El rostritorcido | Cuento (Fantástico/Terror)

Era de noche y hacía frío. Yo estaba caminando, pensando en ella, claro, y fumándome mi vape. No tenía nada qué perder, porque ya había perdido a esa mujer como también a mi trabajo. Pero tal vez hubiera podido reconquistarla.

No lo hice.

Entonces, mientras hacía lo mío, mis pies llegaron a un parque, muy gótico para el gusto de una alma asustadiza, pero con lo distraído que andaba, pues no me fijé de inmediato que mi alrededor se oscurecía sobrenaturalmente, tanto como para dejar a cualquiera anonadado por creer que se había metido a una historia de terror.

Y me detuve por escuchar un gruñido. Sí. Era de esos que parecen que provienen de una bestia canina, pero, humana, perramente humana. Dejé a mi vape colgando en mi brazo derecho; me doy la vuelta y lo veo: a un hombre, extraño, temeroso de la existencia. No podría verle su cara, sus manos la tapaban y pensé que lloraba, porque también temblaba. Temblaba como un perro de Siberia. No era de mi gusto ser empático con los sentimentales, pero es que, ah, yo en esos momentos era uno de ellos. Y me le acerqué un poco, al menos para decirle socarronamente que todo iba a estar bien, es cuestión de cambiar de zapatos, tomarse una cerveza, tal vez echarse uno o dos polvos, y listo…

… Y me equivoqué.

Ese hombre ya reía, creciendo, tanto su cuerpo y su risa, como si fuera en realidad una bestia; un monstruo. Quise alejarme, pero ya estaba enganchado. No había dolor, sólo algo me tenía sujeto. Lo vi. Vi hacia abajo y niños de porcelana en medio de una marisma negra me veían con sonrisas o guiños bobalicones; sólo eran sus caras, sus cuerpos larvas de piel nocturna que me enganchaban en una marea infernal.

Y lo vi. Lo vi, lo vi.

A él lo vi.

Su cara rostritorcida, entre la furia, la risa incontrolable y el dolor. Todo en una monstruosa faz.

Y vino la oscuridad eterna.

Después de eso yo, y otras almas, nos vemos a veces con los cuerpos que solíamos tener, a veces como materia oscura, amorfas, pero con voz. De vez en cuando tenemos acción,  aunque no todos, sólo los escogidos, y el rostritorcido nos envía a cazar a noctámbulos perdidos en romances idiotas, pero con una personalidad de monstruos de poca monta.

Apáticos.

Frívolos.

Soberbios.

Nos volvemos niños otra vez, sólo por un momento, y jugamos al gato y al ratón, hasta que llega el ratón, nuestra presa, y los gatos, nosotros, los devoramos célula por célula, hasta hacerlo uno de los nuestros.

Hasta que llegue el día del Juicio Final y acabemos con el mundo de luz de una vez por todo.

Por la totalidad de la nada.

Por la tenebrosidad de la materia oscura.

Por la gracia de nuestro padre creador: el rostritorcido.

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