El suave despertar de una inocencia – Parte 3 | Cuento largo (Absurdo, Thriller)

Mauricio tiene el impulso de preguntarle que si de dónde sacó todo lo de su affair, pero se lo aguanta.

—Allá voy.

—Bien, bien, aquí te espero, ya se lo había avisado al portero.

—Sólo te pido que no hagas más… cosas.

Pedro cuelga.

—Maldición.

Ser una estrella porno no es fácil.

Mauricio trata de no pensar en nada, mantener la mente en blanco. Llega con el portero, este lo reconoce de, bueno, algunas páginas para adultos y supone que es el amigo de Pedro, el que le avisó que lo dejara entrar sin demora.

Y sí, así Mauricio se dirigó al departamento 44, donde reside Pedro.

Mauricio se para justo en frente de la puerta y escucha un gruto.

—¡Mauricio!

Mauricio se asusta.

—Eh, loco, abre la puerta, la dejé sin seguro para que entraras rápido.

Mauricio no está preparado para entrar de inmediato.

—¡Entra, pues!

Cierra los ojos. Entra.

Abre los ojos. Ve todo.

La sala de lujo, todo atiborrado de artículos excéntricos que solamente de un mafioso podrías ver. Pero el desorden, la suciedad, este lugar llevaba tiempo sin un toque de limpieza. Y el olor a mierda.

Una figura de madera oscura, apartemente dura, con la forma de una mujer con un pene enorme, erecto, y lo que pudiera se un penacho que la cubre como un aura, por un momento toma su atención.

Llega Pedro y tiene entre sus manos una bolsa con lo que parece ser heces.

—¡Se cagó la condenada!

Mauricio traga saliva.

—¿Dónde está…?

—¡Cierra la puerta, idiota!

Mauricio cierra la puerta.

—Con todo y candado, no quiero sorpresas.

Mauricio pone el candado. De igual manera piensa en que nadie querría visitar a Pedro. O quién sabe.

Pedro, desquiciado, lava la bolsa en el lavabo de la cocina.

—Pedro, creo que es mejor…

—¡No! No quiero pruebas, no quiero nada, que la mierda se vaya al despeñadero…

Mauricio se atreve a acercársele. Mira que una mano de Pedro está vendada, pero parecía que lo hizo un niño.

—¿Qué? Ah, ves, esto me lo hizo esa puta. Le tuve que dar un tremendo golpe que la dejó viendo estrellas otra vez. Ahora necesito que vayamos… a platicar con ella.

Pedro se acerca a Mauricio, éste tiembla y comienza a llorar. Pedro abraza a Mauricio.

—Amigo, no sé qué hacer… —dice Pedro.

Mauricio no lo abraza. Mira que en el cinto de Pedro cuelga un revólver. Un maldito revólver. Dónde está la tranquilidad y la paz, que parecen haberse ido a las Bahamas o a otro planeta.

—La cagué, la cagué… le di su merecido a esa puta, pero la cagué…

El arma. Peligro. Tal vez no sea mala idea tomarla, amenazar a Pedro o dispararle si se pone bravo, así salvar a la pobre Paola. Mauricio lentamente abrazo de vuelta a Pedro.

La voz de Pedro se sofoca porque su cara está pegada a su hombro, sus lágrimas y amarga saliva lo empapan.

—Perdón por las fotos… hasta tengo un vídeo… te prometo borrarlo todo… pero necesito…

Las manos de Mauricio bajan lentamente; su derecha se abre un poco.

—Necesito que… le hables… ella me quiere morder con su mirada… por eso le tapé los ojos… también.

La mano está más cerca; el revólver se mueve ligeramente hacia afuera, quieriéndose caer de su portador.

—Tú eres mi amigo… pero…

Ya casi, ya está a punto de—

Pedro lo empuja y saca su revólver. Apunta hacia Mauricio.

—No puedo confiar totalmente en ti. En nadie. Pero en ti sí puedo más.

Pedro ya no llora.

—Si supieras en las broncas que me he metido. Paola es sólo una cosa más. Una cagada más. Y necesito tu ayuda para que la guarra esa no abra el pico, ¿entendés?

Mauricio asiente con la cabeza.

—¡Dilo! —le grita Pedro.

Mauricio levanta los brazos.

—Sí, te entiendo.

El miedo. Quiere zafarse de esta, ya no sabe si en verdad quiere hacer el acto heróico de salvar a Paola. Sólo quiere tranquilidad.

—Vení, pues.

Pedro le ordena con su revólver que Mauricio vaya primero.

—Vamos a ir a mi sala de ejercicio, ahí la amarré en el pole.

—Sí, maldita sea, yo hago pole dance, aunque nadie lo sepa, así que no le digas a nadie. A nadie.

—Sí, sí…

Siguen caminando.

—Aquí, da la vuelta y abre la puerta.

El olor a mierda incrementa. Se escuchan gemidos.

Mauricio traga saliva.

—Abre.

Maurico toma la perilla. Le reza a algún santo anónimo para que abogue por su causa.

Abre.

Y ahí está ella, con los ojos tapados, la boca dolorsamente tapada, y las manos amaradas sobre el tubo; cada atadura fue hecha con hilachos improvisados de sábanas, fundas y cuerdas para hacer ejercicio.

La mujer todavía parece una fiera, porque se mueve, se agita, y deja salir más mierda de su vestido. Ella sabe que eso le desagrada a Pedro.

—Maldita perra, se cagó más. Qué es una puta fábrica de mierda,  o qué. Perra. Puta —se espera un momento para decir más improperios—Anda, entra.

Paola parece percatarse que Pedro no viene solo, con su cabeza acierta hacia dónde está el nuevo inquilino. La mujer está muy lastimada y sucia, pero aún se le ve cierto vigor.

—Pedro… ¿cuánto tiempo lleva ella aquí?

—¿Y esa pregunta…? Ah, carajo, qué te importa. Una semana, casi una semana.

—Pero tú me habías dicho que hace dos días…

—Sí, también te mentí con eso. Déjalo ya. Vamso con ella.

Se acercan. Mauricio no sabe qué hacer y al parecer Pedro tampoco. Mauricio mira a Pedro como preguntándolo que si en qué debería proceder.

—No sé, dile algo.

—Por lo menos hay que limpiarle…

—No, que se embarre en su propia mierda. Di algo.

—Bueno… —se hinca y traga saliva—. Paola, soy yo, Mauricio.

Paola parece seguir poniendo atención, pero ahora con curiosidad.

—Sé que no estamos en el mejor momento para platicar, pero… —mira a Pedro, éste sigue con su revólver, apuntando hacia los dos— hay una manera de que… no pase nada más.

Tensión. Paola parece desesperarse.

—¿Te parece si te quito la venda de los ojos?

Ella asiente emocionada. Pedro no parece tan convencido, pero deja proseguir a Mauricio. Él le quita la venda a Paola. Sus ojos, cierto, son una fiera, pero ahora confundida. Quiere decirle algo a Mauricio, luego apunta a Pedro; Pedro está molesto por ver sus ojos otra vez.

—Mierda, Mau, no quiero verla, no, me juzga la perra, si ella se lo consiguió…

Paola ladra, ya que no puede hablar, por que se atraganta con los trapos.

—¡Se ha vuelto un animal, una perra, que eso es! —sigue Pedro.

Mauricio tiene que calmar las aguas o volverían al principio, o a algo peor.

—Ya, ya Paola… tú sabes que conmigo no tienes problemas…

Sabe que sus palabras no están yendo por un buen camino e intenta cambiarlas.

—Digo, Pedro en estos momentos está en una crisis —le guiña como puede—, y necesita tranquilizarse. Todos necesitamos tranquilizarnos.

Paola mira a Pedro, con su revólver, luego a Mauricio, así varias veces.

—¿Comprendes? —termina Mauricio.

Paola mira fijamente a Mauricio…; comienza a bajar levemente su cabeza, luego la sube, lento, después de la baja de nuevo, con más cadencia, hasta establecer un comunicado afirmativo al plan de Mauricio.

—Muy bien —dice Mauricio, ya más alegre—. Voy a quitarle el trapo que tiene en su boca, ¿esta bien, Pedro?

—Bueno… sí, por qué no…, con que no grite.

—Muy bien.

Mauricio se acerca a Paola sin dejar de mirarse; su mano se aproxima a la venda caóticamente amarrada, pero aún así fija; cada despliegue exhibía una piel roja, sucia, maltratada.

—Que no grite…, o juro que le vuelo la cabeza… y a ti también, Mauricio.

Traga saliva.

—No va a pasar nada, ¿verdad? —Mauricio le dice a Paola —. Necesito que ella pueda usar su voz para negociar…, qué digo, platicar.

—Que no grite.

—No lo hará.

Por fin, le quita toda la venda, soltando una viscosa tela hecha bola, que solía ahogarla cuando ella intentaba ahullar. Ella toce un poco. Mauricio mira que hay un recipiente con agua cerca de ellos, tal vez Pedro lo usaba para rehidratarse después de sus sesiones de pole.

—¿Puedo? —apunta al termo con agua.

—Sí…, ya lleva más de un día sin tomar agua, pero por perra.

—Bien.

Toma el recipiente y se lo ofrece a Paola. Ella no sabe si por lo que está pasando es una grave broma hecha por Jurado, o por algún socio pervertido, de esos magnates que invierten en toda compañía donde pueda desahogar todos sus trastornos sexuales, así como las de industria del cine o televisión, o, las más directas —y por lo tanto aburridas—, las industria del porno.

Paola bebe; toce, suelta agua, pero pide más.

—Ya me hubiera mordido esa perra

Paola mira a Pedro; él casi le grita más improperios, con revólver en mano, cuando–

Se escucha el timbre.

Se escucha más veces, en una rutina frenética.

Pedro se espanta.

—Oh, no —dice Pedro.

Mauricio toca una pequeña herida de Paola, tratándola de curar con una venda y agua.

—Mierda, no.

Mauricio se percata que algo está mal. Pedro está frotándose la sien con su revólver. Le preocupa.

—Pedro, no respondas…

—Es que, no, no… ¡maldita sea, no!

—…o diles que no estás disponible, invéntate una enfermedad infecciosa o…

—¡Cállate! Es que, no entiendes…

Paola dice ronca, pero en voz baja, a Mauricio.

—El pendejo está en problemas…

—¿Cómo…? —pregunta Mauricio a Paola.

—No, no, ¡no! Por qué ahora, ahora… no. Les dije que iba a hacerlo la semana que viene, dijeron que sí, yo dije que sí, todos dijeron que sí…

—¿Qué dices…? —ahora le pregunta a Pedro.

El timbre sigue sonando. Por un momento Mauricio siente que es su celular, lo que le provoca un dolor de cabeza, un mareo, un malestar consuetudinario.

—Qué hago, qué hago —lanza patéticas preguntas retóricas; Pedro parece intentar volarse los sesos con el revólver apuntando a su cabeza. Mauricio comienza a preocuparse más, más. La tranquildad, la paz, bellos mitos que causan las peores crisis existenciales en un mundo como el suyo.

Paola traga saliva.

—Está metido en una mierda muy grande…, él…

—¿Sí? ¿Él, qué? —promueve a Paola a que siga.

—No le digas —le advierte Pedro.

Los timbrazos siguen, junto a golpes fuertes del portón.

—Pedro, idiota, tú sabes en qué nos metiste…

—No…

Tose.

—Sí… nos metiste en una mierda más grande…

Mauricio no parece entender, se siente obnubilado por los mensajes inconclusos con los que se han comenzado a lanzar.

—Dile… o digo… —sigue Paola.

—No, no…

¿Dónde está la Paz? ¿Se la quitó Yoko a John Lennon? ¿O Gandhi? ¿U Osho con uno de sus ferraris celestiales?

—¿Qué es lo que está pasando, Pedro? Sé de tu desesperación, pero luego arreglas lo tuyo, Paola está aquí, de acuerdo a platicar; no pasa nada…

—¡Sí pasa todo! Todo, mierda. Verga. ¡Ah! —termina con un grito infantil.

Mauricio vuelve a mirar a Paola y ella, con sus grandes ojos negros, parece contestarle en silencio esa fausta respuesta que lo deja en un alarmante desasosiego. Algo anda más mal que un rapto sexual, al cual podría ser una simple travesura a diferencia de algo más complejo, un entramado de complicaciones que nomas Pedro y Paola saben de qué trata, y es muy posible que esto vaya aún más lejos. Algo en la casi paranormal intuicón le dice que esto solo es el final del primer acto, o in media res del segundo.

¿Qué más podría pasar?

—Pedro. Dime qué está pasando. Tengo un mierdero de miedo.

—¡Y yo estoy cagado, literal!

Mauricio ve el pantalón de Mauricio, y, en efecto, tiene una asquerosa mancha café en él.

Fuck… —dice, con sentimiento pesimista, Mauricio.

Más timbrazos y golpes que parecen patadas.

Pedro llora de nuevo.

—Pedro… —mira a Paola—, ¿Paola…?

Paola mira al suelo, nihilista. Algo en ella se dio por vencida, a pesar de su anterior brillo de esperanza al tener a Mauricio como su posible salvador.

—Díganme, joder, ¿qué está pasando?

Y de pronto, como sensación fantasmagórica, los golpes y sonidos artificiales dejan de existir, se esfuman como vapor.

—Mamita…, mamita mía —ahora Pedro es un niño, un niño muy asustado.

Paola llora en un causi silencioso modo.

—¿Podrían decirme algo? Realmente tengo miedo —Mauricio está al borde del llanto también.

Pero nadie le responde. Ya nadie dice nada, aparte de los chapurreos de Pedro.

—Por favor, díganme que esto es un sueño… ¿por qué nadie ya me responde?

Se habían metido en el peor de sus aprietos o el estrés los había superado. Que si qué estará pasando…, quién sabe. Estas personas lo dirán.

—Mau… la he cagado mucho…, mucho, mucho… no debí de haberte invitado, pero, mierda, me sentía tan solo y desesperado con esta mujer…

—Eres un monstruo, Pedro, un monstruo solitario —le dice Paola —. Y ahora si voy a morir, cómo quisiera no hacerlo a tu lado, maldito monstruo.

Pedro parece un espectro del desasosiego; Paola, una ninfa de un dios oscuro; Mauricio, alguien que olvidó cómo cerrar sus ojos, la intriga lo corroe.

—¿Me pueden decir por una jodida vez qué está pasando? —Mauricio ya no aguanta más.

—Bueno… —Paola se ve más sumisa— ese monstruo que ves, y yo, pertenecemos a una secta. No, pertenecer suena bonito. Él sí es parte de esos degenerados, yo nomás soy servidumbre, pero alta dentro de su jerarquía.

Algo prende dentro de Mauricio: escucha secta y miles de imágenes se le vienen a la cabeza. Ya había escuchado este tema en películas, documentales, y en una parte mucho más cercana, pues en su trabajo. Se decía de broma que Fredrik, uno de los ejecutivos millonetas de ascendencia esocesa y alemana, reclutaba en secreto a varios actores dentro y fuera de la industria porno, pero prefería a los suyos, sea por sus atributos bastante razonables en el arte del sexo. Mauricio nunca tuvo que ver con ellos, nadie le dijo más que de esas leyendas urbanas, sólo rumos que terminaban en risas y noches de insomnio.

—Y yo la cagué ahí… —dice Pedro, triste. Es notorio que estamos viendo a otro tipo de Pedro, uno diferente, ni siquiera el polo opuesto de su usual carácter.

—No me digas —le dice Paola. De ella no es mucha la diferencia. Ella siempre ha sido tajante con sus palabras, con cierto indicio de arrogancia o pesimismo disfrazado.

Pero recuerda algo más contundente: Jurado alguna vez le dijo que se alejara de Frederik y de sus más allegados, que no eran malas personas, pero podría meterme en conflictos que no me incumben, cosas que pasan en cualquier lugar donde el dinero circula en más de siete dígitos, aún más con los artistas, los más atractivos a los ojos de los millonarios.

Nunca más se habló al respecto, porque Mauricio no sentía ninguna atracción por aquel personaje ni de su séquito. Sólo quería paz, tranquilidad, trabajar, hacer bien las cosas, hasta irse lejos; si pudiera irse a otro plante, o a otra galaxia, también lo haría hasta que concluya el ocaso de su vida.

—No debí tomar prestado el penacho… —Pedro se siente tan avergonzado.

—No debiste, maldito monstruo. No sé por qué me quedé callada cuando lo supe.

—¡Obvio que todos se darían cuenta! George estaba en contra de que yo lo tomara para mi casa, de hecho, todos estaban en contra mía. Pero Jeff… no sé, me dio esperanzas. Le dije que nomas lo tomaría para dar la vuelta en el palacio… y me lo traje.

Paola berrea algo, no obstante, sin sentido.

—¿Qué es eso del penacho? ¿De qué hablan…? ¿Es en serio todo esto que me dicen?

Ahora Paola lo mira a él.

—Se nota que viviste en una burbuja mientras te cuidaba Jurado. Supongo que como eres, o eras, su favorito, te cuidó con uñas y dientes… ¿acaso no sabes que la mayoría estuvimos en eso?

—¿Eso?

—Sí, eso. La puta secta, donde nosotras las mujeres somos objetos y los hombres son penes ardiendo por penetrarnos. Oh, y se me olvida de algunos seres que dicen no ser humanos pero se parecen mucho a nosotros. Unos dicen que son vampiros, otros que alienígenas, y yo digo que todo eso son cuentos.

Pedro se pone a llorar un rato, en una esquina.

—Pero, pareces disentir en algo de esa… secta.

—¿De los Arquitectos? Va, muchos ya no estamos por placer, nos mantenemos ahí más por miedo. La gente más importante forma parte de ellos, pero estos poderosos andan en otras sectas de todo el condenado mundo; esta, cómo le digo, facción, o cualquiera que sea la vaina, es de las más notorias. Y eso que Pedro ha hecho es algo jodidamente estúpido, por ponerlo bonito.

—Pero… —se acerca a Paola—, ¿cómo puede ser que Pedro sea parte de una sociedad así? Parece sacada de un thriller espantoso…

—Pues, de algo no sabes de Pedro. Bueno, ni yo lo supe hasta que se llevó consigo el horrible penacho de madera ese.

Mauricio recuerda a la escultura esa, de madera dura, oscura, el penacho, la mujer con un enorme pene…

—¿Qué es?

—¿Qué es…? ¿El penacho o lo de Pedro? Lo de esa cosa noo sé, es una horrible obra de un desquiciado que supuestamente lo hizo un Antiguo; lo de Pedro, pues, a que no sabes que proviene de un linaje de príncipes y desde hace poco supuestamente él era el único que quedaba, hasta que descubrieron que el idiota dejó embarazada a alguien.

—¿Pedro? ¿Embarazar? ¿Qué no eras esteril?  —esto último le pregunta a Pedro.

Pedro, triste, se encoge de hombros.

—¿Y a quién embarazó? Que yo sepa Pedro no tiene a muchas compañeras, sino es que a ninguna… ¿fue alguien del trabajo?

—Sí —responde Paola.

—¿Quién…?

Mauricio siente algo extraño, algo que le causa nauseas.

—A mí.

Mauricio se queda con la boca abierta.

—¿Cómo…? Si apenas….

—Sí, apenas este monstruo me violó algunas veces en su gimnasio. Pero antes, casi dos meses de esto, su enorme pene tuvo que ver conmigo en una de las fiestas de esa secta. Yo no supe que era él, hasta que Fredrik me lo contó, riéndose de mí. Creo que ni él supo que era yo. Estábamos desnudos, pero enmascarados.

No lo puede creer todo esto, parecía que se estaba comunicando con los personajes de una pesadilla de la cual no puede despertar.

—Me preñó de un monstruo al igual que él… y lo peor es que yo… yo…

—¿Qué?

—Estoy en contra del aborto.

Hasta Pedro tomó interés en el asunto.

—¿Por eso no quisiste…? —le pregunta Pedro.

—Bueno, obvio he incurrido en varios abortos, legales o ilegales, me daba igual. Pero hubo una vez que… cambió todo.

Mauricio ya no quiere saber más, pero se le queda viendo. Pedro vuelve a sus apescto plañidero.

—Alguna vez vi uno de esos… de esas cosas que salen después de la operación… ya había visto dos o tres, pero no eran mías, sino de amigas o documentales… pero, repito, no míos, no… esa vaina es una jodida tortua al primer pestañeo, algo que ningún jodido hombre pudiera presenciar, a nade se lo desearía, nomas al idiota de Pedro, que por mí se muera de dolor y arrepentimento… pero bueno, lo que vi fue… a mi cara, era yo,  o por lo menos una versión mía, sangrando, los ojos muy abiertos, dejando expuesto un hoyo en su frente, sanguinoliento también, que fue perforado por una pinza… o no sé…

Paola llora.

A Mauricio le daría igual un aborto, regularmente es neutral con esto o cualquier otro tópico relacionado a la moral o de política. De todos modos traga saliva, abraza a Paola, la que sigue llorando. Es la segunda vez que tiene que abrazar a un plañidero en este día.

—Yo… yo quise… lo pensé… es alta la posibilidad que engendre un monstruo como Pedro… pero… es… es el heredero de un príncipe que se la ha pasado de artista porno, ¿me entiendes?

—Perdón, pero sinceramente, no tanto, ni sé si entienda bien las cosas que entren mi cabeza de hoy en adelante —la sigue abrazando.

—Mira… hace poco se me prohibió abortar, aun cuando Frederik no estuviera de acuerdo, y casi me sentía contenta. De ahí caí en cuenta que se estaba tramando algo… pero vine acá con este degenerado, a poner términos de nuestra involuntaria familia… y que me encuentro con un demonio alborotado, desesperado por todas las pendejadas que ha hecho, y lo peor es que una presa como yo era algo que supuestamente lo haría sentir mejor… y, mierda, tío, me dejé penetrar por ese monstruo… yo he estado con varios monstruos, es parte de mi paga, pero Pedro… y ya que le conté que estaba embarazada…

—No, no sigas… —le dice Pedro.

Paola y Mauricio se separan del abrazo.

—Lo diré, que no me queda más qué perder, maldita escoria, cagada de una realeza inútil.

—Calma —le dice Mauricio.

—Me calmo, pero sigo. Tiene que escucharlo ese monstruo. Tienes que escucharlo tú también. Ese degenerado nomas supo de mi embarazo y me volvió a coger, y peor, me violó, me golpeó, me pateó. Y sí, me escupió. Pero la historia no termina sí.

Mauricio recuerda otra historia de parte de Pedro, ¿será que es otra de sus mentiras? ¿o es una mentira tan grande que supera a la maldita realidad que los rodea? Qué será, qué será. “Esto tiene que acabar, Dios mío, pronto, ya; o despiértame, has que abran mis ojos en un carro rodante en las Bahamas…”. Sabe que sus palabras son vanas.

—No me dejó salir, de lo cual yo creí que era broma. Y me golpeó otra vez y me dijo que me quedara en la cama, lo cual hice, porque ya comenzaba a aterrarme. Ya me habían “castigado” en muchos momentos, con torturas que no me dejaran deforme, pero estaba embarazada y tenía miedo a perder lo que estaba adentro de mí, aunque tal vez lo odiara, lo quería proteger… ¿irónico verdad?

Mauricio no responde.

—Y bueno, yo me quedé aquí, como tonta, sumisa a lo que pasara. Creí que cuando se fuera Pedro y me dejara encerrada en su cuarto, yo tomaría mi celular, pediría ayuda, pero… ya no lo tenía. Sólo escuché desde afuera que ese maníatico me gritaba victorioso que si pensaba hablarle a alguien, que mi celular ahora estaba siendo enviado a las Tortugas Ninjas, así entendí que se había ido literalmente al caño. Hijo de puta.

—De una puta con sangre de monarcas… —le dice Pedro.

—Yo más bien diría de monstruos —toma un momento—. Y sí, así duré casi un día. Tuve que orinar en una esquina porque no aguantaba el ardor de mis partes. Yo escuché llorar y golpear en la pared a Pedro, algo de su maldito penacho que no quería regresar, porque le hablaba, o algo así. Está loco. Yo sabía que estaba loco y vine con él a negociar por lo de su bebé. Puta. Fue una gran estupidez la mía…

—Ya termina, pendeja —dice Pedro.

—Ya lo hago, pendejo —toma otro momento—. No quiero recordar todo, porque sería una película de terror menor a lo que nos va a pasar. Así duré días, noches horribles, hasta recuerdo escuchar las llamadas que te hizo este lunático, las cuales las hizo frente a mí, casi inconsciente por golpes y drogas. Pero sabes, todavía siento al niño dentro de mí. Todo lo que me hizo fue en vano. No sangré. Nada. De hecho he estado más hambrienta.

—Maldita sea…, tengo un pitote y sus espermatozoides son igual de fuertes que mi miembro… ¿será que es parte de mi linaje? No sé, qué importa…

—Así, es Pedro, qué importa. Que se vayan al carajo tú y todo tu linaje. Yo también de paso por mi gran arrogante pendejez al haberme metido con los Arquitectos. Me sentí poderosa por mucho tiempo, ahora soy una basura que pronto van a limpiar. Lo que me mantiene ligeramente contenta es que primero vendrán por ti, Pedro, luego por mí. Ojalá Mauricio no hubiera llegado acá, no creo que le vaya diferente a nosotros.

Se quedan en silencio por un momento.

Fuck… en qué me he metido.

—En otra de las pendejadas de Pedro que siempre terminan siendo víctimas otros —Paola mira atentamente a Pedro y éste hace su cara a un lado, tratando de ignorarla, seudo orgulloso, aun patético.

Otra vez en silencio.

Mauricio termina por desatar por completo a Paola. Pedro no parece protestar por ello. Al parecer no tienen nada qué perder.

—Gracias… —dice Paola, acariciando sus heridas extremidades.

—Y… ¿qué podemos hacer? —dice Mauricio.

—Esperar a que sea más tarde, duerman a todos los cercanos a esta zona, y que entre una fuerza desconocida a despedazarnos. Eso sé que pueden hacer.

Fuck… shit… —dice Mauricio.

Pero Pedro se levanta, airoso, con el donaire de alguien que tiene una epifanía.

—¡O podemos escucharla!

Paola, disgustada lo mira con sospecha.

—¡A quién? ¿A la jodida estatuilla?

—Sí, esa.

—Estás demente. Por eso nos condenaste, monstruo.

—¡Te dije que me creyeras y me dijiste que sí lo hiciste! ¿Por qué ahora piensas diferente?

—Porque lo hice para que me dejaras en paz. Estás loco, Pedro y por eso van a terminar contigo, van a quitarme lo que tengo dentro, para que siga tu legado, y de mí harán una barbacoa, o lo que sea.

Mauricio se asqueda.

—Cállate, puta. Tú no mereces entender a ella. Ella… dice cosas… ella me dijo que vendrías a decirme algo que me dejaría vulnerable, y que lo tenía que arreglar.

—¿Arreglar? ¿Pateándome? ¡¿Violándome?! ¡Monstruo!

—Sí, me dijo que lo resolveria, pero, después de eso ya no me ha vuelto a hablar. Ella desde hace mucho tiempo me habla. Me dijo, por ejemplo, que Mauricio buscaba un pent, me dijo quién podría ofrecérselo, lo hice, todo lo hice porque me previno que él sería alguien importante para mi futuro. También me aconsejó no cogerte, a ti, puta.

—Claro… las voces de tu cabeza, maldito demente.

—¡Pues ella sí me habla! Porque yo soy el elegido…, mi gran pito es signo de eso, puta. Cómo me rompe las pelotas ahora que hablas… ojalá siguieras amarrada completita, puta…

Otro momento se silencio.

—Ve a la concha de tu madre, puto loco —le dice Paola.

Grita de furia.

—¡Si alguien me ha mantenido sano y cuerdo es la diosa! ¡ELLA LO SABE TODO! Lo cura todo… y es… buen reemplazo de mi madre… joder.

Mauricio quiere pensar que todo esto es un circo. Sí, un mal circo. Le da curiosidad hasta dónde le ha llevado su locura a Pedro.

—Pedro…

—¿Qué?

—¿Qué es esa diosa?

—Oh, la diosa. Ella es la únca mujer que realmente merece mi respeto. Sí. Es mejor que cualquier hombre. Su pene incluso es más grande que el mío: es un ser que representa la perfección.

—Méndigo narcisista… —dice Paola.

—¿Por qué tiene un pene?

—Ah, ¿te interesa también? No te emociones, ella no se mete los seres inferiores, porque ella es la creadora de vidas que piensan… que son conscientes. Así dijo.

—¿Ella?

—Sí. La han confundido con el dios Eros, los del culto de hecho creen que es Eros, pero ella dice que no importa cómo le llamen, su nombre nunca será revelado en mentes que poco comprenden lo que en verdad es la existencia.

“Este es un maldito culto, ni hablar, y de seguro Pedro no es el único demente”. Mauricio espera a que Pedro diga más, pero nada.

—Y… ¿te habla? ¿Cómo?

—Con la mente… así como telepatía, creo. Mierda, nunca le he preguntado y es buena pregunta.

Momento de silencio.

—Pedro…

—¿Qué?

—¿Y qué haremos? No podemos quedarnos todo el tiempo, aquí, o sí…

—No importa qué hagamos, Mau, estamos jodidos —dice Paola, pesimista.

—Oye, perra, sí que hay una solución —recompone—. Hay que ir con la diosa.

—No, no, Pedro, ¿qué tal si están ahí afuera…?

—No. Mierda, no. No es su estilo. Se toman su tiempo. Yo mismo he sabido cómo aterran a los que se portan mal.

—Tú no sabes na—

—¡Cállate! —Pedro grita interrumpiendo a Paola—. Tú, cállate —hacia Mauricio—. Todo parece haberse ido a la mierda, pero estoy seguro que la diosa ahora me hablará de vuelta. Sí, estoy muy jodidamente seguro. Es la única solución.

“Esto no puede ir más lejos…”, pero tal vez sí.

—¿Qué quieres que hacer entonces, Pedro? —pregunta Mauricio.

Pedro de pronto grita de júbilo, es otro. Paola y Mauricio se quedan boquiabiertos. Ya ni el olor a mierda los confunde más que la lunática actuación del fanático que tiene frente a ellos. Pedro levanta su dedo índice hacia el cielo, que lo tapa un techo de concreto.

—¡Vamos, escuchemos a la diosa! —Pedro, ágil como un trueno, abre la puerta y sale.

Pero ninguno de los dos quería escuchar a la susodicha diosa.

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