Bárbaras desventuras: La Cueva – Parte 2 | Cuento (Fantasía, Humor)

Pero Ass-Tickla hace caso omiso y con movimiento vigorosos se pone detrás de la carreta.

—Oye, tú, no la muevas…, mi brazo… —suplica, cansado, el extraño.

—¡Carro malo!

—¡No muevas ni un ápice a esa carre—! —grita Amadeus.

Y lo mueve, bruscamente lo mueve. El dolor, sí, ese dolor intenso que lo sigue un horrible grito de un brazo mutilado, colgante. Ni Mitch, ni Zanav esperaban tal calamidad. El extraño dice mil injurias que catalogan como unos imbéciles a los desconfiados héroes.

Héroes: Amadeus Wilgtenford, Paladín (Humano), Michiturra o Mitch, Guerrero (Humano), Zanav Avich, Pícaro (Medio Elfo) y Ass-Tickla, Bárbaro (Goliat)

 

—Eh, responde —siente que alguien le da bofetones, hasta que su vista, antes a oscuras, ahora ve a cuatro espectros con turbias caras incipientes.

—Ah, sí… ¿quién soy? —pregunta.

No hay respuesta. Parece que los espectros dialogan en silencio.

—Dónde… ¿dónde estoy? —ya ve un poco mejor.

—Ya… sigue vivo, solamente está recobrando el sentido —dice uno de los espectros, el de apariencia más noble.

—No lo vuelvas a abofetear, de seguro va a irse de nuevo y no quiero quedarme mucho tiempo aquí dentro sin ver en qué demonios nos metimos.

—¿Eh…? —ahora ve a un paladín, a un hombre fornido, y a uno que parece pariente de los gigantes de montaña, y también a aquel que tiene más cerca, un medio elfo con mirada gélida.

—Creo que ya nos ve bien.

En efecto, lamentablemente se le aclara la vista… y recuerda lo último que le aconteció.

—Mierda… no fue una pesadilla.

Zanav ríe.

—Lo siento, pero la realidad no siempre es como nos parece.

Zanav se reincopora y mira fijamente a Amadeus y a Mitch. Ass-Tickla está mirando fijamente a la carreta, parece reflexionar que si qué había hecho mal al respecto.

—Yo quiero fuki-fuki… —Ass-Tickla se dice, meditabundo.

—Supongo que lo más sensato es amarrarlo a la carreta —recomienda Zanav.

—Tal vez.. —dice el guerrero.

—¡Qué dices! Pero es que me tocó una compañía de maníacos sin moral, sin honor… —Amadeus se hace esta pregunta retórica, de la cual no se siente convencido. Algo en él piensa que amarrarlo no estaría mal, aunque sin necesidad de apretarle mucho el único brazo que le queda. Zanav sin precisar de una confirmación, toma la cuerda que tiene en la mochila y la estira para fijar su estado: está en buenas condiciones.

—Bueno… si quieres hazlo, pero no le aprietes mucho… —sin mucha seguridad de sus palabras dice Amadeus.

—No necesitaba que me lo ordenaras; de todas maneras lo iba a amarrar. En esta vida no se sale adelante sin que se tomen las más mínimas medidas, aun cuando estas puedan ser cuestionadas por moralistas y piadosos con armaduras pesadas, esos personajes bobos prefabricados de Aguadas Profundas…

—¡Eh! Qué dices —le cuestiona Amadeus.

Mitch ríe para su gusto.

—Nada —tranquilo le responde Zanav.

El manco se percata de lo que están a punto de hacer.

—No, por favor, otra vez no…; ¿cómo van a hacerle esto a un manco? No, mi bracito, ya no pescaré jamás… mi pobre bracito, no tuvo que haberle parado este terrible destino… —Zanav comienza el amarre desde la carreta— Espera, por favor, no ves que estoy muy débil, mis piernas me duelen mucho, creo que están rotas… —Zanav se espina con algo y se chupa rápido el dedo; luego prosigue— Oye, tú… —el manco se refiere al paladín— dile a este pícaro que no me haga esto, yo soy alguien importante, soy de—

—Eh, calla. Primero te amarro y luego seguimos con las preguntas —lo silencia Zanav con su mirada de truhán.

—Ay… —muy dolido el pobre manco.

Y lo amarra.

—Ahora sí. Quedó bien fijo, no creo que pueda escaparse —les asegura a los otros.

Amadeus se acerca.

—Yo le haré las preguntas ahora.

Zanav se encoge de hombros.

—Me da igual.

Amadeus mira a Mitch: él asiente.

—Por mí, está bien.

—Bueno —Amadeus se hinca ante el manco—. Disculpe que tengamos que tomar estas medidas…

—Medidas de asesinos… Maldita sea… todo esto ha sido innecesario, si supieran primero de mí…

—Sí, eso precisamente queremos saber. ¿Nos podría decir con quién estamos tratando?

—Por fin —se le ve más aliviado al manco—, era hora de que me lo preguntaran. Yo soy un mercader de Phandalin, como ya les dije…; llevo días aquí… pasé por un accidente y, por los dioses del camino, tuve la mala suerte llegar a esta cueva, donde todo terminó en desastre.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué pasó?

—Unos rufianes que no pude ver sus caras me lastimaron las piernas y me dejaron aquí, con mi brazo atascado en una rueda.

—Espera, ¿acaso tú eres el hermano de Rufianus?

—¡Sí, sí…! —se le ilumina la cara.

—Oh, qué conveniente —dice Zanav, en tono de burla.

—Pues la suerte de usted ha vuelto: su hermano nos ha contratado para devolverlo a casa.

—¡Ah, sí…! Tenía esperanzas que mi hermano enviara a alguien a buscarme… bueno, no creo que sea bueno seleccionando a su gente, pero por lo menos aquí están ustedes.

—¿Te estás mofando de nosotros? —le dice Zanav.

—Eh, no, digo, pues, yo creo que mi hermano hizo lo posible dentro de sus capacidades… y ustedes ahora podrían sacarme de aquí… aunque, bueno, veo que la entrada se derrumbó.

—En efecto, ésta cayó justo cuando entramos.

—Lo cual es sospechoso —Zanav se rasca la barbilla y mira a Mitch, como queriéndole transmitir sus pesquizas.

—No obstante, ya encontraremos la forma de salir de aquí.

—¡Oh, sí! Sería maravilloso… yo les pagaría el doble si me sacaran de este infierno, pero también si me desataran…

—No parece mal el negocio ahora… pero lamento informarte que vamos a dejarte amarradito aquí —Zanav.

—Yo soy malísimo en desatar nudos, es el peor de mis males —genuinamente se siente decepcionado de sí mismo Amadeus—. ¿No sería mejor quitarle—?

—No —Zanav es tajante con su decisión.

—Bueno. Trato hecho. Perdone por esta medida, no estoy de acuerdo con ella, pero no quiero armar una trifulca entre mis compañeros. Eso sí, le juro que en cuanto sepamos cómo salir de aquí, vendremos por ti.

—Pero… ¿de verdad me dejaran amarrado aquí? ¿No están de chiste? Me dejarán aquí  solo, roto, sin posibilidad de moverme… ay, maldita sea el día en que salí a vender pócimas para la alopecia…

—Lo siento, muchachón, haremos las cosas a nuestro modo. Vámonos, creo que ya hicimos muchas preguntas —recomienda Zanav.

—¿Preguntas? —dice el goliat.

—No, ya no más preguntas, gigantón.

Se están yendo, a pesar de las súplicas del otro.

—Lo siento —le dice Amadeus, alicaido, confundido sin saber si optar por la decepción o la ira.

(…)

Hay una puerta frente a ellos y discuten que si qué hacer.

—Yo opino que nomas la abramos —dice Amadeus.

—No sé si sea buena idea —duda Mitch.

—No la es, así de simple —termina Zanav.

—¿Fuki-fuki? —aconseja Ass-Tickla.

—No, tampoco. Iré en  sigilo y me siguen.

—Me parece bien —dice Mitch.

Zanav, sigiloso, se acerca a la puerta e intenta escuchar algo: nada, silencio. La abre. Entran al siguiente lugar y es un pasillo. Al final hay otra puerta.

Otra maldita puerta.

—Es un maldito pasillo. Me pregunto si la salida no está tan lejos —dice Amadeus.

De pronto se va la luz. Los cuatro parecían cuervos parlanchines tras la oscuridad. Amadeus se queja de alguna distracción y, de nuevo, invoca el hechizo de iluminación divina.

—Bueno, ¿avanzamos? Me acongoja esperar mucho en un lugar donde no se tenga una salida inmediata—dice Zanav.

—A mí lo que me precupa es que este lugar parece ser habitado desde hace mucho tiempo. Temo por lo que nos podemos encontrar. Y no creo que es la mejor idea pelear sin algún reconomiento—Mitch toma sus precauciones paso por paso—. Presiento que estos no son simples rufianes.

—Para eso no hay que rogodearnos, recuerden que puedo ver mejor que ustedes en la oscuridad y yo iré adelante con sigilo. Mejor abramos la otra puerta —sonríe Zanav.

—No os preocupéis, que si de ladrones tratamos, yo lidio con ellos, ustedes me auxilian en los flancos y…

—Sí, sí, pero no sin antes con la debida precaución —le advierte Mitch.

—Así es, por eso el sigilo —sigue sonriendo Zanav.

Zanav camina despacio, utilizando las virtudes de su parte elfa, con pasos calmos, acsi fantasmales, evitando el más mínimo ruido.

—¡¡Escucha lo que hay del otro lado…! —con murmullos infantiles, Amadeus le ordena esto a Zanav. El pícaro se molesta y lo calla con su dedo índice aplastando a sus finos labios. Zanav respira profundo, sin hacer ruido; y pone su puntiaguda oreja sobre la puerta de madera.

Gotas.

Gotas.

Hasta que escucha voces extrañas, tal vez de humanos. Hay algo através de la puerta y se los advierte con gestos.

Silencio.

Silencio.

Amadeus parece temblar un poco; se compone.

Mitchiturra toma posición de pelea, presiente que una batalla está próxima.

El goliat está sacándose algo de una de sus enormes orejas, de lo que extrae lo huele, le disgusta y lo tira al suelo.

Zanav aguanta la respiración… y abre la puerta:

Cuatro hombres arropados con túnicas negras estaban discutiendo algo, cuando son sorprendidos por los héroes.

—¡Intrusos dice uno! —pero fue demasiado tarde, porque Zanav lo hirió con una rápida flecha.

—Esos no parecen ladrones… —Mitch dice para sí mismo.

—¡Por el paraíso prometido! —vocifera uno de ellos.

Amadeus entra blandiendo su mazo y entabla una encarnizada pelea contra uno de sus adversarios; Mitch usa espada y mazo de picos contra otro; Zanav hace lo suyo disparando flechas que fallan a sus destinos; y, para desventaja de nuestros héroes, todos los hombres de negro parecen ser buenos para defenderse.

Pero de todos modos la sorpresa no les cayó nada bien.

Ass-Tickla entra en acción con pasos largos y pesados.

—¡Usa tu hacha! —le recomienda Mitch.

Pero el goliat se rasca la cabeza: busca de lado a lado y nada.

—Creo que olvidar.

Sí, el gran bárbaro olvidó traer consigo mismo a su arma, la dejó con aquel hombre amarrado hacia una carreta. No obstante, a pesar del equívoco, Ass-Tickla actuó agilmente cuando un enemigo lo ataca; se abalanza hacia  a un lado y luego agarra,  afianzándose del cuerpo humano, luego apretándolo muy fuerte con sus musculosos brazos, lo cual lo hace aullar de dolor; pues se trata de la fuerza de un goliat. Después el gigante se relaja un poco. El enemigo parece estar muy desesperado entre sus brazos. Para esto Ass-Tickla le dice:

—¿Fuki-fuki?

—¿Qué…?

El goliat sonríe y parece decirle algo al oído: el hombre de negro parece querer reírse, lo que hace tranquilizarse por un momento.

Los otros héroes siguen la pelea.

Zanav, con una pirueta magnífica, cae en la mesa de piedra que está en medio del cuarto, y con una aparente destreza, dispara contra otro hombre de negro: pero, penosamente su flecha falla, rozándole la cara a Amadeus.

—¡Eh, cuidado! —grita Amadeus.

—Perdón —Zanav dice apenado.

Mitch está muy concentrado pegándole a su adversario, al cual, por un descuido, se le revienta la cabeza con un buen golpe del mazo con picos.

—¡Pardiez! ¡Pero qué buen golpe, Mitch!

Mitch sonríe, con la cara ensangrentada.

—Lo sé.

Con el goliat, ahora que su adversario recuerda que está en peligro, ambos siguen luchando cuerpo a cuerpo, Ass-Tickla pensando en qué hacer y el otro intentando zafarse de los enormes brazos que lo yuxtaponen con el bárbaro; parece una pelea absurda de un gigante contra un pequeño hombre que sólo quiere escabullirse de la pelea.

En eso, a Ass-Tickla se le ocurre algo: se baja los pantalones y…

¡Dioses del paraíso y del infierno! Pero qué garrote… por un momento todos los combatientes se congelan y miran a aquel miembro que sale del gigante. No pueden imaginar lo que está a punto de hacer.

—No… ¡Nooo…! —dice el hombre de negro que hace lo posible por escapar—

Pero esa cosa descomunal se erige como un mazo de guerra; y de un brinco y empuje, atraviesa la parte postrera del pobre hombre de túnica negra.

El suplicio carnal es inconmesurable.

—¡AAAAAAAAAAAAAH! —grita el pobre.

A pesar del horror que ven sus ojos, lo contendientes prosiguen su combate.

Zanav pasa enseguida de ese hombre empalado y éste, como una furia, lo daña un poco con un brazo que se zafa, atacándolo con una daga.

—¡Eh, gigantón, haz algo con ese salvaje! Que irió a mi linda cara… —le recrimina Zanav.

—Fuki-fuki.

—¡No, estrangúlalo, despedázalo con eso…, o hazle algo! Por el favor de los dioses que ni sé si existen… —Zanav parece asqueado.

Pero en un descuido, el mazo de Amadeus, en un movimiento erróneo, golpea a Zanav y lo deja inconsciente en el suelo.

—¡Uy…! —se sorprende Amadeus—. Ahorita os curo vuestra testa, justo después de que haga picadillo a este rufián.

—Ay… a veces hablas como los tontos héroes en los libros de caballerías… —dice Zanav antes de quedar inconsciente

El hombre de negro se queda silencioso, pero listo para atacar.

Muere de otro golpe certero de Mitch: la sangre brota en todo el cuerpo de Amadeus.

—¡Mierda…! Hubieras avisado.

—Qué bonita palabra para un paladín… y yo que creía que te gustaba mi manera de golpear.

—Sí, como sea…

Aparentemente la pelea termina. Solamente queda uno de sus enemigos, que ahora está espantado y es prisionero del grandote goliat.

—Fuki-fuki.

El prisionero cae, con dolor en la entrepierna, sollozando. No parece poder mover sus piernas; quiere gatear, pero vuelve en llanto.

Amadeus reincorpora a Zanav.

—Gracias —dice Zanav.

—De nada… fue mi culpa.

—Lo sé —no parece estar tan contento —. Eh, grandote, ¿sometiste a este…?

—Son cultistas, nomas como visten y las runas grabadas en esta mesa; me parece que son fanáticos, adoradores de la muerte y la magia oscura, o algo así —responde Mitch.

—Ah, ¿y cómo es que yo no sé eso? —le dice el paladín.

El único cultista sobreviviente llora, aún cuando el goliat parece consolarlo torpemente.

—No sé, también es algo que me pregunto yo, algo que es muy fácil de identificar cuando ya has viajado mucho… como yo.

Parece que están a punto de discutir guerrero contra paladín, pero Zanav los detiene.

—Oigan, antes que se agarren a besos, primero díganme que es eso.

Todos miran a un cofre misterioso.

—Eso… ¿es lo que me imagino? —dice Mitch.

Al cultista se le ve triste junto a su opresor.

—Tiene algo en la cubierta… es una placa.

—A ver… —se acerca,  Zanav, con cierto dolor de cabeza— dice… “No Abrir”.

Se quedan callados un momento.

—Esto tiene una trampa, seguro —afirma Zanav.

—¿Qué hacemos? —pregunta Amadeus.

Zanav mira al cultista.

—Eh, tú, dinos qué hay adentro.

El cultista parece ponerse ansioso, sólo niega con la cabeza.

—Mierda, se quiere hacer el listo.

—Anda, dinos.

El cultista vuelve a negarlo.

—Nada para ustedes.

—¿Qué dices? —Zanav se molesta.

—Nada bueno —recalca el cultista.

—Bueno. Ass, dile que abra el cofre.

Ahora el cultista parece espantarse de nuevo.

—No… ¡No! —dice el cultista.

—¿No qué? —pregunta Mitch.

—¡No lo haré…!

—Tiene miedo de algo… —se percata Mitch.

—Sea lo que sea, él lo abrira… —dice Zanav— ¿o prefieres sentir el tremendo poder de mi amigo goliat.

Quiere morise, el cultista ya no quiere seguir entre estos lunáticos.

El goliat lo toma y le quita la túnica hasta desnudarlo, es liberado de sus ataduras y le dice:

—Abrir cofre.

Le acerca un pequeño cuchillo que tenía escondido el cultista.

—No… ¡Ni loco!

—Anda, chalao, no te cuesta nada abrir un simple cofre —dice Zanav, en sorna— recuerda los cinco pies de poder del goliat.

—Abrir cofre —ahora el goliat lo toma por el cuello y le acerca el cuchillo a uno de sus testículos—. Abrir, ya.

—¡No…! ¡Mátenme si quieren…!

El goliat frunce el ceño: y ágil le rebana un testículo al pobre cultista. Este no puede gritar del dolor porque es asfixiado también por las manos de su torturador. Muere por sus heridas.

—Ese… murió —advierte Mitch.

—Mierda. No era para tanto, grandulón —le dice Zanav—. Era suficiente complacerlo con tu fuki-fuki.

—Fuki-fuki —tira el cadáver al suelo.

—Y ahora quién abrirá el condenado cofre ese… —parece decepcionado Mitch.

Silencio.

—Yo —dice muy seguro Amadeus.

—¿En serio? —duda Mitch.

—Mejor yo lo hago —le recomienda Zanav.

—No —Amadeus se cruza de brazos para verse más heroico—: vuestra frágil condición impedirá—

—Ey, habla normal. Si escogí ser el jodido pícaro que soy es porque aborrezco el lenguaje cortesano ese, y peor con los códigos caballerescos.

Amadeus resopla.

—Lo que quiero decir es que cualquier te toque puede tumbarte de nuevo. Mejor yo me encargo de esto.

Zanav sigue dubitativo.

—Oye, si tú no sabes desactivar trampas, yo sí que tengo cierto conocimiento—

—No. Yo lo haré.

Suspiran.

—Bueno —dice Zanav.

Amadeus camina lentamente hacia el cofre; lee “No Abrir” y eso hace que una gota de sudor se esconda tras su armadura.

—Bien. Bien. Ahí voy.

Y torpemente abre el cofre, el cual acciona una trampa que lanza unos dardos, de los cuales tres pegan a Amadeus, Mitch y Ass-Tickla; lo irónico que el más herido pudo zafarse del dardo que lo pudo haber matado.

—¡Joder, chalao! ¡Parece que nos quieres matar! —le dice Zanav.

—Perdón, ay, yo creí, ay… —dice Amadeus muy apenado.

Nadie quedó gravemente herido, pero el dolor no se les quitó.

Ya cuando cada quien se quita el dardo, se miran por un rato.

—Bueno, salimos vivos todos —dice Mitch.

—Sí, algo así —dice Zanav, no tan covencido, y viendo a Amadeus.

Ahora los cuatro mira las dos puertas que los llevarán más adelante, o los harán perderse entre los escabrosos pasajes de la caverna.

—Bien, tenemos que decidir cuál de estas puertas tomar.

Pero, en eso, detrás de ellos, toda la parte superior de la sección cae al suelo, dejando solo piedras y escombros. La sala por un momento se llena de polvo y tosen.

—¡Fuuu! ¡Otra vez! —tose— ¡qué jodidos pasó! —dice Mitch.

—Allá se derrumbó todo —dice Amadeus.

—¡No me digas! —le dice Zanav.

—¿Fuki? —el goliat, que no tose, mira pensativo a lo que acaba de pasar.

—¡Por todos los dioses…! ¡El hombre…! —exclama Amadeus.

—¿De quién hablas? —le pregunta Zanav.

—¡El que dejamos allá…!

—Ah, ese… —dice Zanav.

—Maldita sea —se ve preocupado Mitch.

Ass-Tickla se sienta sobre la mesa de piedra y cruza sus brazos, pensando.

—¿Qué le habrá pasado?

—No sé. Creo que ahora dependerá de nosotros si importa o no lo que le haya pasado —dice Zanav.

—¡¿Qué dices?! ¡Yo le juré en que volvería por él! —le reclama Amadeus.

—Dije lo que escuchaste —se encoge de hombros—. Y si acaso sigue allá, amarrado, chillando de dolor, pues luego  buscaremos la manera de rescatarlo y así cumplir con tu tonta promesa; y si se lo tragó la tierra, igual, tendremos que buscar una salida de aquí y tal vez volver para exhumar a su triste cuerpo.

A Mitch no le agrada nada la idea, pero mejor se sienta al lado del goliat.

—¿Salir? ¿Dejarlo? ¡Es la muerte de un posible inocente! ¡Yo le juré…!

—Eh,  eso no sabemos, ni si es inocente, ni si ha muerto.

—Eres una persona fría y despiadada, elfo.

—Medio elfo. Y no, no soy frío, ni despiadado, sólo busco la manera de ayudar y sobrevivir, que lo segundo lo veo más imporante, te soy sincero —Amadeus iba a seguir reclamándole, cuando Zanav lo calla con un dedo—. Además, tú estuviste de acuerdo en dejarlo allá amarrado y solo, así que eres tan complice como aquel gigantón que se le ocurrió rebanarle el brazo.

El paladín, confundido, pero todavía molesto, mira a todos. Gruñe. Pone mala cara. Mira al suelo.

—Maldita sea.

Pasa un momento.

—Bueno, pues, ahora que hay dos puertas aquí… ¿cuál tomamos primero?

—Yo lo decidiré —dice Amadeus.

Nadie parece estar de acuerdo.

—Mejor… —no termina Zanav.

—¡Mejor contigo nada! —lo calla Amadeus.

Y, de nuevo, se pusieron a discutir para simplemente elegir qué puerta abrir.

 

CONTINUARÁ…


*Imagen sustraída de Artstation, creada por el diseñador HeeWann Kim. Los derechos no son míos.

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