miren, creaciones mías, soy responsable de este caos que he permitido que se desarrolle; pero es que nomás pestañeo hacia otro lado, luego vuelvo a verlos ustedes, y ya vuelan por los cielos y las almas no saben dónde está su posición en la Existencia —Carlos se para y señala con el martillo a Dios.

Carlos gruñe; algo muy, pero muy antiguo le causa gran molestia a su alma, y él lo sabe, lo siente.

—Mis entrañas me confirman que eres Dios y yo, Carlos Stanislav Aléxievich Bukánin, te condeno por ser un dios negligente que siempre estuvo a favor de unos pocos y dejó que muchos murieran de hambre o enfermedad.

Dios ríe.

—Oh, mis creaciones, mis creaciones… Sé que están confundidas, pero ahora las cosas mejorarán, se los prometo, sino pregúnteselo a sus almas, ellas vibran por contestárselos todo, yo sólo necesito permitírselo y listo…
—¡No, no y no y millones de veces no! ¡Este martillo acabará con todo mal que usted creó y ahora el hombre comenzará una nueva era de trabajo y progresismo común!

Dios se alarma; Julio mira a Carlos, asustado, pero este ya está avanzando con el martillo arriba cuyo objetivo era romper la «chaveta» cósmica de ser supremo; sin embargo, si no se hacía algo para impedírselo, el Todopoderoso, rey de todo lo visible e invisible, sufrirá una herida terriblemente letal, aun cuando esto parecería ironía para un ser inmortal. Julio se levanta e intenta detener tal sacrilegio.

—¡…Y que los martillos caigan sobre la injusticia y los enemigos del bien común!

Una bala vuela con la fuerza de diez colibríes y  hace que explote la cabeza de Carlos, la cual se hace casi pedazos frente a Dios; mientras tanto, Dios, con la boca y ojos abiertos, es manchado con sangre de un mortal.

—¡Dios! Digo… ¡Cosmos…! —dice el ser divino.
—¡Objetivo neutralizado! —anuncia la voz de un francotirador escondido.

Varios miembros de un escuadrón especial anti-terrorismo entran en acción y apuntan hacia los restantes que se mantienen en pie.

—¡No! ¡Yo no fui! ¡No quise…! ¡Yo sólo canto…! ¡Él intentó matar a Dios! –Julio balbucea incoherentemente para defenderse.
—¡Al suelo! —grita un oficial con escopeta en mano.
—Sí sí sí… —Julio se tira al suelo como un rayo; en cambio, Dios sigue de pie.
—Tírese al suelo o tomaremos medidas…
—Disculpen, creaciones, pero esto es una grave confusión, yo… —Dios piensa que esto es absurdo, Gabriel tuvo que haber previsto todo esto; no obstante, desde que llegó, un presentimiento albergó su espíritu, algo que le decía que las cosas no estaban en su lugar—. Yo soy Di…—
—¡Al suelo!

Y Dios, como un ser de suprema inteligencia, sabe que tirarse al suelo sería su salvación, y lo hace.

[…]

Dios comía del atún que le fue dado en la mañana, en compensación de dejar de decir que él era el padre de todos, el supremo creador, que debía de estar fuera enmendando el desorden por el que estaba pasando el planeta y su más preciada creación, el humano. Julio, como admitió que sufrió una crisis nerviosa que lo llevó a tener una personalidad múltiple, sólo fue sentenciado a un par de años en prisión por ser acusado de «complicidad involuntaria» de asesinato de un ladrón y un policía, y, como hombre de fe, pidió ser compañero de Dios, lo cual se le fue concedido por su buena conducta durante meses.

Como muchas cosas en este plano, el atún no es eterno y se lo acaba.

—Pero qué habrá pasado… —Dios, ahora demacrado, semblante cansado, ausente de su aura divina, todavía no parece entender su actual infortunio.

Julio, que se la pasaba mirando a Dios, está sentado una silla improvisada y se acerca.

—No se sienta mal, señor, el hombre está lleno de pecado, pero llegará el día en que usted juzgue vivos y muertos…
—Ya, por favor, ya; eso no pasará, no es idea mía, es un dictado humano y por lo tanto inferior; yo no juzgo, yo creo, enmiendo, viajo… —las lágrimas de diamante líquido salen de sus ojos y son tragadas por su boca reseca de esperanza.
—Dios… —Julio saca un paño de terciopelo y le limpia las lágrimas a la divinidad.
—Julio, el alma que exorcicé de ti pudo haber sido de ayuda para canalizar a mi corte, pero a veces pienso que ni así las cosas podrían arreglarse. Algo salió mal, y esto… —absorbe un largo y brillante moco que se le sale de la nari—- Esto es plan de un ser muy poderoso, casi como yo.
—¿El diablo, fue él,  verdad? Ese… «El innombrable»…
-—¿Yonit-Kanen? Él es un alma poderosa, traviesa, pero inferior a mi o a los de mi corte; cayó tan bajo por haber hecho sus malas acciones. No… —pausa— Será que moriremos como perros sin nombre…

Dios piensa. Recuerda.

[…]

Dios está creando con su materia divina un pequeño jardín de cerezos en un espacio lleno de luz y espíritus. Él, todopoderoso, puede ir de aquí y allá en cualquier plano, entonces él se reconstruye dependiendo de las leyes del lugar en el que esté, pero en estos momentos recrea su cuerpo mortal que utilizará para ir a la tierra de los mortales del planeta Tierra.

Algo sale de un brillo, se dibuja, se traza, un corazón palpita y un cerebro se llena del espíritu del alma superior. Dios ahora tiene barba larga y ríe de alegría. Gabriel también aparece, pero como un joven de extraordinaria belleza, sin género sexual ni mucha semejanza a los humanos.

—Gabriel, estoy preparado, iré con ellos tal como me lo has recomendado. Siento que tienes razón y te lo agradezco.
—A usted se lo agradezco, señor… —Gabriel se hinca.
—No, sabes que no tienes que hacer eso, hay que reconocer y respetar, pero para nosotros no hay más sumisión, sólo amor, creación… Pasión por ir más allá de nuestro plano. Párate, Gabriel.

Gabriel se levanta, tarda unos instantes para mirar de cara a cara a su señor, y sonríe; no obstante, su sonrisa es extraña, parece no ser auténtica.

—Todo está preparado y definido, sus pies tocarán el suelo de un bosque cercano a un reino de humanos, así que tendrá tiempo de adaptarse antes de contactarse con ellos.—Gabriel toma una breve pausa y sigue—. Pero, si llega a conectar con las dos almas perdidas, por favor, señor mío, sea misericordioso y devuélvalas al lugar donde pertenecen, que una extraña anomalía se generó, de seguro por culpa de sus creaciones; sin embargo, no hemos podido controlar sin su poderosa ayuda.
—¡Muy bien! Que así sea. Tú que siempre fuiste el más joven pero más inteligente que todos, sé que mi alma estará segura a donde sea que la envíes.
—Así será, señor…

Los árboles de cerezo se movían de modo lento a uno más rápido, rodando en su propio eje, hasta que Dios de pronto desaparece.

—Adiós, Dios… —dice Gabriel como sentencia.

Otro ser más semejante a Dios, pero con aspecto más jovial, aunque un poco lacerado, se acerca a Gabriel.

—Qué ingrato de tu parte avisarle lo de las almas —dice el recién llegado.
—Joshua, señor, no sabía que se atrevería su presencia a estar tan cerca a la de su padre…
—Él siempre me percibe, sabe a donde voy cuando le place, pero cuando no, hago lo que «se tiene que hacer»; y en estos momentos estoy contigo, o pudiera viajar en lugares que ni él ha transitado.
—Perdóneme por haberle hablado como igual, además de haberle reclamado… —Gabriel se hinca.
—Eh, sabes que es molesto eso de hincarse. Si a mi padre no le agradaba, a mi menos. Ya sabes que yo sí creo en la igualdad de planos, en la unión de espíritus por amor a la trascendencia.
—Perdón.

Gabriel, con semblante hipócrita, se pone de pie y sonríe.

—Has hecho bien, mi padre intentó comprender la nueva filosofía, pero siempre se quedó en su antiguo testamento. No creas que fue fácil idear este plan tan «inferior», aunque, ya sabemos: como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba; entonces, a veces necesitamos de recursos inferiores a nosotros para resolver superiores.
—Me siento tan halagado que utilice mis palabras, señor…
—Llámame Joshua, recuerda que siempre seré Joshua para ti y para «Todo». De ahora en adelante nuestro plan divino comienza, y termina.

Los dos sonríen. Por un momento se convierten en algo similar a una mantarraya etérea, luego se entremezclan con el Todo.

Y Dios, dentro de su cautiverio, termina llorando entre los brazos de Julio, la única persona que sabe de su real procedencia; pero éste era un loco, uno que creyó que la solución de todo es que la monarquía volviera a los humanos.

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