La ley de hielo | Cuento (Ciencia Ficción)

En lo más oculto del océano de búnkeres; y redes de fibra óptica y neón, un descubrimiento suntuoso no escatimaba la sorpresa de sus descubridores, sino los dejaba perplejos, completamente perplejos.

—Mag, baja la cortina de Aluminio-200.

El hombre de miembros largos y nariz de metal maleable llamado Mag, con parsimonia oprime un botón holográfico, y lo que parecía una pared metálica, brota una humareda eterea que forma una cúpula azul brillante, con bordes cromados, de hielo incandescente.

La multitud, homínidos calvos y ajenos a la realidad terrenal, se quedan boquiabiertos.

—¡Admiren el gran descubrimiento del siglo…! –el conductor de la presentación carraspea unos segundos, luego se disculpa— Eh, pero qué tonterías estoy diciendo…, ¡esto de todo el milenio!

Un inevitable «Oooh» sale de cada uno de los presentes, aunque, no tardó un minuto en pasar cuando las caras maravilladas por el azul celeste que emitía del ser congelado se molestaron; lo mundano del acto, después de «revivir» neandertales, mamuts, antiguos antárticos y un que otro extraterrestrte, los alopécicos se hablan entre oídos por  medio de murmullos incordiosos; luego pasan a insultos audibles, así como “¡Rogk, eres una bola!”, o “¡Rogk es un putasmadres!”, o sin pudor “¡Chúpame el micho, Rogk!”.

El conductor, con frente aperlada de miedo y nervios, castañea al ver armas cromadas salir de sus fundas; no obstante, Rogk, el loco venerable Rogk, científico reconocido por sus heterodoxos métodos para la clonación y criogenia, sereno se levanta de su helisilla y cae como pluma al suelo.

Todos callan.

Se arrastra hacia el objeto exhibido.

Levanta el brazo y lo mueve como si se tratara de un director de orquesta.

Mag, el larguirucho, no cambia su cara durante el incómodo transcurso del estresante evento. Y por fin Rogk dice algo:

—Os pido un ligero y acompasado minuto.

No falta alguno que piensa “¿Cómo demonios es un ligero y acompasado minuto?”; sin embargo como los demás, éste filósofo del tiempo permanece callado.

Rogk “El magnífico”, como algunos solían llamarlo —sólo algunos—, apretó un botón de algún lugar invisible y el obelisco congelado desapareció como si se tratara de prender y apagar un primitivo televisor del siglo veintiuno.

Otro inevitable «Oooh» se deja escuchar, pero con más ligereza y acompasado. Rogk, tirado en el suelo, se regocija. Ahora el conductor de la filarmónica invisible se limpia el sudor de su frontispicio.

Mag, sin otro cambio en su cara, solamente levanta sus cejas porque se percata del quid de la irritación general: un anciano en silla de ruedas, con manchas en la cara, con cara fruncida y desdeñosa, sale libre de su prisión de hielo de la cual había durado unos doscientos, trescientos, o quinientos años dentro de ella.

Quién sabe si un tiempo más.

Pero no tarda en salir el impertinente que tiene la única razón de volver a la furia de los espectadores.

-Pero, de todas maneras, es un putasmadres anciano, tontontarantado Rogk.

Y antes que los demás se volvieran a exasperar, Rogk de nuevo alza su brazo y posa su dedo índice en la boca. Luego sonríe.

—No es necesario tener a un mozo frondoso y vitaminoso para que esté frente a ustedes; aquí tenemos a un subhumano que nos podría contar todo nuestro pasado con sus genes e, incluso, tal vez encontrar la causa de la vida inerte en la faz terrestre… ¡Ella es nuestra antecesora genéticamente más próxima de nuestro pueblo!

En cuanto terminó decir su elocuente discurso, la anciana abre lentamente los ojos: todos la miran, todos aprecian sus movimientos lentos; incluso unos tratan de imitar el trémulo movimiento de su quijada.

Las mejillas del anciano se pusieron rojas y en un fracaso total trató de levantarse de su silla de ruedas.

—¡HIJOS DE PUTA! ¿Anciana…? ¡Soy hommmbre! ¡Muy hommmbre! Pelones cagados de mierda…

Y un atolondrado dice:

—Para ser una anciana, o primitiva mortal, tiene la voz de un barítono en decadencia.

El ahora anciano, antes anciana, toce con vehemencia.

—¡Les dije que no, que no quiero y no y no y no y no! ¡Mil millones de veces NO!

Nadie dice nada. También Rogk se queda callado.

—Me meo en su piso, cabrones.

Y el anciano se orina; aunque también defeca.

El público comienza a taparse la nariz y otros orificios que utilizaban para aumentar artificialmente su olfato o producir un efecto de sinestesia.

—¡Huelo, veo, siento y saboreo su momificada mierda! –dice uno con picos de cobre en su cabeza que reemplazaban su cabello natural.

—¡PUUUTOS!

Uno. Dos. Tres, cuatro espasmos.

Muere el anciano.

—¿Qué? —entre el silencio, Rogk dice con voz baja.

Rogk no disimula su temor y llama a gritos a todos sus auxiliares para que se llevaran al anciano, pues, necesitaba revivirlo o solamente extraer su ADN lo más pronto posible.

—¡…SÁQUENLO DE AQUÍ ANTES DE QUE SU CONDENADA SANGRE SE ECHE A PERDER!

El principal problema es que para el proceso de extracción, el cual era muy laborioso, tenían que llevarse al objeto de experimentación, porque, al no tener en esos momentos una hidrojeringa, la muestra se contaminaba, ya que, “¡DEMONIOS!”, no habían contado con alguna de ellas.

Dejando atrás al fúrico públo, al momento de llegar al laboratorio de “El Magnífico” Rogk, parece que todo saldrá a tiempo y con excelencia.

Pero no.

Los científicos se dan cuenta que el anciano se trata de un antiguo, pero mangífico, prototipo de androide, de esos que por alguna ley histórica se dejaron de construir. El siguiente diálogo se efectúa entre Ohgh-Ohgh, un técnico universal, y Kokmir, un filósofo orgánico:

—¿Robot? —pregunta Kokmir.
—Sí. Un puto robot, específicamente un androide, un primate artificial creado por nuestros ancestros.
—¿Cómo que un robot? Si nomás era fácil identificarlo por medio de muestras orgánicas, incluso con solamente consultarnos daríamos en cuentas deductivas que se trata de un ser ajeno a nuestra especie.
—Pues sí, pero usted debe de saber que la política no cambia y este fue un acto apresurado por apatallar a diplomáticos y comerciantos; pero salió mal y este es un puto robot de los más putos que he conocido a través de mis lecturas. Creo que nos hemos topado al primer transhumano, y creo que el último. Algo bueno podemos sacar de este improperio.
—¿Transhumano? Eso… ¿Esos somos nosotros?
—Para ser un filósofo orgánico, le falta leer más historia no oficial, mi estimado Kokmir. Este anciano que ves, como es sabido, es un androide, un ciborg, pero irónicamente más avanzado: es un humano trasplantado en un cuerpo artificial que, sin embargo, piensa, siente y desea, incluso seudo-orgánicamente «muere», no obstante, es igual de peligroso que los demás androides extintos.
—Ufff… Qué polvos… Esos son los demonios de nuestro Edén.
—En efecto, es una gran polvoreada que solamente a los técnicos universales como yo nos interesan. —Ohgh-Ohgh abre parte de la cara con un subrepticio botón de carne y hueso: todo lo que se ve es casi humano, pero con un extraño cableado ajeno a lo orgánico—. Supongo que como filósofo orgánico sabe la base del éxodo y extinción de los androides.
—Sí —responde Kokmir.
—Entonces, permítame matar el tiempo con una breve clase de historia. Bueno, pues. En aquellos tiempos… —inesperado, un ojo se bota de la cabeza del viejo androide y el filósofo lo cacha— Buen cachador. Gracias. Bien… El humano quiso llegar muy lejos y creó a su imagen y semejanza a transhumanos como este para vivir un poco más o, no como nosotros que fuimos modificados genéticamente para ello, y pues, para la vanagloria de decirse dioses a sí mismos, ésto marcó un declive en su moento; por eso la historia ha censurado tales últimos detalles de nuestra pre-evolución y nos ha quedado prohibido efectuar tales experimentos, como también difundir datos meramente históricos que para mí son inofensivos.
—Piensa mal, lo no-orgánico fuera del humano es extramadamente peligroso.
—¿En serio piensan así todos los filósofos orgánicos? Bueno, no me impresiona —por otro botón escondido, éste extrae desde la nuca un cartucho de carne y hueso, el cual contiene la consciencia del difunto androide—. Esto que ve es un encriptado de consciencia que ninguno de nosotros sabemos incurrir, ni debemos de intentarlo.
—Porque claro que sería una ignominia para su clan y para toda la raza, porque usted debe de recordar que uno de ellos fue el que casi hizo extinguir a nuestros ancestros, llevándose consigo a todo ser vivo en la superficie terrenal.
—Cierto —el severo técnico universal deposita el chip en un dispositivo de acero inmarcesible—. Pero también se dice que ese transhumano sabía que nosotros como civilización relativamente unificada tendríamos poder infinito y que, algún día no muy remoto, podríamos conquistar y destruir todo y todos los Universos, como ya se está efectuando desde la llegada de los profetas del Tiempo. Esa es la razón que el polvo cósmico de allá afuera no nos deja salir o morimos en el intento; y por eso el viaje a otros universos.
—¿Qué polvos dices? ¿Eres acaso de los anti-existencialistas? Yo no dudaré en reportarte…
—Bah, claro que no. Cuando mucho soy un anticuado nihilista. Sólo soy un simple téctinco universal que habla de grandes polvaredas, no más.
—¡Hm…! Bueno —Kokmir mira con cierto respeto al dispositivo que guarda el más grande mal para su clan—.  Y… ¿Ya podré llevarme ese chip con los míos?
—Para nada —el técnico pone la palma de su mano sobre una sien del filósofo orgánico; nadie los ve porque siguen ocupado con “El Magnífico” y sus drogas contra la ansiedad científica—. No dirás nada porque me llevaré esta joya con gente que realmente la necesita. Probablemente, después de esto, seamos los hazmerreír de todo el comité y tú serás expulsado de la elite estudiantil; yo seré perseguido, tú vituperado por tu torpeza. Por lo pronto, finge que esto —le proporciona una caja vacía de Aluminio-200— es el chip que recuperé y me dejarás ir porque tenía asuntos diplomáticos de gran menester. Cuando ya haya terminado todo, diles a los tuyos que les mandan saludos los profetas y que recen a los dioses antiguos porque este servirá de alimento para otro. Chau.

Kokmir quiere decir por última vez “Qué polvos…”, pero, en vez de eso, se echa a llorar lágrimas negras, totalmente controlado por el prohibido guante controlador de mentes. Fingirá que cumplió su cometido hasta que alguien le diga lo extremadamente tonto que fue.

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