Exégesis | Cuento (Fantasía)

Don Rabeló comía perdices cuando cayó el ángel.

Sus manos, sucias por el adobo, posan en un estado inútil para un diminuto muslo que ahora descansa sobre el suelo agreste. El ángel, en cambio, parece no tener tiempo de indolencias, siempre danzando con sus pies bellos que sueltan chispas divinas y estas alegran a la naturaleza; esas alas, hermosas nubes, revolotean al son de la música angelical, cuyo origen misterioso al humano que lo observa, suena tan clara como la del más costoso concierto.

Así pasaron los minutos que se convirtieron en horas. Hasta que las posaderas de don Rabeló punzan, éste se levanta y ángel de inmediato se espanta, y se va, huyendo de la peste humana. Allá se ve, lejos, muy lejos, tal vez en otra galaxia, como una estrella incandescente, brillando aquel ser homónimo a nosotros, pero más orgulloso e innatamente poderoso.

Don Rabeló se limpia las manos en su pantalón de obrero, descuidando a su larga barba que está llena de pedazos de perdiz adobada, y se dirige casi trotando a su cabaña, donde su esposa tararea una melodía similar a la del ángel recién visto.

El don entra, mira a su esposa, cuya postura dulce le inmola el corazón por un instante, y le dice:

—¡Prohibido que vuelvas a misa cualquier día! ¡Mucho menos los lunes!

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