El nuevo Viejo Mundo | Cuento (Ciencia Ficción, Fantasía)

Pelino Astropilopus se limpia de algas y otros enseres acuáticos que lo ha ensuciado su naufragio. Sólo él y Kar sobrevivieron al siniestro.

—Una lástima que ni Eurípides ni Homero hayan sobrevivido —dice Pelino, con un pedazo de alga en su cabellera.

—Sí, una grave lástima —Kar está más triste, pero el miedo es más fuerte que otra emoción.

—En estos momentos estuvieran grabando en una roca o madera todo detalle de estas extrañas tierras.

Kar asiente gravemente.

Las olas del mar, su canto poderoso, y las sirenas lejanas…; en otra parte del mundo, esperando a que hombres como Pelino hayan virado a su melódico territorio. Pelino piensa en un canto lejano, no lo reconoce de inmediato, pero deja ausente por un rato. Kar lo mira un poco asustado.

—Eh, Pelino.

Pelino no responde. Algo lo hipnotiza. Esta tierra, u otra, más allá de su imagología, esa zona que teleológicamente debió de visitar sea por su origen helénico.

—Tal vez… debamos regresar…

—¡Pelino!

El canto acaba, se da cuenta que un alga le cuelga en su rizado pelo, la remueve y escupe un trozo de concha. Mira a su compañero, que parece estar aterrado por su aparente posesión misteriosa. Las olas del mar se retraen, el sol está cayendo.

—¿Dices…?

—Amigo, ¿acaso una empusa sedujo tu atención?

—Más bien diría que me perdí por el bello canto de las olas.

Kar ahora está confundido. Luego molesto.

—Por las  adustas chancletas de Odiseo, te ha entrado mucha agua de mar y te has vuelto loco.

—Oh —se percata que sigue atolondrado—, no, amigo, para nada. Es el mar, el naufragio… nada que ver.

Kar no parece convencido. Un cangrejito pasa entre ellos para después sumergirse en la arena movediza de la paradisiaca costa que pisan sus felposos pies. A lo lejos, muy lejos, se ve el aspecto de un Titán plañidero que vuelve a las profundidades del fausto Océano.

El sol está más bajo, Helios está agotado por el trabajo arduo. olvidando iluminar al resto del planeta. La brisa que les comunica tristes presagios a los héroes, pero estos ya están pensando en descansos antes de que las lágrimas surjan de nuevo.

—Vamos, compatriota, vamos a descansar. Haremos fogata para que nuestras almas desfatiguen sus dolores y penas. Vamos.

—Sí, vale, que la espalda duele como el latigazo del mismo Hades.

Así las olas vuelven y toman preso al cangrejito, que derrumbada su efímera guardia, ahora él pertenece al hermético reino de Poseidón.

*

Los dos descansan, semidesnudos, al calor de la humedad nocturna de aquel misterioso reino.

—Compatriota, qué calor tan terrible hace aquí.

—Así es, este es el lugar correcto. Recuerda lo que dijo la oráculo “La Tierra de Fuego será la prometida, allá los poetas cantarán canciones en idiomas nunca antes escuchados. Y ustedes, sabios navegantes, pisarán aquellas tierras fogosas para domarlas y ofrecerlas al magnánimo Zeus”.

—Vaya, te acuerdas muy bien de cada palabra.

—Las he recitado todo el tiempo que he podido, para no olvidar mi telos

—Bueno, a dormir, que ya el reconfortante sueño de Morfeo me posee…

Kar se duerme…, y casi de inmediato resopla entre sus sueños de diez hermosas amazonas y él sin ropas.

—Creo que Morfeo se ha olvidado de mí esta noche —termina Pelino.

*

Al día siguiente, cuando ya el sol tostaba sus duras pieles, Pelino y Kar despiertan, aun cuando Pelino apenas llevaba una hora de descanso.

—Por los rayos de Zeus… me siento exhausto.

—¡Bellas amigas, no se vayan, que la fiesta acaba de comenzar…!

Pelino no quiere abrir sus ojos, pero Helios lo obliga; mientras, Kar siente un desasosiego al caer en cuenta que lo que había pasado durante toda la noche había sido una ilusión del pícaro de Morfeo.

—Mierda de buey… ¿qué habré hecho para que tan dulce experiencia haya sido sólo un sueño?

—Va, otra vez soñaste con las amazonas… por lo menos descansaste, compatriota.

—¡No lo vuelvas a mencionar! Que siempre es un dolor intenso el que siento.

—Está bien… —bosteza—, pero–

Y las hierbas se mueven.

—¿Qué fue eso?

—No sé, qué importa…

—No, en serio, Kar, algo se movió cerca… prepara tu arco.

—Qué importa… no tengo flechas…

—¡Maldita sea! Prepárate que–

Una dardo extraño para enseguida de Kar, luego otro cerca de Pelino; así un montón más alrededor de su cuerpo, dibujando genialmente su forma y aspecto.

—Cosa tenebrosa, compatriota, que no me puedo mover…

—Me he cagado.

—Creo que yo también.

—¿Quién tan hábil con el arma a distancia nos tiene sojuzgados?

—Los demonios de las Tierras de Fuego, recuerda la Oráculo–

Gritos, gritos horribles, guturales; rítmicos cánticos excéntricos para dos helenos con los calzones sucios. Obviamente están en problemas y Pelino, el que usualmente su valentía sobresale ante todo hombre, ahora está apabullado; Kar quiere volver con las amazonas, mejor muerte en el brazo de alguna de ellas, que acá, en suelo extraño.

—¡Que paren…! ¡Paren todo!

Aquellos sonidos los siguen atemorizando.

—No temas, compatriota, tal vez sea un reto, un desafío de los dioses…

—¡Estoy viejo y ya tuve muchos desafíos! Debería de estar con mi dulce Eclestra y no acá…, ¡Zeus, ayúdanos!

Y de pronto todo calla. Mortífero silencio.

—¡Ay! —grita Kar, al pasar un insecto cerca de su oído.

—¿Qué?

—No, nada… un mosquito.

—¿Te puedes mover…?

—No. No quiero.

—Ni yo.

Los zumbidos tensan sus nervios.

—Apesta mucho…

—Perdón…

—Eh, yo también…

—Lo sé.

Mientras se obsequian sus perdones, unas pequeñas figuras oscuras rodean su perímetro, dejando que la ahora poca iluminación oscurece su vista; formas humanoides, cabezas un poco grandes, armas oblicuas… conectadas con un hilo, estambre, o lo que sea para ajustar una flecha y que esta sea disparada por la presión de una mano extraordinariamente hábil.

—Qué está pasando, compatriota… —Kar está a punto de ensuciar sus calzones de nuevo.

—No sé… pero, hay que tener fé en el amor de Afrodita, ella ve por nosotros… ella…

Alguien más diminuto se aproxima y…

Es un hombre, un pequeño hombre, con barba rala, entrecana, piel de ébano, muy oscura como algunos esclavos que han presenciado; pero parece un retoño, no supera el metro de estatura, contradiciendo los músculos bien formados de sus brazos; y esos ojos, crueles portales hacia el Tártaro.

—Es muy pequeño… —dice Kar, casi sin aliento.

—No te dejes engañar, que puede tratarse un demonio del Hades… tal vez venga por mí, yo que le hice el amor a una nereida…

—¿Te follaste a una nereida?

Mea culpa.

—¡Ahora entiendo esta catastrófica empresa al nuevo mundo…!

—Calla, calla, que nos está mirando.

En efecto, sus miradas se interconectan por eternos minutos; hasta que el hombre dice algo en tono de pregunta, pero en un idioma irreconocible para ambos aventureros.

—Oye, dijo algo…

—Lo sé, pero no entiendo.

—Yo tampoco.

—Obvio, estamos en tierras lejanas…

El hombre vuelve a decir las mismas palabras desconocidas.

—No sé, no te entiendo… somos viajeros… —dice Kar.

—Aventureros. Conquistadores.

—Eso, lo que sea… que se calle.

Viendo que no puede obtener respuesta, aquel hombre pequeño mueve su cabeza; y en cuestión de segundos, un aura extraña marea a los helenos, poco a poco nublándoles la vista, hasta que quedaran inconscientes.

*

El olor.

Acre.

Extraño.

Kar despierta por el sulfúrico odor que lo hizo pensar en un tal Hades lleno de llamas, pero adueñado por un ser carmesí, de cuernos enormes. Fue horrible. Pelino sigue inconsciente. Están en una jaula de barras similares al bambú oriental; hay un hombre extraño de piel morena, anotando detalles fisionómicos en una tableta de piel y papiro; más bien, es un objeto extraño, heterodoxo, algo que ningún sacerdote o filósofo haya visto antes… Kar lo sabe, ya que su padre fue un filósofo muy polémico, pero éste desdeñaba el lenguaje escrito, aun cuando sabían que era de los más cultos entre las mentes brillantes de su nación. Es lamentable que murió tomando cicuta.

—Oye, Pelino, despierta…

—No va a despertar —dijo el extraño, en un griego casi perfecto.

—¿Tú qué sabes?

—Todavía tiene los ojos hinchados, el veneno no pasará hasta que lo deseche. Como tú, que te has orinado.

Kar se da cuenta de tal detalle.

—Es cierto… y no he tenido tiempo de limpiarme.

—Disculpe, pero, ¿podría decirme su nombre?

—¿Yo? Qué importa si lo sabes o no, es obvio que nos van a comer acá… es como con los hombres del norte, se comen a todo lo que respira. Son unos salvajes.

—Realmente no son tan salvajes como lo aparentan. De hecho, son una tribu relativamente pacífica y son en general vegetarianos.

Kar queda perplejo.

—¿Qué es relativamente…?

—Oh, es, eh, como… casi, más o menosni tan tan, ni muy muy… ¿me explico?

—No sé, tal vez. Pero no quiero morir hoy. Quiero regresar a mi casa.

—Lo entiendo. Y, bueno, ¿sí me pudiera dar su nombre?

—Vaya insistencia. Está bien. Mi padre me nombró Lamprocles, pero mi nombre de marinero es Kar.

El interés del extraño aumenta.

—Oh, interesante…  ¿Kar tiene algún significado?

—¿Kar? No sé, alguna vez se me ocurrió al pensar en Ares. Suena duro, ¿no?

—Tal vez…

Los hombres oscuros están cargando un largo tronco de palma y lo llevan para otro lado no visible.

—¿Sabes quiénes son…? Son muy raros, nunca los habíamos visto mi amigo y yo.

—¿Cómo se llama tu amigo?

—Pelino, de Atenas.

El extraño lo anota.

—Estos extraordinarios especímenes que usted ve son los pigmeos, una civilización maravillosa que de seguro todavía el mundo no conoce bien, sólo por leyendas.

—¿Africa? ¿Estás diciendo que no estamos en el nuevo mundo?

Ríe.

—Oh, no, para nada, ese lo descubrirán mucho después algunos de sus descendientes. Bueno, ahora que tantas cosas han cambiado, no tengo la certeza si lo harán antes o después.

Kar se siente confundido por tantas palabras que sabe si entiende. El extraño se percata de ello.

—No quiero confundirle mucho, sólo con decirle que sí, en efecto, llegaron lejos, lugares que ningún hombre del Occidente se ha aventurado y ha vuelto a sus tierras para contarlo. Sin embargo, mucho de lo que pueden ver, más en el norte de este continente, es muy bien sabido por ustedes, que las pirámides, faraones, Anubistas…

—Por favor, pare, que no entiendo nada.

—Perdón. La verdad es que uno ve a los que parecen sus símiles y se le olvida que son subespecies de su raza. Es lamentable estar solo en tiempos extremadamente lejanos, en un universo desconocido. Como por ejemplo, la magia existe, pero débilmente a diferencia de donde yo provengo.

—¡Cállese ya! Creo que me está dando una migraña…

—Bien. Me voy entonces.

El extraño, con toda la tranquilidad, se para y sale de la jaula, luego la vuelve a cerrar. Kar tiene la boca muy abierta.

—Pero usted…

—Ah, sí, yo no soy prisionero. Pedí permiso en acompañarlos mientras dormían, pero el bonus fue que pude platicar un poco con usted —se acerca un poco—. Le confirmo que su padre será de vital importancia para la evolución filosófico, tanto que hasta con los míos se le considera un ser brillante para su época. Ciao.

Se despide con una reverencia.

El olor a orines. Kar mira a Pelino, él está sonriente. Parece despertar.

—Kar… no sé si tu esposa se moleste… oh, tus brazos son más gruesos que los míos… eres espléndido…

—Pelino, ¿qué dices?

Pelino termina por despertarse.

—¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Fue un sueño…?

Kar se siente raro. No sabe qué responderle a su amigo. ¿Qué habrá soñado?

—Maldita sea, Morfeo, en efecto es un pícaro de primera —Pelino mira a Kar—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

—No, nada. Todo bien.

—Bueno… sólo que todavía tengo pereza. No recuerdo bien qué pasó.

—Nos envenenaron, no sé cómo, pero fue algo así como un somnífero y creo que no fue mortal.

—Qué bien… creo.

—Sí.

Los dos se quedan callados, incómodos.

—Yo te dije que no estoy interesado en hombres.

—¡Entonces sí escuchaste algo…!

—Sí, pero ya, está bien.

—¡Por la cabellera de Afrodita…! Cómo puede ser que me hayas mentido… qué pena…

—No te preocupes, compatriota, las cosas a veces son así.

Cada uno con lo suyo, pensando en el hubiera, en el ayer.

—¿En serio tú…? —pregunta Pelino.

—No, no estoy interesado —le responde Kar.

—Bueno.

*

De noche, los dos hombres dormidos sueñan con sus paraísos constantes, uno repleto de mujeres fornidas, otro de… un hombre en específico. Ambos sonríen. Los pigmeos están trabajando arduamente, como siempre, superando a cualquier especie en coordinación y fortaleza. 

Otro misterioso personaje aparece como un espectro, forjado por una túnica y sombras de otro mundo. Nadie lo percibe. “Despierten”.

“A despertar”.

“Ya”.

Los forasteros conectan su mente con el corazón, bostezan, se frotan su par de ojos, y no ven nada de inmediato.

—¿Me despertaste? —le pregunta Kar a  Pelino.

—No, pero tú sí.

—No, no, yo tampoco. Estoy seguro que escuché a alguien despertarme.

—Pues yo no fui.

Intriga. Ambos amigos parecen confiar en sus palabras, pero no de sus espíritus. Coincidencia o destino, despertaron por la misma razón. Kar es el primero que cae en cuenta de aquel ser que está frente a ellos.

—¡Hades! ¡Qué es eso que está ahí…!

—¿Qué? —saturado de noche, Pelino no lo ve de inmediato—, ¿qué dices? ¿Me quieres asustar?

—¡No! Mira… ahí… en frente…

Pelino enfoca con sus ojos que hace poco veían a un hombre felpudo que los amaban besos y cariños. Vaya que la cruel realidad cambia mucho a las esperanzas del corazón, casi siempre fallido, como las revoluciones  legítimas que terminan cediendo al fastuoso poder de un tirano.

—Afrodita… es un espíritu.

—Del Hades.

“No”.

—¿No? —pregunta Kar.

—¿Qué?

—Dijiste no.

—Nada de eso, estoy tan cagado como tú…

“Escuchen, subhumanos”.

—¡Joder…! ¡Es eso…!

“No griten o lo lamentarán”.

Lamentar.

Lamentar haber venido acá. Lamentar haber viajado lejos de sus casas. Lamentar no haber  recibido el favor de los dioses. Lamentar no haber sido un amor recíproco.

—Pero…

—No digas nada, los espíritus no se andan con rodeos. Calla —dice Pelino.

“Muy bien, así me gusta. Estoy usando sus mentes para comunicarme con ustedes…”.

—¡No puede ser…! —Kar se queda boquiabierto.

—¡Calla…!

“Sé que como subhumanos son más sencillos de mente y espíritu, pero está bien, en lo básico son útiles”.

—Qué… ¿qué quieres de nosotros, oh espíritu del Hades?

No responde de inmediato. Parece que escuchan una risotada dentro de sus cabezas, pero no saben si proviene de la aparición o de su propia imaginación. Ninguno se lo dice al otro.

“Bueno. El señor del inframundo les comanda que me sigan. Los dejaré en libertad. Necesitamos a ambos para viajar hacia el Olimpo”.

—El… ¿Olimpio? ¡Pero está prohibido…!

“Nada está prohibido en el poder de un dios. Callen y síganme. No hagan ruido. Los trabajadores caerán en un encanto y se quedarán dormidos el suficiente tiempo como para escapar. Yo los veré justo en la costa”, se toma un tiempo, “Advierto que esto no terminará aquí. Si su trabajo es bueno, el señor del inframundo les dará a mí como guía al verdadero nuevo mundo, donde obtendrán riquezas infinitas”.

—Infinitas… —Pelino se queda sin palabras.

“Sí”, Kar todavía está boquiabierto, “Vamos.”

La puerta de su jaula se abre. El espectro desaparece.

Los dos todavía están ensimismados ante tal aparición. Se miran y se asienten para tomar valor en salir. Al estar fuera, observan el campamento, ahora lleno de hombres pequeños durmiendo en medio de su labor interrumpida.

—El espíritu hizo todo esto… —dice Kar, apantallado.

—Creo que ahora sí nos escucharon los dioses… pero no los que esperábamos.

—A fin de cuentas… dioses.

—Sí. Vamos.

*

En la mañana posterior, los pigmeos despiertan. La amarga sorpresa cae a los oídos del misterioso extranjero, que de inmediato se lanza a la jaula de los prisioneros. A su parecer, obviamente ya no estaban ahí.

—¡Mierda! Ya llegaron los otros.

Los trabajadores no entienden ninguna palabra.

—Atención —ahora en su idioma—, el enemigo ha llegado y no podemos atrasarnos más. Aquí les dejaré lo necesario para que se defiendan de los invasores, yo por mi parte iré lejos porque otros me necesitan.

El líder entre ellos reaparece con cara de preocupación.

—¿Acaso ya es hora?

—Sí, ya es hora. Ya es jodida hora. Esto confirma mis sospechas que Destino sigue moviendo las piezas con su mente desquiciada.

*

Vemos de lejos, entre la fronda selva que se abre al campamento de los pigmeos, que más adentro encubre algo maravilloso: una incipiente ciudad retrofuturista, repleta de trabajadores que la construyen, anacrónicamente viviendo para un futuro ahora más cercano.

El extranjero se desplaza en el aire con una nave y éste se dispara contra nosotros, hasta que se estampa con nuestra vista.

 

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