El bardo matrero | Cuento (Fantasía)

El procurador revisa quién de los presentes fue el asesino del canciller de Lomelia.

—Es imposible que ninguno de ustedes haya tenido que ver con este… horrendo asesinato.

Vemos pedazos por aquí, pedazos por acá, todos un rompecabezas del desmembrado canciller que otrora fuera ufano de su envidiable cuerpo. Todos los ahí presentes, con asco, curiosidad o frivolidad ven trazo tras trazo de la escena del crimen. El procurador da golpes rítmicos con la punta del pie al suelo.

—No me digan, nadie dirá nada de nuevo…

Los gendarmes ahí presentes se veían más tímidos que intimidantes. Uno de ellos no puede aguantar las ganas… y saca su almuerzo, ahora cebolla y quesos fermentados, que ahora hacen compañía a un charco de sangre e intestinos diplomáticos.

—¡Suputama…! Vea lo que hizo, ha contaminado los hechos con su… Retírese, cabo,  después lo quiero ver en mi oficina.

El gendarme, resistiendo en sacar mares, se retira con paso rápido y un poco torpe.

—Q’joda…

—Señor —dice una sirvienta.

El procurador sale de su sombrío semblante.

—¿Sí? Hable.

—Yo si apenas llegué ahorita…

El suspiro del procurador, el giro de su cabeza, respondieron con impaciencia.

—Con más razón usted es sospechosa, sea la primera o la última persona sospechosa en la lista; más si me dice que “acabo de llegar”… —para sí mismo—, dioses, ¿por qué ponen mi paciencia en juego? Saben que tuve que partir de la boda de mi hija…

Nadie dice nada. O el silencio dice todo.

—Saben, no vamos a salir de aquí hasta que alguien diga algo un detalle mínimo.

—Pero no escuchamos nada, lo juramos, todos estábamos a la espera del señor Kamiro nos mandara a hacer algo, por eso Aselia fue a verlo, para ver si le había pasado algún, como catarro…

Aselia, otra de la servidumbre, se pone tensa.

—¿Catarro? ¿Acaso el canciller se encontraba enfermo?

El cocinero se le ve más brillante, como si hubiera encontrado el tesoro entre las ruinas de su antiguo amo.

—Sí, ¡sí! En la mañana estornudaba mucho, por eso le hice un caldito de pollo.

—Ah… —dice el canciller.

—Yo vine, sólo vi esta horriblidad —los nervios le comen la lengua a Aselia.

—Un méndigo catarro. A ver, díganme, ¿conocen a alguien que se haya reventado en mil pedazos con un jodido estornudo? —les pregunta el canciller, un tanto cínico.

Pidro levanta la mano, asintiendo. El procurador grita.

—¡Obvio que no! Y absténgase, muchacho, en inventarme una historia o contarme una estúpida leyenda, que estoy lleno de ellas, ninguna me ha llevado a resolver algún caso que ahora me llegan de a montón.

Pidro baja su cabeza, triste y regañado.

—Insulsos, insulsos… la mente insulsa de subordinados, común en errores, pero no me queda duda que entre ustedes siempre están las verdades primicias.

—¿Qué es insulso? —pregunta Pidro.

—Tonto.

—Perdón, no quise ofenderlo, sólo no sé qué es “insuso”.

—Que tonto.

—Perdón, no sé qué le ofende, pero he de callar mejor…

—¡Insulso significa TONTO! Diantres.

—Ah…

El procurador había traído a cada uno de los sospechosos a al escena del crímen para estimularlos, dejarlos en un estado vulnerable. Antes le funcionaba, pero hoy, cuando más lo necesitaba, parece una comedia barata en medio de sangre y carnes; y no se trata de una carnicería, sino la alcoba del canciller Kamiro.

—Bien. No tengo paciencia a gente que no colabora. Todos ustedes tendrán encarcelamiento preventivo, porque para mí cualquiera pudo haber hecho este crímen capital, ¿entienden esto último? Crímen capital, lo que, sin abrir el pico, los llevaría a la horca nomas por ser sospechosos. Si uno de ustedes tiene aunque sea una mísera sospecha, bien les hará para evitar morir asfixiados.

Los sospechosos quieren protestar, pero el procurador los calla con un bufido.

—¡Silencio! Ya tendrán su momento para hablar, es parte de sus derechos… de plebeyos.

—¿Podría decirle a mi mamá que no podré ir a casa esta noche? —pregunta Pidro.

—No. Tu mamá se preocupará mucho esta noche. Vámonos, rápido —para sí—, que mi hija me espera para despedirme e ir a borrar su virginidad con el condenado de Asturfio, el hijo del mercader más rico y estúpido de Bongdad.

Todos se van, pero el procurador, por dar menester a sus pensamientos paternales, se resbala con el hígado destrozado del canciller.

Desde afuera de la alcoba se escucha el grito de:

—¡MIERDA!

*

El gendarme, sucio por su propio vómito, gira ágilmente en un rincón desolado. Está cerca de la penitenciaría.

—¡Aguas! —grita una mujer desde el ventanal de su casa, actividad rara para hacerla en la noche—. Perdonen, vecinos, mi marido tiene cursera de tanto comer chiles de Gamorria.

El grito había amilanado al gendarme, que se queda pegado a la pared por un tiempo. Literal, está pegado.

—Mierda de cabra… —dice el gendarme. Intenta despegarse de la pared pero no puede—. Bien, muy bien hecho Jonas. Ahora tienes que esperar a que termine el hechizo.

Pero algo se le ocurre.

—¡Ah! Brillante, brillante… aunque un poco obsceno.

Cierra sus ojos, procura unas melódicas palabras ausentes con sus labios, y de pronto sus ropas se vuelven blandas, la estatura decrece, y su cara se vuelve más bella. Otro hombre desnudo se despoja de las ropas de gendarme.

—Bueno, estas lindas ropitas se quedarán aquí… causarán sospechas. No está bien.

Se escuchan sonidos de botas y gritos autoritarios.

—¡Alerta, alerta! Un asesino ronda por la ciudad…

—¡Alerta, alerta! Peligroso, muy peligroso…

Jonas sabe que no es conveniente quedarse ahí ningún momento más.

—¡Mierda de cabra! Tendré que dejar las cosas así.

—¡Alerta, alerta! Levantaos, ciudadanos, que es hora de cacería…

—Métanse por el culo esa cacería.

Con otras melódicas palabras que resumen el aire, las carnes blandos de Jonas se vuelven invisibles.

—¡Chau! —el cuerpo invisible se despide de sus perseguidores.

*

En una taberna de mala muerte, Felipo está tomando de su cerveza, frunciendo el ceño. Algo balbucea. Una media-orca comienza a bailar alrededor de la caldera. “Qué majadería de lugar, en vez de una bella dama, me ponen un adefesio como ese danzando donde está mi comida… que sabe a rayos, por cierto”. La media-orca parece pasarla muy bien con su baile.

El portón de la taberna se abre, pero nadie parece percatarse que de éste nadie entró. El tabernero sigue rascandose las ladillas que llevan diez días comiéndole sus partes. Otro borrachín que suele quedarse toda la noche está inconsciente en la barra; y una pareja de maleantes discuten en cómo turnarse a la media-orca.

Felipo está ausente… entre sus pensamientos está la voz melódica de un rufián que le prometió verlo hace dos horas en este tugurio. “Bueno, no es que sea una persona totalmente de fiar…”, Felipo da un trago sin mucho afán de que sus papilas gustativas degusten el sabor de la cerveza sabor a orines.

Se escuchan pasos de un fantasma, pero nadie se toma el tiempo para siquiera oírlos. El fantasma toma un tarro a medio servir de otra mesa; el tarro ahora sube poco a poco hacia una altura regular de un humano y su brebaje cae hacia un lugar desconocido, donde desaparece para siempre.

Y el tarro golpea la mesa donde está Felipo. Él se asusta, tocando el mango de su navaja al instante.

—Eh, no te asustes, soy yo.

Felipo está desconcertado al escuchar una voz pero no a su propietario

—Qué es esto…

—Que soy yo, ¿no reconoces su voz?

Sí, ahora la reconoce, esa voz que tenía en su cabeza hace unos instantes.

—¿Jonas? —con voz muy baja.

—Ese soy yo. Me gusta tu atuendo, Felipo, pero creo que podrías hacerlo mejor.

—¿Por qué no te veo?

Jonas da otro trago.

—¿Sabes por qué esta cerveza está demasiado ácida? He probado bebidas en peores lugares que éste y no sabe taaan mal…

—No sé, ¿de dónde la agarraste?

—De la única mesa que está a tu izquierda.

Felipo mira a su izquierda y ve a la mesa. Sonríe.

—Bueno, recuerdo que hace una hora estaba un vago tomando ahí, pero se orinó los pantalones y vomitó… cayó un poco en su tarro.

Jonas escupe y lo que tenía dentro de su boca cae a los rufianes que están al lado. Están muy molestos viendo  a Felipo.

—Perdonen, yo…

Jonas escupe otra vez.

—¡HIJO DE PUTA!

—¡Pero claramente yo no fui!

Jonás comienza a cantar algo en voz baja.

Sacan uno su sable, otro sus dos cuchillos. Felipo no tenía planeado pelear esta noche. No es buena idea. La cosa ya está bastante mal a lo que ha llegado a sus oídos. Jonas prosigue con su canto.

—¡TE VOY A HACER PICADILLO!

—¡Y yo…! ¡Yo también, eh!

—Maldita sea —dice Felipo.

No obstante, los rufianes se tambalean, se ven raros, confundidos. Mareados.

—Ah, sí… disculpe… es que… como que mejor no, verdad…

—Sí..

—Perdón… creo que me gusta mucho que me escupan y lo había olvidado…

—A mí también.

Jonas sorbe un poco de la cerveza de Jonás y la escupe a ellos.

—Gracias, ¡gracias, señor!

—¡Gracias!

—Justo lo que necesitaba antes de irme a dormir….

—¿Dormir, ya?

—Sí, dormir… dejemos a la orquita para otro día… vamos… a domir… juntos…

—¿Juntos…?

—Sí, juntos.

—Bueno… creí que nunca lo pedirías…

—¿Ya era hora, verdad?

—¡POR SUPUESTO!

Y los rufianes, atontados, salen de la taberna. El tabernero mira con sorpresa lo sucedido…, pero se sigue magullando sus partes; después se retira a otro espacio, porque cree que le sale un poco de sangre.

—Me hubieras dicho que estos orines tenían vómito.

—¡Yo qué sabía que estabas aquí! Aparte, ¿qué eres idiota? ¿Cómo se te ocurre tomar el primer tarro abandonado que ves en un lugar como éste…?

—Ah, es cierto. Tienes razón en todo. Perdón.

Felipo suspira.

—Joder, tío, esta noche no está para bromas. ¿Qué te hiciste para no poder verte?

—Una poción. Todavía no sé cómo volverme invisible con un hechizo.

—Ya veo. Por un mensaje que me llegó sé que la has cagado.

—Oye, no, para nada… digo, hay algo que no me salió bien, pero la misión está concluída.

Felipo mira a sus alrededores: no hay nadie, ni la media-orca que estaba bailando.

—No hables tan alto, no porque ahora seas invisible tampoco tu voz será imperceptible.

—No hay nadie aquí. A que la orca ahora está con el tabernero follando, ¿apuestas?

—Te dije que no estoy para bromas. Creo que fui claro con eso. Supe que la escenita que dejaste fue un infierno en vida.

Felipo se acerca a lo que cree que es Jonas.

—¿Qué diantes hiciste allá?

—Eh, Felipo, espera… yo no sabía que estaba resfriado el canciller.

—¿Qué?

—Resfriado, esa enfermedad con la que estornudas mucho.

—Ya sé qué es eso, idiota, todos lo sabemos, es natural. Dime qué diantres pasó.

—Le di el veneno de la Tía Martha.

Felipo se la piensa un momento. De momento no lo entiende… hasta que sí.

—¡Joder! ¡Cómo es posible…!

—Sí, lo sé, es una terrible coincidencia.

—¿Qué no te acordaste que eso no se le da nadie con resfriado?

—No soy un idiota como dices, claro que lo sé, muy bien lo sé, eso te hace explotar como una bola de fuego… pero de carne humana. Fue horrible.

—Supongo que fue horrible, tanto que te están buscando. Creen que fue un espía y hablan de una media-elfa misteriosa que entró al palacete…

—Esa fui yo.

—Es de suponer.

—Como ya has de saber, es de mis personajes principales, pero esta vez no salió como quise.

—Obvio.

—Pues, mira, como ya has de imaginarlo, traté de seducirlo, lo cual salió de maravilla, tanto que el condenado no se le veía enfermo con mis danzas exóticas…; y sí, estornudó una o dos veces, pero creí que era el incienso que había encendido, que sirve para subir los ánimos a gente ya mayor como nuestro ex-canciller.

—Mierda.

—Pues cuando vi que estaba eso como una piedra, aproveché de darle de su propio vino con un poco de Tía Martha… no sabía que reaccionaba tan rápido, este pobre hombre parecía una pelota a punto de reventar en tan sólo un minuto después de haberla bebido.

—Y reventó. Maldita sea.

—¡Sí…!  ¡Mierda de cabra! Fue horrible, me dejó todo manchado… por eso tuve que correr a esconderme de inmediato. Ya de cómo me tuve que disfrazar de cabo es otra historia…

—Cuéntamela, ya.

—Eh, mira…, no creo que…

—Dime ya.

—Está bien, está bien. Salí hecho fuego por la ventana, no había nadie porque todos ya corrían por el canciller. Pero había un muchacho, un cabo, algo ausente y vi una oportunidad en él para volver al cuarto del canciller.

—¡¿Y por qué?!

—Pues… ay, qué pena. Se me había olvidado el frasco con la Tía Martha.

—¡No me jodas!

—Pero no te preocupes, que lo que hice, sin gusto, pero tuve que hacerlo, fue seducir de inmediato al muchacho.

—Lo besaste.

—Sí, no quise mencionártelo, pero sí. Tuve que hacerlo. Soy bueno en eso con las mujeres, pero ahora veo que con los hombres soy igual de eficiente. Yo le toqué…

—No, no más detalles, sigue con lo demás.

—Gracias. Ya él inconsciente, que antes tuve que borrar parte de su memoria, me disfracé de él con mi hechizo favorito, vi que una patrulla se acercaba y me les uní a ellos. Para no hacerte el cuento más largo, exitosamente me infiltré entre ellos, tomé el frasco sin que nadie se diera cuenta y… vomité.

—Vaya.

—Oye, eso me salvó en que darme mucho tiempo con ellos, ya que la duración de este hechizo no es tan precisa, así que mientras antes me fuera de ahí, mucho que mejor. Y ya es todo. Ahora aquí me tienes desnudo en el tugurio más birlo de todos.

—¿Estás desnudo? Creí que esto no se pondría más raro…

—El problema es que no podía hechizar las ropas prestadas que tenía puesto porque eran las del gendarme, y yo no tenía las mías, las había tirado a la cloaca.

—Ya, basta. Basta, basta. Lo hecho, hecho está. Tenemos que irnos por un tiempo hasta que las cosa se calmen.

—¿Irnos? Oye, no te preocupes, yo estoy listo para el siguiente paso, sólo dame un mes de esa elipsis necesaria y ya volvemos al caso.

—Yo pensaba como tres meses, Jonás.

—No te preocupes, nadie sabrá más allá de un mujer espía y cosas cotidianas entre asesinatos políticos. Sólo un mes y ya.

—¿Y qué vas a hacer en ese mes?

—Tengo dos eventos, una con una duquesa, otro en un nuevo museo. Con eso quedo satisfecho y vuelvo con mis pícaros amigos.

Felipo no puede creer que está al frente de alguien que ya lleva tiempo conociéndolo, sin embargo, parece que nunca debió de conocerlo.

—Jonás, estás loco.

—Y muy loco.

 

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