Despertar | Cuento (Ciencia Ficción, Fantasía, Terror)

Cuatro pares ojos miraban al cuerpo decadente.

¿Despertará? ¿O se mantendría tal occiso? La piel maltratada por rasguños y mordidas, todo esto parecía en un macabro show voyerista. Nadie dijo una palabra por varios minutos. A ese, antes hombre de quejas y malos presagios, ahora un montón de carnes putrefactas, no fue muy querido por el grupo, pero sí respetado por su instinto de guía que los sacó de varios problemas, de los cuales les hubiera costado la vida.

Oh, uno más para el valle de los muertos.

Allá, arriba, donde el cielo giraba raro, distante al blanquiazul, el arrebol de esos momentos le proporcionaba tintes infernales que no dejarían en paz a nadie en el mundo de los sueños. Raro, extraño, sensación de ultratumba.

Y el cuerpo, ahí, cadáver de ideas exánimes. No podían sacarlo porque cualquier ruido atraería a sus hambrientos perseguidores, ni podían, menos, escapar. Estaban ahí para morir de hambre o ser comido a mordidas por un no-muerto de los últimos tiempos. Frío, frío, mucho frío.

—La verdad creí que sí encontraríamos un lugar dónde vivir otra vez… —dice una voz femenina.

—¡Scht! Cállate… —la silencia otra mujer, de apariencia más madura.

—De todos modos vamos a morir —dice un joven, otrora guapo, optimista.

—Que se callen —los calla de nuevo, y se toma unos segundos para seguir—. Yo lo mataré con la navaja si despierta.

—Si es que ahora sí te atreves… —le dice otro, alguien que tiene rasgos similares a la de ella.

—Ya, a callarnos —se lo reclama, con cierto tono de vergüenza.

—Sí, a callarnos.

Ya pasados momentos de insomnio y alaridos externos, el ambiente dantesco cesó sus escabrosos murmullos, para quedarse dormidos un rato, breve tiempo de descanso.

Hasta que una luz enceguecedora despierta uno a uno, empezando por Samaria, la chica miedosa, aquella que fue celebridad de su localidad, abre poco a poco los ojos, extrañada de lo que no podía ver, pero sí sentir un calor paranormal.

—¿Fuego…?

Le sigue Alberto, el mozo de ojeras profundas, que se queda de inmediato con la boca abierta, aun cuando no ve casi nada. Y entre Raúl y Raquel, molestos por el brillo, se quejan entre balbuceos de culpas y medidas impulsivas.

Roberto, ya alegre, esperanzado, grita:

—¡Ha renacido! ¡HA RENACIDO!

Raquel, con el corazón en la garganta, se siente devorada por aquellos seres genocidas que muerden a todo lo que huela a humano; mientras, Raúl, trata de callar a Alberto.

—¡No seas pendejo…! ¡Cállate! —le dice Alberto, desesperado.

—¡Míralo…! ¡Mírenlo…! —Alberto está fascinado; no, más, extasiado.

Los otros no se percataron de inmediato que el cuerpo maloliente ahora flotaba en un brillo divino, entre amarillo, blanco y azul, con franjas rojizas.

—¡Es…! ¡Él!

Ya absorbidos por lo que ahora ven, no lo pueden creer. Es, en efecto…

Él.

—¡Nuestro Señor de la Misericordia…! —en forma de plegaria, Alberto junta sus manos y se hinca ante él.

Aquel ser, similar al que antes muerto yacía en el suelo, mira a Alberto, en algo que parece humana, pero no humana. Algo se mueve diferente, algo que no es terrenal.

—¿Es… Él…? —Raquel, sobre la pared, no sabe qué más decir.

—¡Les dije…! ¡Les dije! Lo soñé,  y él vendría…, pero ustedes con su veneno, siempre a la huida…

Samaria no parece estar contenta, sino aterrada.

—No… no… —Samara se acurruca en una esquina, tratando de taparse los ojos, así no entre luz. Pero no puede. Eso siempre lo ve, y lo verá.

—¡Sálvanos…! —dice por último, Roberto.

Aquel ser, con los brazos abiertos, cierra los ojos y suspira.

—Bien, hora de despertar —dice.

Alberto, un poco extrañado, observa a sus manos, mira cómo su piel se separa de su cuerpo, luego su carne, siguiendo los huesos; así con sus brazos, así con su cara, que de ojos a cuencas se quedaron, hasta desaparecer con aquel brillo destructor, que ahora despedaza una a uno.

Sólo Samaria dijo:

—¡No…! ¡No quiero despertar…!

Pero tuvo el mismo destino que sus compañeros, aunque más doloroso.

*

El sonido de una máquina despertó al durmiente. Sopesó la realidad, se supo existente y se sentó sobre la cama de metal. La pantalla le relata los resultados, mira sus manos que todavía emanan un brillo no natural en él.

—Con que esto sienten ellos.

Un silbido suena dentro de su mente, pero lo ignora. Una llamada, de seguro para advertirle sobre el excesivo uso del aparato, y sus posibles consecuencias. No le importa, ya saboreó la sensación que necesitaba experimentar.

—Se siente horrible —mira al techo, solemne, medido por segundos bien meditados; y recita—. Los humanos no están preparados para ésto. Sandeces de seres superiores. Eso sólo habla de su vergüenza ante lo que han creado, y de lo que no les ha salido bien. Me cago en su diosa madre.

El hombre, sin dejar de rascarse las largas barbas, se levanta y, desnudo, se va al cuarto contiguo, y desaparece.

En una de las tantas pantallas, hay un listo de garabatos y nombres.

Uno de ellos es Visnú, otro, más abajo, un poco escondido, es Anuk.

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