El llamador | Cuento (Terror)

Felipe tiene sostiene el paquete con su brazo derecho. Camina, se aleja del auto, y se pone frente a la puerta de aquella casa fúnebre. Nada parece ser lo suficientemente terrorífico como para hacerle tambalear sus piernas.

La puerta es un tanto antisocial, como protagonista tiene a un llamador en forma de demonio, tal vez un símil de gárgola gótica, o nomas una figura precariamente construida por un herrero que poco tiene de artesano. En fin, Felipe se pone manos a la obra y, sonriendo, golpea a la madre con el llamador y espera a que los inquilinos abran, lo saluden y él entregue el bien que pronto les pertenecerá.

Pero no, nada, ahí está él esperando.

Llama de nuevo, sigue sonriendo, y el paquete comienza a pesar en su brazo derecho. Ninguna respuesta, aparte del viento otoñal. No es la primera vez que lo dejan plantado, aun cuando la paquetería, en efecto, con antelación se contactó con los habitantes del lúgubre solar; sin embargo, al parecer tuvieron alguna urgencia de último minuto y en estos momentos no se encuentran dentro. O quién sabe. Tal vez estén dormidos… tal vez estén distraídos con alguna actividad… tal vez esta actividad sea la de un ritual oscuro debajo de la tierra, allá en su sótano, esperando a un inocente use el poco ortodoxo llamador de su puerta.

—¡Toc, toc! ¡Paquetería! —Felipe grita divertido. Igual, esperando sin nada a cambio.

Felipe mira de nuevo al llamador. lo usa de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Y otra vez.

¡Y un último intento más! Hasta que se cansa, siente que el sudor frío lo empapa, incluso una fiebre extraña lo acongoja, lo hace temblar, busca una mejor posición para que su cuerpo convaleciente se sienta más formidable ante tal escena bochornosa para su oficio. Bueno, es típico que muchos usuarios tengan pena al abrir, o miedo a que sean asaltados.

—Bueno, quise ser simpático, alegre… pero, mierda, que les den por el culo. Me voy.

Y sí, se va. O intenta hacerlo. Porque lo siguiente que ve es otro mundo, similar al suyo, pero ajeno, evidentemente alienado al que solía pertenecer.

Ceniza con nieve. Neblina; niebla. Todo atiborrado de densidad de ultratumba. Quién sabe qué pasó mientras esperaba a que le abrieran la puerta, la cosa empero había cambiado y de más. Tenía planeado cenar camarones a la mantequilla, como su difunta madre se los solía cocinar en eventos dominicales muy especiales.

No obstante, nadie, ni una alma rondaba por ahí. Antes de llegar, vio que unos vecinos discutían, por otro lado unos niños jugaban con sus escopetas que se tiraban chorros de agua, y un gato dormía sobre un viejo cadillac que le llamó la atención por sus colores brillantes, y llantas bien conservadas. Eso también cambió, o mejor dicho, desapareció.

Escucha un cuervo, o algo cercano al graznido del ave agorera de males y tristezas. No ve nada, nada en particular. Solamente el ruido, un ruido que parece un aviso.

Hasta las bestias salen de sus escondites.

Cosas espeluznantes, algunas imaginadas, otras nunca antes vistas, parecen acechar a Felipe. Lo amenazan con sus miradas, ajenas a toda misericordia, con fulgurantes deseos en despedazarlos.

Dos pequeños demonios que con sus brazos tiran chorros de mocos verdes que carcomen a todo material que tocan; el gato, ahora un felino abominable, carga con su cola a un cadillac viejo, olvidado, chatarra de cuatro ruedas; y los vecinos, tenían más brazos, y una pierna cada quien, dientes amarillos, ojos que no pertenecen a ningún mamífero; todos ellos, se acercan, con violencia, con apego a toda la ley del infierno en el que viven, con el anhelo de matar a insulsos humanos que osan entrar a su reino de la horrenda diferencia.

Felipe está espantado. Obvio. El paquete no lo deja, lo mantiene bien firme en su brazo derecho. El instinto le dice que use el llamador de nuevo. Pero no lo hace al instante.

—¡Mami…! —dice él.

—¡Ya nos comimos a tu mami! —grita uno de los vecinos. Los niños ríen y hablan en un idioma ininteligible. El gato, más grande que el anterior, se arrastra, deja sangre en el suelo, todavía decidido a acosar al humano.

Felipe, ya sin dudarlo, toma el llamador y lo usa.

Una.

Otra.

Y otra.

Y otra

Nadie le responde.

Y otra más.

Nadie, nadie.

Y otra.

Parece que la madera está a punto de romperse; ¿o será su brazo?

Está a punto de usarlo de nuevo, pero unos rostros temibles, de ojos amarillentos, caras grisáceas, una familia completa de un mundo poco acogedor lo mira con sentimiento intenso y placentero.

Y vuelve a usar el llamador, hasta que su brazo truena; y el paquete cae.

[…]

Llora, grita del dolor.

El paquete y su contenido, que posiblemente ahora esté roto o hasta inservible, están sobre el suelo. La neblina ya no está. El sol del mediodía vuelve. Felipe sostiene su brazo izquierdo con el derecho.

Los vecinos volvieron, los niños ahora son regañados por su guapa madre. El gato, pues, sigue durmiendo.

Todo ha vuelto a la normalidad (?).

Descontento por lo que ha pasado, Felipe vuelve al auto, deja el paquete ahí, a la misericordia del vecindario, se mete al coche, lo enciende y, aún llorando, se va, pero con un aire de victoria, de justo alivio. Nunca más tocaría a un llamador de nuevo. No más. De hecho, piensa en cambiarse de oficio, tal vez se tome unas vacaciones y luego buscaría el trabajo de oficinista o cocinero. Le gusta mucho cocinar camarones, y mariscos en general.

Pero no sabe que ya se ha ido muchas veces, que pronto morirá por un accidente en el puente, generado por un titán oscuro e invisible para los ojos de otros mortales, lo empujará, luego lo devorará y así junto con él al universo que ha creado para alimentar a un dios de la energía oscura que algunos seres lo mantienen vivo, y bien nutrido.

Y también volverá, así por siempre, un Felipe, o puede ser que un Carlos, o Jonathan, o qué sé, un Abdul, e intentarán entregar un paquete, u ofrecer algún servicio, eternamente atormentados, irremediablemente devorados.

Nadie sabrá de este maléfico proceso, hasta que un día, ciertos héroes, de mundos diversos, tengan que combatir o huir de ellos. Será su decisión.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s