La piojería de Dios | Cuento (Absurdo, Fantasía)

«Nos es fácil figurarnos que el demiurgo, convencido de la insuficiencia o de la nocividad de su obra, quiera un día hacerla perecer e incluso se las arregle para desaparecer con ella» — Émile M. Cioran


Se dice que alguna vez dios tuvo cierta depresión cósmica porque su galaxia favorita terminó devorada por el supernova de otra galaxia vecina. Tal descuido lo llevó a un caos inevitable, dejando que los seres del caos posicionaran varios agujeros negros en varios puntos del Universo.

Naturalmente Dios dejó de asearse.

Según crónicas angelicales, su olor se expandió hasta los lugares más recónditos de la creación, así formando planetas llenos de azufre y volcanes que vomitan lava por tal hedor.

Pero lo importante de este relato es que, tanto de la muerte y de la mala higiene se da una involuntaria creación:  liendres divinas rondaron por todos los pelos mágicos del Gran Creador, picando su piel poderosa, intensificando el lamento de Dios.

Así un día toda la corte celestial se puso de acuerdo en bañarlo, no sin antes deshacerse de los animalitos que invadieron el cuerpo del Señor; los piojos fueron expulsados lejísimos, sin importarles que ellos hayan muerto por falta del beatífico aire, y mejor en curar la depresión de su superior.

Y las liendres viajaron por el espacio, lejos muy lejos.

Se encontraron con otras especies apócrifas a la Creación, muchas de ellas confundidas, echándole la culpa de todos su males a un ser supremo que hasta la fecha no han conocido, ni tienen real certeza de su existencia.

Los piojos, ahora diezmados por las vicisitudes del espacio y sus confines oscuros, divisaron la esperanza que necesitaban: una esfera llena de vida, un lugar donde los malos humores de su creador no habían caído con profundo desasosiego.

Y pues aterrizaron, ahora siendo menos.

No obstante, de las pocas que eran, con su extraordinario poder recabado del mismísimo Creador del Todo, se multiplicaron como nadie en la Existencia. Forjaron imperios visibles e invisibles, dominando este reino sin un pero del hermético Tiempo.

… El tiempo pasó.

Ahora sus descendientes son enormes, más complejos, pero con una fracción de idiotez que los hace avanzar lento en comparación de sus parásitos antepasados; tienen menos extremidades, dos brazos, dos piernas, que los hace bípedos y, por lo tanto, menos fantásticos. Sí, forjan castillos, son más similares al Creador, pero aún así se sienten inferiores, tanto que los mismos asnos son más osados que ellos.

Aún así, las cosas cambiaron cuando Fabián despertó siendo Dios.

Él no creía lo que estaba pasando, parecía todo sacado de un cuento de hadas; con las pisadas de sus pies se creaban los bosques más maravillosos del mundo; con sus manos podía dar vida a seres ya fenecidos; con su boca creaba verdades inéditas…; hasta que un ángel perdido por espacio, escuchó un tremor familiar, ese que siempre percibía de su Señor…

Vaya sorpresa se dio cuando vio en el peligro cósmico que se había fundado en la galaxia menos interesante de todas. No la pensó mucho, se disparó de inmediato a la corte celestial más cercana, y entre los pocos ángeles se pusieron de acuerdo en actuar y después avisarle a su Señor de lo acontecido.

Cuando Fabián había elucubrado el mejor plan del Universo, uno que acabaría con todo el caos, empezando con la de sus congéneres de su planeta, los ángeles lo acorralaron y por medio de tecnología impensable, le sustrajeron parte de sus poderes, disminuyéndolo en un semi-dios debilucho entre los impetuosos ángeles que ahora gobernaban en secreto a una de las miles de millones que había creado Dios.

Fabián se sintió decepcionado de la vida, poco le duró eso de ser Dios. También le caló no haber sido el héroe de su propia historia.

Los ángeles tenían pensado en acabar con él, desaparecerlo, dárselo de comer a un agujero negro y de ahí ni pensar si su cuerpo se transformaría en más caos o que por Fortuna acabara desintegrándose en materia innocua. No obstante, el más adusto de todos, e igualmente inteligente, cuyo nombre se asimila al de Miguel entre los descendientes de los piojos, previó que matar a un dios sería lo peor que podían hacer, ya que no sabrían cómo reaccionaría su superior ante tal acto, que, bien de origen es un equívoco, tal vez podría tener otros desconocidos sentimientos ante esto. Y sí, cada uno estuvo de acuerdo, pero tenían que idear un plan y rápido.

Entonces, Gabriel, muy bueno para historias de ficción, inventó una historia para Fabián, que debía de aprenderla tal actor con su script. Todos le aplaudieron por su ingenio artístico.

Así, en medio de una noche, Gabriel fue el que le comunicó el plan, o mandato, al triste de Fabián. Primero, al verlo, recordó al mismísimo dios, en que hace eternidades éste también había sufrido una terrible depresión, en la que coincidentemente él terminó por ser engendrado.

Gabriel temió, pero hizo su trabajo; le dijo:

—Tú, descendiente de liendres, escúchame bien.

Fabián descubrió su faz después de tirar sus famélicas manos al suelo. Miró melancólicamente pero atento al ángel intruso.

—Si quieres existir como el adefesio que eres, tendrás que seguir el plan que ideamos los seres más superiores después de nuestro Señor —carraspea, toma aire y traga saliva antes de proseguir—. Tu nombre ahora será Jeshúa y renacerás en este plano, sin mucha memoria que la del hijo de un ser superior, Dios, porque tu objetivo es… —improvisa—, perdonar los pecados de los aquí presentes en este planeta.

—Pero… ¿por qué? ¿Qué he hecho para que me condenen a esto?

Gabriel se pone nervioso de nuevo.

—Porque ni tú ni los de acá debieron de haber existido. Pero ya es tarde y nosotros somos misericordiosos, tal como nos lo ha enseñado nuestro Señor.

—Bien… que así sea.

—Perfecto —sonríe—, siempre es bueno que un convicto como tú sea voluntarioso. Ahora, a volver a las entrañas de una madre, que el Tiempo aprecia aunque siempre calle. ¡Pam, pam!

Da dos aplausos y Fabián desaparece; pero en verdad se transforma en un óvulo recién fecundado, no tan lejos de su nación, donde tienen una creencia más fidedigna a la realidad del Universo.

Un hombre y una jovencita hebreos terminan de hacer el amor en el establo del padre de la amante.

—Joshué… —dijo ella— ya es la segunda vez y no nos han casado…

Joshué se quedó pensativo. Él es un carpintero muy astuto; de inmediato se le ocurre algo.

—Escucha bien, Marya, si te dicen que si por qué te está creciendo el vientre, diles a tus padres que fue por arte divina, que un ángel vino del cielo y éste te infundó espíritu divino en tus adentros, así procreando al mismísimo hijo de Dios.

Marya no creyó que Joshué hubiera inventado tal historia sumamente profana.

—¡Eso que dices es una locura! ¡Sacrilegio…!

—Vamos, Marya, es mejor que te manden a la horca y a mi que me exilien. Aparte, ¿qué no te gusta cómo hacemos el amor?

—Me vuelve lo quísima.

—Entonces, has lo tuyo, que luego nos casamos cuando yo, haciéndome el inocente, me ofrezca a tus padres en ser el padre adoptivo de este ser —toca el esbelto abdomen de Marya— que de seguro se está desarrollando por mi fuerte semilla.

Marya, aún pensando en el lenguaje pecaminoso de su amante, sonrió al darse cuenta que ama y es amada por el hombre más inteligente del lugar.

—Bueno. Lo haré.

—Bien. Que así sea.

5 respuestas para “La piojería de Dios | Cuento (Absurdo, Fantasía)”

      1. De hecho, en estos momentos me daré un break de mi escritura y leeré algo de Émile. Gracias por la recomendación.

        Y ánimo, la vida es una joda, pero también puede ser un manjar, aun dulce, aun salado, como también juntitos.

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