Dualismo | Cuento (Fantasía)

Su dopplegänger estaba muy próximo a ella, pero seguía distraída bailando el vals con su amante. La música sonaba con una trompeta dulce, armoniosa; un momento en que nada terrible debería de ocurrir. Pero aquel ser formado de la materia oscura tenía un plan maligno: suplantar la vida de su «yo» original.

La navaja brilla atravesando la iluminación crepuscular.

Se abalanza; si es necesario, tumbó a uno o dos danzantes, y no dejaba de mirar a su presa, a su reflejo en este complejo universo. El arma filosa interpretaba el canto de las sirenas; y la música parecía bajar su volumen, prosiguiendo con tonos oscuros, malévolos, intransigentes.

Ella simulaba seguir feliz entre los brazos del que creí ser el amor de su vida.

Y la mano enguantada del doppelgänger ascendió: una chispa de ira dejó momentáneamente ciega a la mujer, mientras todo se detuvo en una lentitud eterna; no obstante, el arma punzocortante incurrió a su destino, y, por unos centímetros, falla en penetrar el vientre de su víctima, quedándose en una posición vulnerable aquella criatura feroz.

Y se miraron.

Ella se percató que tiene una igual frente a su faz. Parecía hermosa, pero letal; lo mismo, pero diferente; de este mundo, pero casi infernal. Miró a aquella arma que por un movimiento torpe terminó por caer al suelo; y lo único que se le ocurrió es abofetear a su némesis, éste más asustado que nunca.

Pero ella no sabía que cometió una paradoja: dos cuerpos igual no pueden tener contacto, de otra manera, se fusionarán, y así el mal y el bien convivirán en un mismo cuerpo, misma jaula, mismita prisión.

De este modo aquellos seres de luz y oscuridad sufrieron el dolor más intenso de su existencia; después, entre carnes y huesos rotos, crujientes, se combinan en una sola personalidad.

Ahora todo parece volver a la normalidad: los pasos parsimoniosos del amante continuaron al compás de la música, pero ella, erráticamente, pisa los pies del varón y éste se quejó como un niño.

—¡Ay, Esmeralda! Fíjate en lo que haces; me pisaste mis zapatos de charol nuevecitos.

Entonces, ella, entre confundida y orgullosa, empujó a su acompañante, lo despidió desdeñosa, contoneando sus perfectas caderas, para nunca volver, nunca más ceder ante un tirano del amor como aquel farsante con el que solía amar mientras bailaban.

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