Ironía épica en Los de abajo | Ensayo literario

Lo que pretende una auténtica revolución
es transformar la realidad que propicia
un estado de cosas que se caracteriza por
mantener a los hombres en una condición deshumanizante.
—PAULO FREIRE

¿Cree usted que las revoluciones se hacen
con agua de rosas?
—NICOLÁS SEBASTIEN ROCH CHAMFORT

En el presente trabajo se analizarán los aspectos de la épica en la novela y sus ironías, aspectos que han sido concurrentemente  estudiados, sea porque la novela de Los de abajo es una rica fuente de acontecimientos bélicos, arquetipos revolucionarios, discursos pro y anti revolución, toda como un crisol que conjunta todos estos elementos. Sin embargo, aparte de reconocer y analizar la epicidad en esta novela, también hay algo peculiar, algo que específicamente llama la atención: lo irónico dentro de todo el confluir del relato y sus personajes. Entonces, se adjuntarán estos dos puntos de vista, tanto lo épico y lo irónico de lo primero, para contrastarlos y sintetizarlos.

Primero, antes de seguir avanzando, hay que definir lo que se tratará una ironía épica en esta investigación: la ironía épica se efectúa cuando en una situación donde aparentemente se enaltecen valores épicos (bélicos, estéticos, morales, etc.) en uno o más de los personajes, así heroificándolos –sí, yo inventé esa palabra, diga lo que diga la RAE. No obstante, sea entre líneas o en un argumento posterior, se revela otra intención: primero se ennoblece para después, como un disparo sorpresivo, el denigrante perfil salvaje e inmundo de los personajes, llevándolos a un nivel realista, cuasi paródico, o, incluso, caricaturesco.

La novela de Los de abajo se escribió en uno de los momentos más convulsos de la historia de México, casi inmediatamente que su autor se quitara sus botas y espuelas para escribir su obra maestra. En 1916 fue publicada en México, primero por un diario, la cual se entregaba por trozos y trozos, o sea en fascículos. Esta novela ha obtenido gran fama, tanto como de ser la primer novela de la Revolución, sea por su temprana publicación en 1915 en Estados Unidos de América porque el mismo autor, Mariano Azuela, participó como médico militar en la División del Norte. Azuela también era desde antes y es reconocido por ser crítico literario y escritor, como también él comenzó su escritura desde los tiempos del Porfiriato. Sin embargo, Los de abajo fue escrita afuera de la patria mexicana, en El Paso, Texas, todo a consecuencia de  que su división fue vencida por los carrancistas, y así, afortunada y desafortunadamente, tuvo que exiliarse por un tiempo en EUA.

Mariano Azuela, como José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y Rubén Romero, fueron escritores e intelectuales que participaron en la Revolución con altas expectativas. No obstante, después de tantas guerras de facciones, fusilamientos atroces de líderes,  actos de barbarie que se cometieron en la guerra, y aunque ovacionaron la caída y exilio de Porfirio Díaz, fue inevitable su desilusión a tales catastróficas circunstancias (Menton, 1001); así también, a diferencia de Azuela en ser provinciano, sus obras son más sencillas, llenas de diálogos, de una formación más orgánica que premeditadamente lógica.  Véase esta afirmación que hace Luis Leal:

La estructura de la novela de Azuela, más que lógica, es orgánica. Aunque sea una historia donde todo es confusión –en una pintura de la revolución no puede haber orden, sino caos-, el novelista ha logrado elevar el tema a un plano estético en donde bajo ese desorden aparente, encontramos un orden interno, orgánico, en donde no hay escenas o episodios que no tengan una función dentro del relato y no nos ayuden a interpretar la obra (Leal, 113).

Aunque Mariano Azuela en cierta manera podría refutar este comentario, parece que en un fragmento de sus Obras completas él confiesa, con un tono indiferente y humilde, esto otro con sus propias palabras, que hasta pudiera ser como un captatio benevolentiae:

Los de abajo, como el subtítulo primitivo lo indicaba, es una serie de cuadros y escenas de la revolución constitucionalista, débilmente atados por un hilo novelesco. Podría decir que este libro se hizo solo y que mi labor consistió en coleccionar tipos, gestos, paisajes y sucedidos, si mi imaginación no me hubiese ayudado a ordenarlos y presentarlos con los relieves y el colorido mayor que me fue dable (Azuela, 1078).

Muy probablemente esta novela sólo se considere como “un texto que relata fragmentos vívidos de la Revolución mexicana”, incluso, según María del Mar Paúl Arranz, Azuela nunca entendió la revolución como tal, aunque, en este trabajo se afirma, como en muchos otros de numerosos críticos literarios, que Los de abajo es “la interpretación de la novela como la epopeya de la Revolución mexicana y de cierta manera, la epopeya del pueblo mexicano en general” (Menton, 286); cosa curiosa, porque la visión del mundo de esta obra se extiende hacia todo México, como si este hito revolucionario fue una ola, un tsunami que cae a todos por igual; que inunda, empapa y ahoga a todo el que vivió en aquellos tumultuosos tiempos.

Todavía que sea pertinente conjeturar que la novela sólo se arregla con una facción de la Revolución, también que los personajes puedan o no bien representar a los militares con sus cananas y huaraches de aquellos tiempos, es importante constatar que ellos en la novela son partícipes de las revueltas revolucionarias con sus respectivas perspectivas, y con el  testimonial ojo médico Mariano de Azuela se describen excelsamente las características de los paisajes y personajes como arquetípicos y míticos.

Algo fundamentalmente interesante es que ningún general verídico de la Revolución mexicana contribuye acción alguna en la novela, lo que proporciona más fuerza a los personajes de Demetrio Macías y su tropa, como si su cooperación en la guerra hubiera sido fundamental, heroica, imprescindible. Aunque, en el capítulo veinte, cuando dan algunos “hurras” al general Francisco Villa, lo convierten en una leyenda, un mito que despierta de su tumba para esparcir su fuerza con su espíritu; un espectro que cuenta historias de grandes batallas y sus victorias, un general invicto:

— ¡Que viene Villa!

La noticia se propagó con la velocidad del relámpago.

—¡Ah, Villal… La palabra mágica. El gran hombre que se esboza; el guerrero invicto que ejerce a distancia ya su gran fascinación de boa.

— ¡Nuestro Napoleón mexicano! —exclama Luis Cervantes.

— Sí, “el Aguila azteca, que ha clavado su pico de acero sobre la cabeza de la víbora Victoriano

Huerta”… Así dije en un discurso en Ciudad Juárez —habló en tono un tanto irónico Alberto Solís, el ayudante de Natera.

Pero, algo irónico, después de las glorias y porras al épico general Villa, es que Luis Cervantes, segundo personaje más importante, e irónicamente el más contradictorio, denomina a Francisco Villa como “¡Nuestro Napoleón Mexicano!”, casi en tono de burla, ya que es como negociar el juego entre un general mexicano y uno de los más importantes emperadores de la historia. Peor cuando Anastasio Montañés, el más apegado y más fiel amigo de Macías,, se da cuenta de que nadie ahí ha conocido en carne y hueso a Villa sólo son rumores, así como lo dijo con sus palabras “¡Hum!…, pos se me hace que de hombre a hombre todos semos iguales!… Lo que es pa mí naiden es más hombre que otro”.

Raúl Marrero-Fente en su “La Ilíada descalza”: la teoría épica trasatlántica de Carlos Fuentes, logra vislumbrar con la ayuda de algunas palabras de la eminencia Carlos Fuentes que “Azuela es un visionario con el don de ver lo que otros no pueden: la importancia del mito como el sostén esencial de la cultura humana”. Está de más preguntarse si en verdad o no Mariano Azuela se valió del mito –como de la épica- en Los de abajo, ya que si lo hizo consciente o inconscientemente, lo hizo. Se ha investigado que Azuela tuvo algunas relaciones textuales con la novela  y el poema épico griego porque él estudió griego durante el año lectivo de 1890-1891 en el Liceo de Varones de Guadalajara (Menton, 287).

Ahora, con un enfoque a los personajes, los revolucionarios en  Los de abajo son de ascendencia indígena, como también algunos mestizos y pocos criollos, pertenecen a aquellas civilizaciones precolombinas de sangre de maíz, constitución que configura Demetrio Macías, el personaje con el cual gira la novela, porque es un hombre valiente de carga hermética profunda, la cual trasciende el tiempo-espacio, así como la de un héroe mítico, un héroe épico; tan sólo darle una hojeada en el trágico final que le sucede a su pelotón, en aquella sierra que, como él dijo, “En esta misma sierra —dice Demetrio—, yo, sólo con veinte hombres, les hice más de quinientas bajas a los federales.”, de esta manera constatando una fatalidad, aparece el enemigo con metralletas y cañones, haciendo añicos a todos los soldados de Demetrio, para luego, mientras se describe la sierra irónicamente como “(…) de gala; sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia”, finalizando con estas últimas palabras: “Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa, como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil…”. Las palabras crípticas que Azuela utilizó para darle un fin a la historia de Demetrio, su confusa revolución y sus militares, permanece como una eterna guerra, la historia de un héroe sin fin.

A pesar de todos los atributos míticos y épicos que se le puedan brindar a la novela, o hasta al mismo Demetrio que, con su nombre juega un nominalismo supuestamente adquirido porque se relaciona con la diosa Demeter, la diosa del maíz y el grano, sea porque fue un hombre labrador en comparación de todos sus soldados y compadres; o que incluso a Dionisio, porque le encanta beber y beber; la situación no es simple, sino irónica: los revolucionarios, aunque fuertes, valientes y diestros, la mayoría los persigue la ley, son fugitivos –algunos injustamente, otros… porque lo son-, sanguinarios, sin criterio u objetivo alguno, que a irónica diferencia de Luis Cervantes, son los héroes épicos descalzos de la revolución mexicana[1]. Léase la muy citada conversación que realizan Demetrio Macías y Luis Cervantes, específicamente lo que le contesta Demetrio al otro:

¿De veras quiere irse con nosotros, curro?… Usté es de otra madera, y la verdá, no entiendo cómo pueda gustarle esta vida. ¿Qué cree que uno anda aquí por su puro gusto?… Cierto, ¿a qué negarlo?, a uno le cuadra el ruido; pero no sólo es eso… Siéntese, curro, siéntese, para contarle. ¿Sabe por qué me levanté?… Mire, antes de la revolución tenía yo hasta mi tierra volteada para sembrar, y si no hubiera sido por el choque con don Mónico, el cacique de Moyahua, a estas horas andaría yo con mucha priesa, preparando la yunta para las siembras… Pancracio, apéate dos botellas de cerveza, una para mí y otra para el curro… Por la señal de la Santa Cruz… ¿Ya no hace daño, verdad?…

Hay que recordar la primera descripción de Demetrio, antes de que dos federales entraran a la choza de una de tantas concubinas de Macías, que fue, con palabras aproximadas, la de un hombre alto, robusto, piel cobriza, lampiño, con camisa y un calzón de manta, ancho sombre de sovate y guaraches, toda la apariencia de un campesino indígena común y corriente; hasta es gracioso que se mencione “calzón de manta”, como una manera paródica de bajar su estatus épico, porque empieza siendo una persona con buena altura y de apariencia fornida, pero termina pareciendo como cualquier labrador, incluso hasta con su ropa interior en mera exhibición. Es curioso que, después de su hazaña al esconderse para luego aparecer, amedrenta a los federales como si la misma muerte les hubiera llegado; la misma sorpresiva aparición de Demetrio como “Una silueta blanca llenó de pronto la boca oscura de la puerta” demuestra algo extraordinario en su figura, algo que es pero no es al mismo tiempo.

Algo interesante, que cabe magníficamente para contrastar esta óptica irónica de la epicidad en la novela, es esto que dijo Seymour Menton “Los de abajo se basa en un acontecimiento histórico de trascendencia nacional;  (…) presenta las hazañas extraordinarias de un héroe legendario apoyado por sus amigos; se encierra en un marco cronológico con una estructura reforzada con motivos recurrentes; y luce varios rasgos que suelen asociarse con la poesía épica”; y ahora, ¿qué tiene de legendario un fugitivo de la ley que mata por matar, sin ideología alguna, roba y tiene amigos de la misma calaña? Se puede decir que sí lo hay -claro que lo hay-, sin embargo, no se puede alejar el hecho de que, aunque épicos aparentemente, son seres extremadamente violentos de una revolución de igual manera violenta.

El ojo de pintor que Azuela tiene en su narrativa aporta parte de la epicidad de ciertas escenas, todavía más influyente en los primeros capítulos de la obra, como en aquella en que se reúnen los camaradas en el monte, ahí cuando Demetrio Macías suena un cuerno, como un Roldán o un Odiseo llamando a sus amigos, a sus refuerzos, y después “en la lejanía, de entre un cónico hacinamiento de cañas y paja podrida, salieron, unos tras otros, muchos hombres de pechos y piernas desnudos, oscuros y repulidos como viejos bronces.”; Demetrio informa su infortunio: quemaron su casa. Acto seguido expresan imprecaciones e insolencias –en otras palabras: “tirando de la madre”- los demás; luego, algo singular, desembucha “de su camisa una botella, bebió un tanto, limpióla con el dorso de su mano y la pasó a su inmediato. La botella, en una vuelta de boca en boca, se quedó vacía. Los hombres se relamieron.”, posteriormente de aquel momento digno de gestas y demás glorificaciones, los campesinos rebeldes se toman sus tragos, limpiándose con la manga u antebrazo, así como pacto de hermandad –y para calmar a los furibundos. Hay un juego
de valores o culturas entre este acto, porque, en vez de una virtud, los hombres de bronce, no de marfil, no estéticamente occidentales, beben y blasfeman para el desahogo, como en parte sacian sus vicios.

Hay muchas características que están en pugna contra lo épico, con la mítica occidental, donde un Odiseo moreno cabalgando en una yegua, tal vez con un sombrero de sollate y huaraches, mata sin piedad a sus oponentes, engaña a su Penélope con algunas concubinas, sus amigos son sólo espejismos de lo que fueron y ahora la Revolución los ha corrompido. Sin embargo, son hombres ambivalentes –sí, el machismo es también exponente-, buscan justicia a su manera, otros pelean por ver otra vez a su familia, aunque sin importa las causas y consecuencias de ello.

Con lo que hasta en estos momentos se ha conversado, tal vez pueda conjeturarse que Los de abajo es una novela antirrevolurcionaria, pero no es así, ya que retrata los años más activos de la Revolución, de 1913-15, donde ya ninguna facción no tenía por seguro la meta u objetivo que les esperaba o a quién debían tributo. Aquí está una conversación de Valderrama con un ex federal

“—Juchipila, cuna de la revolución de 1910, tierra bendita, tierra regada con sangre de mártires, con sangre de soñadores… de los únicos buenos! …

—Porque no tuvieron tiempo de ser malos —completa la frase brutalmente un oficial ex federal

El conflicto de dos discursos: por un lado el poeta militar Valderrama declama una frase épica que dignifica el espacio donde en esos momentos irrumpe la tropa de Demetrio Macías; por el otro, está el ex federal que ha vivido la Revolución lo suficiente como para imponer la realidad que él ha experimentado: la guerra es cruda, fría y a todos destruye.

Un personaje de lo más contradictorio, el que irónicamente se promulgó como el visionario, consejero e intelectual del ejército de Demetrio Macías, es Luis Cervantes. Él es un desertor de los federales que antes mondaba papas, se cansó de ello, también fue mal visto por hablar moderadamente bien de los revolucionarios, pero por hartarse de su puesto con el ejército federal, huye y se une a los revolucionarios. En él había un joven con ideales y virtudes en la primera parte de la novela, no obstante, su frialdad crecía capítulo por capítulo. Un momento era un hombre con esperanzas de su nación, otro era un forajido sin moral cimentada, otro soldado que se aprovecha de la Revolución para enriquecerse y nada más. Es tan nuclear su presencia en el texto como el de Demetrio Macías, la cordura de estos dos personajes está siempre frágil, peor la de Luis Cervantes, y es que Luis Cervantes configura al joven estudiante burgués que vive alienado en la urbe, con pensamientos románticos, sin embargo, fácil se corrompe, fácil cae en los vicios y la miseria. A diferencia de Macías, él pierde la dignidad, Demetrio, aunque también un forajido, sigue pensando en su familia, en las injusticias de don Mónico, en su puesto tan importante de General y su valentía en la batalla

Mariano Azuela con Los de abajo parece formar una tesis sobre la Revolución: un mundo lleno de realidades y contradicciones. El mito y la épica dentro de la novela no es gratuita, en parte porque consagra a la lectura, también se sirve para confrontar estéticas y acciones de los personajes, para reafirmar esa comunicación trasatlántica que se tiene el Viejo Mundo con el Nuevo Mundo. No obstante, también está la carnavalización de la épica, a veces ridiculizante, aunque no absoluta, sí nos encontramos con héroes adentrados en varios vicios, mas fuertes y valientes, pero que nunca dejan de ser mexicanos. Puede que Demetrio tenga un cuerno y lo suene para llamar a sus compatriotas, aunque los recién llamados no serán moralistas o guerreros idealistas con estandartes patrióticos; no, son campesinos e individuos inconformes de un mundo lleno de autoritarismos, caudillismos y caciquismos, personas violentas y encrespadas de una bomba que tuvo que estallar ya tiempo atrás. La ironía en la épica es parte esencial para llevar a cabo todo este proceso de lectura, porque, a pesar de ser parte del género revolucionario, la novela conversa con el lector para no solamente definir a los personajes como altruistas de la Revolución mexicana, puede ser que para nada se designan de tal manera, son hombres que destacaban por su destreza y, como se diría, muy ad hoc al espíritu del texto, su hombría, pero de “verdaderos revolucionarios” tenían poco. La Revolución no fue una guerra de malos y santos, sino unos años que  a sangre, idealismos, injurias, bebidas y balazos conformaron una cultura.


 

Bibliografía

Azuela, Mariano. Los de abajo. Fondo de Cultura Económica: México, 1960.

Azuela, Mariano. Obras completas, vol. III. México: Fondo de Cultura Económica, 1960.

Fuentes, Carlos. “La Ilíada Descalza” de Valiente mundo nuevo. Columbia University.

Leal, Luis. Mariano Azuela: vida y obra. México: Ediciones de Andrea, 1961.

Marrero-Fente, Raúl. “La Ilíada descalza”: la teoría épica trasatrlántica de Carlos Fuentes.

Menton, Seymour. “La estructura épica de Los de abajo y un prólogo especulativo”. Hispania, vol. 50: diciembre 1967.

Menton, Seymour. “Texturas épicas de Los de abajo”. Madrid: Archivos Allca XX, 1996.

[1] Claro, remito a Carlos Fuentes con “La Ilíada Descalza”.

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