El autoestop del juicio final | Cuento (Absurdo/Terror)

Rafael mantenía todo su empeño en que algún conductor le dejaría ver con cara desconfianza y se pararía en la acotación para darle un autoestop.

Así fue durante horas.

Hasta que llegó la temida noche, donde los monstruos nocturnos de la carretera lo acosarían en cada paso descuidado que diera.

Así fue también.

Pero, como en cualquier relato, el protagonista llega a su cometido, o por lo menos eso es lo que cree; porque, de otra manera, ¿sería viable imaginárnoslo ahí, días y días, la tibia a punto de romperse, ojos secos, ropa rota, y llegar a la ciudad-objetivo entre fallidos autoestopes sin nada más divertido qué contar? Bueno, no parece mala idea, aunque supongamos que es terrible y ya.

Y llegó el buen samaritano, que por lo mínimo es persona sospechosa por andar de noctívago a tan altas horas de la noche. Este hombre de sombrero Trilby se paró sin que la Luna dejara ver su rostro. Rafael, muerto por dentro y por fuera, pero tontamente esperanzado, no abrió pesquisas de que aquel misterioso personaje podría quitarle la vida por méritos de furtivo asesino.

Sin más, entró, dando exiguas gracias, y manchó la alfombra con lodo y pedazos de sus botas.

Aquel otro, todo ojos y sombrero, no dijo nada, sólo se dedicó a seguir su curso. Rafael, atolondrado por ahora el contrario confort que siente, recuerda a su madre que hace tiempo ha de haber dejado de insistir en su búsqueda. También recordó a su perro, Mimuso, al cual más le dolió su partida.

Y se quedó dormido, sin decir más.

[…]

A las horas, muchas horas, Rafael despertó por una cachetada bien proporcionada por el conductor; y vio cómo todo su alrededor es puro caos. El hombre Trilby, cuchillo en mano, hizo que gritara del susto a Rafael, pero éste le indicó con su dedo índice que guarde silencio; y Rafael calló, más  por la conmoción que por obediente.

El conductor sale del auto y Rafael lo siguió con la boca bien abierta. Hasta aparecieron dos zombis y los despachó con destreza usando solamente su cuchillo. Cuando volvió al auto, éste se le quedó viendo a Rafael y él no cambió su mirada boba.

—Bueno, originalmente le iba a destazar con este cuchillo y tomarme su sangre, hábito que había creído superado; pero, las vicisitudes del destino hicieron que cambiara de parecer porque ahora tenemos un apocalípsis zombi, o algo peor que eso, y lo que más necesito en estos momentos es volver con mi esposa y decirle que, en vez de divorciarnos, mejor a sobrevivir juntos con la suerte que nos quede en este fin de los tiempos —Rafael no dijo nada, ya que no hacía mucho uso de su mente en esos momentos—. Entonces, mejor te dejo completito y me ayudas a ir con mi esposa, está en la ciudad más cercana, pero no creo hacer esto solo. ¿Me acompaña?

El cuasi-asesino tuvo un silencioso “Sí” como respuesta.

—¡Excelente! No esperaba menos de un muchacho con cara bonachona como la suya.

[…]

Después de lo sucedido, ambos personajes tan distintos tuvieron varias aventuras, usualmente saboteando la acción del uno y del otro, Rafael intentando de neutralizar o alejarse del asesino, pero éste siempre encontraba la manera de salirse con la suya, y mantenerse juntos.

Al final, encontraron a la esposa con otro asesino, pero ella no sabía del pasado oscuro de sus amantes, así que se dio cuenta de sus habilidades mortíferas cuando entre ellos hubo una pelea, de la cual salió victorioso el simpático asesino de la Trilby.  La esposa lo despreció por eso. Él, sin afán de seguir con ella, abre una puerta llena de zombis y los guía con su esposa.

Ese fue el fin de ella.

Pero no para Rafael y el asesino.

Ellos… Ahora parten a buscar a la madre de Rafael, y de paso también por Mimuso.

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