Bárbaras desventuras: La Cueva – Parte 1 | Cuento (Fantasía, Humor)

Justo antes que la hacha cayera sobre aquel pobre humano, Zanav fue el que escuchó en su cabeza la voz del aquel hombre que los contrató: “Por favor, por la cantidad que les parezca, tráiganme a mi hermano en las mejores condiciones que puedan”, y lo primero que hizo fue promover en cortarle el brazo.

Héroes: Amadeus Wilgtenford, Paladín (Humano), Michiturra o Mitch, Guerrero (Humano), Zanav Avich, Pícaro (Medio Elfo) y Ass-Tickla, Bárbaro (Goliat)

Los seres de la noche inician su nocturana melodía; las nubes acorralan a todo el plano celestial, encubriendo al decadente sol, llamando a la subversiva Selûne.

Escuchamos los pasos.

Varios pies de diferentes tamaños pisan el pasto cada vez se hace más escaso. Así ha sido después de una exhausta caminata desde Phandalin hasta esta cueva que vemos ahora, donde los héroes descansan un momento antes de entrar. Están aquí Michiturra, guerrero y mercenario de un pueblo lejano; Amadeus, un paladín que no parece estar cómodo entre la variopinta compañía; Zanav, un pícaro medio elfo que lo convencieron unirse a ellos cuando estaba un poco borracho en la posada Piedracolina; y además tenemos a Ass-Tickla, un extraño y enorme goliat, bárbaro, que se les unió en un último momento.

De hecho, es el primero que comienza esta historia.

—Quiero fuki-fuki  —dice, triste, el enorme bárbaro.

—Ya tendrás lo tuyo, amiguito, cuando regresemos a nuestras casas con los bolsillos llenos de monedas—le reconforta el pícaro.

El paladín no ve con ojos buenos a aquella pareja de extravagantes personajes. El guerrero, Mitch, que es más despreocupado, toma confianza y se le acerca al paladín.

—Amadeus, ¿verdad?

—Sí. Tú eres Michiturra, todavía lo recuerdo —con esta respuesta aparenta ser muy duro, astuto.

—Sí… uno de mis tantos nombres. Pero prefiero que me llamen Mitch.

—Bien, Mitch.

—Bueno, nomas quiero recordar esto: ¿rescatamos al hermano del rico del pueblo ese, nos repartimos la recompensa, y ya cada quien para su casa?

—Así es. Sólo esperemos que todos salgamos de esta.

—Yo no tengo planeado otro destino, Amadeus.

—Ni yo —vuelve a mirar a los otros, el enorme goliat y al bajo medio elfo.

—Este encargo es pan comido, ya verás —sonríe Mitch.

—Eso pasará si damos nuestra fe a Helm y nos proteja de todo mal.

Mitch no parece estar convencido por lo que dice el paladín, su boca se convierte en una mueca y una sonrisa al mismo tiempo.

—Eh, no soy muy cercano a los dioses, preferiría estar más al lado de la habilidad y compromiso de cada individuo, eso es más útil que decir palabras al aire.

—¿Al aire, dices? ¡¿Al aire?! —Amadeus se pone rojo, molesto, con esos ojos de furia volcánica… hasta que respira hondo, muy hondo y se tranquiliza—. Oh, ya veo. Eres ateo o hereje, ¿verdad?

—Yo diría que nada de eso, sólo no confío ciegamente en los dioses.

Amadeus se la piensa, su mirada es la de un juez que ya tiene su sentencia en la cabeza. Zanav y el goliat se ríen de algo, Amadeus se distrae.

—No sé si es peor eso que dices. Pero todos al final terminamos creyendo en los dioses del orden.

—Bueno… —Mitch parece indiferente.

Amadeus suspira…

Y ya recobrado el aliento, Amedeus con cierta desconfianza, apunta con la mirada al pícaro. Se levanta.

—Tú, Zanav, entra primero. Nosotros te seguimos.

Zanav ríe mostrando sus blancos dientes.

—¿Ya vamos a entrar? ¡Qué bueno! Ya sentía calambres en mis piernas.

—Sí, ve, anda —sigue Amadeus, con tono autoritario.

Todos se paran, el goliat se estira.

—Sí, claro, los humanos atrás y el medio elfo adelante —reclama ligeramente.

—Como sea, me da igual. Si quieres yo voy primero, pero ya hay que entrar antes que se haga más tarde —a Amadeus deja en claro que no tiene simpatía por Zanav, lo mira como alguna criatura de casta baja e inmoral..

El medio elfo lo sabe, y  la piensa bien antes de comenzar un pleito.

—No, yo entro. Es obvio que mi vista es mejor. Pero que el hombretón este —se refiere al bárbaro goliat—, que me siga.

—Yo Ass-Tickla —se lo aclara a Zanav.

—Sí, seguro, gran hombre, eres el temido Ass-Tickla —le sonríe.

Y entran.

(…)

Ya los cuatro dentro de la cueva, la visión es turbia, pero pueden divisar varios elementos que pululan por aquí, por allá. Y también un quejido.

Amadeus está conjurando un hechizco de luz—

Pero, un súbito incidente se desenvuelve fuera o dentro de la cueva: su entrada se colapsa.

Ahora los héroes escupen o tosen polvo.

—¡Pardiez! ¡Quién activó una tr-rampa…! —dice, enfurecido, Amadeus.

—¡Doy fe que yo no fui, vi que todo estaba bien y…! —Zanav simula una actuación dramática, pero tose — Caramba, siento que me va a dar el patatús…

Ass-Tickla gruñe.

—¡Fuki-fuki!

Ahora la oscuridad los amenaza. Y los quejidos de una criatura prosiguen. Zanav prepara bien su vista infrarroja y divisa mejor el panorama: hay una carreta rota y un hombre al lado de ella.

—Hay alguien aquí… —lentamente dirige sus brazos a su arco.

El paladín saca su largo mazo.

—¡Quién, dónde! ¡Eh, tú! ¡Sal de ahí y da la cara!

El guerrero se mantiene firme donde está, pero también preparado a utilizar su sable.

—Por ahí… es una carreta y alguien que parece… ¿herido…? —Zanav deja de posicionarse tan a la defensiva.

—¿Hay alguien ahí? Ayuda… —les llama la voz extraña.

—A ver —Amadeus enciende una antorcha con fuego divino—. Ahí está.

Todos miran al hombre herido, con un brazo atascado a una de las ruedas de la carreta—

“¡¿Una carreta?! ¿Qué está haciendo una carreta dentro de una cueva?”, se pregunta Mitch.

—¡Fuki-fuki! —exclama el goliat.

—Sí, raro ver algo así justo al principio de una cueva —Zanav le secunda al bárbaro.

—Hola… creo que necesito un poco de ayuda… —se le ve al herido.

Los héroes, con dudosos pasos, se acercan con cuidado al malherido.

—Esto huele mal… —hace una mueca el medio elfo.

—Mal-mal —dice Ass-Tickla.

Al estar frente de aquel hombre, este los mira con una cansada sonrisa: su cara está pálida y unos ojos igual oscuros que el interior de la cueva. Ya lleva más de un día en ese estado. Amadeus está algo nervioso, ya no es el mismo caballero, impertérrito, de porte noble.

—Este claramente está indefenso… —el guerrero toma una forma más pasiva.

—¿Le auxiliamos? —pregunta el paladín.

—Pero no sabemos quién es, ni qué pretende —Zanav le previene.

—Cierto. Creo que por lo menos tendríamos que preguntarle quién es —sugiere Mitch.

—Sí —acepta Amadeus—. Disculpe la molestia, gentilhombre…

—Oigan, ¿qué no ven que estoy malherido? Por lo menos podrían ayudarme a zafar mi brazo de esta hijueputa rueda, ya casi ni lo siento… —dice el extraño, al parecer molesto porque los héroes todavía no lo sacan de su lamentable situación.

—Pero, disculpe, nos gustaría saber de quién se trata usted… —sigue el paladín.

—No puede ser… ¿están de broma…? Llevo casi dos días en este estado poco alentador y lo primero que hacen preguntar es preguntarme que si quién soy yo… —el extraño mira bien a Amadeus—. Veo que usted que es un honorable paladín y creo que lo primero que  debería hacer es auxiliar al que necesita ayuda antes de hacer preguntas personales…

—Y por eso me da más desconfianza este fulano —advierte Zanav, otra vez con su mueca—. Todas las veces que he ayudado a gente de la cual no conozco su nombre, termino en ropa interior al lado de un río o en un maldito calabozo.

El goliat se ve muy desesperado, la paciencia no es su fuerte.

—Yo fuki-fuki —gruñe.

—Hey, tampoco hay que exasperarse, deja primero que cuestionemos a este pobre hombre, tal vez no sea de esos que menciono…

Ass-Tickla no parece serenarse, suelta vapor de sus fosas nasales.

—¡Carro malo! ¡Carro mover!

Zanav parece divertirse a lo grande con esta escena, le parece teatro puro.

—¡Malo, malo!

—Oye, grandotón, tampoco creo que sea buena idea—

Pero Ass-Tickla hace caso omiso y con movimiento vigorosos se pone detrás de la carreta.

—Oye, tú, no la muevas…, mi brazo… —suplica, cansado, el extraño.

—¡Carro malo!

—¡No muevas ni un ápice a esa carre—! —grita Amadeus.

Y lo mueve, bruscamente lo mueve. El dolor, sí, ese dolor intenso que lo sigue un horrible grito de un brazo mutilado, colgante. Ni Mitch, ni Zanav esperaban tal calamidad. El extraño dice mil injurias que catalogan como unos imbéciles a los desconfiados héroes.

—¡Malditos diletantes del… merceranismo! ¡Son unos amateurs…, o qué mierda son…! ¡AH! ¡MI BRAZO! Creo que… me desmayo…

—¡¿Por qué diantres hiciste eso?! —le recrimina Amadeus al goliat, que éste ahora se ve pensativo.

—Yo pensar ayuda… no bien, no bien.

—¡Pues claro que no! Mira lo que has hecho… es terrible…

—Ahora tendremos que curarlo inmediatamente o se nos va de este mundo —asegura el guerrero.

—Maldita sea, mi brazo… ya no podré pescar… —parece llorar débilmente aquel extraño,  añorando a su brazo mutilado.

—Aunque todavía no confío en este fulano, veo que tiene mucha razón el guerrero en eso de curarlo…, se nos va a pirar hacia el más allá, quién sabe si al infierno —Zanav, reflexivo, pero ahora apuntando con su carco hacia el molido extraño—. Alguien haga lo suyo en curar, yo por mi parte vigilo que no haga algo repentino..

—No creo que haya necesidad de apuntarme con eso… no tengo ni ganas de moverme un paso…

—Oye, no creas que he llegado tan lejos en la vida haciéndole caso a extraños atrapados en cuevas tan tétricas como esta —le responde Zanav.

—Pero, oye, yo tampoco… —Amedeus trata de convencer a Zanav de que deje de apuntarle al malherido.

—Ay… —gime el herido.

—Ya, basta. Alguien haga algo o este se nos va —ultima Zanav.

—Yo curar —Ass-Tickla toma su hacha y la hace girar en el aire.

El Paladín frunce el entrecejo y se queda impactado que un bárbaro intente curar un brazo tan defenestrado como el del personaje misterioso.

—Oigan, ese grandote es de un clan de curanderos, yo reconozco la insignia de su brazo derecho —Zanav parece sorprendido, pero rápidamente satisfecho.

El guerrero, aún pensativo, asiente junto a Zanav.

—Tiene razón el medio elfo, yo también he sabido de estos bárbaros, que tienen lo suyo a la hora de curar a sus heridos en batalla. No son malos como aparentan.

—Pero… —Amadeus, que es un paladín, obviamente es mejor en las artes de la medicina que aquel gigante que los acompaña —. Pero, no puede ser que ignoren el detalle que yo también tengo lo mío de curandero…

—Yo curar. Yo voy.

—Deja al grandote que haga lo suyo —le dice Zanav a Amadeus. Vuelve a apuntar bien con su arco…

… Mientras, el herido, a pesar de que se sentía a punto de quedar en un estado comatoso, ahora parece impacientarse; hasta su piel, de un tono azuloso, se le pone pálida otra vez, con ciertos matices bermejos.

—¡Qué dicen…! ¡Es una locura lo que están dejando que haga ese…!

Ass-Tickla se acerca al malherido; el otro lo mira como si por fin viera a la divinidad más terrible que existe en todos los credos de Faêrun: sería aquel ser poderoso que extinga a todas las especies y luego se pondría a picarse los dientes, reflexionando si hubiera sido mejor haber dejado unos cuantos rastros de seres inteligentes en el plano terrenal.

—Ay… —sigue gimiendo el malherido.

—Ya, déjalo, creo que pederíamos más tiempo evitando que el goliat haga lo suyo.

—Pero es que no piensan con cordura, ese goliat lo va a hacer un amasijo de sangre antes de verdaderamente curarlo—

El goliat saca su hacha de dimensiones estrambóticas y la levanta con un gustoso esfuerzo. El apocalipsis se aproxima: y suenan truenos; la marea alta cae; los volcanos hacen erupción; los bardos no paran de cantar; y los goblins se vuelven académicos.

Su sonrisa es espeluznante.

—Mamita… —cierra los ojos el hombre misterioso que sigue postrado en el suelo.

—¡Deténganlo, lo va a hacer papilla! —les ordena Amadeus.

—Ey, a mí nadie me da órdenes, a menos que me hayas pagado con antelación —le advierte Mitch.

—Bien dicho —Zanav sigue apuntando.

Suelta un grito barbárico aquel goliat con aires de frenesí bélico.

—¡Nooo, deténganlo! —grita el paladín, dando largos pasos hacia el gigante.

—Qué enorme hacha… —Zanav está asombrado.

—Mierda de kobold… —dice un poco arrepentido el guerrero.

Justo antes que la hacha cayera sobre aquel pobre humano, Zanav fue el que escuchó en su cabeza la voz del aquel hombre que los contrató: “Por favor, por la cantidad que les parezca, tráiganme a mi hermano en las mejores condiciones que puedan”, y lo primero que hizo fue promover en cortarle el brazo.

Y los dados del destino se lanzan: un chorro de sangre se esparce en las caras de cada uno de los héroes, y el goliat es el más emocionado de todos.

Se consuma el apocalipsis.

(…)

Mitch queda atónito, y los demás casi por igual: Amadeus tiene la quijada floja, con la boca muy abierta; y Zanav, ya no sabe su está apuntando con su arco al ahora manco o al sucio suelo cavernoso. De inmediato el bárbaro cura con un kit especial a aquel hombre a punto de morir.

El corte fue limpio.

Aquel extraño respira… sigue vivo. Un alivio para los héroes. La acción tuvo un extraño éxito, que es lo que cuenta.

—Maldita sea… por todos los infiernos… qué han hecho… mi brazo… qué han hecho… —llora patéticamente aquel hombre extraño. Zanav de inmediato le da un brebaje.

—Ahora tú qué haces —Amadeus sigue en un estado cuasi-catatónico.

—Esto le caerá bien ahora que perdió mucha sangre; yo mismo preparé esta bebida.

—Eso me da menos confianza… —quiere decir Amadeus, pero las palabras se le escapan con su mandíbula floja.

El herido vuelve a estar consciente.

—Mi bracito…

—Mejor-mejor, pero yo fuki-fuki —el goliat está muy contento con su trabajo. No se limpia la sangre de la cara y muy posiblemente no lo hará hasta su siguiente baño… que tal vez sea en la próxima privamera.

—Ya lo tendrás, amiguito. Has hecho un brutal pero buen trabajo —le premia Zanav.

El goliat sonríe, tira su haca a un lado y mueve sus brazos hacia arriba, victorioso.

—Esto no me lo enseñaron a resolver en la academia —sigue confundido el paladín—. Creo que son de las peores decisiones que se han tomado. Sí, estoy seguro.

—Eh, te sigo en eso, pero no tanto. Por lo menos no se desangró el pobre hombre —dice el guerrero, más para reconfortar que en verdad creer en lo que dice.

—Siento que estoy en la pesadilla que me infundó un hechicero demente.

—Oigan —habla Zanav—, creo que es hora de seguir con nuestra interrogación.

—¿Qué…? Dioses, esto es la peor de todas las bromas —dice el extraño.

Zanav se le acerca, amenazador al hombre que está en el suelo.

—Humano, te lo repito: no he llegado tan lejos por hacerle caso a extraños atrapados en una cueva.

El espanto. El horror. El hombre piensa lo mismo que el paladín, que esto solamente era una pesadilla, de esas horroríficas que sólo un loco hechicero se le ocurriría imponer a un rival o archi-enemigo, pero que, a fin de cuentas, era un sueño. Un terrible sueño. Del cual tiene que despertar ya.

Pero no.

—Bueno. Tiene un buen punto. No nos queda de otra que seguir con las preguntas —afirma el guerrero.

El paladín, ahora más sombrío, sólo responde con un:

—Bueno… ya despertaré.

Y, lamentablemente, ni Amadeus ni el herido no despertaron, porque, para su infortunio, esto que viven no es una pesadilla, sino la cruda realidad.

 

CONTINUARÁ… (¿?)


*Imagen sustraída de Artstation, creada por el diseñador HeeWann Kim. Los derechos no son míos.

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