Beta | Cuento (Fantástico, Surreal)

Andrea despierta pensando en él.

“¿Tuve que ir a visitarlo? No lo sé, es raro”, es su primer pensamiento. La alcoba, un poco fría. Hace falta de alguien. “Él no”, siguen las palabras en su cabeza. Revisa el móvil, varios mensajes de él, comenzando en un torrente que fue creado desde ayer por la mañana. No le ha dado ninguna respuesta. 

Suspira y tapa sus ojos por un momento. No es cómodo que alguien te solicite con tal vehemencia, mientras lo evades. Revisa la hora…, no es tan lejana al mediodía. Durmió mucho. Ahora el clima…, cálido, con posibilidades de lluvia. Raro. Dentro de su habitación se siente un frío, uno que ahora se está sintiendo extraño. 

Suspira de nuevo, pero termina con una sonrisa. La vida tiene que seguir.

*

Ya no llegan más mensajes de él.

¿Por qué será…?

Su auto, casi descompuesto por años de mal uso, truena su escape y se lanza hacia la aburrida aventura laboral. La oficina, olor a pino, café barato, a veces galletas, compañeros tristes, pervertidos o suicidas; un jefe adicto a la cocaína… nada fuera de lo normal. Vida de oficinistas.

“Mi madre ha de estar preocupada porque no he hablado con ella. Ay, en verdad quiero hablar con ella, pero tendría que contarle lo de mi aborto, ella lo percibe… maldito instinto maternal, uno que yo castré”, piensa mirando al frente, sin mirar en verdad. Truena de nuevo el escape, pero sigue funcionando la máquina antigua. Enciende la radio para distraer a su cabeza, lo siguiente es música ruidosa, de calidad comercial y vulgar, algo que para otro tiempo sería maravilloso, con sus amigas de colegio, noche de copas y hablar de libros raros. “No, capaz me dé taquicardia”, y lo que viene es una sonata que desconoce, tranquila por el momento, perfecta para sus oídos. 

Y un ojo se asoma por el cielo, enorme, perfecto, y ominoso.

Frena con chirridos de llanta quemada y hojalata vieja; se revienta una rueda y del motor comienza a salir un humo blanco, luego oscuro.

Fuck! —grita Andrea, mientras se va percatando que el auto está ladeado, sin funcionar— Fuck, fuck fuuuck! —primer instinto de un conductor desesperado, golpea el volante, da patadas a diestra y siniestra; y sale del cuatrúpedo mecánico. Aúlla algo incoherente. 

Y recuerda lo último que vio en el cielo.

Calla sin cerrar la boca. Mira de nuevo al cielo, y nada. Límpido de imágenes, sucio desde que el humano descubrió la manipulación del fuego. Su mamá de seguro… ella la hizo alucinar. Pierde mucho tiempo pensando en su madre y su vida depresiva por su pareja difunta. Una mujer solitaria, siempre en busca de la atención de sus hijos que casi nunca contestan a sus llamadas. Sí, ese ojo enorme era el de su madre, se siente muy segura de ello. 

Oh, su padre, ese que le hacía el amor a su madre antes de Rigoberto, su última pareja, era un buen hombre, afecto a jugar ajedrez en parques público. Tuvo la mala suerte de ganarle a un contrincante misterioso, que terminó siendo un asesino en serie. Su asesinato fue ahí mismo. Lo bueno es que por este caso por fin el genocida fue detenido, al coste de la vida de su padre.

Cosas de la vida.

—Ya mamá, déjame en paz… —dice ella, como si la estuviera escuchando.

Aquel cuerpo celeste que protege al planeta es tan falso. Engañoso. Tal vez sea una simulación. O algo más alocado.

Andrea parpadea con la cara fija hacia arriba. El cielo se oscurece, luego vuelve a la luz.

Un automóvil pasa cerca de ella, toca el claxon, pero ella lo ignora. Puede que esa persona le esté ofreciendo algún tipo de ayuda; sin embargo, ella no está ahí. Está y no está. Deja de sentir otra cosa, sólo cuerpos celestes y fantasmas.

Parpadea más. Oscuridad. Luz.

Hasta que el ojo vuelve, recreándose lento, perfilándose en el color azul de la atmósfera. Impresionante. Está ahí, mirando a todo, de seguro a ella también. No vuelve a parpadear. Solam

ente lo mira, esperando respuesta de ese ente de altura divina.

¿Horus?

¿Los aciagos demiurgos?

¿Dios?

¿Madre…?

¡Qué coños hace un titánico ojo acosando a toda la vida terrestre! La respiración de Andrea es rápida, desesperada. Quiere gritar “¡Miráme, hijueputa!”, pero mantiene el respeto que muchos mortales optarían en su caso.

“No dejes que te vea”, algo le dice a su cabeza.

Ella vuelve en sí.

—Eh, loca, ¿no escuchas? —un señor rechoncho lleva tiempo la respuesta de Andrea—, ¿estás drogada?

—No, para nada —responde Andrea, aun confundida.

El hombre, rascándose el frondoso bigote, no parec estar satisfecho con la respuesta.

—Bueno, muchacha, por lo que veo estás confundida por lo que le pasó a tu coche o de plano no estás en tus cinco sentidos por otras razones.

—No, no pasa nada, yo hablo a la grúa. Gracias.

—¿Segura? Yo tengo un amigo…

—No, váyase, ya. 

El hombre se siente ofendido. Enciende de nuevo el motor de su camioneta.

—Vale. Que te den por el culo, pinche loca.

Y se va.

“Hiciste bien. Que se vaya”, vuelve la voz.

—¿Quién eres? ¿Qué dices…?

“Andrea, no mires al cielo, has como si fueras un peatón común y corriente”, sigue la voz.

—Espera… es raro, es como si una brisa pasara por mi cabeza y se metiera a mi cerebro.

“Supongo que es común. Es la primera vez que lo hago. También es raro para mí”.

—¿Y tú quién eres…?

“Mejor piénsalo, si alguien pasa por ahí creerá que estás loca. Tal vez te escuche. Inténtalo”.

“¿Así…?”.

“Sí, creo que sí…”.

—Ah… —suelta un suspiro, asustada.

“Es raro… ¿qué está pasando…? ¿Estoy loca?”, pregunta Andrea desde las entrañas de su cerebro.

“No creo. Siempre intentaste mantener tu cordura, yo no tanto”.

“¿Quién-?”

“Camina por la acera. Simula que vas por la tienda más cercana”, y Andrea lo hace.

“Vale… ya lo hago. Pero, dime, ¿quié eres?, ¿y qué mierdas está pasando?”.

“Yo… este… es difícil. Ni yo lo entiendo, aunque creo que debería”.

“Eso no responde nada. De seguro ya estoy escuchando voces… me pondré peor que mi madre-“.

“¡No! Estás lejos de ello. Tú eres más como tu papá, tu madre es diferente, muy diferente. Pobrecita, la veo… está angustiada”.

“¡Quién eres! ¡Por qué estás en mi cabeza! ¡Y por qué jodidos me das a entender que estás espiando a mi madre!”.

“Eh, Andrea, calma… es que… no lo vas a entender”, cambia de tono repentimanete, “te miró, te está viendo”.

“¿Quién?”.

“El ojo, te ve”.

“¿Y qué importa…?”.

“Mucho. Es un farsante y un ladrón. Lo sé, lo siento”.

“Yo no entiendo nada. Maldita sea, respóndeme algo o juro que grito por la policia o alguna ambulancia”.

“No lo hagas, no conviene. Pueden estar infectados. No está bien eso”.

“¿Ya me vas a decir quién coños eres?”.

“Andrea, nunca te había escuchado… ah, bueno. Está bien. Pero no te vayas a alterar”.

“No sé qué sentir. Cualquiera no creo que sea tan rara como ver un ojo gigante en el cielo”.

“Te lo juro, he descubierto cosas peores”, desde sus pensamientos, la voz simula un suspiro, no es real, sólo una cómica simulación “Te diré, pues. Soy Álef, aunque no sé si el mismo…, es raro, te digo-“.

“Espera. ¿Eres Álef…? Coño, mi cabeza está muy jodida. Primero el ojo de mi madre, ahora el fantasma de Álef entre mis pensamientos… necesito ir con el mismo psiquiatra de mi madre, cobra barato”.

“No, no, no, pero puede que sea buena idea, para después. Ahorita, por favor, créeme, soy Álef, ese que. eh, tuviste algo”.

“Dime algo que no recuerde de inmediato”.

“Te toqué el pecho por accidente en medio de una junta”.

“¿Pasó eso…?”.

“Sí, llegué tarde, estaba desvelado, y mis movimientos eran muy erráticos…”.

“Cierto… realmente me molesté por eso, pero intenté ser cortés, intenté creer que eras torpe y lindo”.

“Y lo era”.

“Sí, lo eras. Ya recuerdo”.

“¿Satisfecha…?”.

“No. Fue una prueba que se me ocurrió rápido, pero no me siento convencida. No tiene sentido”.

“Desde acá Andrea, muchas cosas tienen otro sentido. Vemos las cosas de otra manera abajo, pero-“.

“¿Por qué hablas como si no estuvieras aquí? ¿Acaso sí eres un fantasma?”.

“No lo sé. Según yo no. Podría bajar, pero no puedo”.

“Maldita sea, Álef, ¿estás arriba? ¿Dónde? ¿Paraíso? ¿Cielo? ¿Espacio? Sé más específico”.

“Perdón, perdón, ya sabes que no es lo mío eso de ser claro. Estoy… ¿en el espacio? Pero no es lo mismo que uno ve, mis ojos ven… diferente”.

“Estoy loca”.

“¡No lo estás! Y no entres a la tienda”.

Andrea se detiene afuera de la tienda. Parece una loca para los que la ven a través de los ventanales del lugar.

“¿Por qué…?”.

“Porque no es necesario. Ya no te ve. De hecho, se fue. Creo. No lo siento en estos momentos. Sí, de seguro se fue”.

“Álef, o lo que seas, te soy sincera, yo no aguanto más, la he pasado mal, y si eres tú, perdona, no quise contestarte nada, no quiero saber nada de ti. Mi vida cambió mucho. Creí que todo iba a ser mejor, pero ni tú ni yo estábamos preparados para algo”.

“No te preocupes… yo, te entiendo. Me fue difícil, pero te entiendo. Yo… no sé, tal vez…”.

“Aborté. No supiste nada de eso. No tenías por qué saberlo. De igual manera, perdón, eres un chico muy bueno, pero… quiero paz. Vete de mi cabeza, ya, ¡por favor!”.

“Andrea, espera, ¿abortaste…?”.

“Sí, ya, lo dije, no sé si a mi tenebrosa imaginación, o en verdad a ti, no sé, ¡mierda!! Por favor, vete, vete…”.

“No, Andrea, yo… tengo que ir contigo, dame un momento, no estoy seguro cómo… pero ahí voy, sólo espérame un momento… me cuentas de ese… aborto…”.

“¡Vete ya!”.

“Andrea-“.

—¡Vete ya! —grita Andrea a los siete cielos.

De la sorpresa y susto, un vagabundo termina siendo absorbido por un basurero industrial; los de la tienda se tapan los oídos, y ya uno de ellos está llamando a la policía. Fue un grito horrible.

“Bueno”.

La brisa desaparece. Andrea está sola. Un poco más cuerda que hace unos momentos.

—Dios mío… ya… qué alivio.

Sale el dueño de la tienda, casi vivo gemelo del hombre regordete de la camioneta.

—Eh, muchacha, ¿estás bien?, ¿no estás drogada?

Andrea voltea a verlo y le contesta con furia:

—¡Que nooo!

El cielo se oscurece, la tierra retumba; los pájaros ya no entienden señales magnéticas; las aguas de acongojan en torres de cristal y sus habitantes muertos; los gemelos humanos se reparten entre otras realidades, distintos en decisiones, idénticos en físico; y Álef, allá, donde dice que es arriba, llora desconsolado, porque un vástago suyo dejó de exisitir, y, lo peor, es que cree que ya no podrá salvar a Andrea.

Todo se dividió, o perdió en las penumbras de la existencia, y un tal Jorge, viejo, conspicuo, pero aun despistado, lee lo que escribió y llora al mismo ritmo de Álef, así por toda la relativa noche, desde su cavidad subterránea.

 

3 respuestas para “Beta | Cuento (Fantástico, Surreal)”

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