De zapatos y revoluciones | Cuento

Las voces silenciosas atacan al victimario que está frente al magistrado. El jurado, conformado por personas humildes y de la alta alcurnia, tienen una empatía fantasma hacia el presunto culpable.

Y al hombre que se le es acusado de un grave delito, está ahí, solemne, triturando sus nervios desde muy adentro.

—¿Tenéis que decir algo al respecto, señor zapatero?

La ofensa estaba en llamarle por su oficio y no por su nombre. Él, primero mirando al suelo, haciendo mueca, luego sonriendo, mira al corpulento magistrado y éste a él.

—De estupro se me acusa cuando la mujer que me tocó amar a penas es unos pocos años menor que yo.

Los jueces se enrabietan por la insulsa defensa del culpable.

—Vaya que eso sabemos, zapatero. Por eso mismo estos ojos que te ven te tienen poca piedad. Yo podría ser el último ser misericordioso que te queda en este mundo. ¿Acaso serán estas tus últimas palabras antes de su veredicto?

Ya tenían veredicto, pero este teatro sólo era para ridiculizarlo aún más. El culpable lo sabía, nada de tonto tenía de sí.

—Mi padre bien decía que la vida en la corte era poca a diferencia de los que hacemos que en verdad el mundo se mueva, más los zapateros que amortiguamos los golpes de nuestros pies contra el áspero suelo.

—No estamos para chistes o mensajes ambiguos. Zapatero.

—No, en efecto, perdone usted que mi persona se desvive de dichos. Mal de mi padre.

Silencio. El juez estuvo a punto de abrir la boca para dar por terminada esta última sesión, pero-

—Lo mío, repito, es un mal, pero menor al que ustedes aquí presentes han cometido.

Inaudito.

—Usted, juez, se vuelve un salvaje con las niñas de Jacinto Collado, mientras el padre de las chiquillas se queda callado por la fortuna que le ha pagado. Sí que usted tiene una gran diferencia de edad a estas niñas, que ni a nueve primaveras llegan.

Los ujieres o subalternos se quedaron con los ojos pelados. Todos de algún modo u otro sabían de ello.

—¡¿Qué dice…?! —exclama el juez.

—Yo bien lo sé porque Jacinto alguna vez me llegó llorando para hacerle nuevos zapatitos a su hija Graciela, que a poco estuvo de morir en una de sus usuales visitas.

Los únicos realmente sorprendidos fueron los del jurado o los testigos indirectos que había de a montón. Sí, era un rumor, pero así había quedado, como rumor.

—¡Esa es una insolencia muy grave para un hombre muerto…!

—Seré un hombre muerto lo sé, ¿pero qué tengo que perder ahora? Dígaselo al rey y a la mitad de su corte, que son igual o peores depredadores de niños que usted, su señoría…

El estupor. Ira. Los gritos. Escándalo. Dos individuos llorando: eran también víctimas de tales atrocidades.

—… y no hay distinción de sexo o credo, todos los pequeños seres inocentes pueden ser víctimas de este reinado donde el que dicta la ley es un demonio que trabaja para otro demonio superior: el rey Teodoro, el quinto.

—¡Sacrilegio! —se levanta el juez— ¡llévenselo! ¡llévenselo ahora mismo! —toma aire; y habla a sus cercanos—, se le imputará más delitos, entre ellos el de sedición, que es más grave aún.

El zapatero, primero con uno dos golpes de escarmientos, se lo llevan y el público protesta, no tanto por el zapatero, sino por la noticia que dio. Sólo era cuestión de que alguien hablara de los rumores como si fueran verdad.

Y vaya que lo son.

—¡Ya! ¡Esto ha terminado!

Empezaron los golpes.

—¡Pardiez! ¡Maldita sea! Maldito zapatero. Saquen a todos, no es momento de seguir el protocolo o ser cordiales. Que un hombre tiene que morir pronto y arreglar este zafarrancho que ha creado.

—Sí, su señoría —le responde su secretario.

*

No pasaron dos semanas cuando ya el pueblo se levantó en armas en contra del rey y su corte. Eran tantas las víctimas de las perversiones reales que esto tuvo un efecto rápido, lo cual generó tanto odio que, sin importar tu nombre o persona, aquel que fuera noble o aliado de la nobleza, sería asesinado, si es posible desollado frente a todas las víctimas de los villanos de siempre.

El zapatero no murió. Fue rescatado y hecho un símbolo revolucionario. Él no quiso serlo, pero debido a su agilidad mental y su caracter, formó parte de los líderes que crearían una nueva nación excenta de seres malignos que se hagan llamar reyes o príncipes.

**

Todo parecía indicar que la guerra acabaría pronto. Pero no fue así. No fue épico, ni glorioso. Era muerte tras muerte, países aliados arremetieron contra los de la clase humilde; y otros más revolucionarios levantaron armas, así dejando a un entero continente lleno de sangre y víctimas de guerra.

Por eso, al ver el caos que él había comenzado, el zapatero creó unos zapatos mágicos que lo hicieron correr más rápido que una flecha, y escapó de todo ese mal del que él fue parte.

***

Fue en búsqueda de Gwinn, su amada Gwinn. Ya hace cuatro años que no la veía. Lo último que supo de ella y su familia es que se hospedaron en una granja en uno de los pocos países neutrales.  El zapatero, cuando llegó a la granja, vio a dos niños, uno de a penas un año, otro de ya casi tres,  y una bella mujer iba por ellos cuando presenció al extraño que acababa de llegar.

Era ella, Gwinn. Un hombre alto, corpulento, un poco tímido, pero listo para atacar con su hacha, estaba ahí, cuidando a sus hijos de todo mal.

El zapatero vio al niño de tres años y luego a Gwinn. Ella sabía que era él; él sabía que era ella.

—¡Mi cielo y mis estrellas! ¡Métanse a la granja, que yo me encargo…!

Gwinn tranquiliza al hombrote.

—No… —le dice. Éste se siente ultrajado al castrar sus ganas de sentirse hombre.

El zapatero estaba llorando.

Y como el viento, ágil desaparecio, como si la visita de un fantasma fuera.

EPÍLOGO

En otros tiempos, la tierra que se ahogó de sangre mortal, de ella renacieron hombres, héroes y líderes para las nuevas naciones que se generaron. El mundo parecía ser más justo que antes, pero no así siempre. Lejanamente se vivía una utopía en estas tierras donde el odio reinó por décadas.

Desde un monte, un hombre con faz melancólica, mira a su alrededor: planicies, más montañas y un cielo despejado. Ya poco cabello le quedaba este hombre, pero acostumbrado a tocárselo cuando reflexiona, se acarició el cráneo, así hasta que un ave canta.

Suspira.

Los mismos zapatos que parecen seguir intactos. Llegan otros con él.

El herrero de la espada que corta todo.

El carpintero de la ballesta que nunca falla.

La sastre del vestido que la esconde de cualquier vista común.

Y el viejo del libro de los hechizos antiguos.

Todos ellos, juntos, se han congregado para que la humanidad no vuelva a las oscuras andanzas de sus antepasados. Pero, no les queda mucho tiempo en esta tierra, por eso actúan desde ya.

Y el zapatero los guiará, siempre recordando que alguna vez fue hecho prisionero, siempre en su memoria que alguna vez amó; y ahora el fruto de aquel amor es presidente de algún país que necesita de su ayuda, empero, antes tendrá que pasar por otros reinos que tendrán que recurrir antes.

—Algún día, hijo, algún día —el zapatero desafía al aire en destreza y agilidad, hasta traspasar al horizonte que siempre, siempre será su meta a seguir.

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