Charrerías y revoluciones | Cuento (Fantasía)

Tres minutos más.

Así estaba pactado. Tres minutos más de espera y los revolucionarios llegarán. A pesar del frío de la noche, su corazón palpita con fulgor. Esperanza, dulce sentimiento. Las bestias de la noche aullaron o ulularon cuando la luna alcanza lo más alto del celeste; nadie había llegado.

Nadie.

Manuel asoma la cabeza para ver si algún espíritu le podría avisar de nuevas noticias, sin importar de su calidad moral. Nada. Nadie. Esos tres minutos quedaron muy atrás… pero la esperanza no acaba.

De pronto aparece una sombra. Manuel toma su rifle y apunta. No se mueve.

—Quién anda ahí.

Tampoco responde.

El viento mueve las cosas de la naturaleza. Su respiración se agita, el corazón se excita. Trum, trum trum, algo está mal; trum trum trum, una grave noticia se está por dar. Amartilla su arma.

—Quién de noche lucha y de día trabaja.

La respuesta no llega de inmediato, sino hasta que el viento vuelve, pero en dirección contraria.

—El campesino que nunca descansa.

El reloj dorado del general Pancracio cae del bolsillo de Manuel, pero por miedo a distraerse, lo deja al cuidado silvestre.

—¿Quién eres? ¿Dónde están los demás?

Manuel recuerda que su hermano está con ellos. Su hermano mayor, el que provee, después de un padre ausente, tal vez muerto,  tal vez espíritu etílico, o uno que tal vez nunca existió.

—¡Responde!

La sombra, aun cuando no completamente humana, exhibe unas piernas de charro guerrero. Piernas y botas sucias.

—La muerte ha llegado a los que con armas responden por la justicia.

—¿Qué dices, condenado?

—Tu hermano ha muerto junto con todos los que pelearon en Papalián; traición y un error táctico fue lo que los condenó.

El corazón se le cae hasta al suelo a Manuel. Sabe que eso era probable, ahora aún más que un fantasma se lo está contando.

—Murieron… ¿todos?

—Sí. Fue una emboscada.

Manuel llora, no aguanta las lágrimas juveniles. Su madre no aguantaría otro mes de sus dolores. Su hermana no sería rescatada del hacendado.

—Por qué…

—Porque el caos no es fácil adversario y los humanos muy confiados de su propio talante.

Sobre sus mocos, baja su rifle.

—Y tú, quién eres. Dime tu nombre.

—Mi nombre no sabrás, pero de mi ser tendrás todo. El entretejido magistral está en juego y los que arriba estamos necesitaremos piezas para reordenar las cosas.

—No… no entiendo.

—Entenderás con el tiempo, o después del tiempo. Por lo pronto, déjate de chingaderas… ¡y despierta!

El viento, ahora como rugido, se estampa como etéreo felino contra la faz de Manuel, despellejando su piel, miembros, derritiendo ojos, dejando cuencas sin guías; ahora carnes sin nervios, y huesos sin carnes.

*

Manuel despierta, ya casi es de medianoche. Un coyote aúlla, un conejo vuela.

Sus ojos se abren y ya estaban llorando.

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