Álef | Cuento (Fantasía, Surrealismo)

Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable

[…]

Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone
un pasado que los interlocutores comparten

[…]

vi todos
los espejos del planeta y ninguno me reflejó

[…]

y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo
nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el
inconcebible universo.

[…]

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

[…]

Por increíble que parezca, yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo
creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.

[…]

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las
cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo
estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de
Beatriz

— Borges, como su propio personaje.

Empecemos con que este no es un cuento de Borges.

Acá hablaremos de la letra A, la primera de las lenguas romances.

O no. En realidad investigaremos a Álef, un chico tímido, retraído, hijo de un asiduo lector Jorge Luis Borges; y omitiremos lo obvio del origen de su nombre. Bueno, no es tal la obviedad, ya que la mayoría de los humanos cuando mucho leen las revistas que se les presta en consultorios médicos, o con el peluquero, o en esas cadenas de poca verdad que rondan por las redes sociales; es decir, vivimos en un mundo de gente capaz de leer y que no lee. Hermoso.

Seguimos con Álef.

Pues él, este muchacho, ha descubierto que dentro de sus sueños él es otro hombre, uno fuerte, capaz de hazañas que sólo los dioses antiguos podrían efectuar. Incluso flotaba alto, muy alto. Realmente lo podía todo. Triste lisonjas se hacía a sí mismo, pero al despertar todo cambiaba. Una pena consuetudinaria en las mañanas de Álef.

Por eso hoy está alicaído, con los ojos hinchados, brazos acongojados, piernas cansadas. “Es mejor la vida acá adentro [su cabeza]. que afuera”, y sí, en efecto, muchos de los onironautas lo sabemos. Volver al mercado, sentarte en la oficina austera, ser despedido por tu jefe al que nunca tuviste afecto, ni él a ti, no es una vida de rosas y claveles, para nada. Es natural que su tristeza se haya incrementado a lo largo del día…, sólo quería regresar a la cama, contarle historias a su mente, en vez de contestar preguntas incómodas a la ansiedad. El gato había muerto hace semanas, la vida ahora es más solitaria.

De los progenitores se sabe que uno se encuentra espacialmente lejos, otro más allá, donde los vivos no cuentan con ellos. Más triste, más triste aún.

“Qué soledad cuando uno anda despierto”, y se recuesta entre su silla y la contigua, esperando a su finiquito, además de una última vista a Andrea, a la bella y simpática Andrea. Pues Andreíta no llega y su cheque ya está en sus manos. Una suma minúscula. Sus párpados se cierran.

Ya después en su casa, de vuelta a la cama, piensa en sus próximas aventuras oníricas. Está emocionadísimo. Recuerda que el médico le recomendó escribir su diario y siempre añadir un poema que provenga de su ingenio o de algún poeta favorito. Lo hizo rápido en un papel estropeado por el olvido; ahora parece brillar por su momentáneo uso. Una esperanza enciende la llama de la inspiración a Álef.

A las bodas sin novios
A los divorcios plagados de amor
A la estulticia de la genialidad
A la saciedad de la hambruna
A hielo que quema
Al fuego que humedece
A los límites del infinito
A todos les envío una A para que vuelven a comenzar.

La hoja, ahora henchida de magia literaria, posa en el viejo frigorífico de Álef, aparato electrodoméstico legado de sus padres. Lo mira bien, justito ahí, como bandera de algún poeta de tornillos flojos; y le parece bueno.

Y bien, toma su momento para tomarse un agua y después volver a la cama. A la dulce cama. A la preciosa cama. A la hermosa cama. A la amante cama. A la suave came. A la siempre-ahí cama. A la fiel cama. A la cosa-de-otro-mundo cama. A la confidente cama. A la miséricorde cama. A la cama que lo lleva todo, lo tiene todo.

Esa es la cosa más prodigiosa que ha inventado el humano. Creyó que la cama era un objeto para el descanso, cuando en verdad es una máquina de dios; los más virtuosos saben el mejor de sus usos. Álef sonríe al ver su lecho.

La mejilla sobre la almohada; los párpados cierran; la boca suelta un suspiro.

*

Al siguiente día despierta con el mejor sosiego de su vida.

Se levantó tarde.

Nadie habló con él.

Álef toma un café, revisa las noticias. Afuera escucha ruidos de una marcha, posiblemente una protesta; tal vez algo del presidente, tal vez algo de una corporación de poca moral. No sabe. Quiere seguir con su bonanza emocional.

Termina con su taza, la deja en la mesa y se lanza hacia afuera.

Es un hombre nuevo.

Ya en el exterior, respira hondo. “El aire, el cielo, la tierra”, piensa. Y flota. Flota alto, tan alto que pájaros lo miran admirado, unos ángeles peleándose por un pedazo de nube; lo saludan, luego prosiguen con su riña celestial.

Fuera de la Tierra, fuera de sus etéreas capas protectoras, Álef mira cómo esa esfera azul gira sobre su propio eje. Magnífico; majestuoso; sublime. Aquello era un mundo repleto de vida e historias que se cuenta por sí solas. Él es parte de eso. Pero un ojo ecléctico interrumpe la admiración de Álef.

Arriba, allá arriba, un ojo de Titán observa a la Tierra; pestañea, absorbe polvos cósmicos, y se asombra junto con el joven llamado Álef; de la retina hay animales de todo tipo, momentos interesantes, así cartas, así guerras; también tiempos actuales, tiempos lejanos; acontecimientos posibles, otros sumamente imposibles; astros de otras galaxias, de otros universos; un sucesión de descubrimientos inmensamente abrumadores.

Nada de esto debería de ser para el humano.

Nada de esto es humano.

Ni su origen es de este Universo.

*

Jorge llora, se siente afligido por haber engañado a Carlos. Ahora él es el dueño del local, haciéndose pasar por una confitería, que en verdad era una comuna de rituales ocultistas. Sabe que el Aleph es falso, pero aún así igual de maravilloso. Sus ojos ya no ven. Sienten. Su frágil piel se ha marchitado con los años, contando surcos de historias enciclopedistas, de amores verdaderos e inventados. Mucho, mucho sufrimiento, ese que la intelectualidad no cura ni aminora.

Se para lentamente, sea por su vejez. Los escalones ancianos como sus piernas, húmedos, descoloridos, un que otro roto.

Este día añadirá a su poemario unos versos insulsos pero esclarecedores. Ahora entiende muy bien a Carlos…, no importa el ingenio, el amor, la pasión, esa infusión de sentimientos literarios que embellecen los versos de un poema; afuera los tropos, bienvenidas las ocurrencias.

Pasando por unos hombres en túnicas, leyendo unos escritos de Yeats, comparándolos con otros de Byron, los ignora y se va directo a su oficina. Magister Borges, dice su puerta. Su cara seria, seca. Entra, enarbola su espíritu todo lo que está ahí, en su pequeño resquicio de locuras y exorcismos; se sienta, toma bolígrafo, su mirada mirando al frente, evadiendo al folio que ahora violenta con punta y tinta.

Comienza:

A las bodas sin novios
A los divorcios plagados de amor (…)

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s