Sicut foris, sicut intus | Cuento (Fantasía, Surrealismo, Terror)

Diezmillo buscaba el regreso a su casa. No entendía la amplias opciones que tenía, sólo quería meter su cola entre las patas y recular a su origen, allá donde lloraba por tristes canciones maternales, o mariposas muertas. Se tocó un cuerno, cerró los ojos.

Por medio de la adivinación tomó la ruta que le pareció mejor a su cornífera talante. Pasos y pasos, pezuñas marcadas en un suelo variopinto. La cola entre las patas. Diezmillo simulaba alegría en un tremendo estrés interior. Algo iba bien; algo iba mal. Quién sabe qué podría pasar.

Y pues, de regreso a casa, donde sus señorías lo estarán esperando, de nuevo.

(…)

Ya en su eterna morada, las nubes se convocan en un ritual oscuro, agorando lo menos gustoso, insinuando que volver a los orígenes no siempre es lo más apropiado. Y tenemos aquí, a Diezmillo, después de algunos roces con la cruda realidad, otros goces de la fantasía y la imaginación que lo mantuvieron cuerdo, sano. Nada ni nadie lo recibe desde afuera. Muge en desasosiego, pero trata de no ser escuchado. 

Nada, nadie.

El hacha de su padre está clavada en el tronco hostil e inerte; el pasto, descuidado, con motas alopáceas y otras de alta hierba; la fachada opaca, antes herrumbrosa, ahora del color de la muerte. Nada, nadie parecía vivir ahí. Sus cuernos tiemblan, esperan lo más terrible que puedan imaginar. Diezmillo sabe de su desacierto.

Camina un poco más, marcando a medias sus pezuñas sobre la tierra húmeda por la neblina y el frío que la condensa. Frente a la puerta sus intenciones se detienen, busca por el pestillo algo que le indique que está cerrado, pero no, con tan sólo empujar un poco a la madera, ésta se desliza con un chillido fantasmagórico; y sus cuernos no dejaron de temblar.

Nada, nadie intervino en su entrada.

Nada, nadie parecía respirar dentro de su morada.

Diezmillo aspira un aire malevolente, áspero, inhóspito. Hostil. Muge de nuevo, en una interrogante que no tuvo respuesta… inmediata. Un alarido suave viaja por sus oídos, cuyos espectros asustan a la inconsciencia de Diezmillo, y ahora sus perfectos dientes castañean por el terror cercano. Las sombras del interior sólo marcaban la ubicación de muebles y herramientas olvidadas, nada más. Saca su encendedor, oprime su delicado gatillo y… nada, nadie parece estar adentro.  Quiso evocar la voz de su madre, siempre contenta de verlo de nuevo… pero nada, nadie está con él para recibirlo. Da un paso adentro, mira de un lado a otro, pero los fantasmas ya se habían desvanecido antes que él entrara.

Pero las voces…

Las voces…

Poco a poco volvieron las voces…; voces sin cuerpo, voces de otros tiempos, quizás de otras realidades…; ¿dónde está mamá?, ¿dónde está papá? Diezmillo no encuentra consuelo, los platos se divierten en un vaivén infernal; las luces que provienen de otros soles iluminan el interior; las lunas del averno resplandecen en un plata letal, arrobando a los espíritus perdidos, aquellas voces, sin cuerpo, que avanzan en su purgatorio hacia la ecuestre eternidad.

Los ojos se agitan, lloran; se enrojecen.

Nada es cierto o incierto, pero todo pasa adentro, aquí, en el origen de sus miedos, en el fin de los tiempos.

Despierta.

(…)

Diego despierta llorando, triste, acongojado por el lamento de algo que nunca fue, que nunca existió. Mira el reloj de su móvil, son las 3 AM.  Nadie con él, empero los objetos están ahí, hablando por personas lejanas o que ya no existen. El trémolo nocturno allá afuera, cantando al refulgente vació de la angustia. Recuerda un ayer lleno de esperanzas; y sus ojos se empapan más, su cuerpo es más frío, desesperado.

En algunas horas más tendrá que levantarse e irse al trabajo, no sin antes mirar a sus padres, ya viejos, desayunando sin él; no sin antes viviendo su tercera década sin frutos propios, zigzagueando en un juego improvisado, extraviado en el constante desasosiego del propósito.

Nada ni nadie lo recibe en su mente descuidada.

Nada, nadie se despidió de Diezmillo al salir de su morada.

 

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