Historia con fin | Cuento (Absurdo, Fantasía)

Se abren las puertas del paraíso…

Y Kevin respira el olor de adolescentes y papel sintético. Aaah… bello aroma, placer eternamente juvenil. Los cómics, mangas y figurines están por todos lados. Es sublime. Mira a la chica linda que atiende el área de figurines; mira a Rod que nunca deja en paz a los mangas; y por último está Kurt, su otra “K” maldita, la versión villanesca de su persona.

Está dispuesto a darle un karate punch en cualquier momento que su enemigo se distraiga.

Pero no pasa así. Kevin sonríe de nuevo: la chica linda le sonríe y le da la bienvenida, en algo que parece japonés. Kevin no sabe ni una palabra del idioma nipón, aun así siente el candor de esas palabras exóticas. Se lo agradece con una reverencia proto-oriental.

—¿Gustas ver los nuevos números de Takashi Kimyo? ¡Están súper guaay!

Él, ya intimidado, ya casi catatónico, hace otra reverencia, más torpe, y rechaza la maravillosa oferta. Ella se encoge de hombros y le dice que ahí estará por si necesita algo más. Tú teléfono, piensa. Pero no se lo pedirá. Tal vez nunca.

Ahora él se va directo a lo que venía, aparte de disfrutar de los coloridos tomos que suben su autoestima, va por un tomo especial que ha estado esperando por tanto, tanto tiempo…

Y cruza miradas con él, Kurt. Los dos se miran como adversarios imperecederos, siempre alertas del movimiento de uno del otro, comunicándose con pensamientos y zafiedades que solamente entre sus mentes se entienden muy bien. Son unos machos listos para pelear a cualquier provocación.

O no.

En verdad nunca se han hablado, solamente se odian por naturaleza o extraño destino. Como sea, se dejan de mirar, cada quien va con lo suyo, sea porque otra clienta, muy pequeña, no obstante, curiosita, le pide de favor que lo guíe por los nuevos números de Harkel, exactamente donde estará Kevin, empero, siempre a pertinente distancia de ellos.

Rod estornuda, suelta un moquerío, y se le escapa un pedo.

—¡P-p-perdón! ¡P-perdón! Es-s una condic-ción…

A Kevin lo compadece por dentro, pero ríe por fuera.

Bueno, hora de encontrar lo mío, piensa Kevin, decidiendose en encontrar a la maravilla que lo espera.

—¡Ay, está muy kawaii! —dice la chica curiosita, cuando Kurt, con cara de falso galán, le enseña un tomo especial de gore y romance, escrito y dibujado por Al Gateman.

Maldito Kurt.

De pronto, un sonido extraño suena dentro de él…; es de monedas, moneditas zumbando, algo así como “¡Aquí estoy! ¡Aquí está el tesoro!”, sus ojos se abren lo suficiente para abarcar todo lo que puedan ver; y sí, ahí está, lo ve, lo siente con su voraz mirada… ¡Es el último ejemplar de Capitán Súper Mutante que queda en toda la república!

Kurt lo siente también. Ignora a su linda clienta y va con Kevin. Mientras tanto, Kevin inclina su mano cada vez más, más y más, hacia el cómic que tanto ha esperado tener incluído en su vasta colección de artilugios geeks.

Pero no. No, no. Ya está Kurt ahí, tomando el objeto preciado; la chica linda que atiende a los figurines también lo percibe; Rod expulsa otra flatulencia por el nerviosismo…

Kurt sostiene al ejemplar número 54 de Capitán Súper Mutante frente a la cara de Kevin. Él está anonadado, no sabe cómo reaccionar de inmediato.

Y la magia intrínseca de Kurt quema al cómic, volviéndolo miles de palomillas fogosas y frágiles al aire que las evapora. Ya no hay más ejemplar número 54 de Capitán Súper Mutante…, el objeto preciado se esfumó como un cometa sobre el plano celestial, como un deseo que se extingue a la mala noticia de un mal de amor,  o como la idea prodigiosa que salvará al mundo, pero un cohete cae sobre el genio, y éste desaparece como muchos más lo han hecho.

Kevin aprieta el puño para cargar su fuego divino.

Los dos están preparados para la lucha más épica de todos los tiempos.

Kurt sigue flameando su intacta mano derecha.

Kevin, piensa en su madre que le dio ese dinero que tiene en su bolsillo como regalo de su cumple años. Kevin no ha tenido trabajo desde hace mucho tiempo. Ser artista no le da más que ansias por leer, escribir, dibujar y flirtear con las chicas más peculiares del universo.

Él es una estrella que todavía no llega a la plenitud de su luz celestial.

Y los puños se abalanzan contra el uno del otro, lentamente, socavando todo material frágil entre ellos; Rod niega tal existencia con babas, gritos agudos, y unos ojos que casi se salen de sus cuentas; la chica de los figurines está muy molesta con Kurt, apuesta todo por Kevin; y la otra, sin mucho afán de seguir aquella fantasía, se comunica con su padre desde el celular.

La luz.

La luz fulmina cada vez más al escenario, hasta que–

*

Diego estaba escribiendo un cuento, por fin, mientras sus ideas se agotan, y la Ansiedad toma sus lugares.

Siente cierta taquicardia.

Su vista se nubla.

Quiere hacer todo y nada. Jugar un videojuego le haría perder espléndidamente el tiempo; pero vendría el sabio y tenebroso Monstruo de la Culpabilidad, cómplice hasta ahora vigente de la imperante Ansiedad.

¿Qué será de él? ¿Seguirá con lo suyo y las palabras escritas por medio de un teclado barato Polaroid que con prontitud se transmiten a un Sistema Operativo y su recipiente, una laptop de muy mala calidad?

Por lo pronto, él, sí, escribe de sí mismo y aspira a que todo cambie, todo sea mejor y los buenos deseos nunca acabe, como el amor, la esperanza y la dignidad.

Fin de la terapia.

 

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