Alimento | Cuento (Fantasía)

Cara torva, cuerpo alado, el ángel demiurgo miró a Damián por un momento más. Aquel muchacho, un humano regular, se sentía en una pesadilla y sólo esperaba el momento de morir en el supuesto sueño, para así despertar.

Pero esto no era un sueño.

Él, Damián, cruzó la línea de los mortales, sus ojos mutaron y ahora ve lo que no debería de ver; oye lo que no debería de oír; entiende lo que ningún ser terrestre debería entender. Las alas, temibles, en un ritmo hostil, dejaban caer al cuerpo divino y éste posó sus pies en el suelo. Y la tierra se iluminó.

—¿Pero qué carajos comí que veo esto…? —se preguntó Damián.

El ángel demiurgo se acercó con pasos lentos, etéreos, dejando cuerpos celestes tras de sí, pintándolo de tornasol. Levantó su brazo y con su palma de diez dedos apuntó hacia el humano.

—¡Ay, por todos los dioses que existen! ¡Prometo ya no apostar con mi vecino-!

Y el ángel creó de Damián una esfera, algo circular que parecía contener una tormenta cósmica. Tal transformación flotó hacia la criatura divida y ésta la tomó, sonriendo.

—Un nuevo planeta… alimento para la Eternidad Oscura.

El ángel abrió de nuevo sus alas, y con una velocidad que sólo la luz iguala, despegó hacia el infinito.

Y más allá.


 

Ufff… hace tiempo que no le daba su lugar a la prosa. Me siento oxidado. Volveré al género «llano».

 

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