El restaurante | Cuento (Fantasía, Surrealismo)

Estábamos juntos, extasiados por una fiesta matinal, del prólogo a la boda de nuestros mejores amigos.

Felices, felicidad, felícimos.

Después de la algarabía, los invitamos a todos a nuestro restaurante, un pequeño lugar lleno de delicias, con un salón utilizado para jazz, tango  y sus múltiples fusiones. Era el lugar perfecto para nosotros, de la alta clase, pero aún humilde, de buenos sentimientos…, y con ganas de una rumba sin igual.

A pesar de ya estar a nuestra cuarta década de vida, sudábamos juventud y alegría. Bono lo sabía muy bien, ya que quedó encantado cuando les ofrecimos nuestro restaurante como la conclusión de este bonito día. Aunque, te seré sincero, amor, yo tuve un vago presentimiento que no era la mejor de las ideas; es más, no recuerdo mucho de lo que pasó antes llegar a nuestro encuentro, sólo sensaciones, pizcas de emociones que no sé si fueron infundadas por un espíritu maligno que me hace pensar en sombras que me seducen y me atontan.

Y al fin llegamos, desabotonados, contentos, cantando canciones que no recuerdo. Ya eran como las 6 de la tarde, el sol ya estaba poniéndose en el… ¿Este? No sabía si ya estaba muy borracho, pero tú me besaste, me recordaste que esta fue la mejor de las ideas y yo seguí el tenor de tus impulsos, que me sabían a delicias prohibidas.

¿Recuerdas? Los meseros, todos ellos, estaban todavía uniformados, pero con caras de que ya se querían retirar. Les dije que todavía no era hora, que regularmente este negocio cerraba oficialmente a la medianoche, no tenían que sentirse agotados cuando faltaba bastante tiempo para concluír la jornada laboral. Parecíame yo un dictador sin saber que lo era. Tú me lo aplaudiste, yo me sentí blasfemado.

Todos nuestros subordinados se pusieron a trabajar, de nuevo, y, para mi sorpresa no tan grata, expulsamos a todos los ahí presentes, me refiero a los comensales, gritándoles improperios con nuestras sonrisas, hasta que se fueron, molestísimos de nuestro éxtasis fuera de orden.

¿Qué hiciste tú? Me lo aplaudiste, de nuevo… aunque ahora recuerdo, ¿tú fuiste la de esa idea, verdad? No me agradó, sin embargo, fui como apostol de tus palabras, cuyos mandatos tenían un sabor satánico a nuestras personalidades. Pero proseguimos, la fiesta siguió, nuestros amigos llegaban de más y más, ya parecía una fiesta clandestina dentro, lo cual yo sólo esperaba una reunión de no más de 15 invitados. Y así fue dándose, ¿verdad? Tú de anfitriona, yo de segundón, que sonreía sin ya sentirme realmente cómodo. Pero te veía y volvía mi felicidad.

Bono con su novia estuvieron bailando todo el tiempo, abusando de la actitud servil de nuestros trabajadores, luego de inmediato los demás invitados, y colados, también adoptaron esta actitud despótica. Quise hablar, pero me callaste con un beso: vi tu sonrisa, sus mejillas rojas por el paroxismo que causaba el festejo, me sentí un adolescente de nuevo, de esos tiempos cuando todavía no nos conocíamos, que éramos volubles, airados, soñando con comernos todo; y otra vez quise comerme todo, así que tomé las pastas preparadas, las saborié como nunca, y tú me trajiste vino para aligerar la carga de mi garganta.

Y te fuiste por un momento, dejando un beso al aire que llegó a mi corazón; se renovó mi apetito y pedí pizzas, muchas, todas las necesarias para mí y los invitados; quiso quejarse el capitán de los meseros y le dije que sería despedido si cuestionaba la orden mía o la de uno de los aquí presentes. Así fue, así se fue, por más comida.

Yo entretanto, mientas me servía más vino, miré a los invitados, unos bailando, otros plaicando de manera airada, sobre mentiras que yo reconocía en su momento, ahora tampoco las recuerdo; y estaban también los que, entre el jolgorio, se olvidaron de toda pena, se besaban profusamente, se tocaban sus partes nobles y yo brindaba por su satisfacción carnal; y otros, desde la antipoda del éxtasis, dormían en círculo, en una mesa que parecía de muertos que roncaban. Por estos también brindé.

Pero pasó algo, justo antes que llegara mi comida.

Llegó un tumulto de gente extraña, supuestamente invitados, con caras horrorosas, unas de espanto, otras de monstruos, tal kabukis al acecho, y clamaban auxilio los unos, los otros parecían satisfacerse en ponernos de nervios a todos.

La iluminación bajó.

Me quedé atónito por un momento.

Ese presentimiento que desde hace tiempo se injertó en mí, pues volvió, y con grandes zancadas hasta mi corazón y cabeza. Algo andaba mal porque ya no veía a la servidumbre, solamente éramos espantados y espantadores.

Me levanté pensando en ti, que si dónde estabas, que si qué hiciste para no volver a mí. Caminé primero, preguntando por ti, pero nadie sabía responder, decían que todo se había vuelto un desastre, un tórrido infierno del cual no podríamos salir. Disparates, me dije, que esto es mi restaurante, y yo puedo hacer con él lo que se me antoje. Parecía que nadie me creyó. Tal vez tú pudiste haber sido más persuasiva, porque yo nomas pensaba en ti y en el coraje de no haber recibido más comida.

No quise pensar más, ignoré a la extraña torva en la que se habían convetido de nuestros convinados, que decían que esta era la fiesta de consumación de quién sabe qué demonio, del cual ignoré su nombre y mejor preferí tratar con mis demonios que nomas daban más fuego a mi sangre, la hacían hervir hasta dar golpes y empujos al que se me arcerca; y es que todo se llenaba de desatinos que ya habían agotado a mi paciencia.

Te vi, te vi entre la desbandada de gente y bestias, que cada vez eran menos humanas, ahora eran carnes expuestas, pieles colgantes, u oscuros cuerpos de los cual no podría relatar. Tú llegaste herida, con varias rasgaduras, llorando sin lágrimas. Te quise abrazar, pero me dijiste que era demasiado tarde, de lo cual yo no quise creerte. Preferí tomarte de un brazo y decirte que nos teníamos que ir por la puerta trasera, tú no estuviste de acuerdo, empero, como muñeca, dócil me dejaste manejar tu cuerpo, que, extraña sensación, desee poseer ahí, en ese momento en que nada tenía sentido, y el color rojo tomaba posesión de todo el reino de los colores.

Me seguiste, apretaste las ahora garras de tu mano que perforaban a mi piel, sangrante, pero con falta de sensitividad. Pasamos por el salón, que debía de estar lleno de hipsters y dixies, pero nada de eso, sino bono, con cabeza colgante, y Evelia, su esposa, besando a sus labios azules, ausentes de líquido vital. Los pocos asistentes aplaudian con navajas o gemidos luciferinos.

Quise hacer algo al respecto, pero me detuviste; me confestaste que es el día en que todo acaba, que salir de aquí no tenía sentido, porque no había, ni hubo, nada allá afuera, todo era aquí, en el presente, y que si habíamos cometido muchos errores, que la culpa era más de ella que la mía; obviamente no te creí, porque sabía que yo, entre los dos, era el más testarudo, el menos inteligente y frustrado sin parangón.

No tuvimos hijos.

No fui el escritor que quise.

No llegaré a ser importante en ningún acervo historiográfico.

De pronto sentí las ganas de culparte…; te me estabas muriendo, casi caíste al suelo, te atrape antes, y entre mis brazos me pediste un beso de despedida;  en eso varios diablos nos circundaron, ellos plañideros, tal mujeres enlutadas, no sabía si en sorna, pero aquí estaban, entre nosotros, como si de un funeral se tratara. Me esperaste con dulce paciencia a que te besara, lo cual hice, te besé como un beso final, concluyente…; y antes de expirar tu último aliento, me pediste que me perdonara a mí mismo, de lo cual, sincero, no lo he hecho.

Te dejé en el suelo.

Ya nadie estaba en nuestro alrededor…, o eso creí en el momento. Tras las circunstancias sólo quería ver tu cuerpo ceniciento, ahora más bello que nunca. Cuando las sombras te comieron, me puse a llorar.

Miré hacia atrás, y los demonios seguían en el lugar, pero ahora abriéndose en dos filas, como cadetes esperando a que la debutante pasara entre ellos, así consolidarla como una nueva mujer entre la socidad. No obstante…, estos apuntaban hacia la otra salida. Ya no estabas conmigo, ni ya supe qué deparó de nuestros comensales; de Bono y Evelia no se contaban más entre los vivos, seguro. Mejor me despedí en mi mente y seguí el camino de los engendros que esperaban mi partida.

Un paso.

Otro paso.

Nomás veía, desde atrás, a mis pies caminar, con zapatos de charol sucios.

La puerta se abrió sola.

Tú ya no estabas conmigo.

Afuera había algo de luz.

Me acerqué lo suficiente…, hasta que di otro paso hacia afuera.

Pero todo estaba oscuro, nada material se podía contar en este mundo de lo intangible. Yo, según mi mente, parado, dejé a mi cuerpo atrás, hecho cenizas invisibles.

Ya no estabas conmigo.

Y, por fin, desperté.

(…)

Sudaba un poco, aun cuando hacía el frío del aire acondicionado. Me apiadé de los que dejaron de existir en mi subconsciente y recé por ellos, prometiéndoles inmortalizarlos con palabras y tropos que los harán ver como personajes de novela; pero en verdad, todos sabemos, que ellos fueron más puros que mi Ego, y ahora son parte de Id, una amasajo de energía ininteligible que nunca podré entender.

Amén.

4 respuestas para “El restaurante | Cuento (Fantasía, Surrealismo)”

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