En búsqueda del Padre de la Patria | Historia

La historia debe ser, por lo tanto,
releída en la simple perspectiva
del tiempo transcurrido.
-FERNANDO AÍNSA

No saber lo que ha sucedido
antes de nosotros es como
ser incesantemente niños.
-CICERÓN

Empecemos con esta interesante acogida de Alejandro Rosas, escritor de Mitos de la historia mexicana, con una perspectiva hacia el espíritu de la insurgencia de Miguel Hidalgo:

“¡Caballero, somos perdidos; aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines!” Fue la frase destructora con la que Hidalgo llamó a sus más cercanos compañeros –Allende, Aldama y Abasolo- a iniciar la lucha por la independencia. “¡Mueran los gachupines!” Grito desaforado, justiciero, violento. Invitación al pueblo a tomar las armas para conquistar su libertad. Palabras que resumieron el resentimiento generado por siglos de pobreza y desigualdad. Comenzó así la primera etapa de la guerra de independencia, encabezada por un cura que se perdió en el laberinto de su poder y lo ejerció de manera semejante al de un monarca y un dictador, con los excesos propios del absolutismo, dueño de ejércitos, hombres y vidas. (Rosas 2006: 27)

En la presente investigación se narrarán los hechos que precedieron a la insurgencia de Miguel Hidalgo y Costilla, como también la vida del caudillo insurgente y los hechos que se sobrellevaron en la aparatosa Revolución de independencia que él comenzó, con textos oficialistas y contraoficialistas, así contraponiéndose para evidenciar la manera en que se exponen diferentes puntos de vista en una etapa de la historia de México, como también relacionándose entre sí, lo que una teoría abarca, otra la refuerza, y de esta forma dando un punto de crítica histórica próspero, un diálogo histórico; de este modo, se aportará una reflexión para el lector ideal de este trabajo hacia la “génesis” de la historia de México y la figura de Miguel Hidalgo, el Padre de la Patria.

Antes y mucho antes de la Revolución de independencia de Miguel Hidalgo

Como dijo José Antonio Crespo: “No deja de ser paradójico” que el hijo legítimo de Hernán Cortés, el famoso marqués del valle de Oaxaca, haya comenzado el primer intento independentista de la colonia española (Crespo 2009: 76), cuando ya hacía algunas pocas décadas había acontecido la completa conquista de Tenochtitlán. Él fue Martín Cortés[1]. Martín Cortés, fue incluido en un complot, una conjura en que lo proclamaban a él como el monarca, el rey de la Nueva España, y lo más interesante, a diferencia del nacionalismo criollo, este primer intento separatista incluía rodear de nobles indígenas en la monarquía con “títulos de marqueses y condes, para así dotar a la Corona mexicana de un halo autóctono y crear un simbolismo indígena que rodeara al nuevo poder independiente” (Crespo 2009: 76).

Martín Cortés, personaje relativamente relegado de la historia oficial, fue el primer insurgente mexicano, al menos intentándolo. Él nació en Nueva España, aunque, se había criado en España desde temprana edad, donde llevó la vida de noble, tanto, que se inmiscuyó en algunas escaramuzas al lado del rey Felipe II, que eran grandes amigos (Crespo 2009: 76). ¿Y por qué desde aquellos tiempos la sociedad novohispano se encontraba molesta? Había un gran conflicto con las Leyes Nuevas que prohibían la conformación de nuevas encomiendas, y “las existentes quedarían abolidas tan pronto muriera el encomendero original, sin posibilidad de heredarlas a sus vástagos” (Crespo 2009: 77); desde aquí vemos la segregación racial, porque la mayoría de los vástagos eran de origen novohispano, criollos, americanos, que, aunque eran en apariencia, cultura y acento casi como cualquier español, ellos eran relativamente descalificados desde su nacimiento, aún cuando las colonias americanas estaban en un estado incipiente.

¿Y qué pasó con la conjura que proclamaba a Martín Cortés como el legítimo monarca novohispano?  Data que los conjurados decidieron tomar el poder en 1566, así haciendo la independencia, y, aun pueda verse anacrónicamente maquiavélico, se les devolverían las encomiendas que les quitarían cuando sus padres mueran, ya que, como se ha dicho, por ley no las podrían heredar; esta es una situación política curiosa, puesto que es muy parecido a lo que se relatará más adelante siglos después con los criollos de la nata y crema a finales del siglo XVIII y principios del XIX, donde preservarían los privilegios de las élites virreinales, adjuntando a criollos y peninsulares, pero desligándose de la política Española (Crespo 2009: 78).

Pero, como toda conjura que se efectuaron en la Nueva España, fue descubierta; no obstante, esta fue a tiempo, antes que cualquier acto pernicioso a la corona española surgiera: la Audiencia virreinal de inmediato ordenó la aprehensión y ejecución de estos primeros independentistas; pero, no todos sufrieron tal suplicio que varió entre ser decapitados o descuartizados, tuvieron una pena endeble que consistía en el destierro y la incautación de sus bienes. Así que se puede decir que “con tales actos, quedaron sentados los odios, las diferencias y los resentimientos entre criollos y peninsulares” (Crespo 2009: 79).

Siglos después, en 1756, cuando las cosas no pintaban bien ideológica y socioeconómicamente para los criollos, porque se acrecentaron las diferencias de castas y comenzó a advertirse un aire de rebeldía entre ellas. Mas la gota que derramó el vaso fue la invasión napoleónica en España, la cual causó la abdicación del trono de Carlos IV a José Bonaparte, alias “Pepe Botella”. Imaginar la magnitud de ese cambio de poder en España, de esa súbita usurpación, que llega hasta el otro lado del mar, al “Nuevo Mundo”, es decir, a las colonias españolas, es un hito en el pensamiento hispanoamericano, como también el eco de un grito de libertad. Para esto, desde la expulsión de los jesuitas en toda América ya había rondado la profecía de un levantamiento poderoso en contra de por lo menos la manera injusta como la corona española trataba a sus colonias, sin importar su casta, las cuales se dividían así:

En búsqueda del padre cuadro
Cuadro extraído de la página WordPress El cúmulo imaginario, “Mapa de castas en la Nueva España”, publicado en primero de enero del 2011. https://elcumuloimaginario.wordpress.com/2011/01/24/mapa-de-castas-en-la-nueva-espana/

Entre otros detalles atractivos para reconocer el creciente espíritu revolucionario mexicano que nació desde el siglo XVI, hubo una leyenda que un indio declaraba ser descendiente de Moctezuma y quería reclamar su trono (Cosío 1978: 323); por este hecho, además de estar estaba a la espera de que un “misterioso ejército” llegara a atacar, la oligarquía española establecida en Nueva España siempre estaba a la espera de que un “misterioso ejército” llegara a atacarlos.

Otra breve insurrección fue la de la Llama de los machetes, que surgió en 1799, once años antes de la de Miguel Hidalgo, la cual, muy adecuada como una primer guerra de clases en Nueva España, estaba conformada por labradores y artesanos: pretendían matar a los “gachupines, abrir las prisiones y convocar al pueblo bajo la imagen de la virgen de Guadalupe; ola de un indio de Tlaxcala, llamado Mariano, denunciada en 1801, que se proponía coronarse como rey” (Cosío 1976: 329). Nueva España, al parecer, pasó por sus últimas décadas en las orillas de lo absurdo, del carnavalismo.

No obstante, para 1808 ya se había creado la segunda y antepenúltima conjura, la cual fue despreciada en la posteridad. Esta vez fue dirigida por los criollos y peninsulares Gabriel de Yermo, rico hacendado español, y secundado por dependientes de grandes casas de comercio novohispanas: pretendían dar un golpe de estado. Y lo efectuaron. Prendieron y destituyeron al virrey Iturrigaray convocaron a la Real Audiencia, que nombró como nuevo virrey a Pedro Garibay, un anciano veterano de guerra que manejaría con facilidad (Cosío 1976: 323). “Esta vez, en este golpe de estado de esta conjura y la posterior destitución del arzobispo Lizana, al intento de cortar de raíz todo intento de reforma, tiene un efecto contrario: obligan a radicalizar la actitud de criollos” (Cosío 1976: 323); los primeros caudillos del movimiento posterior de independencia no dejaron de “señalar este acto arbitrario [el aprisionamiento de varios criollos en 1808] de los europeos como la causa inmediata de la revolución” (Cosío 1976: 324).

En septiembre de 1809 se descubre la conjura, que, caso curioso, coincide en la misma región donde Miguel Hidalgo formó la suya, Valladolid, la cual fue dirigida por el capitán José María García Obeso y don José Mariano Michelena, en la que se encontraban varios oficiales criollos y miembros del bajo clero, muy parecida a la conspiración del cura Hidalgo. El plan de ellos consistía en juntar un congreso, formado por vocales de las villas, que guardara el depósito de la soberanía real. En este caso, convinieron en ganarse a los campesinos a su causa prometiéndoles la abolición del impuesto per cápita sobre los indios. Pese a que no fueron lo suficientemente cuidadosos, todos los principales conjurados fueron presos y sometidos a proceso, son puestos en libertad por la intervención de Lizana, que aún era virrey (Cosío 1976: 324).

Sin embargo, antes de explorar la insurgencia y vida de Miguel Hidalgo, es importante revisar los eventos y acontecimientos que experimentaban los países novohispanos, para reconocer las razones de sus primeros levantamientos e ideas sobre las revoluciones independentistas embrionarias. Para principiar, se considera que en la economía novohispana de finales del siglo XVIII era plausible, incluso mejor que en la de otros momentos, razón por la cual es muy importante desarrollar el tema.

En aquellos tiempos, Cádiz tenía el monopolio de las relaciones económicas y comerciales de la Nueva España y sus colonos: esas relaciones apoyaban y privilegiaban los tratos con los españoles. Todo fue generado por las varias reformas borbónicas (el tratado de Cádiz): estas paulatinamente creaban una creciente molestia de los criollos porque la mayoría de “los grandes comerciantes, tanto de la capital como de provincia, eran de origen europeo, y entre los propietarios de minas se encontraban tanto familias criollas como peninsulares” (Cosío 1976: 306), destacándose así una élite y poderío español aún más dominante en la colonia. Pero esto no quedaba nomás ahí, sino que también la mayoría de puestos administrativos y militares de alto rango, así como los de la carrera eclesiástica, eran ocupados únicamente por migrantes, los cuales generalmente eran pertenecientes de la península Ibérica (Cosío 1976: 307).

Por otro lado –el lado más austero-, gran parte de la tierra agrícola estaba repartida entre comunidades indígenas, con un rendimiento económico de muy baja productividad que sólo llevaba al autoconsumo de sus productores en los mejores de los casos (Cosío 1976: 307). No obstante, el problema se agravaba aún más cuando, irónicamente, el eje de la capital financiera de que dependían los campesinos, y con la que muchas veces quedaban eternamente endeudados, era regularizada por una institución que actuaba como banco agrario: la Iglesia (1976: 308). A esto habría que sumar el mal necesario que es el crédito que aportaba la Iglesia, el cual era indispensable para los terratenientes, sobre todo en años de crisis: mediante hipotecas, la Iglesia controlaba un gran número de propiedades rurales. De este modo, el clero constituía un grupo social cuyos intereses económicos se dirigían al mercado interno de la colonia (Cosío 1976: 308).

En el caso de los criollos, para el mal económico de algunos de sus miembros, entre ellos los emprendedores vitivinícolas, la Corona española los sojuzgaba al punto de siempre dejarlos como pequeñas empresas para que no surgiera algún riesgo de competencia con la de los españoles, aunque fuera la más mínima. También, para perjudicar más la situación socioeconómica de las clases sociales más altas entre las castas, los criollos, se aprobó el mandato de destruir algunas fábricas textiles en toda América, ya que los productos de esta índole debían elaborarse en España o en otras colonias del imperio, en particular la fabricación de la seda (Cosío 1976: 309). Los impuestos de la corona española, “para sufragar las perpetuas guerras” (Cosío 1976: 310), pendían especialmente de aquellas clases con menor capacidad de acumulación de capital: hacendados e incipientes industrias manufactureras.

A principios del siglo XIX, por cuestiones tributarias impuestas por el Consejo del Reino, la Nueva España suministraba al imperio español gran parte del total de sus recursos, las tres cuartas partes de ellos, dando por hecho que la situación dentro de la colonia había llegado a la cima de su explotación, o en otras palabras menos amenas, sobreexplotación. Uno de los grupos que más sufrió por estas acciones fueron hacendados e industriales que dependían de su crédito, formando una bola de nieve que no paraba de crecer por medio de estos absurdos cambios y sobreexplotaciones (Cosío 1976: 310). La élite criolla no dejó de protestar por estas políticas; sin embargo, todo fue en vano (Cosío 1976: 310). También en este caso a los sacerdotes criollos no les iba bien, ya que eran descartados para los altos niveles jerárquicos por ser criollos, aún cuando estos eran parte de la clase social mediana alta o alta.

Un acontecimiento hito que hizo levantar voces rebeldes en la Nueva España, concretamente el 26 de diciembre de 1804, fue un decreto real que ordenaba la enajenación de todos los capitales de capellanías y obras pías y así exigía que se hicieran efectivas las hipotecas, vendiendo las fincas de crédito vencido (Cosío 1976: 311). De esta manera el conflicto entre criollos y “gachupines” se incrementó convirtiendo a este segundo en antagonista.

Los inconformes ante esta situación fueron los criollos letrados pertenecientes a la clase media, media alta o alta, mismos que se pusieron al frente como los defensores de los intereses americanos, en este caso, de la Nueva España. Así, tras múltiples vicisitudes, poco a poco las palabras “raza” y “nacionalidad” se incorporan al imaginario cultural de la época, las cuales sirven para explicar y dramatizar diferencias económicas y raciales entre peninsulares, criollos y demás castas (Cosío 1976: 312-313).

Un dato importante es que el bajo y medio clero se beneficiaban muy poco de los privilegios económicos a comparación del alto, el cual se componía solamente de peninsulares, los cuales recibían todos los privilegios y vivían de la abundancia. De esta forma, se posicionaban a los españoles seculares y todo el alto clero como un binomio execrable para los americanos. Junto con la milicia y las leyes, los eclesiásticos del bajo clero eran socorridos por muchos criollos descendientes de familias con nula fortuna prometedora o títulos nobiliarios (Cosío 1976: 313).

Los criollos, que en su mayoría residían en ciudades de la provincia, tenían en común su gran insatisfacción por su estatus social y económico. La parte “letrada”, tenía la desventaja de ser improductiva económicamente, pero tenían un arma terrible: los aspectos filosóficos y epistemológicos que heredaron de las lecturas de la Ilustración francesa y su resentimiento contra un sistema que los relegaba frente a los españoles, más cuando se hablaba de desigualdades e injusticias. Ellos, los de la intelligentsia criolla, eran los “depositarios de las semillas de cualquier cambio” (Cosío 1976: 314).

Otro elemento muy importante fueron las grandes crisis agrarias, aquellas que parecían eternas, cíclicas, las cuales llevaron a que el maíz escaseara y que el poco existente fuera acaparado por los hacendados, llegando a ser inaccesible, lo que traía como consecuencia hambrunas que devastaban regiones enteras. La generación que hará la independencia experimentó esos desastres, cuando en 1785 a 1786 el país vivió esta situación. Muchos de los curas que después se unieron a la causa insurgente. Sobrecogidos de espanto, los sacerdotes auxiliaron a las brigadas de asistencia social organizadas por la institución eclesiástica para ayudar a las masas hambrientas y enfermas (Cosío 1976: 314-5).

Pero el problema más grave a principios del siglo XIX era el crecimiento desmesurado de la plebe en las ciudades; incluso Humboldt (1769-1859) señaló la existencia en la ciudad de México de por lo menos 30 mil desocupados, harapientos y miserables. Esta plebe era caldo de cultivo para cualquier explosión violenta (Cosío 1976: 315).

Ahora bien, en marzo de 1808 las tropas de Napoleón entraron incontenibles en España. Carlos IV abdicó y el 2 de mayo de ese año el pueblo español, abandonado por sus monarcas, asume la iniciativa y en las calles de Madrid y se inicia la resistencia. A causa de esto, se puede decir que “A la degradación de la Corona responde la soberanía del pueblo” (Cosío 1976: 316; el subrayado es mío).

En esta coyuntura de la Nueva España, las aspiraciones de los criollos acomodados y de la clase media encontraron su mejor apoyo en el ayuntamiento de la ciudad de México. El ayuntamiento percibió el cambio de la situación y comprendió que por fin se había abierto la posibilidad de reformas políticas (Cosío 1976: 317). Sin embargo, el ayuntamiento no sostenía ninguna tesis revolucionaria, tampoco pretendía alterar el sistema de dependencia de la colonia. La nación no puede, según el ayuntamiento, desconocer el pacto de sujeción a la Corona, pero puede darse la forma de gobierno que necesite en las actuales circunstancias o “sólo por esos instantes” (Cosío 1976: 318).

No obstante, en los primeros meses de 1810 empiezan a llegar noticas del otro lado del Atlántico: la invasión y ocupación de las tropas de Napoleón de la mayor parte del territorio español, y luego la insurrección en varias ciudades de América del Sur: estas noticias eran devastadoras para todas las colonias americanas, las cuales se mantuvieron aún más hostiles y confusas.

Ahora, si los criollos no hubieran contado con la fuerza de otras clases sociales, no hubieran obtenido la victoria. Así, la represión contra los intentos de reforma, obligar a los reformistas de la clase media a aliarse con las clases trabajadoras, recurso estratégico que antaño no parecía ser necesario, dio un nuevo intento de independencia con un sesgo diferente al de las demás colonias americanas, y este proceso apareció claramente en la conspiración de Querétaro (Cosío 1976: 325).

La vida de un sacerdote ilustrado

Hidalgo, figura polémica, figura diacrónicamente fluctuante, de manera plausible se inscribió a aquella antigua tradición de patriotismo criollo  —o nacionalismo criollo, como se le quiera decir, según perspectiva o gustos—, la cual surgió evidentemente desde el siglo XVI con el primer intento de insurgencia de Martín Cortés y, también, la causa más influyente fueron las campañas de los criollos jesuitas ilustrados del siglo XVIII, quienes, en 1767, fueron expulsados de todas las colonias españolas supuestamente por conflictos con la institución inquisitoria, aunque, se dice que fue por mero celo de su influencia y ser populistas y grandes científicos (Krauze 1997: 51). E incluso, hacia fines del siglo XVIII, una particular corriente de pensamiento criollo que representaba fray Servando Teresa de Mier,  elaboró extraordinarias conjeturas teológicas, que colindaron con las fronteras de la fantasía, para fomentar el derecho criollo sobre Nueva España, sobre toda América, llegando a ligar el pasado azteca con el de los criollos, los cuales genéticamente no tenían ninguna conexión, pero era un excelente argumento para deslegitimizar los derechos divinos de la Corona española en torno a la Conquista (Krauze 1997: 51).

Además, antes de empezar con las múltiples versiones de la biografía de Miguel Hidalgo, un detalle muy importante para entender el espíritu que pervivía alrededor del siglo XIX era que, en México y en varias partes del mundo, la figura del sacerdote tuvo una particular importancia en la vida del pueblo común, tal vez fundamentado por los jesuitas, y especialmente entre los sectores marginados de la población. El cura, el sacerdote, específicamente los del clero secular no se limitaban a la de guías espirituales; los clérigos también han participado en varias ocasiones como líderes (jefes) virtuales “de su comunidad, de sus feligreses, animadores, jueces, organizadores de diversas empresas y eventos sociales, enfermeros, formadores de opinión política y cualquier actividad que pueda imaginarse” (Crespo 2009: 85). Y es particularmente curioso que cerca de cuatrocientos sacerdotes participaran directamente en la Revolución de independencia, y más de cien fueron ejecutados bajo el alto cargo de traición (Crespo 2009: 87).

Miguel Hidalgo y Costilla nació en 1753 en la hacienda de Corralejo, Guanajuato, donde era hijo del administrador de esa hacienda (Krauze 1997: 52). Según Ramos Medina se ha afirmado en varios textos de investigación que Miguel Hidalgo tomó el camino del sacerdocio con fines intelectuales, ya que a los integrantes pertenecientes al clero se les permitía tener estudios más altos que cualquier otro americano, así como la facilidad de encontrar lecturas que no eran fáciles de hallar en América (Ramos 2010: 102), dato que, en efecto, coincide con la personalidad que a lo largo de la historiografía ha perfilado a la figura del cura Hidalgo. Aunque, Ramos Medina, tratando de defender a la figura de Miguel Hidalgo con una postura relativamente conservadora, oficialista, dice que estas

interpretaciones vienen como aro de oro al dedo meñique de la mano derecha, porque a Hidalgo se le ha sacado de su contexto histórico, sin pensar que su vida sacerdotal la desarrolló con una gran pasión, lo que solo responde a una verdadera vocación entregada a su entorno social, que lo respetaba, admiraba y lo procuraba como pastor de su parroquia. (Ramos 2010: 102)

Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte Villaseñor (1753-1811) fue un criollo ilustrado criado por jesuitas. Desde sus nueve años de edad quedó huérfano de madre, lo cual hace suponer que, dejándole un hueco en la vida maternal, por eso se acercó más al mundo religioso y sus funciones sacerdotales (Ramos 2010: 102).

Contando con doce años, junto a su hermano José Joaquín, Hidalgo estudió en la ciudad de Valladolid; entraron en el colegio de la Compañía de Jesús -de ahí su fuerte conexión con los jesuitas-. San Francisco Javier se llamaba aquel colegio, donde sus compañeros le llaman “el Zorro”, sea por su carácter perfectamente taimado (Krauze 1997:52); aquel colegio era uno de los que tenía más prestigio de los otros veinticinco fundados en Nueva España por la misma orden jesuita, solamente que éste era superado por el de la ciudad de México y Puebla de los Ángeles. Dos años después los jesuitas fueron expulsados de todo el imperio español. Esto, obviamente, sea porque Miguel Hidalgo se fascinaba con las cátedras de los ilustrados jesuitas, lo conmocionó (Ramos 2010: 103). A Hidalgo le atraían en demasía los estudios universales, desde los grandes ilustrados del siglo XVIII, hasta los grandes tratados teológicos, “así como la lectura de la Biblia, fuente de su inspiración para sus sermones que eran muy famosos tanto por el contenido como por la forma en que los pronunciaba” (Ramos 2010: 102). Hidalgo, después de la expulsión de los jesuitas, sus estudios continuaron en el Colegio de San Nicolás, así que no tuvo que salirse de la ciudad de Valladolid, donde estudió teología y aprendió latín, tarasco y Filosofía. El 20 de febrero de 1770 se graduó como bachiller en letras; para validarse, de este modo tuvo que viajar a la ciudad de México para obtener el título de la Real y Pontificia Universidad (Ramos 2010: 103; Krauze 1997: 52).

Tiempo después regresó a Valladolid y decidió volverse sacerdote; pero decidió ingresar al clero secular, para así tener mayores libertades y poseer bienes materiales, una gran biblioteca y vivir con su familia, ya que si se hubiera metido en el clero regular, hubiera pasado el resto de su vida en un convento como fraile. El 12 de agosto de 1778 fue ungido, y, según Ramos Medina “jamás negó su vocación, al contrario, fue su fe, su dedicación y su entrega en los curatos a los que fue destinado” (Ramos 2010: 103).

En 1784, “en defensa de la teología positiva y frente a la interminable hermenéutica de la teología especulativa”, publicó dos versiones de su Disertaciones sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica, las cuales fueron escritas una en latín y otra en castellano, de este modo consiguiendo el reconocimiento de gran teólogo de su tiempo (Krauze 1997: 52).

Miguel Hidalgo comenzó su fama poco antes de 1790, año en que fue nombrado Rector del Colegio de San Nicolás, el mismo lugar donde antes había sido un honorable estudiante. Como rector favoreció a los alumnos, aportándoles alimentos y revisando sus estudios. Puso énfasis en las fiestas religiosas, ritos que “de alguna manera sacaban a la sociedad de su vida cotidiana para enaltecer a la propia religiosidad” (RAMOS 2010: 103). También fue permisivo con lecturas que en su tiempo eran tenidas como peligrosas. Muchas eran de franceses ilustrados. Tanta fama tuvo por sus hazañas, ingenio y caridad por la enseñanza y conocimiento, que en algún momento llegaron tales detalles a la Inquisición, lo que siguió a un juicio que no trascendió.

Por ejemplo, hay información contraoficialista que relata que cuando oficiaba en la copiosa parroquia de San Felipe Torres Mochas, las alarmas al Santo Tribunal de la Inquisición fueron de algunas personas que dijeron que eran de dos géneros: moral y teológico; aquellas que podría decirse que eran sus enemistades no dudaron en hablar sobre su “finísimo argüir”, que era “genio” como “jocoso” o “travieso [sic] en línea de letras”; pero las denuncias no se quedaron tan cortas: expusieron que tenía conductas extravagantes como la de “jugador de profesión y como tal disipado”, “libre en el trato de mujeres”, dado a la “continua diversión” a tal grado de que “en casa de dicho Hidalgo había una revoltura que era una Francia chiquita”, donde se daba el encuentro de “músicos y músicas, juegos y fandangos”, “tiene asalariada a una completa orquesta cuyos oficiales son sus comensales y los tiene como de su familia” (Krauze 2007: 52-3)1

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Sin embargo, sus ideas heterodoxas empezaron a inquietar a sus superiores eclesiásticos y fue destinado al curato de Colima, donde desarrolló una gran actividad con la población dedicándose a la pastoral completamente (RAMOS 2010: 103). Posteriormente pasó a la vida de San Felipe.

Porque conocía bien el náhuatl, pudo llevar a cabo un trabajo cercano con los indígenas al fundar “talleres de alfarería”, de “agricultura”, y, además a los indígenas “los atendía espiritualmente. Todo ello le ganó el reconocimiento de los habitantes de la región por su ejemplo como sacerdote y su entrega a su trabajo” (Ramos 2010: 103-104).

Bastante tiempo después, cuando murió su hermano Joaquín, ganó el curado de Dolores cuando llegó a sus cincuenta años de edad. En este pueblo continuó sus actividades pastorales que siempre hizo, pero, como lo hizo con las comunidades indígenas en San Felipe, estableció talleres productivos para la región como la curtiduría de pieles, talabartería, herrería, carpintería y telares (Ramos 2010: 104), entre ellos uno bastante llamativo: el de gusanos de seda, el cual lamentablemente no dio buen efecto; y el cultivo de la vid (Rosas 2006: 29), que tampoco fue tan bueno; asimismo, también se dijo de él, en textos contraoficiales, que tenía un gran carisma, era amante de la música, componía canciones de amor y era “un seductor de almas” (Rosas 2006: 29-30).

Pero algo infortunado que podría ser parte de su posible rebeldía, contra el virreinato y contra el mal gobierno de la corona fue esto: la brutal exacción fiscal de 1804 por parte de la Corona a las colonias, la cual financiaba la guerra de aquel entonces contra Inglaterra; no sólo esta exacción fiscal puso casi en la ruina en 1807 a Hidalgo y a su familia, sino que había afectado en demasía a su hermano Manuel, el menor de sus hermanos, que lo llevó al enloquecimiento y muerte en 1809 (Krauze 1997: 52)

Por último, otro detalle que se adjunta con su personalidad intelectual, la biblioteca de Miguel Hidalgo y Costilla era una de las más admiradas y completas de todo el Virreinato, ya que es

muestra de sus inquietudes intelectuales, pero también religiosas. Lo mismo leía sobre filosofía que teología, que a Molière o a Bossuet. Leyó a los enciclopedistas. Pero los indicios y sospechas a favor del enciclopedismo de Hidalgo son débiles frente a la evidencia de sus lecturas teológicas que desde temprano estructuraron larga y profundamente su mentalidad. (Ramos 2010: 104)

Y, conforme la interpretación histórica, Ramos Medina dice que “su sacerdocio era prioritario. Respetó su vida religiosa. Que si tuvo hijos o no, ¿qué importancia tiene?” (Ramos 2010: 104); y, siguiendo la defensa hacia la figura de Hidalgo, también testifica que “era un ser humano con sus grandes virtudes y defectos, como todo ser viviente. En última instancia su vida privada en nada desmerece su actividad como miembro de la Iglesia” (Ramos 2010: 104)2

. O como apunta Enrique Krauze, un poco contradictorio a la personalidad eclesiástica de Miguel Hidalgo en cuanto a sus enseñanzas que describe y ampara Ramos: se dice que Hidalgo en

su ejercicio ministerial […] mostró que no era afecto a los trabajos de notaría parroquial ni a celebrar muchas misas; en cambio le gustaba predicar adaptando sus saberes teológicos y tomaba muy a pecho la confesión de enfermos y moribundos. Es decir, buscaba convertir la teología en caridad. Este aspecto paternal del Cura se manifestaba sobre todo en su trato con los indios: sabía su idioma y les enseñaba artes y oficios […] además de atender la administración de las pequeñas haciendas familiares, Hidalgo criaba abejas, curtía pieles, fabricaba loza, cultivaba viñedos y, en su última parroquia del pueblo de Dolores, extendió el plantío de moreras para la cría de gusanos de seda. (Krauze 1997: 54)

A diferencia de Ramos, los historiadores Krauze, Crespo y Rosas, estos dos últimos más extremistas como críticos de la Historia, ellos buscaron exponer lo que Ramos no quiso hablar sobre la vida de Miguel Hidalgo, ya que era algo “superfluo” o “difamatorio”; en pocas palabras: ellos trataron de reelaborar la historia de México con otros medios que fueron más allá de solamente la lectura de algunos textos oficiales, textos de poder.

Y, por si fuera poco, los libros de Historia en la educación básica comparten indirectamente el punto de vista histórico de Ramos: los varios autores del libro de Historia optaron por eludir tales testificaciones que podrían descalificar a la figura paternal de Miguel Hidalgo y Costilla.

Aunque esto no declara que Krauze, Crespo y Rosas despotricaban en contra de lo que posiblemente haya sido Miguel Hidalgo; ellos buscaron los pros y no solamente los contras del mito del Padre de la Patria. Para esto, véase lo que comentó Krauze sobre el cura Hidalgo:

era un cura no sólo inquieto sino excéntrico, un hombre libre y brillante que atraía –que seducía- a sus contemporáneos más ilustrados pero incomodaba a los más rígidos y conservadores. Vagamente adivinaban en él la semilla de algo nuevo y desconcertante. (Krauze 1997: 53)

Y, también con Krauze, declara algo menos solemne, pero un punto de vista coherente y pertinente:

En su ánimo de viejo criollo pesaba de igual forma el resentimiento contra los “gachupines” y la tradicional lealtad al soberano. Hidalgo no era un republicano o un liberal en potencia. No tenía proyectos políticos de alternativa claros a los cuales asirse. Era un criollo educado en la monarquía, atrapado en ella, aunque recelara del tiránico y despótico gobierno español […]. (Krauze 1997: 62)

O aquí con la perspectiva de Rosas:

“Padre de la patria” es un término excesivo bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, el cura de Dolores se ganó un lugar en la historia. Su grandeza, como la de sus compañeros de armas, se encuentra en el acto íntimo, libre y voluntario de atreverse. Hidalgo dio un paso más y traspasó el umbral de la vida cotidiana, a la que renunció irremediablemente. (Rosas 2006: 32)

A esto, en manera de respuesta historiográficamente indirecta, Ramos responde con:

Así, su vida entera la dedicó al servicio a los demás, muy particularmente a sus estudiantes y gente necesitada en los curatos en los que desempeñó su ministerio. Por ello es importante acercarnos a su quehacer en sus cincuenta y siete años anteriores a la guerra, para darle un justo valor a toda su vida y no sacándole de su contexto histórico. (Ramos 2010: 101)

Y además:

El padre Hidalgo fue uno de los personajes más sobresalientes, al haber sido el iniciador del movimiento armado cuya personalidad vigorosa aglutinó los primeros impulsos de una serie de transformaciones en el orden social, político, cultural y económico del Virreinato. Por eso, conocer al “Padre de la Patria” nos acerca a nuestra historia, como base y fundamento en el desarrollo de una manifestación histórica en que fue determinante, y en quien se conjugó la trágica aureola del iniciador, conformada en la misión de sacerdote y caudillo. (Ramos 2010: 101)

Justamente en este momento tiene mucha razón la frase de Octavio Paz que dice “Explicar el mito, desentrañar su sentido, es humanizarlo. Y al mismo tiempo, aclara el sentido de nuestra historia”, porque, tanto en la mitificación como en la desmitificación, se encuentra una dialéctica que se le podría decir que es el hado de la Verdad, donde la interpretación no queda soslayada sólo por el rigor del historiador/escritor, sino en una dialogización entre varios puntos de vista que ecuménicamente forjan una verdad histórica, aunque nunca perfecta, y a la vez con la virtud de ser infinitamente perfectible, de esta manera avanzando y siendo más asequible que la(s) anterior(es) en sincronía.

La prensa y los insurgentes

Como dijo María Beatriz Gentile:

No cabe duda que el conflicto por la independencia se manifestó sustancialmente por las armas, pero también a través de la prensa. Esta última constituyó un instrumento de confrontación y un espacio público en tanto la discusión sobre toda clase de temas, entre ellos los políticos, comenzó a desvincularse del control ejercido por el Estado absolutista. (Gentile 2010: 74)

La prensa es en la Revolución de independencia de México, un tema poco concurrido, fue tan importante como la guerra en sí: entre los machetazos, sangre, desmembramientos, caudillos, gritos de victoria o suspiros de derrota, los panfletos, notas periodísticas y cartas insurgentes y realistas tomaron un papel importante en aquellos diez años bélicos (1810-1821) para la creación de nuevas ideas revolucionarias y, por el bando opuesto, la conservación de la tradición colonialista. Así se utilizaron anatemas, tratados, apologías y diálogos sobre papeles en vez de machetes, fusiles y cañones.

En el caso de los americanos que fueron protagonistas de emancipación –en la parte revolucionaria-, la prensa les denominó de varias maneras. De esta manera, se puede decir que la guerra de Independencia también fue de “palabras”, ya que por ambos bandos se vituperaban, como el caso de los insurgentes que oscilaban entre ser simplemente “insurgentes”, o “rebeldes”, o “patriotas” y “revolucionarios (Gentile 2010: 74).

Se dice que en los años 1808 y 1809 para México fueron:

devastadores para la producción del Bajío, una gran sequía había afectado la actividad de las zonas mineras y textiles planteando un profundo contraste entre el empobrecimiento de los trabajadores y el enriquecimiento de la elite criolla y peninsular. Con este escenario, en septiembre de 1810, en una misa convocada a los fines Hidalgo levantaba su proclama en el simbólico “Grito de Dolores”. El manifiesto se resumía en la lucha por la independencia, la defensa de la monarquía, de la religión católica y de la virgen de Guadalupe. A pesar del registro tradicional que expresaba el movimiento, la presencia de peones rurales, mineros y campesinos junto a la introducción del reclamo agrario dotaron a la revuelta de un contenido desestabilizador del mismo orden que pretendían conservar. (Gentile 2010: 75)

Las pretensiones de los insurgentes franqueaban sobre el “reconocimiento de un orden político que no dejaba de identificar a Dios con la patria y a la religión con el Estado” (2010: 76). Así, en cuanto se posibilitaba, en el periódico insurgente Despertador Mexicano hacia ver que su causa era un tipo de “guerra santa” contra los ateos franceses (Gentile 2010: 77-78).

En cuanto a la prensa oficialista, o mejor dicho realista, tomó y manipuló algunos escritos de Miguel Hidalgo, los cuales publicó recortándolos en partes específicas para desvirtuar su discurso con algunas frases. De este modo “se pone de manifiesto la importancia de la prensa escrita como mecanismo de información y formación de una opinión que se volvió decisiva para la marcha de la guerra” (Gentile 2010: 78). No obstante, estos medios, tanto con los insurgentes y los realistas, fueron muy débiles como para que la sociedad novohispana se decidiera estar de acuerdo con un bando en específico, ya que ni el diez por ciento de la población sabía leer o no tenía la suerte de llegar a esa información. Aunque el movimiento de Hidalgo sostenía un discurso conservador en el plano de la relación que guardaba el vínculo entre rey y súbditos, “introducía la movilización armada de esa sociedad comprometiéndola en una confrontación directa con el orden establecido” (Gentile 2010: 78).

Pero esto de utilizar a la religión como un medio que mueve masas fue algo que seguramente Miguel Hidalgo lo pensó como herramienta utilísima, ya que de esta forma podía sostener su causa insurgente sin mucha dificultad. Se dice que en “un extenso alegato […], argumentaba acerca de los mecanismos falaces de los que se habían valido los españoles para condenar al movimiento y a su conductor como herejes”, esto constataba que, además que la fé católica constituía “las mayores cosmovisiones con fuerza identitaria”, Hidalgo estaba muy al tanto de lo que se decía de él y de sus huestes, así como para saber que él necesitaba unificar a una población “dividida por castas y esclavos”, lo cual no era casual que la acusación de herejía pesaba más que la de traidor a la Corona (Gentile 2010: 78).

Según el historiador inglés John Lynch, en efecto, así fue:

el énfasis de Hidalgo en el aprisionamiento de los europeos, el secuestro de sus propiedades, la abolición del tributo indígena y su invocación a la virgen de Guadalupe eran intentos de dar al movimiento un apoyo de masas. (Gentile 2010: 79-80)

Así que si si alguna vez de habló de una “máscara de Fernando VII”, ésta se había solapado en menos de un año y las aspiraciones “autonomistas” cobraban una fuerza mayor que se explicitó sin reparos (Gentile 2010: 80).

La decisión de Hidalgo

La invasión napoleónica a España encontraba a Hidalgo preocupado por lo mismo que al conjunto de las élites criollas y peninsulares suscitaba inquietud” (Gentile 2010: 5), lo cual atraería a un tremendo dilema a todas las colonias españolas: la entrega de la corona de Fernando VII a Napoleón Bonaparte. Pero, esta desastrosa situación monárquica y colonial no fue solamente una mera abdicación de una corona a otra, el problema se acrecentó considerablemente por este hecho:

Desde el siglo XVI, todas las doctrinas realistas tuvieron en común la distinción entre el rey como persona física y el rey como persona jurídica, entre su patrimonio privado y el de la corona. Los Borbones, al desconocer este principio y entregar el reino, desataron una crisis de legitimidad que terminaría por socavar su propia autoridad. (Gentile 2010: 74-5)

En 1810 se conforma otra conspiración: la famosa conspiración de Querétaro. Entre los personajes más importantes de ese movimiento se encuentran Miguel Hidalgo y Costilla, eclesiástico, prototipo del “letrado” criollo, ex rector del Colegio de San Nicolás de Valladolid, con donaires de intelectualidad; Ignacio Allende, oficial y pequeño propietario de tierras; y Juan Aldama, oficial también, hijo del administrador de una pequeña industria (Cosío 1976: 325): todos estos hombres son prototipo de los criollos en crisis por las injustas reformas políticas y económicas de la colonia, sólo véase que el primero de todos ellos, y más importante del movimiento, es clérigo de clase media a media alta; el segundo un oficial propietario en pequeño de tierras y, por último, Juan Aldama, hijo de un administrador de una pequeña industria; estas fueron razones suficientes para adscribirlos a las clases sociales en pugna contra la tiranía española. Aun cuando los criollos eran la clase más privilegiada después de los peninsulares, ellos no podían soñar con los más altos puestos ni trascendencias reconocibles, solamente por haber nacido en América, pues eran al final de cuentas eran relativamente parte de las castas marginadas.

Ya avanzado el año de 1810 la conspiración fue descubierta y sólo quedaba un recurso: la decisión que tomó Miguel Hidalgo.

La noche del 15 de septiembre, en la villa de Dolores, donde Miguel Hidalgo es párroco, él llama en su auxilio a todo el pueblo (indígenas, mestizos y criollos; artesanos y campesinos), libera a los presos –tal como quisieron que sucediera en la conjura de 1808- y se hace de las armas de la pequeña guarnición oficial (Cosío 1976: 325). Como dijo Krauze: “sólo una vez, en los tres siglos de dominación española, se había visto una ‘chusma’ indígena similar asaltar el palacio del virrey siguiendo a un cura”, cuando el arzobispo Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel [¿?-1636] entró al Palacio Real y gritó “¡Viva el Rey, muera el mal gobierno!” (Krauze 1997: 57).

Como se ha visto, las grandes masas populares entraron en la escena de la batalla; su opresión, su miseria e incultura, su falta de organización, convierten al movimiento en súbito, impredecible y explosivo (Cosío 1976: 326).

En este particular caso de que un cura haya dado el toque de guerra en la iglesia de un pequeño pueblo, hace pensar en aquellas revoluciones que empiezan desde un pequeño grano de mostaza hasta llegar a todo un imperio como una bola de fuego; pero la figura sacerdotal llama la atención, así como lo ven Krauze y David Brading, que “la toma de las armas del bajo clero fue una peculiaridad de la Independencia mexicana, pues en otros países de Sudamérica se limitaron a ser consejeros, asesores o capellanes, y no líderes militares y del ejército insurgente” (Krauze 1997: 87), esta apreciación hace rememorar a aquellos sacerdotes y al alto clero que se aventaban a las filas bélicas de las cruzadas por supuestas razones religiosas, o a los jesuitas que durante la conquista y en la colonización tenían que estar armados para estar prevenidos de cualquier tipo de desventura.

Durante todas sus batallas, Hidalgo, según Rosas, puede estar por encima de los demás jefes insurgentes, ya que se ganó la voluntad del pueblo por métodos poco ortodoxos: “permitió el saqueo, la rapiña y, en ocasiones, hasta el asesinato” (Rosas 2006: 31).

Volviendo con la ruta de Hidalgo: las huestes insurgentes, luego de tomar Celaya, la columna insurgente se acerca a una de las más ricas ciudades mineras, Guanajuato, a la que dominan: sus fuerzas suman aproximadamente unos veinte mil combatientes. De esta modo, se forman grandes columnas rudimentariamente armadas, entre las que si bien Allende trató de introducir disciplina y orden militar, fracasó (Cosío 1976: 326).

Por un tiempo esta región fue una fortaleza insurgente, donde habían cantos de victoria y fanfarrias entre los ciudadanos y pueblerinos; Hidalgo proclamó que “Haremos uso libre de las riquísimas producciones de nuestro país y a la vuelta de pocos años disfrutarán sus habitantes de todas las delicias de este vasto continente”; mientras Allende creía que Guanajuato sería “la capital del mundo” (Krauze 1997: 52).

Después las tropas insurgentes continuaron avanzando y, cerca de la capital, en el Monte de las Cruces, las tropas españolas enviadas de México hicieron frente a los insurgentes. Después de una sangrienta batalla, los restos de la guarnición europea tuvieron que huir a México en espera del asalto final. El camino de la capital estaba abierto; la revolución parecía al filo del triunfo, pero la multitud insurgente sufrió grandes pérdidas, estaba agotada y carecía de pertrechos: del norte venía un ejército realista comandado por el general Félix María Calleja, que podría atacarla en unos días. Sea por estas razones de orden militar, sea por el temor del sacerdote a la violencia y al saqueo de la capital por parte de la plebe indígena, Hidalgo decidió no atacar la ciudad de México (Cosío 1976: 326-327).

Cuando el ejército insurgente se instala en Guadalajara, donde no poco tiempo permanece, Krauze dice que Hidalgo se hacía tratar como un soberano en Guadalajara, donde prodigaba empleos,

vivía rodeado de guardias, andaba del brazo de una joven hermosa y había consentido que se le diese el título de “Alteza Serenísima”. […] Efímeramente, parecía cumplir los deseos teocráticos que un capitán suyo había expresado al joven [Lucas] Alamán en Guanajuato: él sólo quería “ir a México a poner en su trono al señor cura”. (Krauze 1997: 58)

Si bien el mundo en que vivían parecía una fantasía, tanto al principio, durante el desarrollo y al final de la Revolución de independencia, parecía más una novela de aventuras que un suceso histórico: una invasión en España despierta la conciencia la conciencia de los criollos; una conspiración involucra a militares, autoridades políticas, a una bella mujer y a un generalísimo cura poco ortodoxo (Rosas 2006: 31).

Lo que vino en esa temporada en Guadalajara se dice que, según apunta la crítica histórica de Krauze, fue algo sombrío: se llevó a cabo un genocidio de españoles por un torero apodado Marroquín, lo cual fue permitido por el mismísimo cura Hidalgo; pero Allende no consistió tales asesinatos y está el rumo en que quiso envenenar a Miguel Hidalgo, pero no pudo; aunque, por fortuna, Abasolo pudo salvar a algunos españoles antes de ser muertos por el torero (Krauze 1997: 59-60).

La revolución de 1810 poco tuvo que ver con los intentos de reforma de los años anteriores. Por su composición social, se trata de una rebelión campesina -otra vez, una guerra de clases-, a la que se unieron los trabajadores y la plebe de las ciudades y los obreros de las minas, y unos cuantos criollos de la clase media como dirigentes; todo esto se asemeja más, curiosamente, a anteriores alzamientos campesinos esporádicos de la época de la colonia (Cosío 1976: 327). De hecho, aparte de la guerra campesina, ontológicamente le Revolución de independencia se podía tomar, según la perspectiva, como una cruzada, una supuesta purificación del gobierno que se regía en aquellos últimos años de la colonia. Por eso mismo hubo muchos elementos del bajo clero dentro de las filas insurgentes y sus generales bordeaban el fanatismo, así como dijo Allende, uno de los principales caudillos de la Revolución de Hidalgo “La causa que defendemos es de religión y por ella hemos de derramar hasta la última gota de causa… nos iremos al cielo como víctimas de nuestra sagrada religión” (Krauze 1997: 87), discurso que, en cuestión de incluir al alto clero a la revolución, fue una estratagema hábil en su argumento fanático (Krauze 1997: 87).

Incluso hubo una guerra de polos, de diadas, una guerra de signos culturales en la que se conformaban dos símbolos católicos antitéticos, el colonial y el postcolonial: el estandarte de la Virgen de Guadalupe con los insurgentes, y con los realistas la Virgen de los Remedios (Crespo 2009: 93). Estas estrategias religiosas para las masas fueron geniales, tanto que hasta Simón Bolívar pensó que era una hábil estratagema incorporar el fanatismo en su causa revolucionaria (Crespo 2009: 88).

Después de todo, las medidas políticas que tomaron los insurgentes, al igual que sus propósitos, deben verse a la luz de la composición social del movimiento: Miguel Hidalgo y Costilla comparte las ideas de su clase y piensa en un congreso compuesto de “representantes de todas las ciudades, villas y lugares de este reino”, es decir, de los ayuntamientos, y que guarde la soberanía para Fernando VII. Pero su situación es ambigua: al reclamar la ayuda del pueblo, el cura ilustrado se erige como su representante, y el pueblo lo absorbe en su impulso hasta convertirlo en vocero de sus propios deseos. Hidalgo, para satisfacer a la causa, toma todas las providencias en su nombre (Cosío 1976: 327).

Así su utilización en la acción revolucionaria da a las fórmulas políticas del criollo ilustrado un nuevo sentido. Antes de cualquier evolución teórica, el pueblo se puso a sí mismo como fundamento real de la sociedad. El cura Hidalgo decretó la confiscación de bienes de los europeos, clase apoyada por el Estado, y dictó la primera medida agraria: la restitución a las comunidades indígenas de tierras que les pertenecían. El otro dirigente de la rebelión, Allende, no pudo seguir fácilmente el sesgo popular que la revolución había tomado; sus desavenencias con Hidalgo se explican por su situación social ambigua (Cosío 1976: 328).

Los insurgentes fueron rechazados hasta por los conspiradores de 1808: Abad y Queipo lanzaba anatemas a Hidalgo; Lizana y la inquisición excomulgaron a Hidalgo y a sus insurgentes (Cosío 1976: 329). La clase media es la que, después de todo, se encontraba entre dos fuegos. Ante la rebelión del pueblo, que tiende a desbordar sus propósitos, se le planteaba un dilema: muchos elegirán al pueblo, mejor dicho, tratarán de utilizar su movimiento en provecho propio; otros, al contrario, aterrorizados por la violencia popular y el desorden, se pasarán al bando contrario. Estas vacilaciones son comprensibles, ya que en el movimiento reformista iniciado por el ayuntamiento, que en otras colonias americanas había tenido éxito, en la Nueva España se injerta una revolución distinta que hace peligrar el poder de los mismos criollos (Cosío 1976: 330).

Posteriormente fue tomada Guadalajara en manos de José Antonio “el Amo” Torres, el cual no necesitó derramar sangre y optar por el medio del pillaje (Crespo 2009: 93).

Los acontecimientos empezaron a ser desfavorables a la revolución a partir de noviembre de 1810. Aunque el norte (Coahuila, Nuevo León y Texas) apoyaba a los insurgentes, en el centro se formaban también, con el auxilio de mineros y hacendados, nuevos cuerpos de ejército realistas bien armados. El general realista Félix Calleja (1753-1828) recupera Guanajuato y luego ataca Guadalajara, donde se encontraban de nuevo unidos Hidalgo y Allende. El 16 de enero de 1811 Miguel Hidalgo enfrentó a sus tropas en Puente de Calderón con los ejércitos realistas. Su derrota fue total y Calleja tomó Guadalajara.

A pesar de eso el ingenioso general Calleja dijo:

Este vasto reino pesa demasiado sobre una metrópoli cuya subsistencia vacila. Sus naturales, y aun los mismos europeos, están convencidos de las ventajas que les resultaría de un gobierno independiente, y si la insurrección absurda de Hidalgo se hubiera poyado sobre esta base, me parece, según observo, que hubiera sufrido muy poca oposición. (Krauze 1997: 64)

Como si estando convencido de que, aparte de sentirse en el bando equivocado, los insurgentes tenían la razón de exigir un cambio en el modo de gobierno de las colonias, y el gobierno independiente parecía ser la mejor opción.

Al ser derrotados, empieza el penoso éxodo de los jefes insurgentes hacia el norte de Guadalajara. La versión de Crespo dice que Hidalgo fue despojado del mando militar, dejándolo “en manos de Allende, quien puso bajo arresto virtual al ‘cura bribón’ –como le decía Allende, y amenazado de muerte en caso de intentar huir” (Crespo 2009: 94).

Cuando se dirigieron al norte, primero optaron por ir a Zacatecas, luego a Saltillo. Acompañados de una escasa tropa, Hidalgo y Allende salieron hacia Monclova. En el camino cayeron en una terrible emboscada. Juzgados en Chihuahua, fueron ejecutados el 30 de julio, mientras la ejecución de Hidalgo no se realizó en público, sea por su carácter sacerdotal. Pero, antes de ser ejecutado, en su sentencia Miguel Hidalgo declaró estar “vivamente arrepentido” y afirmó que lo había hecho era para complacer a “los indios y la ínfima canalla… (unicos) que deseaban esa escena” (Krauze 1997: 61). Por eso dice Rosas que, con la violencia desmesurada que se desató, “el buen sacerdote enferma de poder y la sinrazón lo toma como rehén. Cuando se percata del camino de sangre que ha dejado a su paso, recupera la razón.”, pero ya era demasiado tare, porque supuestamente así fue cuando fue aprisionado junto con sus compañeros de armas (Rosas 2006: 31-32).

Sus cabezas, encerradas en jaulas, colgaron de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas de Guanajuato, donde a nombre del pueblo los primeros caudillos insurgentes obtuvieron su primera victoria (Cosío 1976: 330). Sus cabezas permanecieron colgando durante diez años (Krauze 1997: 63; Ramos 2010: 102).

Lamentablemente murieron alrededor de seiscientos mil hombres de un aproximado de seis millones de habitantes que había en 1810; o en cálculos más contemporáneos, esto equivaldría a aproximadamente diez millones en el México actual (Crespo 2009: 88-89). Este holocausto causó que sucumbiera la mitad de la fuerza de trabajo, haciendo muy difícil que la economía se recuperara, tardando décadas para esto, dificultando el surgimiento de un régimen político que sólo diera estabilidad (Crespo 2009: 89).

Se puede conjeturar, con base en los hechos expuestos, que la experiencia que Hidalgo vivió en su insurgencia lo había desengañado, ya que muy probablemente su proyecto de independencia, el cual no estaba previamente formado, hubiera terminado en anarquía o en completo despotismo (Krauze 1997: 61).

De esta manera, Krauze pensó que

No hay razón para suponer que su remordimiento –como lo ha llamado Luis Villoro- fuera insincero. Tampoco hay motivo para dudar que, hasta muy avanzada su lucha, su propósito hubiese sido –como él mismo declaró- “el de poner el reino a disposición de don Fernando VII”. Hidalgo había querido la independencia como una vaga utopía, algo que advendría como fruto de un milagro tan incomprensible y súbito como la revolución que con su prédica había desatado. (Krauze 1997: 61)

Lo cual, si se arregla con el historiador, específicamente con Enrique Krauze, y observamos el texto como un río que fluye agresivamente, se puede suponer cualquier cosa: Hidalgo bien pudo haber sido un tirano, como tal vez no; Hidalgo puede ser que haya sido un gran héroe épico, mítico, casi sin pecado; Miguel Hidalgo probablemente fue un humano que tuvo sus errores, sueños, deseos, aspiraciones y elementos extraordinarios que lo pusieron sobre los demás personajes históricos de la Independencia de México. Puede que con el maniqueísmo político o interpretativo del crítico veamos aspectos absurdos que están lejanos a la realidad ontológica que vemos hoy en día en los héroes; así que, como dice Crespo, “la historia crítica tiene el abierto propósito de desenmascarar a la historia oficial, difundir los hechos ocultos o deformados deliberadamente por la élite en el poder” (Krauze 2009:289), lo cual motiva al pensamiento de que el oficio tanto del historiador como el lector implícito, uno que sea crítico, son los de nunca estar satisfechos con un marco teórico de la Historia, ni tampoco las historias que se cuentan en la historia.

Por eso y más la vida y figura de Miguel Hidalgo serán varios rostros, varias máscaras, que todos y todas a la vez son el mismo, el mismo cura que en el Gran Tiempo discurre su historia y se convierte en un mito.


1. También hubo otros cargos no menos curiosos:

(…) entre los muchos cargos que se le hacían, Hidalgo habría negado el infierno (“No creas eso Manuelita”, confesaba haberle oído decir a una amiga cercana, quizá demasiado cercana, “que éstas son soflamas”), se burlaba de santa Teresa (“una ilusa, porque como se azotaba, ayunaba mucho y no dormía, veía visiones”), predicaba un libertinaje intelectual (la Biblia se debía “estudiar con libertad de entendimiento  para discurrir lo que nos parezca sin temor a la Inquisición”), dudaba que los judíos pudiesen convertirse (“pues no consta del texto original de la Escritura que haya venido el Mesías”), leía libros prohibidos y, ya en el extremo, sostenía festivamente (en el confesionario, según algunos) que “la fornicación no es pecado”. (Krauze 2007: 53)

2. Este argumento de  Manuel Ramos Medina, historiador, que escribió el artículo “Hidalgo, el sacerdote”, aparenta ser una apología a Miguel Hidalgo, lo cual, no lo hace desacreditable, pero sí pone en tela de juicio si fue un crítico parcial o imparcial hacia lo que ha sido diacrónicamente la figura de Hidalgo.


Bibliografía:

Cosío Villegas, Daniel et al. Historia General de México. “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico, 1750-1808”; “La revolución de independencia”. Tomo II. México: Colegio de México, 1976.

Crespo, José Antonio. Contra la historia oficial. México: Debate, 2009.

Gentile, María. “Insurrección y lealtad en la independencia de México”. Vol. 10, no. 110. México: Anuario del Centro de Estudios Históricos “Prof. Carlos S.A. Segreti”, 2010.

Krauze, Enrique. Siglo de caudillos. México: Tusquets Editores, 1997.

Ramos, Manuel. “Hidalgo, el sacerdote”. México: Contenido, septiembre 2010.

Ramos, Manuel. “Por qué Miguel Hidalgo y Costilla no entró a la ciudad de México”. México: Contenido, octubre 2010.

Rosas, Alejandro. Mitos de la historia mexicana. México: Editorial Planeta Mexicana, 2006.

3 respuestas para “En búsqueda del Padre de la Patria | Historia”

    1. ¡Qué bueno!! ☺

      Aunque te soy sincero, lo mismo pasa con este ensayo que escribí hace 6 años: no lo he editado, lo subí tal como fue publicado para mi tesis, entonces le falta arreglos, quién sabe si muchísimos, así que entre esta y la otra semana me dedicaré a revisarlos para que sean más presentables 🙂

      Y ya, despuesito, publicaré mis otros ensayos, que son pocos. Te soy honesto: nunca fui un buen ensayista en la academia, tenía una ortografía dudable, divagaba mucho y no leía todo lo que tenía que leer. Sin embargo, estas pecatas no me detienen a que los reedite y los publique de nuevo 🙂

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