El Tetzcucano | Cuento (Fantasía)

Xel-há tuvo un sueño:

Ahí en el valle de los dioses, donde las voces del  paraíso florido llamaron a nuestros antepasados a posar sus pies cansados, hubo momento en que el gran señor Huitzilopochtli me bendijo con una premonición.

El pasto verde se convertiría en piedra lisa pecaminosa; las águilas que posan en suculentas se harían de un metal menos brillante que el oro, pero chirriantes transportarían a los descendientes de nuestro pueblo, principalmente a los futuros tiranos que borrarán nuestras tradiciones y lo volverá todo borroso, descolorido, muerto.

Los lagos serán pantanos; las cascadas piedra áspera; las almas, perdidas, desconsoladas, pero atontadas por el poder y el orbe pecuniario.

Y la sangre. La sangre. La sangre de nuestros pueblos derramadas sin bien ni tributo, sólo exterminio; y un nombre que suena a puerto y aire. ¿Acaso querrán volar como los dioses? Oh, futuro, oh sueño, oh mi gran señor, esto me aflige.

No tomaré en vano este regalo divino.

Mi espíritu pervivirá entre generaciones, no descansará mi alma de poeta guerrero hasta que los que me siguen eviten que tal panorama exista. Así los tiranos del futuro aprenderán que la tierra no es de nadie, sino de ella misma, y de los dioses que la fertilizaron con el sacrificio del gigante lagarto.

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