Singulares elementos elegíacos en el poema Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández | Ensayo Literario

Miguel Hernández… Ah, Miguel. He escuchado que José Revueltas adoraba leerlo.

¿Por qué? Porque se trata  de un poeta peculiar, autodidacta y con un daimón singular.

 

Y, bueno…

 

En este poema se toma como modelo el elegíaco (canto a la muerte de un ser querido), con tercetos endecasílabos, con una rima abrazada (A B A/ B C B / C D C), pero termina con un cuarteto muy interesante (con rima: A B A B).

Ahora, ¿a quién va dedicado esta elegía? A un amigo suyo, al parecer íntimo, por el cual siente tal dolor por su tragedia, que a lo largo de este poema se representa este sufrimiento.

Desde un principio se ve el sufrimiento y saudade del ‹yo-poético» —como supongo que debería de ser así en casi cualquier elegía—, de este modo lo ejemplifica el primer terceto que anuncia la muerte de su amigo: yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano.; y también en el quinto, en el que claramente el «yo-lírico» siente más la muerte de su amigo que la vida misma: (No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida.); hasta el sexto tercero se concluye esta etapa de la Elegía.

Después, algo en que se escinde este poema de la tradición elegíaca, está el no reconocimiento de la muerte del ser querido; el yo poético rechaza a la muerte madrugadora, que específicamente se transcribe en estos dos tercetos: (Temprano levantó la muerte el vuelo, / temprano madrugó la madrugada, / temprano estás rodando por el suelo. / No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada.); el subrayado es mío. Luego, esta fuerte actitud en contra del fallecimiento de su ser querido, tiene aires de nigromancia, como si quisiera tratar de revivir al muerto, escarbando su tumba, sacar sus huesos y darles un beso, como si el yo poético pudiera resucitar a su amigo:

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte*

No obstante, la voz poética baja repentinamente su intensidad, y vuelve a la saudade del poema, un tanto fantasmagórica, pero esperanzadora; véase este terceto: (Volverás a mi huerto y a mi higuera: / por los altos andamios de las flores / pajareará tu alma colmenera), y de aquí hasta cuando concluye el poema, se incluye otro elemento de la elegíaco que es el de la inmortalidad al no ser olvidado; sin embargo, no hay una muerte ascendida hacia «el más allá» cristiano, sino la alma de su compañero permanece en el plano terrestre, situación que contradice a que esta inmortalidad sea consumida por recuerdos, por la memoria de sus seres queridos. Incluso, se dice que volverá su amigo para seguir platicando, como, volviendo a la nigromancia, si el yo-poético de un médium se tratara, intentando de diluir la barrera que hay entre la vida y la muerte, y ahora enaltecer a la amistad como algo eterno.

*El subrayado es mío.

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