El Nuevo Régimen | Cuento (Absurdo, Surreal)

La imagen se aclara, todo se vuelve como real.

La suave pluma traza líneas que se convierten en letras, estas se juntan, achicopalan, y se forman palabras. Este parece ser el manuscrito cursivo de un médico o de un político. Alguien carraspea, la visión se expande, y ahora vemos a Emilio, con corbata, saco gris, sonriendo para la cámara.

Y dice:

—A ver, Dimitri, di lo tuyo.

El lente se mueve: está ahí, Dimitri, castaño, blanco, ojos con toque de miel. Su menuda boca guinda se abre.

—Sí, Emilio, como te decía, a nosotros también nos discriminan, eh, porque como que los morenos; sin afán de racismo, eh; pues los de tez morena también son racistas, Emilio…

Emilio ríe un poco, no le importa que lo vea su compañero.

—Nomas por ser más blancos, pues te tiran con todo, que soy privilegiado, que tengo todo, que viajes a París… No es cierto, Emilio, nosotros de igual manera sufrimos como cualquier cristiano.

—¿Así de plano? —Emilio hace lo mejor para no explotar de risa.

Dimitri, un poco consternado, siente que de nuevo hay una injuria de parte de su entrevistador, pero algo le hace sentir dudas, tal vez este se acordó de un buen chiste. O quién sabe. Por eso prosigue con su discurso.

—Sí, obvio, somos humanos ¿qué no?, digo, respiro, como, amo… cago…

Emilio ríe sin mesura, aprovechando la gota de escatología para desahogar sus ganas de reír. Dimitri lo acompaña con su risa nerviosa, sin ganas de quedar en ridículo por enojarse y comenzar una pelea donde le recomendaron que no iniciara. Hay que tener la serenidad, aun cuando uno tenga la razón de tirar el primer golpe. Por fin, Emilio se tranquiliza, hace un ademán para que prosiga Dimitri.

No pide perdón por su acto.

—Y pues, bueno, yo también la he pasado mal, me han hecho bullying, ¿me endientes?, y es doloroso, porque gran parte de mi adolescencia tuve muchos, ya ni ganas de salir a un trip con mi familia.

—Oh —suelta Emilio.

—Oh. Sí. También no fue fácil conseguir trabajo, eh, por eso estuve en los negocios de mi familia, y no se cumplía mis sueños de ser actor, frustrado mil; me pasa lo mismo que los demás, Emilio, vivo con la impotencia de no lograr mis sueños, aunque, bueno, eso de la actuación ya ha dado sus primeros pasos, como podrás ver…

—Ah, qué bueno. Esa es buena noticia.

—¡Claro! Es lo que me mantiene vivo. Yo esto se lo quiero compartir a la gente que cree que por ser blanco nomas consigo buena chamba, y no es así. Te soy sincero, aquí frente a la cámara, yo tuve la suerte de conseguir amigos del medio y ellos me consiguieron castings, me recomendaron leer unos libros que nomas pude conseguir en inglés, luego fui a una academia de actuación que está en Polanco…

—¿En serio? Y por cierto, ahora ¿dónde vives?

—Antes, de hecho, vivía en la Condesa con mi familia, después un rato a la Roma, que fue horrible, unos vecinos no me bajaban de “güero pendejo”, pero ahora radico en la Narvarte, con unos amigos norteños que trabajan haciendo comerciales. Bueno, la verdad es que es un loft, muy padre, pero no muy suntuoso, eh.

—Condesa…

—Sí, muy bonitos recuerdos de ahí. Aunque de vez en cuando me gusta el barrio e iba con mis cuates a C.U., como que a turistear.

Una risa incómoda de Dimitri. Emilio sigue reflexivo.

—Roma, luego Narvarte —sigue Emilio.

—Sí, ¿qué tiene?

Tal vez la luz le molesta, tal vez al saberse grabado no le permite hablar de inmediato, sin embargo, mira al camarógrafo, transmitiendo un mensaje desde su psique, uno que nunca podrá ser escuchado; pero ahí está, ese sentimiento, el Ágora de emociones, algunas de escarnio, otras de ira y destrucción. Tantos años, tantas entrevistas, tanto de tanto…  Y un parque de diversiones, donde fue abandonado por su padre, que este era perseguido por el narco, tuvo que desaparecer en ese bello momento —o lo desaparecieron—, y su madre, La flaca, una mujer mestiza, pobre, tuvo que vender su alma para que su retoño creciera con estudios; suerte tuvo, mucha, no tanto ella, pero su hijo sí: ahora con corbata, saco gris, poco a poco deja de sonreírle a la cámara.

—Pues qué te digo, pinche whitexican, para mí tus palabras son necias, ¿sí?, muy necias. ¿Acaso ignoras que el racismo inverso no existe?, ¿o te haces pendejo?, ¿o estás todo pendejo?

Los de producción se quedan congelados. Un «qué» se ahoga en la garganta de Dimitri.

—Sí, pinche baboso, tu discursito ya pasó por varias televisoras, ¿y qué creíste que te lo iba a aguantar, ah? Pos no, para nada, como siempre dieron el guion de que te entrevistara, hablara de tu mediocre carrera, que por cierto, pinche suertudo, normalmente las familias «de bien» tienen privilegios al por mayor, conectes aquí y allá, sin necesitar de tener estudios formales, o aunque hayas estudiado en el MIT sin beca, qué importa si realmente eres audaz en lo que profesas, eres un pinche puto blanco de familia bien pinche blanca y de seguro, de paso, tus ascendencia es semita, ¿o me equivoco?

—¡No te burles de mi familia, pinche racista…! —ya Dimitri no pudo decir más, porque se escucha una explosión, luego un portazo; alguien grita:

—¡YA LES CARGÓ LA VERGA A TODOS!

Varios encapuchados entran y hacen destrozos por doquier; de pronto hay sangre, una muerte, el camarógrafo lo graba todo, como si estuviera haciendo un reportaje; hasta que lo mutilan unos dos hombres, morenos, con la sangre que arde, ojos rojos, infundados de mucho odio.

Emilio sólo tiene la boca abierta, sin ganas de elegir qué sentir. Ya Dimitri había desaparecido como el humo, o posiblemente es parte del charco de sangre y carne que se está acumulando en el set.

Llega el script desde la cabina, le grita a Emilio que despierte, que tienen que irse; llega otro, posiblemente el de ayudantía, y le enseña un vídeo que los tienen rodeados, no tienen escapatoria más que tirarse desde el último piso y que Dios se apiade de sus almas. Emilio escucha; Emilio no escucha. La sangre crece cuando sus otros dos colegas mueren degollados al mismo tiempo; al final él, que sigue viendo a la cámara, un eco, un recuerdo, viene de su madre, que le dice “Abre los ojos al mundo, mijito, tu voz puede contar lo que hemos sufrido–“; pero la voz calla: un cuchillo apunta hacia la arteria; Emilio no se mueve. Un hombre, moreno, mostrando completamente su rostro, degolla lentamente al conductor, manchando su corbata, volviendo a su corbata de un color bermejo, carmesí.

*

Michel despierta.

Suda mucho. La cama está empapada. Todavía no aclara afuera y su mente está en alerta. Mira su reloj, las 3 AM, se levanta, desnudo, y mira por el cortinero, hacia afuera. Nada. Una ciudad llena de gente y llena de smog; lo común, lo corriente. Suspira.

Se alegra por el mal sueño que terminó siendo un mero sueño.

Como no siente ganas de dormirse, abre su ordenador «de la manzana», escribe la contraseña y espera a que inicie sesión. Después revisa unos correos provenientes de España y Nueva York; sólo uno de Chiapas, que no le tomó mucha atención. Uno de esos era un viaje a Italia, sobre un premio que le esperaba. “Muy bien”, se dijo.

Y ya recorrió su departamento, bastante amplio, tomándose un té de jazmín. Nada fuera de lo normal.

Todo perfecto, todo bonito.

Y se le ocurre algo, algo fresco y epifánico. Sí. Sí.

“El sueño”, afirma.

Vuelve a su ordenador, abre un aplicación que le pide renovar su licencia pronto, por unos cien dólares, o algo así, y los dedos no le paran, para nada, como un torbellino de ideas que con alquimia literaria se vuelven en historias inolvidables.

—Primero… cómo lo llamaré…

Antes de terminar la página diez, frota sus ralos y achica su boca.

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El Nuevo Régimen.

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